IGLESIA PERSEGUIDA

IGLESIA PERSEGUIDA

domingo, 14 de enero de 2018

LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 14 DE ENERO DEL 2018, 2º DEL TIEMPO ORDINARIO (Comentario de +Francisco Cerro Chaves-Obispo de Coria-Cáceres)

«MAESTRO, ¿DÓNDE VIVES?... VENID Y LO VERÉIS»

Jn. 1. 35-42
     En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Este es el Cordero de Dios».  Los dos  discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?». Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?». Él les dijo: «Venid y veréis».
     Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; era como la hora décima. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice:
     «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)». Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce: Pedro)».

Otras Lecturas: 1Samuel 3,3b-10-19; Salmo 39; 1Corintios 6,13c-15a.17-20

LECTIO:
     La escena que la liturgia nos presenta este domingo en el Evangelio, es sin duda alguna una de las más estremecedoras: el encuentro de Jesús con sus dos primeros discípulos.
     Jesús pasa, el profeta lo señala. Una mirada que se hace en seguida confesión. “Es el Cordero de Dios”Es importante esa mirada y esa confesión del Bautista, sin las cuales aquellos dos discípulos no habrían sabido quién era Aquel que pasaba ni habría sucedido todo lo que aconteció tras su paso. El Bautista simplemente miró, señaló y confesó… El resto lo hizo Dios.
     Una pregunta y una casa. Aquellos dos discípulos comenzaron a seguir a Jesús, con un seguimiento henchido de búsquedas y de preguntas: el haber encontrado al maestro de su vida, el querer conocer su casa, el comenzar a convivir con él y a vivirle a él. El Evangelio dará cuenta de todas las consecuencias de este encuentro, de estas búsquedas y preguntas iniciales.
     Este fue el inicio. Luego vendrá toda una vida, consecuencia de aquello que sucedió a la hora décima cuando vieron pasar a Jesús: el Tabor y su gloria, la última cena con su intimidad junto al costado del Maestro, Getsemaní y su sopor, el pie de la cruz, el sepulcro vacío y la postrera pesca milagrosa, el cenáculo y María en la espera del Espíritu, Pentecostés y la naciente Iglesia... tantas cosas con todos los matices que la vida siempre dibuja. Todo comenzó entonces a las 4 de la tarde, hace ahora 2000 años.       Aquellos discípulos no se encerraron en la casa de Jesús ni detuvieron el reloj del tiempo. Salieron de allí, y dieron las cinco y las seis, y las mil horas siguientes. Y a los que encontraban les narraban con sencillez lo que a ellos les había sucedido, permitiendo así que Jesús hiciera con los demás lo que con ellos había hecho. ¿No es esto el Cristianismo? (Jesús Sanz Montes - Arzobispo de Oviedo)

MEDITATIO:
     Esta escena del evangelio está  atravesada de manera muy viva por el intercambio intenso de miradas: de Juan hacia Jesús; de Jesús a los dos discípulos; de los discípulos a Jesús; y finalmente es Jesús el que dirige nuevamente su mirada a nosotros, en la persona de Pedro.
     El evangelista utiliza verbos diferentes, todos cargados de distintos matices, de intensidad; no se trata de miradas superficiales, distraídas, fugaces, sino más bien de contactos profundos, intensos, que parten del corazón, del alma. Así Jesús, el Señor, mira a sus discípulos y nos mira a nosotros. Nosotros deberíamos aprender a mirarlo a Él…     Jesús, primero camina, luego se vuelve y se detiene, con la mirada, con el corazón, en la vida de los dos discípulos. Jesús “se vuelve”, es decir, cambia, se adapta, deja su condición de antes y asume otra. Jesús aquí se nos revela como Dios encarnado, Dios que ha descendido en medio de nosotros, hecho hombre. Se ha vuelto del seno del Padre y se ha dirigido a nosotros.
     Jesús invita a los dos discípulos a “venir a ver”. No se puede estar detenido cuando se ha encontrado al Señor; su presencia nos pone en movimiento, nos hace levantar de nuestras viejas posiciones y nos hace correr. Tratemos de recoger todos los verbos que hacen referencia a los discípulos en este pasaje: “siguieron”; “le seguían”; “fueron… vieron… se quedaron con Él”.
 
ORATIO:
    Señor, tú me has comprado, verdaderamente, a un precio elevado; me has convertido en uno de los miembros de tu cuerpo y en templo del Espíritu Santo. Haz que pueda conocerte no por lo que he oído de ti, sino por haberte encontrado de verdad,

Aquí me tienes, Señor,
a pesar de tantas contradicciones.
Creo en la fuerza de la fe,
porque es don de balde y sin cargo.

CONTEMPLATIO:
«Maestro, ¿dónde vives?... venid y lo veréis»

     Jesús invita a “venir y ver”, y los discípulos fueron y “vieron”, y se quedaron con él. Nada referido a la visión queda igual. Pero ¿cuántas cosas de nuestra vida siguen igual después de ver a Jesús, su enseñanza y sus obras?
     Los discípulos de Juan oyen sus palabras y siguen a Jesús. Las palabras de Juan encaminan a Jesús. ¿Nuestras palabras, testimonio, encaminan a los demás a Jesús?
     Pedro recibe un nombre nuevo por parte de Jesús; su vida se ve completamente transformada. ¿nos atrevemos, hoy, a entregar al Padre nombre, vida, tu persona, tal como es, para que Él pueda generarnos de nuevo como hijos, llamándonos con el nombre que él, en su infinito Amor, ha pensado?   



       Andrés, por tanto, salva a Pedro, su hermano, e indica, con pocas palabras, todo el gran misterio. Dice, en efecto: «Hemos encontrado al Mesías», o sea, «el tesoro escondido en el campo o la perla preciosa», según otra parábola del evangelio (cf. Mt 13,44ss). Entonces Jesús le miró a los ojos, como conviene a Dios, que conoce «las mentes y los corazones» (Sal 7,10) y prevé la gran piedad que alcanzará aquel discípulo, la excelsa virtud y la perfección a las que será elevado [...] Después, no queriendo que siguiera llamándose Simón, y considerándolo ya en su potestad, con una homonimia le llamó Pedro, de «piedra», mostrando de manera anticipada que sobre él fundaría su Iglesia (Cirilo de Alejandría).

Ex 15, 6


ENERO 2018

«Tu diestra, Señor, es magnífica en poder» (Ex 15, 6).

     La Palabra de vida de este mes recoge un versículo del himno de Moisés, un pasaje del Antiguo Testamento en el que Israel ensalza la intervención de Dios en su historia. Es un canto que proclama la acción decisiva de Dios para la salvación del pueblo durante el largo recorrido desde la liberación de la esclavitud en Egipto hasta la llegada a la tierra prometida.
     Es un camino que conoce dificultades y sufrimiento, pero que se realiza bajo la guía segura de Dios y mediante la colaboración de unos hombres, Moisés y Josué, que se ponen al servicio de su designio de salvación.
«Tu diestra, Señor, es magnífica en poder».
     Cuando pensamos en el poder, lo asociamos fácilmente a la fuerza del poder, que suele ser causa de abusos y conflictos entre personas y entre pueblos. En realidad, la palabra de Dios nos revela que el verdadero poder, tal como se manifestó en Jesús, es el amor. Él recorrió toda su experiencia humana hasta la muerte para abrirnos el camino de la liberación y del encuentro con el Padre. Gracias a Él se manifestó el poderoso amor de Dios por el hombre.
«Tu diestra, Señor, es magnífica en poder».
     Si nos miramos a nosotros mismos, hemos de reconocer con franqueza nuestras limitaciones. La fragilidad humana es una realidad innegable en todas sus expresiones: física, moral, psicológica y social. Y aquí es precisamente donde podemos experimentar el amor de Dios. En efecto, Él quiere la felicidad para todos los hombres, sus hijos, y por eso está siempre disponible a ofrecer su ayuda poderosa a todos los que se ponen dócilmente en sus manos para construir el bien común, la paz y la fraternidad.
     Esta frase ha sido elegida sabiamente para celebrar en este mes la «Semana de oración por la unidad de los cristianos». Cuánto sufrimiento hemos sido capaces de infligirnos mutuamente en estos siglos, ahondando grietas y sospechas, dividiendo comunidades y familias.
«Tu diestra, Señor, es magnífica en poder».
       Necesitamos pedir mediante la oración la gracia de la unidad, como un don de Dios; al mismo tiempo podemos también ofrecernos para ser instrumentos del amor de Dios para construir puentes. Con ocasión de un congreso en el Consejo Ecuménico de las Iglesias en Ginebra en 2002, Chiara Lubich fue invitada a ofrecer su pensamiento y su experiencia, y dijo:
       «El diálogo se desarrolla de este modo: ante todo nos ponemos en el mismo plano que nuestro interlocutor, quienquiera que sea; luego lo escuchamos haciendo el vacío completo dentro de nosotros... De este modo acogemos al otro en nosotros y lo comprendemos... Porque así, escuchado con amor, el otro es estimulado a oír también nuestra palabra».
       En este mes aprovechemos nuestros contactos diarios para afianzar o recuperar relaciones de afecto y amistad con personas, familias o grupos pertenecientes a Iglesias distintas de la nuestra.
       Y ¿por qué no extender nuestra oración y nuestra acción también a las fracturas dentro de nuestra propia comunidad eclesial, como también en la política, en la sociedad civil y en las familias? Podremos testimoniar también nosotros con alegría: «Tu diestra, Señor, es magnífica en poder». 

Leticia Magri


sábado, 6 de enero de 2018

LECTIO DIVINA PARA EL SÁBADO 6 DE ENERO DEL 2018, EPIFANÍA DE NUESTRO SEÑOR (Comentario de +Francisco Cerro Chaves-Obispo de Coria-Cáceres)



«¿DÓNDE ESTÁ EL REY DE LOS JUDÍOS QUE HA NACIDO?»

Mt. 2, 1-12
     Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo». Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel”».
     Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo». Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría.
     Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino.

Otras Lecturas: Isaías 60,1-61; Salmo 71; Efesios 3,2-3a.5-6

LECTIO:
     La liturgia de la epifanía nos permite universalizar esa salvación que nos trae el Niño Dios, y que en los días pasados hemos visto centrar en torno a María, José y el pequeño puñado de pastores… También estaban de camino esos personajes de los que nos habla el evangelio de este día: hemos venido a adorar al Niño desde el oriente.
     Fue una estrella la que les sacó de su mundo y se convirtió para ellos en estrella que les cambió su mirada: de científicos buscadores en humildes peregrinos. Y por eso serán ellos los que, tras los pastores, se acercarán al portal de Belén… para ofrecer sus dones a aquel Niño que era por antonomasia el Don. La mirra, el incienso y el oro eran tres formas de reconocer al Señor humanado que se presentaba como hombre sin dejar de ser Dios. Nuestros sabios peregrinos…sencillamente se dejaron llevar, y en el sentido más propio se conmovieron. Dios no les defraudóy se llenaron de alegría, como nos dice el evangelio de hoy.
     Delante del mismo Dios y sus diversas manifestaciones podemos   tener actitudes diversas: desde las más abiertas y acogedoras, hasta las más aviesas y censuradoras. Depende lo que suscita en nuestro corazón y en nuestro entorno la estrella que Dios envía: sobresalto o alegría, un Dios al que perseguir o un Dios del que saberse peregrinos.
     Esta es la verdadera sabiduría. El mejor regalo que Dios Niño nos hace cuando le dejamos que se acerque al portal de nuestra vida. (Jesús Sanz Montes - Arzobispo de Oviedo)

 MEDITATIO:
     Hoy, solemnidad de la Epifanía, hacemos memoria de la llegada de los Magos, que venían de Oriente para adorar al recién nacido Rey de los judíos y Salvador universal y ofrecer dones simbólicos. Con su gesto de adoración, los Magos testimonian que Jesús vino a la tierra para salvar no a un solo pueblo, sino a todas las gentes. (Papa Francisco)
      El relato evangélico de los Magos describe su viaje desde Oriente como un viaje del alma, como un camino hacia el encuentro con Cristo. Ellos están atentos a los signos que indican su presencia; son incansables al afrontar las dificultades de la búsqueda; son valientes al considerar las consecuencias de vida que se derivan del encuentro con el Señor. (Papa Francisco)
     La vida cristiana es caminar, pero estando atentos y siendo incansables y valientes. …Como para los Magos, también para nosotros buscar a Dios quiere decir caminar —y como decía: atento, incansable y valiente— fijando la mirada en el cielo y vislumbrando en el signo visible de la estrella al Dios invisible que habla a nuestro corazón. (Papa Francisco)
     La Palabra de Dios es luz que orienta nuestro camino, nutre nuestra fe y la regenera. Es la Palabra de Dios que renueva continuamente nuestro corazón y nuestras comunidades. No olvidemos leerla y meditarla cada día, para que llegue a ser para cada uno como una llama que llevamos dentro de nosotros para iluminar nuestros pasos, y también los de quien camina junto a nosotros, que tal vez le cuesta encontrar el camino hacia Cristo. (Papa Francisco)

ORATIO:
     Haz, Señor, que la Iglesia entera sepa, como los Magos, caminar siempre hacia Belén para adorar al rey universal de las gentes y al mismo tiempo, desde Belén, dirigirse al mundo para desempeñar la misión que Jesús le ha confiado de ir al encuentro de todos. 

¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz;
la gloria del Señor amanece sobre ti!
Y caminarán los pueblos a tu luz,
los reyes al resplandor de tu aurora.

CONTEMPLATIO:
“Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron”.
     Guiados por el Espíritu, reconocen que los criterios de Dios son muy distintos a los de los hombres, que Dios no se manifiesta en la potencia de este mundo, sino que nos habla en la humildad de su amor. El amor de Dios es grande, pero el amor de Dios es humilde. Los Magos son modelos de conversión a la verdadera fe porque han dado más crédito a la bondad de Dios que al aparente esplendor del poder. (Papa Francisco)
     Los Magos han entrado en el misterio. Han pasado de los cálculos humanos al misterio, y éste es el camino de su conversión. ¿Y la nuestra? Pidamos al Señor que nos conceda vivir el mismo camino de conversión que vivieron los Magos. Que nos defienda y nos libre de las tentaciones que oscurecen la estrella. (Papa Francisco)
     Tengamos siempre la inquietud de preguntarnos, ¿dónde está la estrella?, cuando, en medio de los engaños mundanos, la hayamos perdido de vista. Que aprendamos a conocer siempre de nuevo el misterio de Dios, que no nos escandalicemos de la “señal”, de la indicación, de aquella señal anunciada por los ángeles: «un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». (Papa Francisco)


  La estrella se detuvo sobre el lugar en que se encontraba el Niño. Al ver la estrella de nuevo, los Magos se llenaron de inmensa alegría [] Celebremos la salvación del mundo, la Navidad del género humano. Unámonos a cuantos acogieron festivos al Señor. Y sea concedido también a nosotros encontrarnos con ellos para contemplar con mirada pura, como reflejada en un espejo, la gloria del Señor, para ser transformados también nosotros de gloria en gloria, por gracia y bondad de nuestro Señor Jesucristo. A él la gloria y la soberanía por los siglos de los siglos. (San Basilio Magno)