TIEMPO LITÚRGICO

TIEMPO LITÚRGICO

miércoles, 25 de marzo de 2026

PROGRAMACIÓN PARROQUIAL

 

 EL SILENCIO

(Continuación)


“Alabanza te espera en silencio, Oh Dios, en Sion” (Salmo 65:1)

   El Señor es nuestro ejemplo perfecto. Él habló cuando debía hablar, y calló cuando fue necesario. Todo lo hizo en justa medida, “en igual peso” (Éxodo 30:34 d). El Señor nos pide que sigamos sus pisadas, que imitemos su ejemplo, que andemos en su camino. Y Él nunca nos pediría algo imposible de cumplir. En estos tiempos difíciles, en los que el Enemigo busca destruir el testimonio cristiano, debemos prestar una especial atención a cada una de las palabras que salen de nuestras bocas, o a cada una de las expresiones de las cartas que escribimos y, algo muy actual, a cada una de las palabras que escribimos en los mensajes que enviamos por la Internet. A veces, una sola palabra imprudente ha servido para provocar grandes estragos en el pueblo de Dios.

     Los creyentes según el Nuevo Testamento disfrutamos de grandes privilegios: tenemos el Espíritu Santo en nosotros, disponemos de la Palabra de Dios y los ojos del Señor están siempre atentos a cada detalle de nuestras vidas. Pero, no debemos olvidar que también tenemos la vieja naturaleza, pecaminosa, que jamás obedece a los consejos de Dios. Este viejo hombre debería ser dejado en el lugar que le pertenece: la muerte. Sin embargo, a veces nosotros mismos le concedemos que reviva y comience a controlar nuestras vidas, tal como cuando aún no conocíamos al Señor como nuestro Salvador. Lamentablemente, no siempre queremos aceptar que esto nos sucede. Y, la mayoría de las veces, Satanás nos susurra muchas mentiras que nos hacen creer que en realidad estamos obrando bien, y hasta llegamos a pensar que ciertas cosas que hacemos en la carne, las estamos haciendo para Dios. Y como nuestro Padre de amor nos conoce a la perfección, entonces no nos deja de advertir en cuanto a los peligros que pueden ocasionar nuestras palabras cuando no son guiadas por Él: “En las muchas palabras no falta pecado; mas el que refrena sus labios es prudente” (Proverbios 10:19).

   En su epístola, el apóstol Santiago le dedicó una porción importante al tema de las palabras. Más exactamente, el apóstol nos presenta el problema que surge cuando no podemos controlar nuestra lengua. Él nos dice, sin rodeos, que la lengua “es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas [...] La lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo...”. ¿Acaso esto no es demasiado duro? ¿No está exagerando el apóstol? En absoluto. Estas expresiones que parecen tan duras son el producto del amor del Padre por nosotros, sus hijos. ¿Qué sería de nosotros si nuestro Padre nos dejara sin disciplina? Antes bien, digamos como David: “caigamos ahora en mano de Jehová, porque sus misericordias son muchas, mas no caiga yo en manos de hombres” (2.º Samuel 24:14).

   Pues bien, teniendo en cuenta estas cosas, podemos abordar brevemente el tema del silencio en las reuniones. Cuando vamos a la reunión a los pies del Señor Jesús, deberíamos siempre tratar de llegar unos minutos antes de la hora determinada para el comienzo de esta. Y la razón es que necesitamos unos breves momentos en silencio a fin de abstraernos de todo aquello que seguramente ha inundado nuestra mente en el trayecto que realizamos hasta el lugar de reunión. Durante esos momentos de silencio nos disponemos mental y espiritualmente para estar en la presencia del Señor. Resulta inapropiado para la gloria del Señor que un creyente llegue a la reunión sobre la hora (¡o tarde!), agitado, perturbado, y que, en esa situación, indique un himno, ore o lea algún pasaje de las Escrituras. Es cierto que debemos considerar ciertas situaciones particulares que pueden darse: hermanos que viven lejos y que a veces tienen problemas con el tránsito, otros que pueden sufrir algún percance circunstancial, matrimonios que suelen tener demoras a causa de niños pequeños que hay que atender a último momento, etc. Pero, estas situaciones sólo pueden ser toleradas cuando se trata de imprevistos y no cuando se tornan una deplorable costumbre. La única manera de corregir estas actitudes es concienciarse de que estamos reunidos alrededor del Señor Jesús, y de que es a Él a quien defraudamos y entristecemos cuando llegamos tarde a su invitación, debido a nuestra negligencia.

     En cuanto a la reunión de adoración, en la que tenemos los momentos solemnes del partimiento del pan, realmente debemos humillarnos y aceptar lo poco que discernimos la necesidad de guardar ciertos silencios que son según Dios, dirigidos por el Espíritu Santo. Por ejemplo, suele suceder que luego de cantar un himno, se levanta inmediatamente un hermano a leer las Escrituras, y luego de éste se levanta otro a orar, y luego se pide otro himno... parecería que no se puede tolerar el mínimo silencio. Puede ser que en algún momento el Espíritu disponga así las diversas acciones, pero esto nunca tendrá un carácter rutinario ni será un hábito implantado. Luego de cada una de estas acciones, qué bueno es tener unos momentos —de una brevedad que el mismo Señor regulará, pues Él mismo dirige la alabanza en medio de los suyos—, para gozar juntos de lo que estamos ofreciendo al Padre, las excelencias del Señor Jesús, ofrenda de olor grato. Debemos recordar que el Señor les concede a sus sacerdotes el poder comer de la misma ofrenda que es presentada ante Dios, figura que nos habla de la comunión (Levítico 7:34). No se trata de «arrojar» las piezas del sacrificio sobre el altar con una actitud «mecánica», sino de gustar juntos de aquello mismo que ofrecemos a Dios. Es la plena comunión en la que el mismo Señor nos ha introducido.

Ezequiel Marangone 

sábado, 21 de marzo de 2026

RIQUEZAS DE LA LITURGIA

Stabat Mater dolorosa: himno mariano en la Pasión

EL TEXTO

    Stabat Mater dolorosa Iuxta crucem lacrimosa, dum pendebat filius. Cuius animam gementem Contristantem et dolentem Pertransivit gladius. O quam tristis et afflicta Fuit illa benedicta Mater unigeniti Quae maerebat et dolebat. Et tremebat, cum videbat Nati poenas incliti. Quis est homo qui non fleret, Matrem Christi si videret In tanto supplicio?...

     La Madre piadosa estaba junto a la cruz y lloraba mientras el Hijo pendía. Cuya alma, triste y llorosa, traspasada y dolorosa, fiero cuchillo tenía. ¡Oh, cuán triste y aflicta se vio la Madre bendita, de tantos tormentos llena! Cuando triste contemplaba y dolorosa miraba del Hijo amado la pena. Y ¿cuál hombre no llorara, si a la Madre contemplara de Cristo, en tanto dolor?...

    Considerado uno de los siete himnos latinos más grandes de todos los tiempos. Se basa en la profecía de Simeón de que una espada iba a traspasar el corazón de su madre, María (Lc 2, 35). El himno se originó en el siglo XIII durante el pico de la devoción franciscana al Jesús crucificado y ha sido atribuido al Papa Inocencio III (d. 1216), San Buenaventura, o más comúnmente, Jacopone da Todi (1230-1306), que es Considerado por la mayoría como el verdadero autor.

   El himno se asocia a menudo con las Estaciones de la Cruz. En 1727 fue prescrito como una Secuencia para la Misa de los Siete Dolores de María (15 de septiembre), donde todavía se usa hoy. Además de esta Misa, el himno también se utiliza para el Oficio de las lecturas: en vísperas, "Stabat Mater dolorosa"; en maitines, "Sancta Mater, istud agas"; en laudes, "Virgo virginum praeclara". Hay un espejo de este himno, Stabat Mater speciosa, que hace eco de la alegría de la Santísima Virgen María en el nacimiento de Jesús.

                                                Pablo Cervera Barranco - Director de MAGNIFICAT 


lunes, 16 de marzo de 2026

 EL SILENCIO

(Continuación)

  “Todo tiene su tiempo [...] tiempo de callar, y tiempo de hablar” (Eclesiastés 3:1-7)

     Ya hemos considerado que palabra y silencio son como las dos caras de una misma moneda. Por lo tanto, lo que tenemos que discernir es en qué momento debemos hablar y en qué momento callar. El versículo arriba citado es suficientemente claro. Hay un tiempo adecuado para cada cosa, y debemos dejar que sea el Espíritu Santo el que nos guíe en todo. Y en esto es en lo que más fallamos. Tratamos de clasificar y valorar palabras y silencios a la manera humana. Pero, en muchas circunstancias de la vida, ¡cómo convendría nuestro silencio! Pensemos a modo de ejemplo en ciertas circunstancias en las que saludamos a alguien que pasa por luto; seguramente, dos o tres palabras sinceras bastarían. Dos o tres palabras que hablaran del amor de Dios. Pero esa persona muchas veces, en medio de su dolor, tiene que soportar largos discursos o frases breves pero inertes, como por ejemplo: «Lo acompaño en el sentimiento». ¿Podemos acompañar a alguien en los sentimientos en situaciones así? Si lo pensáramos bien, delante del Señor, en vez de decir una frase tan gastada y vana, guardaríamos un muy sano silencio.

     En algún momento de nuestras vidas, probablemente haya venido a nosotros alguien con un problema grave, abatido por la angustia, desesperanzado. Y lo que necesitaba esta persona era que alguien la escuche. Pero nosotros, quizá con buenas intenciones, le dimos muchos consejos, y le contamos nuestras experiencias, y le hablamos mucho acerca de la necesidad de la fe... Cuando en realidad deberíamos haber dejado que esa persona compartiera con nosotros el peso que la agobiaba... ¡y para eso tendríamos que haber guardado silencio! Un silencio que nos hubiera permitido, a la vez que escuchábamos declaraciones tristes, elevar una oración a favor de esa persona, una plegaria que surge desde el fondo del alma directamente hacia el cielo, sin palabras audibles. Y si en esa ocasión nos hubiera resultado necesario hablar, un profundo silencio de nuestra parte habría sido el marco adecuado para esas dos o tres palabras que, con la guía del Espíritu, habríamos pronunciado en el momento justo. Palabras que, con más eficacia que un largo discurso, pueden llevar a un alma al único lugar donde se halla el consuelo perfecto: a los pies de nuestro Señor Jesús.

     El silencio, como todo lo demás en la vida del creyente, siempre será positivo si es según Dios. Cometeríamos un grave error si tratáramos de catalogar los silencios en «buenos» y «malos». El silencio siempre es silencio, y en sí mismo no tiene nada de bueno ni de malo. Lo que necesitamos discernir es la función positiva o negativa que puede derivar de su utilización. Si yo guardo silencio ante las almas que necesitan la salvación y no anuncio las buenas nuevas del Evangelio, entonces estoy desobedeciendo a Dios y mi comportamiento será muy negligente. Si yo callo y no advierto a mi hermano de un tremendo error que está cometiendo o de un peligro que lo acecha, estoy en la misma situación. En estos casos no somos llamados al silencio, sino a testificar (aunque siempre debemos ser prudentes en cuanto a no hablar de más).

     Como ejemplo supremo podemos observar la conducta del Señor Jesús. En el evangelio según Juan, capítulo 19:9, leemos que Pilato le preguntó al Señor: “¿De dónde eres? ...”; y el versículo finaliza: “Mas Jesús no le dio respuesta”. La ignorancia y la soberbia llevaban a Pilato a indagar sobre los orígenes de nuestro Señor, pero Él no había venido a saciar la curiosidad de nadie, sino a glorificar a Dios y a salvar a los pecadores. Sin embargo, en el versículo 10 de este mismo capítulo, Pilato le formula al Señor otra pregunta: “¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte, y que tengo autoridad para soltarte?”  Y, en esta oportunidad, el Señor no guardará silencio. Sus palabras serán pocas, pero absolutamente claras y contundentes: “Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba” (v.11). El Señor no podía dejar de testificar ante las pretensiones del impío gobernador romano de tener autoridad en lo tocante a la obra más importante jamás realizada, gozne de la historia del hombre: la crucifixión del Señor Jesús, el Hijo de Dios.

   ¿Y qué decir del santo silencio del Señor cuando fue llevado a la cruz?: “Angustiado y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca” ¡Oh, si el Señor hubiera respondido de acuerdo con lo que merecía el hombre, a lo que merecíamos todos nosotros! Pero el Señor no abrió su boca. En ese silencio puede verse su inmensa gracia, su infinito amor. Él fue a la cruz soportando todo el oprobio, glorificando así a Dios, salvando a los pecadores, llevando muchos hijos a la gloria. Cuántas veces nosotros, pecadores salvados por gracia, vociferamos y proferimos tanta palabrería ante aquellos a quienes consideramos nuestros ofensores. ¡Cuántas veces hablamos de más ante quienes necesitan del amor y de la gracia!

Ezequiel Marangone 

sábado, 14 de marzo de 2026

 EL SILENCIO

“Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas”(Romanos 11:36).

   Qué es el silencio? Si consultamos en un diccionario, encontraremos como acepciones principales la abstención de hablar”, la “falta de ruido”, la “omisión de algo por escrito” y la “pausa musical”. Pero, sin lugar a duda, la connotación de la palabra silencio nos presenta un universo de significados mucho más complejo. Por ejemplo, al disfrutar de un hermoso paisaje, en la montaña, en el mar, en el campo, solemos decir que disfrutamos del silencio, cuando en realidad muchos sonidos están llegando a nuestros oídos. Pero, en ese caso, consideramos que estamos en silencio porque, por un lado, los sonidos que escuchamos en esos lugares nos resultan muy gratificantes y, por el otro, debido a que experimentamos la ausencia de aquellos ruidos que cotidianamente nos resultan molestos.

   Todos los creyentes conocemos la importancia que tiene la palabra en el pensamiento de Dios. Por su Palabra fueron creados los cielos y la tierra, y todo lo que en ellos hay. Pero, cuando nos detenemos a considerar a la palabra en el plano de la comunicación, no podemos pensar en ella si no pensamos también en el silencio. Palabra y silencio son las dos caras de una misma moneda. Cuando una persona le habla a otra, el receptor del mensaje necesariamente debe guardar silencio para que la comunicación sea efectiva. Si dos personas se hablan al mismo tiempo, ninguna de las dos comprenderá a la otra. Esto que parece tan simple, en realidad es una de las cosas que más nos cuesta llevar a la práctica.

 Cuando Dios nos habla, siempre nos concede, en su inmensa gracia, un silencio para que nosotros meditemos en su Palabra. Él es el interlocutor perfecto. Habla y otorga el tiempo necesario para meditar, comprender y actuar en consecuencia. ¡A cuántos hombres de Dios vemos en las Escrituras guardando silencio mientras están en sus lechos, en el camino, en la enfermedad, en la pobreza, en tiempos de guerra...! ¡Qué hermoso y necesario silencio Dios nos regala después de hablarnos! ¡Y cuánto nos convendría aprender a guardar silencio en los momentos críticos! El profeta Amós alertaba acerca de los juicios de Dios que se aproximaban a causa de la impiedad del pueblo, y en el capítulo 5:13 de su libro leemos un interesante y necesario consejo: “Por tanto, el prudente en tal tiempo calla, porque el tiempo es malo”.

 Muchas veces Dios puede estar hablándonos para comunicarnos algo importante y nosotros no lo escuchamos porque nuestra lengua no se detiene. Nos convendría recordar que Samuel había aprendido algo muy útil desde su niñez; cuando Dios lo llamó, él supo contestar acertadamente: “Habla, porque tu siervo oye” (1.º Samuel 3:9). ¡Y cuántas veces nos sentimos humillados cuando nosotros, creyentes, comprobamos la veracidad de la siguiente enseñanza bíblica: “Aun el necio cuando calla es contado por sabio” (Proverbios 17:28).

   De manera que, con lo poco expresado hasta ahora, nos damos cuenta de la importancia del silencio. Y cuando nos referimos al silencio no lo hacemos pensando únicamente en la ausencia de sonidos, ruidos, palabras, sino también pensando en otro tipo de silencio, que quizá podríamos llamar silencio espiritual, silencio de actitud, silencio de sujeción y humildad, que tal vez no se demuestre solamente con la falta de palabras, sino mediante la predisposición de nuestros corazones a escuchar a Dios y a aquellos que desean hablarnos para nuestro bien.

   Si somos hijos de Dios tenemos libertad para entrar en Su presencia con total libertad, pues la sangre de Cristo nos abrió la entrada a los cielos, y podemos dirigirnos a Él con total confianza: adoramos, agradecemos, pedimos, intercedemos... Pero, muchas veces, al considerar la grandeza del amor de Dios o al contemplar las bellezas de la persona del Señor Jesús, sentimos que lo que conviene es el silencio. Y particularmente nos suele ocurrir cuando estamos juntos, en comunión, postrados a los pies del Señor Jesús, rindiendo la adoración que Él se merece. Tanta grandeza, maravillas y perfecciones de nuestro Amado muchas veces nos dejan sin palabras audibles, aunque, por supuesto, en esos momentos el perfume sigue subiendo al Padre desde el corazón de la Iglesia.

Ezequiel Marangone 

viernes, 6 de marzo de 2026


MARZO HORNO ENCENDIDO.

Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar

LA ADORACIÓN NOCTURNA MOMENTO PARA CULTIVAR LA INTIMIDAD CON DIOS

Eucaristía, Pan recién salido del horno del Amor.

   Todos hemos vivido la sensación de sentir cómo un horno con su calor va convirtiendo una masa de harina y otros ingredientes en un delicioso bizcocho o en unos bollitos que huelen de maravilla… El horno es esencial para convertir lo que no sería más que una masa informe en una repostería apetitosa… El calor hace cosas maravillosas cuando se aplica bien.

   La analogía culinaria puede servirnos. Muchas veces se ha llamado al Corazón de Jesús “horno encendido de caridad”. Y es que hay mucha relación entre el amor y el calor. También el amor, bien aplicado es capaz de sacar de las personas las cosas más hermosas, de convertir su masa en verdaderas maravillas. Lo que está crudo y frío, se hace cuando se sabe amado, sabroso y entregado.

 Cuando nosotros nos dejamos hornear por Jesús poniéndonos a su vera en la Eucaristía, sin que nos demos cuenta, Jesús va infundiendo sobre nosotros el calor de su caridad, de tal manera que nos prepara para entregarnos a los demás con gusto. Él mismo, de alguna manera está ardiendo en el fuego del Espíritu Santo, por eso dice que “he venido a prender fuego a la tierra” y que “ojalá estuviera ya ardiendo”. El fuego puede arrasar y abrasar todo lo malo, y así hace Jesús, pero también puede hacer aparecer, como en el caso de la cocina, virtudes insospechadas en la masa y en los ingredientes.

   Nuestra masa son nuestros deseos de santidad, nuestras pobres mortificaciones, nuestros sentimientos de amor tan chicos, nuestras buenas intenciones y nuestros propósitos mil veces repetidos. En realidad, con todo esto uno piensa que es difícil hacer un buen alimento, alcanzar la santidad. Pero si lo juntamos todo y lo ponemos en el Corazón Eucarístico de Jesús, al calor del Espíritu Santo... Dios que es el mejor cocinero, puede con su amor, convertir nuestra pobre masa en alguna delicia, como ha hecho con tantos santos. Además, en el bendito Corazón de Jesús, se “hornea” cada día el pan más maravilloso del mundo, la Eucaristía. Pan recién salido del horno del Amor. Pan para alimentar a los pobres del mundo de las almas -a nosotros-. Este pan no es prefabricado e insulso, es un pan que sacia, un pan de ángeles. ¿Sabías que Belén significa literalmente Casa-del-pan?

   Hagamos hoy como D. Luis de Trelles, juntemos nuestros ingredientes, nuestras poquitas cosas, y presentémoselos a María, la divina panadera, para que ella nos amase y nos introduzca en el horno encendido del Corazón de Jesús.

   Unamos incluso nuestro grano al trigo de Jesús ofrecido para dar vida, y horneados con él por el amor, convirtámonos en alimento para el mundo. -“Os ofrezco estos mis humildes votos y tibios deseos, reunidos a los que emanan del divino corazón de Jesús en la santa Eucaristía, y os presento los sentimientos y latidos de ese horno incandescente de caridad por mis pecados y por los del mundo; y para sufragio de las benditas almas del purgatorio: esperando que admitáis esta ofrenda, pobre en cuanto mía, y grande por lo que de ella es vuestro, para otorgarme la gracia de no pecar más y luego la dicha de veros eternamente en la gloria, con el Padre Eterno y el Espíritu Santo, por los siglos sin fin”-. (Trelles, LS 3, 1872)

Preguntas para el diálogo y la meditación.

¿En qué se parece el amor y el calor? ¿Qué relaciones tienen?

¿Cómo se puede aplicar a la Eucaristía?

¿Qué cosas hay en nuestra vida que podemos “hornear” en la Eucaristía?

PROGRAMACIÓN PARROQUIAL


 

RIQUEZAS DE LA LITURGIA

Ave Regina coelorum: antífona mariana cuaresmal

EL TEXTO

    Ave, Regina coelorum. Ave, Domina Angelorum: Salve radix, salve porta, ex gua mundo lux est orto. Gaude, Virgo gloriosa, Super omnes spetiosa: Vale, o valde decora, et pro nobis Christum exora.

     Salve, Reina de los cielos, y Señora de los ángeles; salve, raíz; salve, puerta que dio paso a nuestra luz. Alégrate, Virgen gloriosa, entre todas la más bella; salve, oh hermosa doncella, ruega a Cristo por nosotros.

   La antífona mariana cuaresmal es la menos conocida   por el pueblo de Dios. Se sugiere a menudo que Herman Contractus (+ 1054) fue su autor, ya que escribió varias antífonas marianas en esa época. Esta antífona se canta desde el 2 de febrero, fiesta de la Purificación de la Virgen, hasta el Miércoles Santo. En ella aparece María en todo su esplendor, dignidad y hermosura. Ella recorre el camino con nosotros, incluso en medio del dolor más profundo, al tiempo que comparte el destino glorioso de su Hijo. La antífona invita a orar con María a Jesucristo, redentor y dador de vida.

  Los dos apelativos de María como Reina de los cielos y Señora de los ángeles evocan el primitivo uso de esta antífona en la fiesta de la Asunción (15 de agosto). De ahí su matiz escatológico: María recuerda al pueblo de Dios su condición celeste (2 Cor 5,1ss; Flp 3,20; Heb 13,14) y su supremacía sobre los mismos ángeles («Señora de los ángeles») en virtud de la Sangre de Cristo, pues san Pablo nos enseñó que deberemos juzgarlos (1 Cor 6,1). «Salve, raíz, salve, puerta por la que ha venido al mundo la luz».

   La antífona nos recuerda a la ya comentada con ocasión del Adviento: «Tú, ante la admiración de la naturaleza, engendraste a tu santo Creador». La antífona Ave Reina coelorum, como la de Adviento Alma Redemptoris Mater, fue también empleada en la fiesta de la Asunción, en donde la ubica claramente el término latino vale, cuya traducción, «salve, hermosa doncella», pierde el matiz de despedida del vale: adiós. A la Virgen que asciende le gritamos: «Adiós, toda hermosa, y ruega a Cristo por nosotros»

   María es contemplada desde la perspectiva celestial de la belleza: Reina del cielo, Señora de los ángeles, Virgen gloriosa y la más bella entre todas. La existencia histórica casi no tiene referencia: se llama a María raíz y puerta por la que ha nacido la Luz para el mundo. Su belleza suscita en los creyentes admiración y deseos de alabarla: ¡Ave, Salve, Gaude, Vale! La dimensión suplicante de la antífona la encontramos en el último verso: «Ruega a Cristo por nosotros».

  Pablo Cervera Barranco - Director de MAGNIFICAT