TIEMPO LITÚRGICO

TIEMPO LITÚRGICO

martes, 29 de octubre de 2024

ES BUENO QUE RECÉIS POR LOS DIFUNTOS 


   Visitad los cementerios.

     Como es costumbre en nuestra tradición cristiana, vais a visitar los cementerios. Junto a esa invocación a Todos los Santos para que intercedan por nosotros, tenéis un recuerdo especial por aquellos que conocisteis y con los que vivisteis momentos especialmente importantes en vuestra vida. También queréis para ellos esa plenitud de vida de estar junto a Dios. Es bueno que no entréis en la cultura del “olvido”, que es la de hombres y mujeres sin patria y sin suelo, sino en la de las raíces que nacen del “recuerdo” de aquellos que os precedieron y que pusieron suelo y fundamento a sus vidas en Jesucristo.

  Convencidos de que en la vida y en la muerte somos de Dios.

     Cuando vais a los cementerios, estoy seguro que no lo hacéis por una costumbre más de las muchas que tenemos en nuestra vida. En nuestro pueblo, lo que es patrimonio de todo ser humano, como es vivir desde la convicción de que “somos de Dios en todas las circunstancias y acontecimientos de nuestra existencia”, está muy presente. Es muy difícil encontrar a alguien que, desde planteamientos quizá diferentes, no tenga en lo más profundo de su corazón estas convicciones existenciales. De tal manera, que pocas personas faltan a esa cita anual ante la tumba de sus seres queridos. Y ello, no es resultado de costumbres ancestrales, sino de convencimientos profundos nacidos de ese manantial que está en lo más hondo del corazón del hombre que nos dice que “somos de Dios y para Dios”. ¡Qué toque especial habrá dado Dios a esta tierra, para sentir tan profundamente esta realidad! Es algo que nace de una profundidad muy distinta a lo que algunos quieren explicar, pues nace de Dios mismo. Nace de creer en eso que nos dice el Prefacio de la Misa de Difuntos: “la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo”.

   Haced la visita al cementerio con una preparación.  

     ¿Qué preparación os propongo? Id al cementerio así:

1º) Recordando.- la perspectiva que San Juan Pablo II en la carta apostólica “Tertio millennio adveniente” nos pedía: “Toda la vida cristiana es como una gran peregrinación hacia la casa del Padre, del cual se descubre cada día su amor incondicional por toda criatura humana, y en particular por el hijo pródigo (cf. Lc 15, 11-32). Esta peregrinación afecta a lo íntimo de la persona, prolongándose después a la comunidad creyente para alcanzar a la humanidad entera” (n. 49). A los que visitamos en nuestros cementerios ya hicieron esa peregrinación. Nosotros la estamos realizando en estos momentos.

2º) Celebrando el sacramento de la penitencia.- Es decir, con una vida que asume una versión nueva a través de la celebración del sacramento de la penitencia. Si es que no podéis hacerlo en estos días, hacedlo en esta semana próxima. El homenaje a nuestros seres queridos pasa por hacerlo vestidos con las galas mejores y ellas son la gracia de Dios y la acogida del amor incondicional de Dios para nosotros. ¡Qué belleza tiene una oración delante de los nuestros, ofrecida y realizada habiendo puesto la gracia del Señor en nuestra vida, es decir, ofrecida desde una comunión plena con Jesucristo! Y allí rezando por los vuestros decidle al Señor: “por ellos Señor y para ellos quiero alcanzar la belleza de la vida que Tú has puesto en mí”.

3º) Tomando conciencia de que estamos juntos.- los seres por quienes rezamos y nosotros, miembros de la Iglesia. De ese Pueblo fundado por Jesucristo. Y esto no es cualquier cosa. El Señor nos hizo miembros de la Iglesia, para que seamos sus testigos en este mundo, para que demos a conocer su obra de salvación, para que sus obras se prolonguen a través de nosotros. En el recuerdo de los nuestros, pensad en lo que nos dieron: su vida, su amor, su fe, su fidelidad, su entrega, su generosidad. Lo mejor que somos y tenemos, ellos tuvieron parte en esta obra que somos cada uno de nosotros.
4º) Orad sincera y profundamente por los difuntos.- No paséis por las tumbas de los vuestros sin más. Ellos se merecen un recuerdo desde el valor supremo, que es desde Dios mismo. Aquellos de nuestros difuntos que se encuentran en la condición de purificación están unidos tanto a los bienaventurados, que ya gozan plenamente de la vida eterna, como a nosotros, que caminamos en este mundo hacia la casa del Padre (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1032). Así como en la vida terrena los creyentes estamos unidos entre sí en el único Cuerpo místico, así también después de la muerte los que viven en estado de purificación experimentan la misma solidaridad eclesial que actúa en la oración, en los sufragios y en la caridad de los demás hermanos en la fe. La purificación se realiza en el vínculo esencial que se crea entre quienes viven la vida del tiempo presente y quienes ya gozan de la bienaventuranza eterna.

 Orad por vuestros difuntos.

 

De una carta Pastoral del Cardenal +D. Carlos Osoro.


lunes, 28 de octubre de 2024


OCTUBRE :  ADORAR CON LOS ÁNGELES

Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar 

LA ADORACIÓN NOCTURNA MOMENTO PARA CULTIVAR LA INTIMIDAD CON DIOS

ADÓRENLO LOS ANGELES DE DIOS

     “De esta Real Presencia sólo hay un símbolo, uno solo, que le atestigua al alma fiel, y que con ser inanimado parece que propaga el misterio de amor y de sacrificio que allí custodia, bajo la guarda de los ángeles y a despecho de la ingratitud de los hombres. Y este símbolo expresivo y modesto, humilde y magnífico, hermoso y pequeño, inanimado y vivo a la vez, resplandeciente, aunque apenas disipa las sombras de la oscura noche, ni vence las tinieblas del templo, es una humilde luz que vive, arde y oscila en un lugar fijo, y que afecta pasajeros eclipses para reverberar mejor. Este símbolo, este signo, que es material y casi tiene vida, es una lámpara que sostiene un vaso en donde arde una pequeña mariposa” (Luis de Trelles, La Luz, símbolo cristiano, FLT, Vigo, 2016 p.100-101).

     Ciertamente es rico el símbolo de la luz. Esa luz que oscila junto al sagrario nos habla de la presencia eucarística, pero también los Santos Padres entendían que cuando Dios “hizo la luz” se refiere a todas las criaturas espirituales, a los ángeles. No es tan diferente, los ángeles y la lamparilla siempre hacen lo mismo, adorar la presencia de Dios escondida en la Eucaristía.

    Hoy somos invitados a adorar al Verbo con los ángeles de Dios. Como la Iglesia nos invita en todos los prefacios de la Misa, juntémonos a todos los coros angélicos para proclamar a Dios tres veces santo y postrarnos en su presencia… De la Encarnación a la Ascensión, la vida del Verbo encarnado está rodeada de la adoración y del servicio de los ángeles. (CEC 333) En su liturgia, la Iglesia se une a los ángeles para adorar al Dios tres veces santo; invoca su asistencia en el Canon romano o en la liturgia de difuntos, o también en el "himno querúbico" de la liturgia bizantina y celebra más particularmente la memoria de ciertos ángeles (San Miguel, San Gabriel, San Rafael, los Ángeles custodios…- CEC 335)…  Nuestra misión es la misma que la de los ángeles: adoración y servicio al Verbo encarnado. No olvidemos que cuando Dios introdujo a su primogénito en la nueva tierra dijo “Adórenlo todos los ángeles de Dios”. (Hb 1, 6). No olvidemos que Jesús nos dice que nuestro ángeles “están siempre viendo el rostro de mi Padre” (Mt 18,10). Ellos nos cesan de adorar, en esta noche nos invitan a adorar junto a ellos. Como hicieran en aquella otra noche:  “Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Y de pronto se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace.” (Lc 2, 10-14).

     Ángeles fueron los que protegieron a Jesús durante su infancia, avisando a los Magos de las intenciones de Herodes, advirtiendo a José para que huyera o anunciándole que ya podía volver. (Cf Mt 1, 20; 2, 13.19). Ojalá los ángeles nos ayuden a ser tan fieles guardadores y custodios del cuerpo de Jesús.

     Ángeles fueron los que se le acercaron a Jesús después de las tentaciones del desierto. Para reparar el “non Serviam” satánico que tiene incluso la desfachatez de sugerir a Jesús que le adore a Él, los ángeles buenos por el contrario le adoran y le sirven (Cf Mc 1, 12; Mt 4, 11) Sólo a Dios adorarás ¿Seremos nosotros ángeles de luz?... “Entonces, se le apareció un ángel venido del cielo que le confortaba. Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra.” (Cf Lc 22, 43).

     Que los adoradores nocturnos podamos escuchar, como aquel ángel estas hermosas palabras después de cada vigilia: “esta noche habéis sido consuelo de Jesús en Getsemaní”… Pero que no nos quedemos sólo en imitar a los ángeles adorando a Jesús ¡ya es mucho! ¡pero no es suficiente! Debemos imitar también a los ángeles sirviéndolo, evangelizando, anunciando. Seamos luz, no sólo para la gloria de Dios, sino también para todos nuestros hermanos que esperan escuchar el mensaje de Jesús.

    Como Gabriel a Zacarías y a María (cf Lc 2, 8-14), como aquellos ángeles a la mujeres: “no está aquí ¡ha resucitado!” (cf Mc 16, 5-7). Que podamos unir nuestras voces a aquellos ángeles que cantarán la segunda venida de Cristo (cf. Mt, 24, 31)

     Los santos nos animan a venerar y amar a los ángeles, para con ellos, venerar y amar a nuestro Creador: A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Estas palabras deben inspirarte una gran reverencia, deben infundirte una gran devoción y conferirte una gran confianza. Reverencia por la presencia de los ángeles, devoción por su benevolencia, confianza por su custodia. Porque ellos están presentes junto a ti, y lo están para tu bien. Están presentes para protegerte, lo están en beneficio tuyo. Y, aunque lo están porque Dios les ha dado esta orden, no por ello debemos dejar de estarles agradecidos, pues que cumplen con tanto amor esta orden y nos ayudan en nuestras necesidades, que son tan grandes. Seamos, pues, devotos y agradecidos a unos guardianes tan eximios; correspondamos a su amor, honrémoslos cuanto podamos y según debemos. Sin embargo, no olvidemos que todo nuestro amor y honor ha de tener por objeto a aquel de quien procede todo, tanto para ellos como para nosotros. San Bernardo Abad, Sermón 12 sobre el salmo 90: 3,6-8 (Opera Omnia, ed. Cisterc, 4 [1966], 458-462)

Preguntas para el diálogo y la meditación.

¿Le he puesto nombre a mi ángel de la guarda?

¿Le pido que me ayude a adorar?

¿Tengo devoción a san Miguel, san Gabriel y san Rafael?


lunes, 9 de septiembre de 2024

CONVOCATORIA MENSUAL


 

PARA EL DIÁLOGO Y LA MEDITACIÓN


SEPTIEMBRE :  ADORAR A CRISTO PRESO

Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar 

LA ADORACIÓN NOCTURNA MOMENTO PARA CULTIVAR LA INTIMIDAD CON DIOS

  DIVINO PRISIONERO


      “Vuestro encierro voluntario.... es un portento de caridad que asombra al que advierte y considera vuestra voluntaria clausura en el tabernáculo, que es la última forma de humildad de un Dios hecho hombre, que no contento con reducirse a la última expresión de la materia, cumple su promesa infalible de estar con nosotros hasta la consumación de los siglos. Todo lo pasa el Señor amantísimo, por afecto a sus hermanos en la carne, y porque ha querido renunciar a su libertad de acción, declarándose doblemente preso: por su promesa y por su amor inefable.” (Artículo escrito por don Luis estando preso y publicado en la revista La Lámpara del Santuario, tomo 3, (1872) págs. 168-171)

    Trelles nos invita a contemplar a Cristo en la Eucaristía, medito en el Sagrario, como a un cautivo medito en una prisión. No puede salir de ahí si no le abren la puerta, pasa las horas y los días sin compañía, agradece las visitas de todo corazón… Pero hay algunas diferencias: Cristo está ahí ¡voluntariamente! y ¡es inocente! Los presos normalmente acaban en la cárcel por sus propias culpas, Cristo está en el sagrario para purificar las nuestras. Los presos normalmente van al cautiverio contra su propia voluntad, Cristo está en el sagrario por iniciativa propia… por una iniciativa de amor. Para poder estar cerca de nosotros y para suscitar nuestra misericordia. Cristo se hizo mendigo, se hizo hambriento y se hizo… preso, para tocar nuestro corazón.

   El Magisterio de la Iglesia siempre nos ha recordado que visitar a los presos es una de las obras corporales de misericordia. Nada tan hermoso como ofrecer nuestra compañía y consuelo a quien sufre la soledad de su encierro y el peso de su culpa. Los Papas, dando ejemplo, han acudido en muchas ocasiones a cárceles y prisiones para practicar así la misericordia. En una de estas ocasiones Benedicto XVI les decía a los presos: «Estuve en la cárcel y vinisteis a verme» (Mt 25, 36). Estas son las palabras del juicio final, contado por el evangelista san Mateo, y estas palabras del Señor, en las que él se identifica con los detenidos, expresan en plenitud el sentido de mi visita de hoy entre vosotros. Dondequiera que haya un hambriento, un extranjero, un enfermo, un preso, allí está Cristo mismo que espera nuestra visita y nuestra ayuda. Esta es la razón principal por la que me siento feliz de estar aquí, para rezar, dialogar y escuchar. La Iglesia siempre ha incluido entre las obras de misericordia corporal la visita a los presos.”

   En los presos, los cristianos hemos de ver a Cristo, pero también hemos de recordar que Cristo quiso permanecer preso en el Sagrario. En la Hostia, adoremos a Cristo Preso. Sintámonos también nosotros felices de estar ante la Custodia para rezar, dialogar y escuchar. Cristo a la espera de nuestra visita. La Escritura nos recuerda en efecto cómo Cristo estuvo preso: “Los hombres que le tenían preso se burlaban de él y le golpeaban; y cubriéndole con un velo le preguntaban: «¡Adivina! ¿Quién es el que te ha pegado?» Y le insultaban diciéndole otras muchas cosas. En cuanto se hizo de día, se reunió el Consejo de Ancianos del pueblo, sumos sacerdotes y escribas, le hicieron venir a su Sanedrín y le dijeron: «Si tú eres el Cristo, dínoslo.» El respondió: «Si os lo digo, no me creeréis. Si os pregunto, no me responderéis. De ahora en adelante, el Hijo del hombre estará sentado a la diestra del poder de Dios.» (Lc 22, 63-69)

  Cristo estuvo preso durante su pasión, quiso sufrir esa humillante condición de no poder moverse con libertad, de someterse su cuerpo a la decisión de otros, de sufrir vejaciones e insultos de sus carceleros, para solidarizarse con todos los presos de la historia. Pero con el agravante, en su caso, de la suma injusticia. De alguna manera en el sagrario continua esta pasión, en la medida en que no tratamos con el cuerpo de Jesús como a un ilustre huésped sino como a algo despreciable. ¡Qué soledad la de Jesús en aquella noche de prisión! ¡Cuántas penas las de Jesús en el Sagrario!

     Pero como contrapunto a ese rosario de insultos, hubo sin duda otras almas durante esas largas horas que quisieron ofrecer a Jesús un rosario de consuelos. Sin duda María, en aquella noche, no pudo pegar ojo, y se postró en adoración del cuerpo de Cristo prisionero por amor. María permaneció velando, consolando con su oración, en su presencia espiritual, no por silenciosa menos real. María fue consuelo y misericordia para Jesús en aquella noche de su cautiverio.

  Nosotros en nuestras noches de Adoración también debemos practicar la Misericordia, es decir, visitar a Cristo Preso en la Eucaristía. Limitado y cautivo por las especies eucarísticas, pero todo poderoso por su divinidad. Cristo nos da ejemplo de suma humildad, pues al abajarse hasta el grado material más ínfimo se priva de su misma libertad, pero eso mismo, por la intención con la que está realizado, es modelo de una gran caridad.

   Misteriosa paradoja, el preso debería ser yo y Jesús el inocente el que pudiera consolarme, pero Jesús quiso cambiar los papeles, todo lo puso patas arriba, y me encuentro que soy yo, el culpable, quien viene a visitarte a ti, el cautivo. Gracias Jesús.

  Más de un santo ha tenido que pasar por una análoga experiencia de la prisión, y a muchos aquello les ha marcado, los pastorcitos de Fátima son un ejemplo: Cuando, pasado algún tiempo estuvimos presos, a Jacinta lo que más le costaba era el abandono de los padres; y decía corriéndole las lágrimas por las mejillas: – Ni tus padres ni los míos vienen a vernos; ¡no les importamos nada! – No llores –le dice Francisco–; ofrezcámoslo a Jesús por los pecadores. Y levantando los ojos y las manos al cielo hizo él el ofrecimiento. – ¡Oh mi Jesús, es por tu amor y por la conversión de los pecadores! Jacinta añadió: – Y también por el Santo Padre y en reparación del Inmaculado Corazón de María. Determinamos entonces rezar nuestro Rosario. Jacinta sacó una medalla que llevaba al cuello, y pidió a un preso que la colgara de un clavo que había en la pared y, de rodillas delante de la medalla, comenzamos a rezar. Los presos rezaban con nosotros, si es que sabían rezar; al menos, se pusieron de rodillas. (Memorias de Lucía de Fátima, 12-13)

   Pero quizá el mayor ejemplo es el de nuestro mismo fundador “A primera vista, parece que no se halla relación alguna entre la santa Eucaristía y la situación de un preso, y entre las circunstancias en que se hallan respectivamente el Santísimo Sacramento y el encarcelado. Pero penetrando con la consideración, hay una afinidad entre uno y otro que no puede ocultarse. […] Sí, Dios mío, vos estáis también preso por amor en la Hostia Consagrada… Preso por amor y por voluntad… sois el consuelo de los que están encerrados por orden de los tribunales…” La lámpara del Santuario” (1.05.1872)

   En dos de sus grandes apostolados Trelles supo mirar a Cristo Preso, en la Eucaristía y en los prisioneros. Para consolarlo en el Sacramento fundó la Adoración Nocturna, para aliviarlo en los prisioneros fue comisionado para los canjes durante la Primera Guerra Carlista consiguiendo canjear más de 40.000 prisioneros, verdadero precursor del derecho humanitario, por amor de Jesús. Él siempre tuvo la convicción de que sirviendo a los presos se consolaba a Jesús Preso de Amor.

 Preguntas para el diálogo y la meditación.

¿Conoces la pastoral penitenciaria de tu diócesis?

¿Alguna vez había pensado a Cristo Eucaristía como un prisionero de amor?

¿Qué semejanzas y diferencias hay entre el sagrario y una cárcel?


La cruz es la gloria y exaltación de Cristo


     Por la cruz, fueron expulsadas las tinieblas y devuelta la luz. junto con el Crucificado, nos elevamos hacia lo alto, para, dejando abajo la tierra y el pecado, gozar de los bienes celestiales; tal y tan grande es la posesión de la cruz. Quien posee la cruz posee un tesoro. Y, al decir un tesoro, quiero significar con esta expresión a aquel que es, de nombre y de hecho, el más excelente de todos los bienes, en el cual, por el cual y para el cual culmina nuestra salvación y se nos restituye a nuestro estado de justicia original. Porque, sin la cruz, Cristo no hubiera sido crucificado. Sin la cruz, aquel que es la vida no hubiera sido clavado en el leño. Si no hubiese sido clavado, las fuentes de la inmortalidad no hubiesen manado de su costado la sangre y el agua que purifican el mundo, no hubiese sido rasgado el documento en que constaba la deuda contraída por nuestros pecados, no hubiéramos sido declarados libres, no disfrutaríamos del árbol de la vida, el paraíso continuaría cerrado.

   Sin la cruz, no hubiera sido derrotada la muerte, ni despojado el lugar de los muertos. Por esto, la cruz es cosa grande y preciosa. Grande, porque ella es el origen de innumerables bienes, tanto más numerosos cuanto que los milagros y sufrimientos de Cristo juegan un papel decisivo en su obra de salvación. Preciosa, porque la cruz significa a la vez el sufrimiento y el trofeo del mismo Dios: el sufrimiento, porque en ella sufrió una muerte voluntaria; el trofeo, porque en ella quedó herido de muerte el demonio y, con él, fue vencida la muerte. En la cruz fueron demolidas las puertas de la región de los muertos, y la cruz se convirtió en salvación universal para todo el mundo.

      La cruz es llamada también gloria y exaltación de Cristo. Ella es el cáliz rebosante de que nos habla el salmo, y la culminación de todos los tormentos que padeció Cristo por nosotros. El mismo Cristo nos enseña que la cruz es su gloria, cuando dice: Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él, y pronto lo glorificará. Y también: Padre, glorifícame con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese. Y asimismo dice: «Padre, glorifica tu nombre». Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo», palabras que se referían a la gloria que había de conseguir en la cruz. También nos enseña Cristo que la cruz es su exaltación, cuando dice: Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. Está claro, pues, que la cruz es la gloria y exaltación de Cristo.

San Andrés de Creta, Sermón 10º