TIEMPO LITÚRGICO

TIEMPO LITÚRGICO

miércoles, 1 de abril de 2026

 Indulgencia plenaria y el Santo Triduo Pascual

Durante la Semana Santa podemos ganar para nosotros o para los difuntos el don de la Indulgencia Plenaria si realizamos algunas de las siguientes obras establecidas por la Santa Sede.

OBRAS QUE GOZAN DEL DON DE LA INDULGENCIA PLENARIA EN SEMANA SANTA

Jueves Santo

1.- Si durante la solemne reserva del Santísimo Sacramento, que sigue a la Misa de la Cena del Señor, recitamos o cantamos el himno eucarístico del "Tantum Ergo" ("Adorad Postrados este Sacramento…").

 

2.- Si visitamos por espacio de media hora el Santísimo Sacramento reservado en el Monumento para adorarlo.

Viernes Santo

1.- Si asistimos piadosamente a la Adoración de la Cruz en la solemne celebración de la Pasión del Señor.

Sábado Santo

1.- Si rezamos juntos el Santo Rosario.

Vigilia Pascual

1.- Si asistimos a la celebración de la Vigilia Pascual (Sábado Santo por la noche) y en ella renovamos las promesas de nuestro Santo Bautismo.

CONDICIONES:

    Para ganar la Indulgencia Plenaria además de haber realizado la obra enriquecida se requiere el cumplimiento de las siguientes condiciones:

a.- Exclusión de todo afecto hacia cualquier pecado, incluso venial.

b.- Confesión sacramental, Comunión eucarística y Oración por las intenciones del Sumo Pontífice.

     Estas tres condiciones pueden cumplirse unos días antes o después de la ejecución de la obra enriquecida con la Indulgencia Plenaria; pero conviene que la comunión y la oración por las intenciones del Sumo Pontífice se realicen el mismo día en que se cumple la obra.

     Es oportuno señalar que con una sola confesión sacramental pueden ganarse varias indulgencias. Conviene, no obstante, que se reciba frecuentemente la gracia del sacramento de la Penitencia, para ahondar en la conversión y en la pureza de corazón. En cambio, con una sola comunión eucarística y una sola oración por las intenciones del Santo Padre sólo se gana una Indulgencia Plenaria.

     La condición de orar por las intenciones del Sumo Pontífice se cumple si se reza a su intención un solo Padrenuestro y Avemaría; pero se concede a cada fiel cristiano la facultad de rezar cualquier otra fórmula, según su piedad y devoción.

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PROGRAMACIÓN PARROQUIAL

 EL TRIDUO PASCUAL Y SU SIGNIFICACIÓN

    La pascua de los primitivos cristianos, entremezclada con la experiencia de la comunidad apostólica, giraba en torno a una sola celebración. El criterio místico de la concentración dominaba sobre el cronológico de los tres días, que se impuso más adelante. La pascua era la gran celebración de la noche. Su celebración concentraba la unidad de la historia de salvación desde la creación a la parusía.

   Pronto esta vigilia pascual fue precedida de uno o más días de ayuno, los cuales se transformaron progresivamente en el triduo del viernes, sábado y domingo, dedicados, respectivamente, a la muerte, sepultura y resurrección del Señor.

   El triduo pascual, vislumbrado ya en Orígenes, nos lo descubre no como una indicación cronológica, sino de sentido teológico y litúrgico. Comentando Os 6,2, dice: Prima die nobis passio Salvatoris est et secunda, qua descendit in infernum, tertia autem resurrectionis est dies, (El primer y el segundo día son para nosotros el sufrimiento del Salvador, que bajó a los infiernos, y el tercero es el día de la resurrección).

   Llegados al s. IV, encontramos una formulación teológica litúrgica bien precisa del triduo sacro. En san Ambrosio podemos leer: "Triduo en el que ha sufrido, ha reposado y ha resucitado el que pudo decir destruid este templo y en tres días lo reedificaré". Entre otras escogemos la conocida expresión de Agustín: Sacratissimum triduum crucifixi, sepulti et suscitati. (Triduo sacratísimo de la crucifixión, sepultura y resurrección)

     La doble tradición acerca del nombre de pascua contribuyó también a forjar la teología del triduo. Al entrar en crisis la primitiva, la asiática (pascha-passio), en el s. IV, va adquiriendo preponderancia la occidental al tener conocimiento de la alejandrina (pascha-transitus). La traducción latina de la Vulgada de Ex 12,11 de la palabra pascua como paso, (transitus) está en la base del nuevo acento teológico.

   Al interpretarse pascua por paso, como lo hace por primera vez Clemente de Alejandría, resulta muy adecuada para significar el principio y el término del triduo. Será el vehículo de una teología que permite poner de relieve los aspectos morales, ascéticos y doctrinales de la pascua. Los autores cristianos expresan así la dimensión cristológica, sacramental y escatológica de la fiesta.

CELEBRACIÓN LITÚRGICA DEL SANTO TRIDUO

  Santo Triduo Pascual es el título del misal, puesto inmediatamente antes de la misa vespertina de la cena del Señor. El epígrafe Santísimo Triduo Pascual de la muerte y resurrección del Señor, en la oración de las horas, encabeza los oficios que empiezan por las vísperas del jueves de la cena del Señor. En el leccionario, con menor precisión, la Misa Crismal del jueves va precedida de la expresión triduo pascual. El nuevo Ordo Lectionum el orden de las lecciones del año 1981, rectificando, pone la Misa Crismal en la cuaresma, y la palabra triduo precede a la Misa de la cena. Para las normas universales sobre el año litúrgico, el triduo pascual de la pasión y de la resurrección del Señor comienza con la misa vespertina de la cena del Señor, tiene su centro en la vigilia pascual y acaba con las vísperas del domingo de resurrección.

   Hasta aquí una síntesis de la normativa actual según los libros litúrgicos promulgados después del concilio Vat. II…

    … Las bases bíblicas y patrísticas en ningún caso incluían el jueves santo, ni siquiera parcialmente. Para la iglesia, el triduo pascual de la pasión y resurrección del Señor es el punto culminante de todo el año litúrgico. El triduo pascual, propiamente, comprende los tres días de la muerte, sepultura y resurrección del Señor. Así se explica que la liturgia de las Horas del jueves tenga el carácter de una feria de cuaresma. En todo caso, las vísperas de los que no participan en la misa vespertina, que ocupa el lugar de las primeras vísperas, y la propia eucaristía, son como la introducción del triduo.

              Joan Bellavista

sábado, 28 de marzo de 2026

PROGRAMACIÓN PARROQUIAL

 


ADORAR MIENTRAS EL MUNDO DUERME 


   El adorador nocturno de Jesús Sacramentado es un bautizado que hace lo posible por imitar a su divino modelo: Jesús. En el silencio de la noche hace compañía al Redentor, presente en el Santísimo Sacramento.

   En la soledad nocturna el adorador se descubre indigno, se postra ante su Señor. Ora por los pecados y faltas de amor de todos los hombres. En esa hora de adoración recuerda a Jesús, que en el huerto de los olivos pide por todos sin excepción, y Él, siguiendo la enseñanza divina, encuentra la forma de amar, con el mismo amor de Jesús a favor de todos los hombres.

   Pedir por los pecados propios y del mundo. Con esa Sangre que el adorador nocturno recoge del rostro adorable de Jesús, repara tantas ofensas, tantas injurias, tantos pecados con que se ofende a Dios todos los días, repara los pecados de nuestra patria y los pecados del mundo entero. A través de su vigilia, el adorador nocturno no permite que ningún hermano en el mundo entero esté solo, ya que siempre será puesto en la presencia real de Jesús para su conversión, su salvación, su santificación; para mayor gloria de Dios y bien de nuestras almas.

   El adorador nocturno abandona las comodidades de su hogar con la finalidad de pasar una noche en el templo, en medio de muchas incomodidades, sufrimiento en algunas veces las inclemencias estacionales; se sacrifica por sus hermanos, por seres desconocidos, entregados quizás a la disipación, al pecado y hasta al crimen.

   Por todos va a pedir. También por el enfermo que sufre en el lecho, quejándose tal vez de su soledad; no está solo, el adorador nocturno desde la iglesia le acompaña y pide al Dios de las misericordias consuelo y perdón por sus pecados, para que alcance una muerte dichosa en los brazos de Cristo Redentor.

+Monseñor Luis Martínez Flores

miércoles, 25 de marzo de 2026

PROGRAMACIÓN PARROQUIAL

 

 EL SILENCIO

(Continuación)


“Alabanza te espera en silencio, Oh Dios, en Sion” (Salmo 65:1)

   El Señor es nuestro ejemplo perfecto. Él habló cuando debía hablar, y calló cuando fue necesario. Todo lo hizo en justa medida, “en igual peso” (Éxodo 30:34 d). El Señor nos pide que sigamos sus pisadas, que imitemos su ejemplo, que andemos en su camino. Y Él nunca nos pediría algo imposible de cumplir. En estos tiempos difíciles, en los que el Enemigo busca destruir el testimonio cristiano, debemos prestar una especial atención a cada una de las palabras que salen de nuestras bocas, o a cada una de las expresiones de las cartas que escribimos y, algo muy actual, a cada una de las palabras que escribimos en los mensajes que enviamos por la Internet. A veces, una sola palabra imprudente ha servido para provocar grandes estragos en el pueblo de Dios.

     Los creyentes según el Nuevo Testamento disfrutamos de grandes privilegios: tenemos el Espíritu Santo en nosotros, disponemos de la Palabra de Dios y los ojos del Señor están siempre atentos a cada detalle de nuestras vidas. Pero, no debemos olvidar que también tenemos la vieja naturaleza, pecaminosa, que jamás obedece a los consejos de Dios. Este viejo hombre debería ser dejado en el lugar que le pertenece: la muerte. Sin embargo, a veces nosotros mismos le concedemos que reviva y comience a controlar nuestras vidas, tal como cuando aún no conocíamos al Señor como nuestro Salvador. Lamentablemente, no siempre queremos aceptar que esto nos sucede. Y, la mayoría de las veces, Satanás nos susurra muchas mentiras que nos hacen creer que en realidad estamos obrando bien, y hasta llegamos a pensar que ciertas cosas que hacemos en la carne, las estamos haciendo para Dios. Y como nuestro Padre de amor nos conoce a la perfección, entonces no nos deja de advertir en cuanto a los peligros que pueden ocasionar nuestras palabras cuando no son guiadas por Él: “En las muchas palabras no falta pecado; mas el que refrena sus labios es prudente” (Proverbios 10:19).

   En su epístola, el apóstol Santiago le dedicó una porción importante al tema de las palabras. Más exactamente, el apóstol nos presenta el problema que surge cuando no podemos controlar nuestra lengua. Él nos dice, sin rodeos, que la lengua “es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas [...] La lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo...”. ¿Acaso esto no es demasiado duro? ¿No está exagerando el apóstol? En absoluto. Estas expresiones que parecen tan duras son el producto del amor del Padre por nosotros, sus hijos. ¿Qué sería de nosotros si nuestro Padre nos dejara sin disciplina? Antes bien, digamos como David: “caigamos ahora en mano de Jehová, porque sus misericordias son muchas, mas no caiga yo en manos de hombres” (2.º Samuel 24:14).

   Pues bien, teniendo en cuenta estas cosas, podemos abordar brevemente el tema del silencio en las reuniones. Cuando vamos a la reunión a los pies del Señor Jesús, deberíamos siempre tratar de llegar unos minutos antes de la hora determinada para el comienzo de esta. Y la razón es que necesitamos unos breves momentos en silencio a fin de abstraernos de todo aquello que seguramente ha inundado nuestra mente en el trayecto que realizamos hasta el lugar de reunión. Durante esos momentos de silencio nos disponemos mental y espiritualmente para estar en la presencia del Señor. Resulta inapropiado para la gloria del Señor que un creyente llegue a la reunión sobre la hora (¡o tarde!), agitado, perturbado, y que, en esa situación, indique un himno, ore o lea algún pasaje de las Escrituras. Es cierto que debemos considerar ciertas situaciones particulares que pueden darse: hermanos que viven lejos y que a veces tienen problemas con el tránsito, otros que pueden sufrir algún percance circunstancial, matrimonios que suelen tener demoras a causa de niños pequeños que hay que atender a último momento, etc. Pero, estas situaciones sólo pueden ser toleradas cuando se trata de imprevistos y no cuando se tornan una deplorable costumbre. La única manera de corregir estas actitudes es concienciarse de que estamos reunidos alrededor del Señor Jesús, y de que es a Él a quien defraudamos y entristecemos cuando llegamos tarde a su invitación, debido a nuestra negligencia.

     En cuanto a la reunión de adoración, en la que tenemos los momentos solemnes del partimiento del pan, realmente debemos humillarnos y aceptar lo poco que discernimos la necesidad de guardar ciertos silencios que son según Dios, dirigidos por el Espíritu Santo. Por ejemplo, suele suceder que luego de cantar un himno, se levanta inmediatamente un hermano a leer las Escrituras, y luego de éste se levanta otro a orar, y luego se pide otro himno... parecería que no se puede tolerar el mínimo silencio. Puede ser que en algún momento el Espíritu disponga así las diversas acciones, pero esto nunca tendrá un carácter rutinario ni será un hábito implantado. Luego de cada una de estas acciones, qué bueno es tener unos momentos —de una brevedad que el mismo Señor regulará, pues Él mismo dirige la alabanza en medio de los suyos—, para gozar juntos de lo que estamos ofreciendo al Padre, las excelencias del Señor Jesús, ofrenda de olor grato. Debemos recordar que el Señor les concede a sus sacerdotes el poder comer de la misma ofrenda que es presentada ante Dios, figura que nos habla de la comunión (Levítico 7:34). No se trata de «arrojar» las piezas del sacrificio sobre el altar con una actitud «mecánica», sino de gustar juntos de aquello mismo que ofrecemos a Dios. Es la plena comunión en la que el mismo Señor nos ha introducido.

Ezequiel Marangone 

sábado, 21 de marzo de 2026

RIQUEZAS DE LA LITURGIA

Stabat Mater dolorosa: himno mariano en la Pasión

EL TEXTO

    Stabat Mater dolorosa Iuxta crucem lacrimosa, dum pendebat filius. Cuius animam gementem Contristantem et dolentem Pertransivit gladius. O quam tristis et afflicta Fuit illa benedicta Mater unigeniti Quae maerebat et dolebat. Et tremebat, cum videbat Nati poenas incliti. Quis est homo qui non fleret, Matrem Christi si videret In tanto supplicio?...

     La Madre piadosa estaba junto a la cruz y lloraba mientras el Hijo pendía. Cuya alma, triste y llorosa, traspasada y dolorosa, fiero cuchillo tenía. ¡Oh, cuán triste y aflicta se vio la Madre bendita, de tantos tormentos llena! Cuando triste contemplaba y dolorosa miraba del Hijo amado la pena. Y ¿cuál hombre no llorara, si a la Madre contemplara de Cristo, en tanto dolor?...

    Considerado uno de los siete himnos latinos más grandes de todos los tiempos. Se basa en la profecía de Simeón de que una espada iba a traspasar el corazón de su madre, María (Lc 2, 35). El himno se originó en el siglo XIII durante el pico de la devoción franciscana al Jesús crucificado y ha sido atribuido al Papa Inocencio III (d. 1216), San Buenaventura, o más comúnmente, Jacopone da Todi (1230-1306), que es Considerado por la mayoría como el verdadero autor.

   El himno se asocia a menudo con las Estaciones de la Cruz. En 1727 fue prescrito como una Secuencia para la Misa de los Siete Dolores de María (15 de septiembre), donde todavía se usa hoy. Además de esta Misa, el himno también se utiliza para el Oficio de las lecturas: en vísperas, "Stabat Mater dolorosa"; en maitines, "Sancta Mater, istud agas"; en laudes, "Virgo virginum praeclara". Hay un espejo de este himno, Stabat Mater speciosa, que hace eco de la alegría de la Santísima Virgen María en el nacimiento de Jesús.

                                                Pablo Cervera Barranco - Director de MAGNIFICAT 


lunes, 16 de marzo de 2026

 EL SILENCIO

(Continuación)

  “Todo tiene su tiempo [...] tiempo de callar, y tiempo de hablar” (Eclesiastés 3:1-7)

     Ya hemos considerado que palabra y silencio son como las dos caras de una misma moneda. Por lo tanto, lo que tenemos que discernir es en qué momento debemos hablar y en qué momento callar. El versículo arriba citado es suficientemente claro. Hay un tiempo adecuado para cada cosa, y debemos dejar que sea el Espíritu Santo el que nos guíe en todo. Y en esto es en lo que más fallamos. Tratamos de clasificar y valorar palabras y silencios a la manera humana. Pero, en muchas circunstancias de la vida, ¡cómo convendría nuestro silencio! Pensemos a modo de ejemplo en ciertas circunstancias en las que saludamos a alguien que pasa por luto; seguramente, dos o tres palabras sinceras bastarían. Dos o tres palabras que hablaran del amor de Dios. Pero esa persona muchas veces, en medio de su dolor, tiene que soportar largos discursos o frases breves pero inertes, como por ejemplo: «Lo acompaño en el sentimiento». ¿Podemos acompañar a alguien en los sentimientos en situaciones así? Si lo pensáramos bien, delante del Señor, en vez de decir una frase tan gastada y vana, guardaríamos un muy sano silencio.

     En algún momento de nuestras vidas, probablemente haya venido a nosotros alguien con un problema grave, abatido por la angustia, desesperanzado. Y lo que necesitaba esta persona era que alguien la escuche. Pero nosotros, quizá con buenas intenciones, le dimos muchos consejos, y le contamos nuestras experiencias, y le hablamos mucho acerca de la necesidad de la fe... Cuando en realidad deberíamos haber dejado que esa persona compartiera con nosotros el peso que la agobiaba... ¡y para eso tendríamos que haber guardado silencio! Un silencio que nos hubiera permitido, a la vez que escuchábamos declaraciones tristes, elevar una oración a favor de esa persona, una plegaria que surge desde el fondo del alma directamente hacia el cielo, sin palabras audibles. Y si en esa ocasión nos hubiera resultado necesario hablar, un profundo silencio de nuestra parte habría sido el marco adecuado para esas dos o tres palabras que, con la guía del Espíritu, habríamos pronunciado en el momento justo. Palabras que, con más eficacia que un largo discurso, pueden llevar a un alma al único lugar donde se halla el consuelo perfecto: a los pies de nuestro Señor Jesús.

     El silencio, como todo lo demás en la vida del creyente, siempre será positivo si es según Dios. Cometeríamos un grave error si tratáramos de catalogar los silencios en «buenos» y «malos». El silencio siempre es silencio, y en sí mismo no tiene nada de bueno ni de malo. Lo que necesitamos discernir es la función positiva o negativa que puede derivar de su utilización. Si yo guardo silencio ante las almas que necesitan la salvación y no anuncio las buenas nuevas del Evangelio, entonces estoy desobedeciendo a Dios y mi comportamiento será muy negligente. Si yo callo y no advierto a mi hermano de un tremendo error que está cometiendo o de un peligro que lo acecha, estoy en la misma situación. En estos casos no somos llamados al silencio, sino a testificar (aunque siempre debemos ser prudentes en cuanto a no hablar de más).

     Como ejemplo supremo podemos observar la conducta del Señor Jesús. En el evangelio según Juan, capítulo 19:9, leemos que Pilato le preguntó al Señor: “¿De dónde eres? ...”; y el versículo finaliza: “Mas Jesús no le dio respuesta”. La ignorancia y la soberbia llevaban a Pilato a indagar sobre los orígenes de nuestro Señor, pero Él no había venido a saciar la curiosidad de nadie, sino a glorificar a Dios y a salvar a los pecadores. Sin embargo, en el versículo 10 de este mismo capítulo, Pilato le formula al Señor otra pregunta: “¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte, y que tengo autoridad para soltarte?”  Y, en esta oportunidad, el Señor no guardará silencio. Sus palabras serán pocas, pero absolutamente claras y contundentes: “Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba” (v.11). El Señor no podía dejar de testificar ante las pretensiones del impío gobernador romano de tener autoridad en lo tocante a la obra más importante jamás realizada, gozne de la historia del hombre: la crucifixión del Señor Jesús, el Hijo de Dios.

   ¿Y qué decir del santo silencio del Señor cuando fue llevado a la cruz?: “Angustiado y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca” ¡Oh, si el Señor hubiera respondido de acuerdo con lo que merecía el hombre, a lo que merecíamos todos nosotros! Pero el Señor no abrió su boca. En ese silencio puede verse su inmensa gracia, su infinito amor. Él fue a la cruz soportando todo el oprobio, glorificando así a Dios, salvando a los pecadores, llevando muchos hijos a la gloria. Cuántas veces nosotros, pecadores salvados por gracia, vociferamos y proferimos tanta palabrería ante aquellos a quienes consideramos nuestros ofensores. ¡Cuántas veces hablamos de más ante quienes necesitan del amor y de la gracia!

Ezequiel Marangone