LA BENDITA VERGÜENZA DE LA CONFESIÓN
... La confesión es, más bien, un encuentro con Jesús donde se toca de
cerca su ternura. Pero hay que acercarse al
sacramento sin trucos o verdades a medias, con mansedumbre y con alegría,
confiados y armados con aquella “bendita vergüenza”, la “virtud del humilde”
que nos hace reconocernos como pecadores[...]
“Como un padre es tierno con
sus hijos, así es el Señor, y tierno con los que le temen”, con los que vienen
a Él. (Salmo 102) La ternura del Señor. Siempre nos entiende, pero no nos deja
hablar: Él lo sabe todo. «No te preocupes, vete en paz», la paz que sólo Él
da”. Esto es lo que
“sucede en el sacramento de la reconciliación. Tantas veces –dijo el papa–, pensamos que ir a la confesión es
como ir a la lavandería. Pero Jesús en el confesionario no es una lavandería”.
La confesión «es un encuentro con Jesús que
nos espera como somos. “Pero, Señor, mira, yo soy así”.
Estamos avergonzados de decir la verdad: hice esto, pensé en aquello. Pero la
vergüenza es una verdadera virtud cristiana, e incluso humana. La capacidad de avergonzarse: no sé si
en italiano se dice así, pero en nuestra tierra a los que no pueden
avergonzarse le dicen “sinvergüenza”. Este es uno sin “vergüenza”, porque no
tiene la capacidad de avergonzarse. Y avergonzarse es una virtud del humilde»[...]
“El Paráclito está de nuestro lado y nos sostiene ante el
Padre. Él sostiene nuestra vida débil,
nuestro pecado. Nos perdona. Él es nuestra defensa, porque nos
sostiene[...] Y concluyó: “Esto nos da aliento.
Es bello, ¿no? ¿Y si tenemos vergüenza? Bendita vergüenza porque eso es una
virtud. Que el
Señor nos dé esta gracia, este valor de ir siempre a Él con la verdad, porque la verdad es la luz. Y no con la oscuridad de las verdades a medias o de las mentiras
delante de Dios”.
De una homilía del Papa Francisco
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