IGLESIA PERSEGUIDA

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sábado, 16 de junio de 2018

LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 117 DE JUNIO DEL 2018, 11º DEL TIEMPO ORDINARIO (Comentario de +Francisco Cerro Chaves-Obispo de Coria-Cáceres)

«¿CON QUÉ PODEMOS COMPARAR EL REINO DE DIOS?»



Mc. 4.26-34

     En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega».
     Dijo también: «¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden anidar a su sombra».
     Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

Otras Lecturas: Ezequiel 17,22-24; Salmo 91; 2Corintios 5,6-10

LECTIO:
     Realmente impresiona la forma tan sencilla de explicar que hay cosas que no dependen de nosotros, aunque en algún momento se cuente con nosotros. Así es la vida de Dios que siembra su palabra en el surco de nuestra libertad, de nuestra inteligencia, de nuestro corazón.
     No sabemos tampoco nosotros cómo, pero el hecho es que hay cosas que van adelante, se enderezan, logran su armonía, y se les devuelve la bondad y la belleza primigenias. Es la callada labor de un Dios paciente que no deja de trabajar incluso cuando nosotros andamos distraídos, torpes, ausentes. El resultado bendito es una gracia madura que no es fruto de nuestro cálculo ni el resultado de nuestra conquista.
     Pero todo comenzó por una semilla pequeña como la mostaza. Así la vida, así cada pequeño gesto, cada pequeño perdón, cada pequeña esperanza… que sembrada esa pequeñez en la grandeza de Dios, da como resultado ver crecer lo que no es fruto de nuestra medida.

MEDITATIO:
     Este Evangelio está formado por dos parábolas muy breves: la de la semilla que germina y crece sola, y la del grano de mostaza. A través de estas imágenes tomadas del mundo rural, Jesús presenta la eficacia de la Palabra de Dios y las exigencias de su Reino, mostrando las razones de nuestra esperanza y de nuestro compromiso en la historia. (Papa Francisco)
     Dios ha confiado su Palabra a nuestra tierra, a cada uno de nosotros, con nuestra concreta realidad. Podemos tener confianza, porque la Palabra de Dios es palabra creadora, destinada a convertirse en «el grano maduro en la espiga». (Papa Francisco)
     Esta Palabra si es acogida, da ciertamente sus frutos, porque Dios mismo la hace germinar y madurar a través de caminos que no siempre podemos verificar y de un modo que no conocemos. Es siempre Dios quien hace crecer su Reino, el hombre es su humilde colaborador, que contempla y se regocija por la acción creadora divina y espera con paciencia sus frutos. (Papa Francisco)
     Para entrar a formar parte del Reino es necesario ser pobres en el corazón; no confiar en las propias capacidades, sino en el poder del amor de Dios; no actuar para ser importantes ante los ojos del mundo, sino preciosos ante los ojos de Dios, que tiene predilección por los sencillos y humildes. (Papa francisco)
     Cuando vivimos así, a través de nosotros irrumpe la fuerza de Cristo y transforma lo que es pequeño y modesto en una realidad que fermenta toda la masa del mundo y de la historia. (Papa Francisco)

ORATIO:
     Padre, de quien procede todo don, que sigues sembrando y haciendo crecer tu Reino de paz y amor entre nosotros, haznos colaboradores de esta obra tuya a través de la fe que nos suscitas.

Señor Jesús, aumenta mi esperanza,…
Para que la semilla del amor,
que me regalaste el día de mi bautismo,
dé los frutos para lo que fue sembrada,

CONTEMPLATIO:
     El Reino de Dios requiere nuestra colaboración, pero es, sobre todo, iniciativa y don del Señor. Nuestra débil obra, aparentemente pequeña frente a la complejidad de los problemas del mundo, si se la sitúa en la obra de Dios no tiene miedo de las dificultades. La victoria del Señor es segura: su amor hará brotar y hará crecer cada semilla de bien presente en la tierra. (Papa Francisco)
«El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra»
     No tenemos en nuestras manos las soluciones para los problemas del mundo. Pero frente a los problemas del mundo, tenemos nuestras manos. Cuando el Dios de la historia venga, nos mirará las manos. Tenemos que comprometer nuestras manos en la siembras. Que a su llegada el Señor nos encuentre sembrando.
     No se trata tanto de hacer cosas grandes, sino que se trata de hacer “pequeños gestos, con gran amor”. La Madre Teresa decía: “a veces sentimos que lo que hacemos es tan sólo una gota en el mar. Pero el mar no sería el mismo, sería menos, si le faltara esa gota”.


   Cristo quería presentar el signo, la prueba de su grandeza. Así -explica- ocurrirá también con la predicación de la Buena Nueva. En realidad, los discípulos eran los más humildes y débiles entre los hombres, inferiores a todos, pero, dado que en ellos había una gran fuerza, su predicación se difundió por todo el mundo (Juan Crisóstomo).

VIGILIA DE LAS ESPIGAS



PARA EL DIALOGO Y LA MEDITACIÓN


JUNIO: Eucaristía y Doctrina Social de la Iglesia


Principios y valores en la Doctrina Social de la Iglesia

 

     Nos toca hoy, en este tiempo de formación permanente de los adoradores, terminar de presentar los contenidos del  capítulo IV del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia publicado por el Pontificio Consejo “Justicia y Paz”. Abordaremos el principio de Participación y el de Solidaridad y pasaremos a tratar también de los valores fundamentales (verdad, libertad y justicia), en íntima conexión con los principios estudiados. Finalmente y como síntesis de lo expuesto en este capítulo del Compendio afrontaremos la llamada Vía de la Caridad.

   La participación.

    La naturaleza y dignidad de la persona humana según el plan creador de Dios implica el derecho y la obligación de implicarse en los diversos niveles y responsabilidades de la Sociedad. Nadie puede ser excluido, nadie debe abstenerse. Es algo íntimamente ligado a los principios ya expuesto de Bien común y de Subsidiariedad.
     Tal principio debe aplicarse con sentido de gradualidad, en función de las capacidades y situaciones de cada persona, pero sin llegar nunca a una exclusión completa de ninguna.
     Este principio se opone a concepciones totalitarias y dictatoriales de la organización de los estados, y se extiende a otros niveles de la vida social pública o privada. Pero también significa un reto para los modos de organización democráticos, particularmente los representativos (se participa por medio de un “representante”), en especial cuando la representación se hace por medio de asociaciones o partidos políticos. Estos nunca pueden sustituir a los ciudadanos, ni estos moralmente pueden hacer dejación en los mismos. Tales agrupaciones han de ser una ayuda a la participación no una forma de delegación de la misma. Por eso los representantes han de ser controlados y han de depender de los electores más que de los “aparatos” de sus partidos o coaliciones. De no ser así la participación se degrada.
     Pero derecho y obligación de participar no quiere decir falta de reconocimiento de la autoridad legítimamente constituida, en el Estado o en otros niveles de la vida social. La participación exige, por el contrario, mayor obediencia, más responsable e interiorizada, a las decisiones en las que uno participa.

   Solidaridad.

    Este principio deriva de la común dignidad de la persona y de los principios del bien común y del de  destino universal de los bienes. Como en una cordada todos, más allá de las fronteras de cada agregación social (nación, región, municipio, empresa, familia…),  dependemos de todos y todos hemos de velar por todos. No podemos tomar los atajos del egoísmo. Los problemas y carencias de cada ser humano son de todos los seres humanos y todos hemos de poner nuestro granito de arena por solucionarlos. Es una consecuencia también de la organicidad de la sociedad, tal y como la plantea la Biblia. Cuando uno sufre, todos sufrimos, cuando uno está sano y gozoso, todos estamos bien.

Digamos una palabra sobre los valores fundamentales.

     Verdad, libertad y justicia están ligados a los principios que venimos enumerando, son como su caldo de cultivo. Estos valores fundamentales e irrenunciables son la base de la virtud cívica o social, sin ella es imposible perseverar en los Principios antes expuestos.
      La verdad garantiza un nivel de confianza entre cuantos integran la sociedad y todos sus agregados menores. La persona, por su dignidad merece se le diga y trate con verdad. Esto no es incompatible con el respeto por la dignidad e intimidad del otro. No se tiene derecho a saberlo todo. La libertad, se desarrolla en la verdad, y es la cualidad más propia de la persona, que la distingue de las demás criaturas y la permite hacer lo que le es propio y beneficioso para sí y sus semejantes con la adhesión de entendimiento y voluntad sin coacción ni engaño.
     Muchos hoy desconocen o confunden la naturaleza de la libertad y la identifican con la posibilidad de elección. Se precisa una adecuación a nuestra naturaleza y al bien común, no basta con no ser forzado o coaccionado en la elección,  si falta tal adecuación se va perdiendo capacidad de elección se va autolimitando la propia libertad.
     La justicia, en todas sus dimensiones o acepciones del concepto, reclama el respeto de los derechos de cada persona humana sola o encuadrada en cualquier nivel de agregación social. El sentido o virtud de la justicia atempera la propia avidez y predispone al respeto de los derechos ajenos, a la par que se ve garantizada la solidaridad.
     Una sociedad o cualquier agregación social para estar sana precisa un alto nivel de virtud cívica, que comienza por estos valores fundamentales. La educación ha de cumplir la tarea de hacer que la vida de cada ser humano se nutra de un ambiente en el que se ejercitan y respetan los principios y valores de los que hemos hablado, hasta lograr su inserción plena en corazón y mente, hábitos y costumbres, hasta hacerse cultura.

   La vía de la Caridad.

    Siendo la virtud de la Caridad la chispa divina que hace al ser humano más semejante a Dios, “que es Amor”, se entiende que ella alienta y unifica todos estos principios y todos estos valores fundamentales que sustentan la Doctrina Social de la Iglesia. De este modo se puede plantear como síntesis de las aspiraciones y de los caminos para alcanzarlas en la vida y en la doctrina social de la Iglesia la consecución de una civilización del amor, una cultura de la Caridad. La Doctrina Social de la Iglesia quiere ser conocida como esa “vía de la Caridad” que busca conseguir una cultura de la caridad.

   Aplicación a la vida del adorador.

     La Eucaristía, memorial del Señor, contiene y ofrece todo el Amor de Dios que por ella destila sobre los files y la humanidad entera. Celebrando, comulgando y adorando, la Eucaristía se hace vida en nosotros e impulsa sobrenaturalmente la Caridad y su desarrollo. Contribuye sobremanera a edificar en cada fiel y en las comunidades la civilización del amor y sus instrumentos, la vía de la Caridad y la Doctrina Social de la Iglesia.

Preguntas para el diálogo y la meditación.

¿Mi piedad eucarística y mi tiempo de adoración me hacen vivir mejor la vía de la Caridad? ¿Me empuja a ser más libre, veraz y justo? ¿Soy ejemplar en mi solidaridad y compromiso de participación?

¿Llevo a mi vida como adorador estos principios de participación y de solidaridad? ¿o me escaqueo y me inhibo?

Mi contemplación del Misterio de la Eucaristía ¿me lleva cada día más a  profundizar y concretar mi amor a Dios y al prójimo?

sábado, 9 de junio de 2018

LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 10 DE JUNIO DEL 2018, 10º DEL TIEMPO ORDINARIO (Comentario de +Francisco Cerro Chaves-Obispo de Coria-Cáceres)

«¿QUIÉNES SON MI MADRE Y MIS HERMANOS?»

Mc. 3, 20-35

       En aquel tiempo, Jesús llegó a casa con sus discípulos y de nuevo se junta tanta gente que no los dejaban ni comer. Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí. Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: «Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios». Él los invitó a acercarse y les hablaba en parábolas: «¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido.
      Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa. En verdad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre». Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo.
     Llegan su madre y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar. La gente que tenía sentada alrededor le dice: «Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan». Él les pregunta: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?». Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre».

Otras Lecturas: Génesis  3,9-15; Salmo 129; 2Corintios 4,13-5, 1

LECTIO:
     ¿Quién es Jesús? Ésta es la pregunta que centra el relato de este evangelio. Unos lo niegan. No se abren a la presencia de Dios en Jesús. Y lo califican de endemoniado. Los parientes le tienen por loco. Pero, también se presenta María, la Madre, con sus parientes, los adictos a Jesús, que forman parte de su familia espiritual porque escuchan y cumplen la Palabra.
     Los letrados y fariseos en su afán de desacreditarlo, se desplazan desde Jerusalén hasta Galilea y llegan a acusar a Jesús de blasfemo y portador del mal total. Merece, por tanto, la lapidación. Esta acusación es la que a Jesús le llevará a la sentencia final: ser condenado a muerte por blasfemo.
     Jesús propone e invita a seguirle. Él ofrece toda la salvación. No la impone a la fuerza. Y el hombre, que es libre, tiene el riesgo de rechazar el Espíritu, la energía de Jesús contra el pecado, el Amor de Dios, manifestado en Él.
     Jesús mira alrededor y serena su interior y dulcifica sus palabras, al contemplar aquella familia espiritual que trata de entenderle y seguirle. Entre ellos, la Madre, que seguramente estaría inquieta por conocer más a fondo el misterio de la persona y misión de su Hijo.    

MEDITATIO:
     La fe comporta elegir a Dios como criterio-base de la vida, Dios es siempre positivo, Dios es amor, y el amor es positivo. Desde que Jesús vino al mundo no se puede actuar como si no conociéramos a Dios. Como si fuese una cosa abstracta, vacía, de referencia puramente nominal; Dios tiene un rostro concreto, tiene un nombre: Dios es misericordia. La fe comporta elegir a Dios como criterio-base de la vida, Dios es siempre positivo, Dios es amor, y el amor es positivo. Desde que Jesús vino al mundo no se puede actuar como si no conociéramos a Dios. Como si fuese una cosa abstracta, vacía, de referencia puramente nominal; Dios tiene un rostro concreto, tiene un nombre: Dios es misericordia. (Papa Francisco)
     También entre los parientes de Jesús hubo algunos que a un cierto punto no compartieron su modo de vivir y de predicar. Pero su Madre lo siguió siempre fielmente, manteniendo fija la mirada en Jesús y en su misterio. Y al final, gracias a la fe de María, los familiares de Jesús entraron a formar parte de la primera comunidad cristiana. (Papa Francisco)
     La fuerte atracción de Jesús supone no pocas incomodidades para quienes están próximos a su persona ante los requerimientos de quienes lo siguen y buscan de Él la potencia de vida en los signos y en sus palabras.

ORATIO:
     Padre, que nunca ponga resistencias al Espíritu que está en mí para crecer en el Amor y que Tú me regalas generosamente. Que me deje animar y modelar a impulsos del fuego del Espíritu, artífice de tu amistad en mí. Quiero ser, Jesús, de tu familia. Y vivir siempre en la casa de tu amistad.

Concédeme tu luz y tu fuerza
para que sea el amor el que me mueva siempre
a buscar la unión contigo y con los demás.

CONTEMPLATIO:
     Los fariseos pensaban que la salvación la obtenían por sí mismos, por sus buenas obras. Y, en consecuencia, rechazaban la gratuidad del don del Señor. Nada más lejano a lo que Dios quiere de nosotros. Él desea que nos comportemos como hijos necesitados de su misma vida y que respondamos con nuestra conducta a ese don que él nos regala. Necesitados, abiertos y confiados en el Padre.

“Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir”

     Una iglesia dividida, como cualquier familia, no puede subsistir. La persona misma, dividida interiormente, tampoco puede subsistir. El pecado, particularmente aquel que hiere la caridad, causa división. Los primeros cristianos dan ejemplo de cómo vivir la unidad. Ellos superaron las barreras sociales, económicas y culturales. «Eran asiduos a la enseñanza de los apóstoles y a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones». Estos cuatro elementos, que caracterizaron a la comunidad cristiana primitiva, son hoy componentes esenciales para la vida de toda comunidad cristiana…Todos los que habían creído vivían unidos; compartían todo cuanto tenían,  vendían sus bienes y propiedades y repartían después el dinero entre todos según las necesidades de cada uno. (Hechos 2,42).
      Cuántas veces en nuestras Parroquias, grupos, comunidades priorizamos el orden antes que las necesidades de las personas en torno a Jesús. Revisemos de verdad el corazón y no nos desentendamos tan rápido porque si entre sus parientes quisieron librarse de Él, otro tanto puede pasarnos a nosotros. (Papa Francisco)



   Entra en el templo de tu corazón, si quieres alcanzar la purificación espiritual y la limpieza de todo contagio de pecado. Allí Dios atiende más a la intención que a la exterioridad de nuestras obras. Por esto, ya sea que por la contemplación salgamos de nosotros mismos para reposar en Dios, ya sea que nos ejercitemos en la práctica de las virtudes o que nos esforcemos en ser útiles a nuestro prójimo con nuestras buenas obras, hagámoslo de manera que la caridad de Cristo sea lo único que nos apremie. Éste es el sacrificio de la purificación espiritual, agradable a Dios, que se ofrece no en un templo hecho por mano de hombres, sino en el templo del corazón, en el que Cristo el Señor entra de buen grado. (San Justiniano, Obispo)

EL CORAZÓN DE JESÚS... EN EL SAGRARIO

     Estar en el Sagrario significa venir del cielo todo un Dios, hacer el milagro más estupendo de sabiduría, ¡poder y amor! para poder llegar hasta la ruindad del hombre, quedarse quieto, callado y hasta gustoso, lo traten bien o lo traten mal, lo pongan en casa rica o miserable, lo busquen o lo desprecien, lo alaben o lo maldigan, lo adoren como a Dios o lo desechen como mueble viejo... y repetir eso mañana, y pasado mañana, y el mes que viene, y un año, y un siglo, y hasta el fin los siglos... y repetirlo en este Sagrario y en el templo vecino y en el de todos los pueblos... y repetir eso entre almas buenas, finas y agradecidas, y entre almas tibias, olvidadizas, inconstantes y almas frías, duras, pérfidas, sacrílegas...
     Eso es estar el Corazón de Jesús en el Sagrario, poner en actividad infinita un amor, una paciencia, una condescendencia tan grandes por lo menos como el poner que se necesita para amarrar a todo un Dios al Carro de tantas humillaciones.
¡ESTÁ AQUÍ¡
     ¡Santa, deliciosa, arrebatadora palabra que dice a mi fe más que todas las maravillas de la tierra y todos los milagros del Evangelio, que da a mi esperanza la posesión anticipada de todas las promesas y que pone estremecimientos de placer divino en el amor de mi alma!
¡ESTÁ AQUÍ¡
     Sabedlo, demonios que queréis perderme, que tratáis de sonsacarme, enfermedades que ponéis tristeza en mi vida, contrariedades, desengaños, que arrancáis lágrimas a mis ojos y gotas de sangre a mi corazón, pecados que me atormentáis con vuestros remordimientos, cosas malas que me asediáis, sabedlo, que el Fuerte, el Grande, el Magnifico, el Suave, el Vencedor, el Buenísimo Corazón de Jesús está aquí, ¡aquí en el Sagrario mío!
     Padre eterno, bendita sea la hora en que los labios de vuestro Hijo unigénito se abrieron en la tierra para dejar salir estas palabras: «¡Sabed que yo estoy todos los días con vosotros hasta la consumación de los siglos!»
     Padre, Hijo y Espíritu Santo, benditos seáis por cada uno de los segundos que está con nosotros el Corazón de Jesús en cada uno de los Sagrarios de la tierra. ¡Bendito, bendito Immanuel!...

+ Beato Manuel González - "El Obispo de los Sagrarios Abandonados"