COMPROMISOS DEL ADORADOR NOCTURNO
(continuación)
VIVIR LA ESPIRITUALIDAD
ESPECÍFICA DEL ADORADOR
Nuestra noche mensual de
adoración sólo será válida si es expresión, consecuencia, reflejo y
ofrenda de toda una actividad vital
de adoración: devolver a Dios la vida recibida a lo largo de
nuestros días, de nuestras alegrías o problemas, en cualquier instante o
circunstancia.
El contacto con la Eucaristía nos
pide sacrificio, presencia entregada, siempre a disposición de los demás.
Compromiso de hacer presente al Señor haciéndonos presente nosotros mismos. Ser
en el mundo presencia de Cristo Salvador.
Contemplando el misterio
eucarístico desde la perspectiva de comunión con Cristo,
descubrimos que la caridad, el amor, la comunión exigen de nosotros
mucho más que actos pasajeros o actitudes que comprometen
sólo la superficie de la personalidad: es uno mismo el que tiene que darse como
una donación profunda y habitual.
Como Obra de Iglesia, nos sentimos
responsables con ella de ser para el mundo signo de amor
salvador.
Estatutos
VIVIR EL TURNO COMO CÉLULA BASE
DE IGLESIA
"La Eucaristía vivida tan
intensamente en el silencio de la noche y en comunión íntima con los
hermanos adoradores, las Laudes en las primeras horas de la mañana alabando al
Señor... Todos ellos nos pueden
dejar convenientemente preparados para proyectar nuestra fe en el centro de
nuestras ocupaciones profesionales y en nuestra familia hasta el mes siguiente, en que volvamos a vivir, en
el más amplio sentido de la palabra, la vigilia de nuestro Turno."
"Los
fieles deben mantener en sus costumbres y en su vida lo que han recibido en la
celebración eucarística por la fe y el Sacramento. Procurarán, pues, que su
vida discurra con alegría en la fortaleza de ese alimento, participando en la
Muerte y en la Resurrección del Señor. Así..., cada uno sea solicito en hacer buenas
obras..., trabajando para impregnar al mundo del espíritu cristiano y también constituyéndose en testigo de Cristo, en toda circunstancia y en el corazón mismo de la convivencia
humana."
Eucharisticum
Mysterium, núm. 13 - Cfr. Gaudium et Spes.
EXIGENCIA DE RENOVACIÓN CONTINUA
El Adorador, como Sn Pablo, no piensa
nunca haberlo conseguido todo ni ser perfecto (Fil. 3,12s);
se cree siempre obligado a una continua renovación. He aquí unos puntos:
—
Que nuestra oración personal no sea solitaria, sino solidaria, inserta en la
comunidad.
—
Que nuestra oración comunitaria, alimentada con la Palabra y con el Pan compartido,
se realice en el testimonio cristiano de nuestras vidas.
—
Que la noche de oración invada todo el día y toda la vida.
— Que
nuestra oración no sea solamente "rezar", sino
"convertirse"; para que nuestra expresión salga del interior.
— Que
la Adoración no sea sólo un acto que forma una piedad concreta, sino que esté
dentro de todo el misterio eucarístico.
—
Que esa lejanía de Dios que nos hace postrarnos ante Él no nos haga olvidar al
Dios cercano, que se ha hecho Hombre, que es nuestro Hermano, que ora al Padre
junto con nosotros y nosotros con Él.
—
Que el desagravio no se entienda como un sentirnos justos frente a los demás
pecadores, sino solidarios y responsables con las miserias de toda la
humanidad.
—
Que la Adoración Nocturna no sea nuestra Obra para nosotros, sino algo abierto
a todos aquellos que quieran adorar al Señor, incorporados o no a ella.
— Que
aspiremos a ser como María: eficaces para la salvación, sin espectacularidad.
LA EUCARISTÍA, COMPROMISO DEL AMOR CRISTIANO
"De
la adoración a la Eucaristía y,
en general, de la fe en el gran Misterio por parte de quienes lo adoramos y lo
recibimos, tiene que brotar incontenible, cada vez más abundante y más preciso, el compromiso del amor cristiano.
El
compromiso se llama, por supuesto,
caridad... Pero se llama también afán de justicia en todo, y
colaboración al perfeccionamiento del orden político… Se llama cumplimiento
de las obligaciones familiares, atención
esmerada a las reclamaciones de la
juventud, de las cuales muchas están
justificadas, defensa de la
moralidad pública y no simple lamentación… Se llama también
colaboración y servicio a las grandes necesidades de la Iglesia. El amor fraterno nos exige hoy más que nunca ser
catequistas de nuestra fe, consecuentes con lo que el bautismo, que nos hace
hijos de Dios, señala a los colaboradores del Reino. Se necesitan legiones de
catequistas que, con el testimonio y la palabra bien preparados, ayuden a
conocer y vivir la fe en sus hogares, en sus puestos de trabajo... Tenemos que
actuar otra vez como los primeros cristianos, siendo nosotros, con nuestro esfuerzo personal, portadores de la luz
del Evangelio en medio de las
sombras."
Emmo. Sr. Cardenal MARCELO
GONZÁLEZ MARTÍN
Conferencia del Centenario




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