TIEMPO LITÚRGICO

TIEMPO LITÚRGICO

sábado, 13 de abril de 2019

LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 14 DE ABRIL DEL 2019, DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR (Comentario de +Francisco Cerro Chaves-Obispo de Coria-Cáceres)


«¡BENDITO EL REY QUE VIENE EN NOMBRE DEL SEÑOR! »



Lc 19, 28-40
     
     El domingo de Ramos en la pasión del Señor, para la procesión se han escogido los textos que se refieren a la solemne entrada del Señor en Jerusalén,[…] cuando nuestro Señor Jesucristo como indica la profecía de Zacarias, entró en Jerusalén sentado sobre un pollino de borrica, y a su encuentro salió una multitud con ramos e olivo,[…] en la Misa se lee el relato de la Pasión del Señor.

     En aquel tiempo, Jesús echó a andar delante, subiendo hacia Jerusalén.  Al acercarse a Betfagé y Betania, junto al monte llamado de los Olivos, mandó a dos discípulos, diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente; al entrar en ella, encontraréis un pollino atado, que nadie ha montado nunca. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta: “¿Por qué lo desatáis?”, le diréis así: “El Señor lo necesita”». Fueron, pues, los enviados y lo encontraron como les había dicho. Mientras desataban el pollino, los dueños les dijeron: «¿Por qué desatáis el pollino?». Ellos dijeron: «El Señor lo necesita».
     Se lo llevaron a Jesús y, después de poner sus mantos sobre el pollino, ayudaron a Jesús a montar sobre él. Mientras él iba avanzando, extendían sus mantos por el camino. Y, cuando se acercaba ya a la bajada del monte de los Olivos, la multitud de los discípulos, llenos de alegría, comenzaron a alabar a Dios a grandes voces por todos los milagros que habían visto, diciendo: «¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas».
   Algunos fariseos de entre la gente le dijeron: «Maestro, reprende a tus discípulos». Y respondiendo, dijo: «Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras».

Otras lecturas: Isaías 50, 4-7; Salmo 21; Filipenses 3, 8-14; Lucas 22,14-23,56


    El Señor necesitaba ¡un borrico! Detalle cargado de humanidad y sencillez, contrapuesto a la cabalgadura del poderío. Son las “necesidades” de un Dios que elige siempre lo débil y lo que no cuenta para confundir a los prepotentes, y así se reconocerá en la imagen del Siervo tomando la condición de esclavo, sin hacer alarde de su categoría de Dios, para poder dar una palabra de aliento a cualquiera que sufra abatimiento.
     Es el estremecedor relato de lo que ha costado nuestra redención. En ese drama está la respuesta de amor extremo de parte de Dios. Nuestra felicidad, el acceso a la gracia, ha tenido un precio: Él ha pagado por nosotros[…]
  Sin este realismo que personaliza, estaríamos como espectadores ausentes que a lo sumo siguen el desarrollo del proceso de Dios, desde la butaca de la lástima o de la indiferencia. Por eso puedo decir en verdad que yo estaba allí, todo fue por mí. Sólo quien reconoce ese por mí adorará al Señor con un corazón agradecido. (+Fr. Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo)


     Jesús entra en Jerusalén. Gentío, fiesta, alabanza, bendición, paz. Se respira un clima de alegría. Jesús ha despertado en el corazón tantas esperanzas, sobre todo entre la gente humilde, simple, pobre, olvidada, esa que no cuenta a los ojos del mundo. Él ha sabido comprender las miserias humanas, ha mostrado el rostro de misericordia de Dios y se ha inclinado para curar el cuerpo y el alma. (Papa Francisco)
     La primera palabra que quisiera deciros: alegría. No seáis nunca hombres y mujeres tristes: un cristiano jamás puede serlo. Nunca os dejéis vencer por el desánimo. Nuestra alegría no es algo que nace de tener tantas cosas, sino de haber encontrado a una persona, Jesús; que está entre nosotros; nace del saber que, con él, nunca estamos solos, incluso en los momentos difíciles, aun cuando el camino de la vida tropieza con problemas y obstáculos que parecen insuperables. (Papa Francisco)
     ¿Por qué Jesús entra en Jerusalén? Mirémoslo: montado en un pollino.  Quien lo acoge es gente humilde, sencilla, que tiene el sentido de ver en Jesús algo más; tiene ese sentido de la fe, que dice: Éste es el Salvador. Jesús  entra en la Ciudad Santa para ser azotado, insultado y ultrajado, entra para recibir una corona de espinas, una caña, un manto de púrpura: su realeza será objeto de burla; entra para subir al Calvario cargando un madero. (Papa Francisco)
    Y he aquí la segunda palabra: cruz. Jesús entra en Jerusalén para morir en la cruz. Y es precisamente aquí donde resplandece su ser rey según Dios. Ese es el trono de Jesús. Jesús toma sobre sí... el mal, la suciedad, el pecado del mundo, también el nuestro, el de todos nosotros, y lo lava, lo lava con su sangre, con la misericordia, con el amor de Dios. (Papa Francisco)


  En estos días de Semana Santa, ayúdanos Señor a acompañarte. A estar contigo, para aprender de ti y vivir como Tú siendo capaces de hacer de nuestra vida una ofrenda como fue la tuya en el silencio de la fidelidad y la entrega.

Señor Jesús, tu camino llega a su fin,
has llegado a Jerusalén y ahí se cumplirá
todo lo que habías anunciado.

CONTEMPLATIO:

«¿Por qué desatáis el pollino?»… «El Señor lo necesita»

      Hemos llegado al umbral de la Santa Semana. Tramo a tramo, nos hemos ido aproximando al escenario en donde Jesús pagó por nuestros pecados. Nos ponemos también nosotros en esa muchedumbre agolpada en aquel día en torno a la fiesta judía.
     Ellos y nosotros tenemos, siempre, unas oscuridades que piden ser iluminadas, unas muertes que esperan ser resucitadas. Nosotros estábamos allí. Y lo que allí sucedió entonces, para nosotros sucede hoy[…]
     Debemos situarnos en ese escenario, pues es el nues­tro propio, en donde Dios en su Hijo nos obtendrá la condición de hijos ante Él y de hermanos entre noso­tros. Es el estupor que experimentaba la mística franciscana Angela de Foligno al contemplar la Pasión: “Tú no me has amado en broma”; o el realismo con el que Pablo agradecerá la donación de su Señor: “me amó y se entregó a sí mismo por mí”. (+Fr. Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo)



■… Nuestro Dios y Salvador realizó su plan de salvar al hombre levantándolo de su caída y haciendo que pasara del estado de alejamiento, al que le había llevado su desobediencia, al estado de familiaridad con Dios. Éste fue el motivo de la venida de Cristo en la carne, de sus ejemplos de vida evangélica, de sus sufrimientos, de su cruz, de su sepultura y de su resurrección: que el hombre, una vez salvado, recobrara, por la imitación de Cristo, su antigua condición de hijo adoptivo. Y así, para llegar a una vida perfecta, es necesario imitar a Cristo, no sólo en los ejemplos que nos dio durante su vida, ejemplos de mansedumbre, de humildad y de paciencia, sino también en su muerte, como dice Pablo, el imitador de Cristo: Muriendo su misma muerte, para llegar un día a la resurrección de entre los muertos. (S. Basilio Magno)

(Jn 13, 14).

ABRIL 2019

   «Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros» (Jn 13, 14).
           
     Al recordar las últimas horas transcurridas con Jesús antes de su muerte, el evangelista Juan pone en el centro el lavatorio de pies. En el antiguo Oriente era un signo de acogida al huésped, que llegaba por caminos polvorientos, y solía realizarlo un siervo. Precisamente por eso, en un principio los discípulos se niegan a aceptar este gesto de su Maestro, pero Él al final les explica:

 «Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros».

     Con esta imagen tan significativa, Juan nos desvela completamente la misión de Jesús: Él, el Maestro y el Señor, ha entrado en la historia humana para encontrarse con cada hombre y con cada mujer, para servirnos y restablecer nuestra relación con el Padre.
     Día a día durante toda su vida terrena, Jesús se despoja de cualquier signo de su grandeza, y ahora se prepara a dar su vida en la cruz. Y precisamente en este momento entrega a sus discípulos, a modo de herencia, las palabras que más tiene en el corazón:

 «Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros».
           
     Es una invitación clara y simple; todos podemos entenderla y ponerla en práctica inmediatamente, en cualquier situación, en cualquier entorno social y cultural.
     Los cristianos, que reciben la revelación del Amor de Dios a través de la vida y las palabras de Jesús, tienen una «deuda» con los demás: imitar a Jesús acogiendo y sirviendo a los hermanos, para ser a su vez anunciadores del Amor. Como Jesús: primero amar concretamente y luego acompañar el gesto con palabras de esperanza y de amistad.
     Y el testimonio es aún más eficaz cuando dirigimos nuestra atención a los pobres con espíritu de gratuidad, rechazando en cambio comportamientos serviles hacia quienes tienen poder y prestigio. Incluso ante situaciones complejas, trágicas y que se nos escapan de las manos, hay algo que podemos y debemos hacer para contribuir al «bien»: ensuciarnos las manos sin esperar recompensa, con generosidad y responsabilidad.
     Además Jesús nos pide que testimoniemos el Amor no solo personalmente en los ambientes donde vivimos, sino también como comunidad, como pueblo de Dios, cuya ley fundamental es el amor recíproco.

 «Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros».
           
     Después de estas palabras, Jesús sigue diciendo: «Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros... Sabiendo esto, dichosos seréis si lo cumplís» (Jn 13, 15-17).
     Comentando esta frase del Evangelio, Chiara Lubich escribió: «"Dichosos seréis...”: El servicio recíproco, el amor mutuo que Jesús enseña con este gesto desconcertante es, pues, una de las bienaventuranzas que Jesús nos enseñó. [...] Entonces, ¿cómo viviremos durante este mes esta palabra? La imitación que Jesús nos pide no consiste en repetir de modo pedestre su gesto, aunque debemos tenerlo siempre delante de nosotros como un ejemplo luminosísimo e inigualable. Imitar a Jesús significa comprender que los cristianos tenemos sentido si vivimos por los demás, si concebimos nuestra existencia como un servicio a los hermanos, si planteamos toda nuestra vida sobre esta base. Entonces habremos realizado lo que a Jesús más le importa. Habremos entendido de lleno el Evangelio. Seremos realmente dichosos».

Leticia Magri

sábado, 6 de abril de 2019

LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 7 DE ABRIL DEL 2019, 5º DE CUARESMA (Comentario de +Francisco Cerro Chaves-Obispo de Coria-Cáceres)

«EL QUE ESTÉ SIN PECADO, QUE LE TIRE LA PRIMERA PIEDRA»

Jn 8, 1-11


     En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
     Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?». Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra». E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.
     Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?». Ella contestó: «Ninguno, Señor». Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».

Otras lecturas: Isaías 43, 16-21; Salmo 125; Filipenses 3, 8-14

LECTIO:

     Todos se fue­ron escabullendo, como quien se marcha de puntillas para que no se note mucho… En el fondo, aquella mujer era simplemente una torpe coartada para poder lapidar a Jesús, que era quien verdaderamente molestaba al poder dominante. Más aquellos que intentaron tirar piedras contra Él, salieron escalabrados en el adulterio de su hipocresía[...]
     Jesús les dirá (a los fariseos) no queráis lavar vuestra culpabilidad con quienes mancilláis la inocencia mutua... “el que esté libre de pe­cado, que tire la primera piedra”. Y… a la mujer le dirá: no juegues con tu fidelidad ni con la ajena, porque eso es trampear con tu felicidad y la de los otros..., “anda, y en adelante no peques más”.
     La última palabra no la tuvieron los fariseos hipócritas, ni la mujer equivo­cada, sino Jesús, portador y portavoz de la misericordia del Padre. (+Fr. Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo)

MEDITATIO:

     En realidad ellos no fueron al Maestro para pedirle su opinión, sino para tenderle una trampa[...] Esta mala intención se esconde bajo la pregunta que le plantean a Jesús: «¿Tú que dices?». Jesús no responde, se calla y realiza un gesto misterioso: «inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra»… De este modo invita a todos a la calma, a no actuar inducidos por la impulsividad, y a buscar la justicia de Dios. (Papa Francisco)
     Pero insisten y esperan de él una respuesta… Jesús levanta la mirada y les dice: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra». Esta respuesta desubica los acusadores, los desarma… todos depusieron las piedras listas para ser arrojadas, tanto las visibles contra la mujer, como las escondidas contra Jesús. (Papa Francisco)
     Se quedaron allí solos la mujer y Jesús: la miseria y la misericordia, una frente a la otra… «Mujer, ¿dónde están?» Y basta esta constatación, y su mirada llena de misericordia y llena de amor, para hacer sentir a esa persona que tiene una dignidad, que ella no es su pecado, que ella tiene una dignidad de persona, que puede cambiar de vida, puede salir de sus esclavitudes y caminar por una senda nueva. (Papa Francisco)
     Esa mujer nos representa a todos nosotros, que somos pecadores. …Dios no nos identifica con el mal que hemos cometido. Tenemos un nombre y Dios no identifica este nombre con el pecado que hemos cometido. (Papa Francisco)


     Señor ¿Quién nos condenará si tú nos absuelves? ¿Quién nos despreciará si tú nos amas? Tú eres el único que te quedas con nosotros… 
No permitas que seamos jueces de nuestros hermanos
por malas que parezcan sus acciones
porque mucho más grandes son las mías.


¿Dónde están?... ¡Vete y en adelante no peques más!...
     Ha sido Jesús quien lleva la iniciativa, se ha puesto en pie, muestra interés por la persona y le hacer ver que ya nadie la acusa. El momento termina con una nota de esperanza, capaz de reavivar de nuevo a esta mujer y devolverle su dignidad: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».
     La mirada de Jesús es de compasión y de misericordia, no abruma, no condena, no humilla, solo le pide la conversión, que comience de nuevo a descubrir un amor mayor. La imagen que mejor le identifica a Jesús es la del pastor que va en busca de la oveja perdida, que cuando la encuentra, lleno de alegría, la carga sobre sus hombros. (+ José Manuel Lorca Planes - Obispo de Cartagena)



■…   Mas ellos se miran a sí mismos y, con su fuga confesándose reos, dejan sola a aquella mujer con su gran pecado en presencia de aquel que no tenía pecado. Y como le había ella oído decir: El que esté sin pecado, que arroje contra ella la piedra el primero, temía ser castigada por aquel en el que no podía hallarse pecado alguno. Más el que había alejado de sí a sus enemigos con las palabras de la justicia, clava en ella los ojos de la misericordia y le pregunta: ¿No te ha condenado nadie? Contesta ella: Señor, nadie. Y El: Ni yo mismo te condeno; yo mismo, de quien tal vez temiste ser castigada, porque no hallaste en mí pecado alguno. Ni yo mismo te condeno. Señor, ¿qué es esto? ¿Favoreces tú a los pecados? Es claro que no es así. Mira lo que sigue: Vete y no quieras pecar más en adelante. Luego el Señor dio sentencia de condenación, pero contra el pecado, no contra el hombre. Pues, si fuera El favorecedor de los pecados, le habría dicho: Ni yo mismo te condeno, vete y vive a tus anchas... No fue ésta su sentencia. (S. Agustín)

PARA EL DIALOGO Y LA MEDITACIÓN












ABRIL: NATURALEZA DE LA ADORACIÓN NOCTURNA

ESCUELA PRÁCTICA  DE ORACIÓN PARA  APRENDER A AMAR COMO RAZÓN DE VIVIR

     Arrancamos el segundo trimestre del año. Salidos del invierno tan propicio al recogimiento –aunque a veces, al encogimiento-  se nos ha venido la primavera, que nos incita a salir de nosotros mismos y a abrir nuestros sentidos al gozo de la belleza a raudales y al resurgir de la vida. Siempre y en todo lugar hemos de dar gracias a Dios. Como lo hace todo el universo.  Qué hermoso es considerar, cuando en el turno de vela, cantamos o recitamos el salmo 19, sentirnos unidos a toda la Creación, poniendo voz y corazón a lo que proclama el universo:

El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos:
el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche se lo susurra.
Sin que hablen, sin que pronuncien,
sin que resuene su voz,
a toda la tierra alcanza su pregón
y hasta los límites del orbe su lenguaje.


LA MARAVILLA DE LA ORACIÓN

      No es otra cosa orar, sino levantar el corazón a Dios para alabarle o  para pedirle mercedes, como nos enseñaban en la doctrina cristiana.
    No  nos cansaremos de agradecer la publicación del  Catecismo de la Iglesia Católica. Ya no nos escusa el “doctores tiene la Iglesia que le sabrán responder”. Han puesto en nuestras manos todo lo que constituye el depósito de  la Fe.
     Continuando con lo escrito en marzo, es una maravilla leer atentamente  todo lo que nos enseña en la parte IV sobre la oración. Detengámonos en estos dos puntos y caeremos en la cuenta de la inconmensurable dignidad humana que Dios nos otorga cuando entramos en cualquier tipo de oración:

1º Es alianza con Dios

(2564) La oración cristiana es una relación de Alianza entre Dios y el hombre en Cristo. Es acción de Dios y del hombre; brota del Espíritu Santo y de nosotros, dirigida por completo al Padre, en unión con la voluntad humana del Hijo de Dios hecho hombre.

2º Es comunión con Dios

(2565) En la nueva Alianza, la oración es la relación viva de los hijos de Dios con su Padre infinitamente bueno, con su Hijo Jesucristo y con el Espíritu Santo. La gracia del Reino es “la unión de la Santísima Trinidad toda entera con el espíritu todo entero” (San Gregorio Nacianceno, Oratio 16, 9). Así, la vida de oración es estar habitualmente en presencia de Dios, tres veces Santo, y en comunión con Él. Esta comunión de vida es posible siempre porque, mediante el Bautismo, nos hemos convertido en un mismo ser con Cristo (cf Rm 6, 5). La oración es cristiana en tanto en cuanto es comunión con Cristo y se extiende por la Iglesia que es su Cuerpo. Sus dimensiones son las del Amor de Cristo (cf Ef 3, 18-21).

NECESITADOS DE SILENCIO

     De sobra sabéis que son tres los tipos de oración. La oración vocal, la meditación y la contemplación. Además del ofrecimiento de obras, que convierte en oración todo lo que hacemos durante el día.
   Existen diferencias entre esos tres tipos de oración como abordaremos en la próxima reflexión de mayo, Pero también los tres están relacionados entre sí.
     Curiosamente las  tres necesitan inexcusablemente del silencio. No es posible la oración en el alboroto en que estamos inmersos. Hay una dictadura del ruido.  Silencio externo. Qué difícil es rezar en medio del barullo.  En un libro admirable del cardenal Robert Sarah titulado La fuerza del silencio y que os recomiendo vivamente, lleva por subtítulo “Frente a la dictadura del ruido”. Vivimos bajo la dictadura del ruido que no solo nos imposibilita el encuentro con Dios, sino que no nos deja encontrarnos con nosotros mismos. El silencio y la penumbra de las iglesitas románicas es el espacio propicio para encontrarnos en presencia de Dios, espacio que podemos propiciar dentro de nosotros mismos, sin salir de nosotros mismos. Silencio exterior y silencio interior. Controlar las distracciones. 
     Estamos en el momento sublime de la consagración y la mente se nos va hacia el descalabro de la política, la dureza de los garbanzos, el regalo para el nieto, y otros mil insignes afanes, en nada congruentes con la muerte de Jesús en la Cruz. Y así en todo. El silencio es el requisito  para el encuentro con quien sabemos nos ama. La imaginación, como loca de la casa, ya se encarga de las mil distracciones que impiden estar a solas con nuestro Dios. 
     Es en el silencio donde Dios nos habla, donde podemos escuchar lo que Dios nos dice.
     Para orar Se requiere soledad y silencio: TACE, escribe Don Luis, CALLA.

NUESTRA PARTICIPACIÓN EN LA ORACIÓN:

   La persona debe poner su deseo y su disposición, principalmente su actitud de silencio (apagar ruidos exteriores e interiores).  El silencio aún no es contemplación, pero es el esfuerzo que Dios requiere para dársenos y transformarnos.  Además, orar se aprende orando, "sin desfallecer", como nos pide la Sagrada Escritura.  La única forma de aprender a orar es:  orar, orar, orar.
     Aun así, unos oran de una manera y otros de otra. A unos les es fácil la contemplación y a otros les es casi imposible. Unos meditan, otros hacen oración vocal. ¿Entonces?
     Santa Teresa de Jesús nos responde esto. Comentando el pasaje de Pedro cuando le pregunta al Señor qué será de Juan. Y el Señor le responde: "¿A ti que? Tú, sígueme" (Jn 21, 20-25):
     "Es cosa que importa mucho entender que no a todos lleva Dios por un camino, y por ventura el que le pareciere va por muy más bajo, está más alto en los ojos del Señor" [...] "Así que no porque en esta casa todas traten de oración, han de ser todas contemplativas. Es imposible. Y será gran desconsolación para la que no lo es"[...] "Yo estuve más de catorce años que nunca podía tener meditación sino junto con lección. Habrá muchas personas de este arte, y otras que, aunque sea con lección, no pueden tener meditación, sino rezar vocalmente, y aquí se detienen más... Y otras personas hay hartas de esta manera, y si hay humildad, no creo saldrán peor libradas al cabo sino muy en igual de los que llevan muchos gustos, y con más seguridad en parte; porque no sabemos si los gustos son de Dios o si los pone el demonio"[...]
     "No hay qué temer, ni hayáis miedo que dejéis de llegar a la perfección como los muy contemplativos." El protagonista de nuestra oración es Dios mismo. Nosotros, abandonarnos en Él; poner en Él toda nuestra confianza. No en el mucho saber, sino en el mucho amar. No lo olvidemos: la adoración nocturna es una escuela práctica para aprender a orar, es decir, para que nuestro corazón aprenda a vivir siempre y en todo lugar, en presencia de quien sabemos nos ama.

Preguntas para el diálogo y la meditación.

■ ¿Por qué la oración en cualquiera de sus variedades es un reconocimiento sobrecogedor de la dignidad que Dios concede al ser humano?

■ ¿Por qué sin el silencio no es posible ponernos en presencia de Dios?

■ ¿En qué radica la plenitud de la oración, en la forma de oración que realicemos o en el grado de amor que alcancemos en cualquier forma de orar?



sábado, 30 de marzo de 2019

LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 31 DE MARZO DEL 2019, 4º DE CUARESMA - DOMINGO DE LAETARE (Comentario de +Francisco Cerro Chaves-Obispo de Coria-Cáceres)



Lc 15, 1-3. 11-32

     En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos».
     Jesús les dijo esta parábola: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.
     Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”.
     Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”. Y empezaron a celebrar el banquete.
     Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Este le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”. Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Entonces él respondió a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”. Él le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

Otras lecturas: Josué 5, 9a.10-12; Salmo 33; 2Corintios 5, 17-21

LECTIO:
     Era una escena complicada, que Jesús resolverá con una parábola impresionante[…] El protagonismo no re­cae en los hijos ni en sus representados, sino en el padre y en su misericordia. Sorprende la actitud del padre en el encuentro con su hijo[…] “cuando estaba lejos, su padre lo vio; y echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo”.
     El error que le condujo a la fuga hacia los espejismos de una falsa felicidad y de una esclavizante independencia, será transformado por el padre en encuentro de alegría inesperada e inmerecida. La última palabra dicha por ese padre, sobresale sobre todas las penúltimas dichas por el hijo, es el triunfo de la misericordia, la gracia y la verdad.
     Triste es la actitud del otro hijo, cumplidor, sin escándalos, pero resentido y vacío[...] Cuando la fidelidad no produce felicidad, no se es fiel por amor sino por interés o por miedo. Él se había quedado con su padre poniendo precio a su gesto. Pudo tener más… pero sus ojos torpes y su corazón duro, fueron incapaces de ver y de gozar: “tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo”, le dijo el padre. (+Fr. Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo)

MEDITATIO:
     El Evangelio nos presenta la parábola del padre misericordioso... Sorprende su tolerancia ante la decisión del hijo más joven de irse de casa… Le permite marchar, aún previendo los posibles riesgos. Así actúa Dios con nosotros: nos deja libres, también para equivocarnos, porque al crearnos nos ha hecho el gran regalo de la libertad. (Papa Francisco)
     La separación de ese hijo es sólo física; el padre lo lleva siempre en el corazón; espera con confianza su regreso, escruta el camino con la esperanza de verlo. Y un día lo ve aparecer a lo lejos… Entonces se conmueve al verlo, corre a su encuentro, lo abraza y lo besa. ¡Cuánta ternura! ¡Y este hijo había hecho cosas graves! Pero el padre lo acoge así. (Papa Francisco)
     La figura del padre de la parábola desvela el corazón de Dios. Él es el Padre misericordioso que en Jesús nos ama más allá de cualquier medida, espera siempre nuestra conversión cada vez que nos equivocamos; espera nuestro regreso cuando nos alejamos de Él pensando que podemos prescindir de Él; está siempre preparado a abrirnos sus brazos pase lo que pase. (Papa Francisco)
     En este tramo de la Cuaresma que aún nos separa de la Pascua, estamos llamados a intensificar el camino interior de conversión. Dejémonos alcanzar por la mirada llena de amor de nuestro Padre, y volvamos a Él con todo el corazón, rechazando cualquier compromiso con el pecado. (Papa Francisco)


ORATIO:
     Oh Dios, alejarse de ti es caer, volver a ti es resurgir, permanecer en ti es construirse sólidamente; oh Dios, salir de ti es morir, encaminarse a ti es revivir, habitar en ti es vivir…

Te doy gracias por tu bondad y misericordia.
He sido y soy el hijo pródigo
que no acaba nunca de volver a tu Casa,
y, a veces, soy como el hijo mayor.

CONTEMPLATIO:
“tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo”
     Teniéndolo todo, se quejaba de la falta de un cabrito. Quien vive calcu­lando, no puede entender, ni siquiera puede ver, lo que se le ofrece gratui­tamente, en una cantidad y calidad infinitamente mayor de lo que su actitud rácana puede esperar.
     La trama de esta parábola es la trama de nuestra posibilidad de ser perdona­dos. Dios con esta parábola ha ido a donde nunca antes se había atrevido, acompañándonos más allá de cuanto nos acompaña con otras palabras también suyas.
     El sacramento de la Penitencia que de un modo especial recibimos en estos días cuaresmales, es el abrazo de este Padre que viéndonos en todas nuestras lejanías se nos acerca, nos abraza, nos besa y nos invita a la fiesta de su perdón, con misericordia entrañable. (+Fr. Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo)


■…   Observando al Padre logro distinguir tres caminos que llevan a una auténtica paternidad misericordiosa: el dolor, el perdón y la generosidad. Puede parecer extraño que el dolor conduzca a la misericordia. Pero así es. El dolor me lleva a dejar que los pecados del mundo -incluidos los míos- desgarren mi corazón y me hagan derramar lágrimas, muchas lágrimas por ellos. Si no son lágrimas que brotan de los ojos, por lo menos son lágrimas del corazón. Este dolor es oración[…] Por el perdón constante es como vamos llegando a ser como el Padre. Él perdón es el camino para superar el muro y acoger a los demás en el corazón sin esperar nada a cambio[…] Cada vez que doy un paso en dirección a la generosidad, me muevo del temor al amor. (H. Nouwen).