IGLESIA PERSEGUIDA

IGLESIA PERSEGUIDA

viernes, 14 de septiembre de 2018

LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 16 DE SEPTIEMBRE DEL 2018, 24º DEL TIEMPO ORDINARIO (Comentario de +Francisco Cerro Chaves-Obispo de Coria-Cáceres)

«Y VOSOTROS, ¿QUIÉN DECÍS QUE SOY YO?»

Mc. 8, 27-35

     En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesárea de Filipo; por el camino preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?» . Ellos le contestaron: «Unos, Juan el Bautista; otros, Elías, y otros, uno de los profetas». Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?». Tomando la palabra Pedro le dijo: «Tú eres el Mesías». Y les conminó a que no hablaran a nadie acerca de esto. Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días». Se lo explicaba con toda claridad.
     Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Pero él se volvió y, mirando a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!». Y llamando a la gente y a sus discípulos les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará».

Otras Lecturas: Isaías 50,5-9a; Salmo 114; Santiago 2,14-18

LECTIO:
     Todo iba bien en aquella comunidad que se iba forjando en torno a ese maestro especial nazareno. Pero de pronto, Jesús quiere hacer una especie de sondeo, un examen de septiembre: “¿quién dice la gente que soy Yo?”Pero la estadística que más importaba a Jesús era lo que sus discípulos pensaban sobre Él. Entonces Pedro hará una memorable confesión: “Tú eres el Mesías”. Pero Jesús, acaso un tanto perplejo por una respuesta tan clara y tan justa, prohíbe divulgar esa verdad que Pedro acaba de pronunciar
     Por si acaso no hubieran comprendido, Jesús comenzó a instruir a sus discípulos para explicarles el alcance verdadero de su identidad mesiánica: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado, y resucitar al tercer día”. Pedro… tuvo un “gesto” con su Maestro: increpando a Jesús quería salvar a su Salvador. Pero Jesús le responderá: “apártate de mí, Satanás. Tú piensas como los hombres, no como Dios”.
     Es un cambio de escena de un dramatismo tremendo. Pedro, que pasa a ser casi al mismo tiempo alguien en quien habla el Padre y alguien en quien grita Satanás, capaz de lo mejor y más bello... y de lo peor y más horrendo  (+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm).

MEDITATIO:
     Jesús mira a los apóstoles y pregunta una vez más: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Esta es la pregunta más importante, con la que Jesús se dirige directamente a aquellos que lo han seguido, para verificar su fe. Pedro, en nombre de todos, exclama con naturalidad: «Tú eres el Mesías». (P. Francisco)
     Jesús queda impresionado con la fe de Pedro, reconoce que ésta es fruto de una gracia, de una gracia especial de Dios Padre. Y entonces revela abiertamente a los discípulos lo que le espera en Jerusalén, es decir, que “el Hijo del hombre tiene que padecer mucho… ser ejecutado y resucitar a los tres días». (Papa Francisco)
     Seguir a Jesús significa tomar la propia cruz —todos la tenemos…— para acompañarlo en su camino, un camino incómodo que no es el del éxito, de la gloria pasajera, sino el que conduce a la verdadera libertad, que nos libera del egoísmo y del pecado. Se trata de realizar un neto rechazo de esa mentalidad mundana que pone el propio «yo» y los propios intereses en el centro de la existencia: ¡eso no es lo que Jesús quiere de nosotros! (Papa Francisco)
     Por el contrario, Jesús nos invita a perder la propia vida por Él, por el Evangelio, para recibirla renovada, realizada, y auténtica. Podemos estar seguros, gracias a Jesús, que este camino lleva, al final, a la resurrección, a la vida plena y definitiva con Dios. Decidir seguirlo a Él, nuestro Maestro y Señor que se ha hecho Siervo de todos, exige caminar detrás de Él y escucharlo atentamente en su Palabra —acordaos de leer todos los días un pasaje del Evangelio— y en los Sacramentos. (Papa Francisco)

ORATIO:
     Perdóname, Señor Jesús, cuando expreso mi fe sólo de palabra, cuando me refugio en el escondite del «así hacen todos», en vez de saborear los espacios abiertos de tus caminos, a lo largo de los cuales se experimenta la alegría de dar la vida por los hermanos.

Señor, quiero que seas todo para mí.
Ayúdame a amarte sobre todas las cosas
para estar listo a seguirte
en los momentos de dificultad.

CONTEMPLATIO:
«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho…»
     Él sabía muy bien que ése era el camino de nuestra redención. Pudiendo haber escogido otros caminos diferentes para salvarnos, quiso escoger precisamente éste. ¿Por qué? Es un misterio. Pero, al menos, estamos seguros de que el camino de la cruz es el más conveniente para nuestra salvación porque fue el que eligió nuestro Redentor.    
     Cuando Pedro quiso apartar al Señor de esta senda –pues, al igual que nosotros, no entendía por qué su Maestro tenía que sufrir – se llevó la gran "reprimenda" de su vida: "¡Apártate de mi vista, Satanás!
«¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!»
     Es decir, que sólo podemos entender el lenguaje de la cruz por medio de la fe, que nos coloca en el punto de vista de Dios. "El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga". Enseñanza contundente, clarísima, ineludible. Si somos cristianos, hemos de seguir a Cristo abrazando con fe y con amor nuestra propia cruz.      


     A las palabras amargas les siguen las alegres, y el Señor anuncia: «El Hijo del hombre vendrá en la gloria del Padre con sus ángeles». Si temes la muerte, escucha la gloria del que triunfa. Si te espanta la cruz, escucha el homenaje que le rinden los ángeles. «Y entonces», añade el Señor, «dará a cada uno según sus obras». No hay distinción entre judíos y paganos, entre hombres y mujeres, entre pobres y ricos, porque no son las personas, sino las obras las que serán sometidas a juicio (S. Jerónimo).

jueves, 13 de septiembre de 2018

Comenzamos el curso con el horizonte puesto en la Cruz, la Eucaristía y la Virgen


     Ya avanzados en el mes de septiembre nos encontramos con la novedad de los trabajos, nuevos o antiguos, los cursos a punto de comenzar, y la recogida de los equipajes de las vacaciones. Así es. Me alegro si habéis podido descansar. Y bienvenido sea este curso y también la normalización de nuestras actividades que están a punto de iniciarse, al menos, pastoralmente, aunque para muchos estos meses han supuesto experiencias nuevas y un enriquecimiento en la entrega a los demás, en la convivencia, etc. Me alegra recordar los campamentos de verano, la peregrinación diocesana de jóvenes a Liébana y Covadonga, y, en otro orden de cosas, la clausura del Año Jubilar en Ceuta. El Templo Catedral de Cádiz ha recobrado también su valor para hacernos experimentar la fuerza del evangelio con un acontecimiento cultural y catequético sin precedentes, con la Exposición Traslatio Sedis, que está siendo tan visitada y bien valorada. Demos gracias a Dios por estos momentos de gracia, expresivos y enriquecedores para la fe, fruto de este Año Santo del Jubileo Diocesano que finalizará solemnemente este viernes día 14 de septiembre a las 19:00 horas en la S.A.I. Catedral de Cádiz. Estáis todos más que invitados a este acto grandioso para toda la Iglesia Diocesana.
     Es hora de ilusionarnos, de pensar ya en las catequesis, nuestra colaboración con Cáritas, las actividades de evangelización, etc. Pues ¡en marcha! Al comienzo de esta etapa no dejemos de invocar a María, que es Madre de la Iglesia. Los discípulos de Cristo, si queremos crecer y llenarnos del amor de Dios, hemos de fundamentar nuestra vida en tres realidades: la Cruz, la Eucaristía y la Virgen. En estos tres misterios que Dios nos ha regalado podemos, ordenar, fecundar y santificar nuestra vida para conducirnos hacia Jesucristo, mientras dedicamos todas nuestras fuerzas a la evangelización esperando como peregrinos la venida definitiva del Salvador. Entonces participaremos plenamente en la gloria de Jesús resucitado, que llevará a plenitud nuestra relación con Dios, con los hermanos y con toda la creación.

+ Rafael, Obispo de Cádiz y Ceuta
 


CLAUSURA DEL AÑO JUBILAR DIOCESANO


viernes, 7 de septiembre de 2018

CONVOCATORIA MENSUAL


LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 9 DE SEPTIEMBRE DEL 2018, 23º DEL TIEMPO ORDINARIO (Comentario de +Francisco Cerro Chaves-Obispo de Coria-Cáceres)

«TODO LO HA HECHO BIEN…»



Mc. 7, 31-37

     En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga la mano. Él, apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: Effetá (esto es, «ábrete»). Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente.
     Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

Otras Lecturas: Isaías 35,4-7a; Salmo 145; Santiago 2,1-5

LECTIO:
     Además del gesto milagroso de devolver la salud, también podemos considerar todo lo que implica y significa no escuchar al Señor, como tampoco darlo a conocer, transmitir con la vida su Palabra, anunciarlo y comunicar sus enseñanzas.
     Un milagro de este tipo puede tener una relación directa con lo que es la vida de fe de muchas personas, pues algunos aunque bautizados, son como sordos a las manifestaciones de Dios y a su vez mudos para el testimonio y no dar a conocer aquello que dicen creer.
     Este milagro… es una invitación a dejarnos tocar por el Señor, para que Él actúe y se manifieste en nuestras vidas, abriendo los oídos sordos del corazón y soltando nuestras lenguas para que podamos anunciar con nuestra vida aquello que creemos. Es decir, pasar de un cristianismo de nombre a una actitud de vida, dando a conocer y manifestando aquello que creemos…
     Y es ahí donde debemos pedir la intervención del Señor para que con su gracia pueda transformar nuestra vida, ayudándonos a vivir más plenamente lo que implica ser y llamarnos cristianos. (P. Jesús A. Weisensee H)

MEDITATIO:
     Ese sordomudo que es llevado ante Jesús se transforma en el símbolo del no-creyente que cumple un camino hacia la fe. En efecto, su sordera expresa la incapacidad de escuchar y de comprender no sólo las palabras de los hombres, sino también la Palabra de Dios. Y san Pablo nos recuerda que «la fe nace del mensaje que se escucha». (Papa Francisco).
     «¡Ábrete!». Y los oídos del sordo se abren, se desata el nudo de su lengua y comienza a hablar correctamente. La enseñanza que sacamos de este episodio es que Dios no está cerrado en sí mismo, sino que se abre y se pone en comunicación con la humanidad. En su inmensa misericordia, supera el abismo de la infinita diferencia entre Él y nosotros, y sale a nuestro encuentro. (Papa Francisco).
     Para realizar esta comunicación con el hombre, Dios se hace hombre: no le basta hablarnos a través de la ley y de los profetas, sino que se hace presente en la persona de su Hijo, la Palabra hecha carne. Jesús es el gran «constructor de puentes» que construye en sí mismo el gran puente de la comunión plena con el Padre. (Papa Francisco).
     En el origen de nuestra vida cristiana, en el Bautismo, están precisamente aquel gesto y aquella palabra de Jesús: «¡Effatá! – ¡Ábrete!». Y el milagro se cumplió: hemos sido curados de la sordera del egoísmo y del mutismo de la cerrazón y del pecado y hemos sido incorporados en la gran familia de la Iglesia; podemos escuchar a Dios que nos habla y comunicar su Palabra a cuantos no la han escuchado nunca o a quien la ha olvidado y sepultado bajo las espinas de las preocupaciones y de los engaños del mundo. (Papa Francisco).

ORATIO:
     Haz que nos sacudamos la torpeza de la mediocridad y, prolongando los límites de nuestros deseos, exclusivamente terrenos y materiales, nos atrevamos a probar tu don: la salvación, que es tu misma presencia vivificante.

Soy sordo, Señor, cuando no oigo las necesidades de los demás,
cuando no busco entender su punto de vista.
Soy mudo cuando pronuncio palabras llenas de  crítica…
cuando no anuncio tu Palabra.

CONTEMPLATIO:
«Todo lo ha hecho bien…»
     Contempla a Jesús, “Le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar”. Nosotros, también, podemos ser sordos a las cosas de Dios. Podemos estar separados de la vida que realmente vale la pena, la vida de Dios. Podemos oír la Palabra de Dios, pero no ponerla en práctica; podemos recibir la Eucaristía, pero no ser nutrido por ella, puedemos…
     A pesar de pedir que no dijeran nada lo contaban con alegría y exclamaban: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos». El encuentro con Jesús debe provocar la necesidad de amar y hacer amar a Jesús, la necesidad de decir lo visto y experimentado, de decir: el Señor todo lo hace bien.
     Dios no puede curarnos si nosotros no se lo permitimos; más aún, si no colaboramos con nuestra voluntad y si no accedemos con nuestra libertad a la acción de su gracia. Dios respeta nuestra libre elección y no violenta a nadie a escoger el bien.


   El sordomudo que fue curado de manera admirable por el Señor simboliza a todos aquellos hombres que, por gracia divina, merecen ser liberados del pecado provocado por el engaño del diablo. En efecto, el hombre se volvió sordo a la escucha de la Palabra de vida después de que, hinchado de soberbia, escuchó las palabras mortales de la serpiente dirigidas contra Dios; se volvió mudo para el canto de las alabanzas del Creador desde que se preció de hablar con el seductor. (Beda el Venerable).

(St 1,21)


SEPTIEMBRE 2018

«Recibid con docilidad la Palabra sembrada en vosotros, que es capaz de salvar vuestras almas» (St 1,21).

     La Palabra de este mes procede de un texto atribuido a Santiago -figura de relieve en la Iglesia de Jerusalén-, el cual recomienda al cristiano la coherencia entre el creer y el actuar.
     En el comienzo del versículo se subraya una condición esencial: «desechar toda abundancia de mal» para recibir la Palabra de Dios y dejarse guiar por ella, y de ese modo caminar hacia la plena realización de la vocación cristiana.
     La Palabra de Dios tiene una fuerza muy peculiar: es creadora, produce frutos buenos en la persona y en la comunidad, construye relaciones de amor entre cada uno de nosotros y Dios y entre las personas. y, según dice Santiago, ya ha sido «sembrada» en nosotros.

«Recibid con docilidad la Palabra sembrada en vosotros, que es capaz de salvar vuestras almas»

     ¿Cómo es posible? Ciertamente, porque Dios pronunció ya en la creación una Palabra definitiva: el hombre es «imagen» de Él. De hecho cada criatura humana es el «tú» de Dios, llamado a la existencia para compartir la vida de amor y comunión de Dios. Pero, para los cristianos, es el sacramento del bautismo el que nos introduce en Cristo, Palabra de Dios que ha entrado en la historia humana.
     Así pues, en cada persona Él ha depositado la semilla de su Palabra, la cual llama a la persona al bien, a la justicia, a la donación y a la comunión. Esta semilla, acogida y cultivada con amor en nuestra «tierra», es capaz de producir vida y frutos.

«Recibid con docilidad la Palabra sembrada en vosotros, que es capaz de salvar vuestras almas»

     Un lugar claro donde Dios nos habla es la Biblia, que para los cristianos culmina en los Evangelios. Es preciso acoger su Palabra en la lectura amorosa de la Escritura; y si la vivimos, podemos ver sus frutos.
     También podemos escuchar a Dios en lo profundo de nuestro corazón, donde con frecuencia sentimos la injerencia de muchas «voces» y «palabras»: eslóganes y ofertas de opciones y modelos de vida, o también preocupaciones y miedos... ¿Cómo reconocer la Palabra de Dios y hacerle espacio para que viva en nosotros?
     Hace falta desarmar el corazón y «rendirnos» a la invitación de Dios de ponernos a escuchar con libertad y valentía su voz, que suele ser la más sutil y discreta. Y esta nos insta a salir de nosotros mismos y aventurarnos por los caminos del diálogo y del encuentro con Él y con los demás, nos invita a colaborar para hacer una humanidad más bella, en la que todos nos reconozcamos cada vez más hermanos.

«Recibid con docilidad la Palabra sembrada en vosotros, que es capaz de salvar vuestras almas»

     En realidad la Palabra de Dios puede transformar nuestra vida cotidiana en una historia que nos libera de la oscuridad del mal personal y social, pero pide nuestra adhesión personal y consciente, aunque sea imperfecta, frágil y siempre en camino.
     Nuestros sentimientos y nuestros pensamientos se parecerán cada vez más a los del propio Jesús, nuestra fe y nuestra esperanza en el Amor de Dios saldrán reforzadas, a la vez que nuestros ojos y brazos se abrirán a las necesidades de los hermanos.
     Así lo sugería Chiara Lubich en 1992: «En Jesús veíamos una profunda unidad entre el amor que Él tenía por el Padre celestial y el amor a sus hermanos los hombres. Había una coherencia extrema entre sus palabras y su vida. Y esto fascinaba y atraía a todos. Así debemos ser también nosotros. Debemos acoger con la sencillez de los niños las palabras de Jesús y ponerlas en práctica con la pureza y luminosidad que tienen, con su fuerza y radicalidad, para ser discípulos como Él quiere, es decir, discípulos iguales a su Maestro: otros Jesús dispersos por el mundo. ¿Podemos vivir una aventura más grande y más hermosa?».
Leticia Magri


sábado, 1 de septiembre de 2018

LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 2 DE SEPTIEMBRE DEL 2018, 22º DEL TIEMPO ORDINARIO (Comentario de +Francisco Cerro Chaves-Obispo de Coria-Cáceres)

ESTE PUEBLO ME HONRA CON LOS LABIOS, PERO SU CORAZÓN ESTÁ LEJOS DE MÍ»



Mc. 7. 1-8. 14-15. 21-23

     En aquel tiempo, se reunieron junto a Jesús los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén; y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Pues los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y al volver de la plaza no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas). Y los fariseos y los escribas le preguntaron: «¿Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores y comen el pan con manos impuras?».
     Él les contestó: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres».
     Llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo: «Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre». Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro».



Otras Lecturas: Deuteronomio 4,1-2.6-8; Salmo 14; Santiago 1,17-18.21b-22.27

LECTIO:
     La profecía de Isaías que Jesús cita en su respuesta describe la situación: quieren dar la apariencia de que cumplen la Ley pero no cumplen ni el mandamiento más importante de esa misma Ley que es el del amor a Dios y también al prójimo.
La escena acaba ampliando el auditorio. Ahora Jesús ya no solo se dirige a los fariseos y escribas sino que ha llamado a la gente, porque este mensaje es importante…El Señor, de nuevo, desvela la realidad de las cosas. No son los alimentos los que hacen impuros al hombre sino que lo malo (las malas actitudes, las malas obras) del hombre, sale de su propio corazón.
El mensaje de Jesús está claro: a los fariseos, a los escribas, a sus discípulos y a todos nosotros. No podemos dar la impresión de ser unos hombres religiosos por fuera y no serlo también por dentro. La culpa de las cosas que pasan no es siempre de los demás. No es justo que estemos siempre desviando la mirada hacia los otros, hacia el mundo o hacia las instituciones como si solo ellos fueran los responsables de que el mundo esté como está. Quizás también tengamos que preguntarnos qué parte de responsabilidad es nuestra.
Luchar en nuestra vida diaria por ser auténticos, sinceros, transparentes y rechazar cualquier atisbo de hipocresía, esto también es un acto de amor a Jesús. (Rubén Ruiz Silleras).

MEDITATIO:
     La respuesta de Jesús (a los escribas y fariseos) tiene la fuerza de un pronunciamiento profético: «Dejáis a un lado el mandamiento de Dios – dice- para aferraros a la tradición de los hombres». Son palabras que nos llenan de admiración por nuestro Maestro: sentimos que en Él está la verdad y que su sabiduría nos libra de los prejuicios. (Papa Francisco).
     Jesús quiere ponernos en guardia también a nosotros, hoy, de pensar que la observancia exterior de la ley sea suficiente para ser buenos cristianos. Como entonces para los fariseos, existe también para nosotros el peligro de creernos en lo correcto, o mejores que los demás por el sólo hecho de observar las reglas, las costumbres, aunque no amemos al prójimo, seamos duros de corazón, soberbios y orgullosos. (Papa Francisco).
     Las actitudes exteriores son la consecuencia de lo que hemos decidido en el corazón: con actitudes exteriores, si el corazón no cambia, no somos verdaderos cristianos. La frontera entre el bien y el mal no está fuera de nosotros sino más bien dentro de nosotros. (Papa Francisco).
     Es el corazón el que debe ser purificado y convertirse. Sin un corazón purificado, no se pueden tener manos verdaderamente limpias y labios que pronuncian palabras sinceras de amor —todo es doble, una doble vida—, labios que pronuncian palabras de misericordia, de perdón. Esto lo puede hacer sólo el corazón sincero y purificado. (Papa Francisco).

ORATIO:
     Venimos a ti, Señor, con el corazón que tenemos, repleto de sentimientos que nos esforzamos en reconocer y purificar a la luz de tu Palabra. 

Necesito purificar mis intenciones, corregir mis apatías
y perezas, erradicar mi orgullo, mi soberbia…
 ¡Tantos pecados, tanto desamor debo eliminar de mi conciencia…!

CONTEMPLATIO:
«Dejáis a un lado el mandamiento de Dios…»

     Contempla a Jesús, que responde a las acusaciones de los maestros de la Ley por desfigurarla e imponer preceptos que nada tienen que ver con el mandamiento fundamental: amor a Dios y amor al prójimo. Y a ti mismo, que con frecuencia te justificas y no pones la atención y el interés en tu arrepentimiento y conversión.
     Este texto evangélico invita a mirar y examinar nuestra conciencia con detenimiento y sinceridad. Preguntémonos: ¿qué intenciones son las que te motivan  y guían para hacer el bien o para no hacerlo?
     La conversión que nos pide Jesús es la del corazón. ¿Qué sentimientos, valores, actitudes brotan de nuestro interior? ¿Buscamos intereses personales: fama, éxito, aprecio, dinero…? 


   Es el corazón el que engendra tanto los pensamientos buenos como los que no lo son, pero no es porque produzca por su propia naturaleza conceptos que no son buenos, que provienen del recuerdo del mal cometido una sola vez a causa del primer engaño, un recuerdo que se ha convertido ahora casi en habitual. También parecen proceder del corazón los pensamientos que, de hecho, son sembrados en el alma por los demonios; por lo demás, los hacemos efectivamente nuestros cuando nos complacemos en ellos voluntariamente. Eso es lo que el Señor censura. (Diadoco de Foticé).