TIEMPO LITÚRGICO

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sábado, 8 de agosto de 2026

AGOSTO:  SU CORAZÓN VELA

Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar

LA ADORACIÓN NOCTURNA MOMENTO PARA CULTIVAR LA INTIMIDAD CON DIOS

"Parece que duerme, pero su Corazón vela".

  Qué evocadoras resultan estas palabras del Cantar de los Cantares en el contexto de la Adoración Nocturna. Mejor que a nadie se pueden aplicar al mismo Cristo. En efecto, Él es el primero que vela en esta noche. Él nos precede en la vigilia, en la oración, en la intercesión, en la ofrenda…

  Cristo hoy vuelve a ofrecer a su Padre su corazón inmolado como víctima, vela igual que veló en la noche de Getsemaní. La apariencia es quieta y silenciosa, ero el descanso es aparente. Jesús no descansa nunca en su amor. Sigue activo en la noche por cada uno de nosotros.

   De todas maneras, también podemos aplicar estas palabras a la Iglesia representada en la Amada del Cantar. También la Iglesia parece que duerme… Todos se han recogido, reposan los cuerpos de fieles y presbíteros, de obispos y religiosos… Pero un pequeño grupo de laicos prefiere hurtarle unas horas al sueño para descansar junto al Señor. La Iglesia parece que duerme, pero en realidad, ni siquiera en las noches deja de acompañar y amar a su Esposo. ¡qué devoción tan sublime ser el corazón vigilante de la Iglesia en las noches de adoración!

  "He aquí, queridos hermanos en Jesús Sacramentado, lo que nos cumple hacer en esta guardia nocturna que hacemos a nuestro amoroso monarca en el Santísimo Sacramento: velar por los que descansan, para que el Señor los defienda de todo mal y rogarle por los que reposan. Jesús parece que duerme, pero su corazón vela. Su divina Majestad nos precede en la oración y nos toca acompañarle esta vela en su vida eucarística, elevando a ejemplo suyo humildes preces al Dios omnipotente, e invocando la intercesión poderosa de su Hijo Unigénito y la de su Inmaculada Madre María, para ofrecer a Dios el Corazón de Jesús que se nos brinda y se halla en estado de víctima inmolada por nosotros bajo las especies sacramentales, las cuales, cual blanca nube, encubren el clarísimo Sol de Justicia eterna" (Trelles LS  8 1877, p.458-463)

 ¡Qué preciosas lecciones para aprender en esta noche! Aprendamos de Jesús a interceder suplicando con humildad, aprendamos de él a invocar a María con ese cariño en las palabras que tan agradable resulta al Padre. Aprendamos a llevar como él, vida eucarística, es decir de sacrificio y de sacramento, de entrega y de presencia… Ojalá que nuestra vida se convierta así en esa hostia viva, que entrega los cuerpos para gloria del Padre y bien de los hermanos...

   Que nuestro amoroso monarca nos reciba en nuestra pobreza, nuestra ofrenda sería inútil si no fuera adherida a la entrega de Cristo. Es ahí donde alcanza su fuerza y su fecundidad nuestras vigilias, preocupaciones, dolores y sufrimientos. Unidos a la Cruz de Cristo se amasan hostias de amor.

   Intentemos que en esta noche también nuestro corazón vele. Que se desprenda del sueño de las pasiones, del sopor mundano, de las ensoñaciones del diablo. Que andemos despiertos para amar y para acoger al Amado que llama a la puerta de la Iglesia en esta noche.

       Qué hermosa declaración:

   Escucha, mi amado llama: «Ábreme la puerta, amada mía, mi compañera, mi paloma, mi amada perfecta. Ábreme la puerta, que mi cabeza está cubierta de rocío y la lluvia de la noche ha mojado mi cabello» … Levantémonos como la Esposa, para abrir al Amado. Él no duerme, tampoco nosotros deberíamos hacerlo hoy. Hagamos una unión de corazones que velan.

Preguntas para el diálogo y la meditación.

■ ¿Has leído alguna vez el Cantar de los Cantares? ¿nos compartes alguna expresión que te haya gustado?

■ ¿Qué motivos te han llevado a veces al insomnio? ¿Podrían convertirse en oración?


LA ASUNCIÓN DE MARÍA, VERDAD DE FE

■ En la línea de la bula Munificentissimus Deus, de mi venerado predecesor Pío XII, el concilio Vaticano II afirma que la Virgen Inmaculada «terminada el curso de su vida en la tierra fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo» (Lumen gentium, 59).

 Los padres conciliares quisieron reafirmar que María, a diferencia de los demás cristianos que mueren en gracia de Dios, fue elevada a la gloria del Paraíso también con su cuerpo. Se trata de una creencia milenaria, expresada también en una larga tradición iconográfica, que representa a María cuando «entra» con su cuerpo en el cielo.

 El dogma de la Asunción afirma que el cuerpo de María fue glorificado después de su muerte. En efecto, mientras para los demás hombres la resurrección de los cuerpos tendrá lugar al fin del mundo, para María la glorificación de su cuerpo se anticipó por singular privilegio.

■ El 1 de noviembre de 1950, al definir el dogma de la Asunción, Pío XII no quiso usar el término «resurrección» y tomar posición con respecto a la cuestión de la muerte de la Virgen como verdad de fe. La bula Munificentissimus Deus se limita a afirmar la elevación del cuerpo de María a la gloria celeste, declarando esa verdad «dogma divinamente revelado». ¿Cómo no notar aquí que la Asunción de la Virgen forma parte, desde siempre, de la fe del pueblo cristiano, el cual, afirmando el ingreso de María en la gloria celeste, ha querido proclamar la glorificación de su cuerpo?

  El primer testimonio de la fe en la Asunción de la Virgen aparece en los relatos apócrifos, titulados «Transitus Mariae», cuyo núcleo originario se remonta a los siglos II-III. Se trata de representaciones populares, a veces noveladas, pero que en este caso reflejan una intuición de fe del pueblo de Dios. A continuación, se fue desarrollando una larga reflexión con respecto al destino de María en el más allá. Esto, poco a poco, llevó a los creyentes a la fe en la elevación gloriosa de la Madre de Jesús en alma y cuerpo, y a la institución en Oriente de las fiestas litúrgicas de la Dormición y de la Asunción de María.

  La fe en el destino glorioso del alma y del cuerpo de la Madre del Señor, después de su muerte, desde Oriente se difundió a Occidente con gran rapidez y a partir del siglo XIV, se generalizó. En nuestro siglo, en vísperas de la definición del dogma, constituía una verdad casi universalmente aceptada y profesada por la comunidad cristiana en todo el mundo.

■ Así, en mayo de 1946, con la encíclica Deiparae Virginis Mariae, Pío XII promovió una amplia consulta, interpelando a los obispos y, a través de ellos a los sacerdotes y al pueblo de Dios, sobre la posibilidad y la oportunidad de definir la asunción corporal de María como dogma de fe. El recuento fue ampliamente positivo: sólo seis respuestas, entre 1.181, manifestaban alguna reserva sobre el carácter revelado de esa verdad. Citando este dato, la bula Munificentissimus Deus afirma: «El consentimiento universal del Magisterio ordinario de la Iglesia proporciona un argumento cierto y sólido para probar que la asunción corporal de la santísima Virgen María al cielo (...) es una verdad revelada por Dios y por tanto, debe ser creída firme y fielmente por todos los hijos de la Iglesia» (AAS 42 [1950], 757).

  La definición del dogma, de acuerdo con la fe universal del pueblo de Dios, excluye definitivamente toda duda y exige la adhesión expresa de todos los cristianos.

  Después de haber subrayado la fe actual de la Iglesia en la Asunción, la bula recuerda la base escriturística de esa verdad. El Nuevo Testamento, aun sin afirmar explícitamente la Asunción de María, ofrece su fundamento, porque pone muy bien de relieve la unión perfecta de la santísima Virgen con el destino de Jesús. Esta unión, que se manifiesta ya desde la prodigiosa concepción del Salvador, en la participación de la Madre en la misión de su Hijo y, sobre todo en su asociación al sacrificio redentor no puede por menos de exigir una continuación después de la muerte. María, perfectamente unida a la vida y a la obra salvífica de Jesús, compartió su destino celeste en alma y cuerpo.

■ La citada bula Munificentissimus Deus, refiriéndose a la participación de la mujer del Protoevangelio en la lucha contra la serpiente y reconociendo en María a la nueva Eva, presenta la Asunción como consecuencia de la unión de María a la obra redentora de Cristo. Al respecto afirma: «Por eso, de la misma manera que la gloriosa resurrección de Cristo fue parte esencial y último trofeo de esta victoria, así la lucha de la bienaventurada Virgen, común con su Hijo, había de concluir con la glorificación de su cuerpo virginal» (AAS 42 [1950], 768).

  La Asunción es, por consiguiente, el punto de llegada de la lucha que comprometió el amor generoso de María en la redención de la humanidad y es fruto de su participación única en la victoria de la cruz.

                                                                   Catequesis de San Juan Pablo II, Pp.