TIEMPO LITÚRGICO

TIEMPO LITÚRGICO

jueves, 17 de abril de 2014

JUEVES SANTO
MISA VESPERTINA DE LA CENA DEL SEÑOR


La Eucaristía vespertina del Jueves Santo inaugura ya la celebración de la Pascua del Señor. En ella la Iglesia conmemora aquella última Cena en la cual el Señor Jesús instituyó el sacramento de la Eucaristía como anticipo y memorial de su entrega en la cruz.
Conocemos que ya en el siglo IV,  la Iglesia de Jerusalén se reunía el Jueves Santo por la tarde para celebrar una Eucaristía en conmemoración de la última cena del Señor. Después se retiraban a sus casas para cenar y se volvían a reunir para celebrar una prolongada vigilia nocturna en la que iban recorriendo los distintos lugares por los que esa noche pasó Jesús.
En Roma esta misa vespertina del Jueves Santo no se introduce hasta el siglo VII. A partir de las reformas de Pío XII y del Concilio Vaticano II se introduce en esta misa el rito del lavatorio de los pies, que hasta entonces se realizaba aparte.
Tres elementos litúrgicos marcan la peculiaridad de esa celebración:
1º. La misma celebración de la Eucaristía como memorial de la Pascua de Jesús.
        Para comprender el significado de la celebración del Jueves Santo es muy importante destacar el significado que Jesús quiso dar a aquella última Cena con sus discípulos.
Según los evangelios, aquella última cena que Jesús celebró con sus discípulos fue la cena pascual judía. Todos los años, el pueblo de Israel se reunía, el 14 del mes de nisán, para celebrar la Pascua. Es decir, el “paso” del Señor, que les liberó de la esclavitud de Egipto y les hizo atravesar el Mar Rojo, por medio de las aguas, para llevarlos a la tierra prometida. La celebración consistía en una cena ritual en la que se cantaban salmos, se bendecía a Dios al comer el pan sin fermentar y al beber el vino, y se comía el cordero pascual sacrificado en el templo.
Precisamente, la primera lectura del Jueves Santo está tomada del capítulo 12 del libro del Éxodo. Y nos recuerda la cena pascual instituida como memorial de aquella obra de Dios que fue la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto.
En aquella Cena, Jesús va a realizar una serie de gestos en los que va a cambiar para siempre el sentido de la Pascua. Los cristianos ya no celebrarán la Pascua judía, recuerda de la liberación de la esclavitud de Egipto, sino la Pascua universal, memorial de la liberación de la esclavitud del pecado y de la muerte, a la que está sometida la humanidad, y de la que el Hijo de Dios hecho hombre nos libera por medio de su muerte y resurrección.
La segunda lectura del día, tomada del capítulo 11 de la primera carta del apóstol Pablo a los cristianos de Corinto, no resume los gestos y las palabras de Jesús en aquella última cena. Pablo trasmite a los corintios la misma tradición que él había recibido de los discípulos de Jesús.
Jesús, sintiendo cercana la hora de pasar de este mundo al Padre, tomó un pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: “esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros”.

- El cuerpo en el mundo judío es expresión de toda la persona, en su realidad integral. Decir “esto es mi cuerpo” equivale a decir “esta es mi persona”, “este pan soy yo”, que se entrega por vosotros.
- Con ese gesto, Jesús resume su vida: ha sido como un pan repartido para sustento de la vida de todos.
- Y también anticipa su muerte: no le arrebatan la vida, él la entrega voluntariamente a favor de la vida de todos.
- Para Jesús, aquella última cena fue como el prólogo sacramental de su entrega en la cruz. Fue una profecía, un sacramento que anticipaba lo que sucedería después en el Calvario. Aquél que se entregó en la Eucaristía del Jueves es el mismo Cordero que el Viernes se inmoló en la cruz.

Y lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar. “Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre”.
- Moisés había sellado la Antigua Alianza de Dios con Israel rociando con sangre de animales el altar (signo de Dios) y al pueblo. Pero aquello era sólo una imagen, una sombra, una profecía de la verdadera y definitiva Alianza que Dios iba a sellar con la humanidad entera por medio de su Hijo.
- La sangre de Cristo sí es el sello de una Alianza Nueva y Eterna. Porque es la sangre es la sangre de Dios. De un Dios que se ha hecho hombre por amor a los hombres, y que ha asumido las mayores humillaciones por nuestra salvación. Y es la sangre del hombre nuevo, fiel a Dios hasta las últimas consecuencias. Por eso, la sangre derramada de Jesús es el sello de una Alianza nueva y eterna, que nos ha reconciliado con Dios para siempre.
Y Jesús nos dice: “Haced esto en memoria mía”.

-          Cada vez que partimos el pan y bebemos del cáliz, proclamamos la muerte del Señor hasta que vuelva.
-          El sacramento del Cuerpo y de la Sangre del Señor es memorial que actualiza su entrega. Cada vez que celebramos la Eucaristía se hace realmente presente, aunque en forma sacramental, el sacrificio de Cristo en la cruz, para que todos podamos unirnos a él, y ofrecernos, junto con Cristo, al Padre, por la salvación del mundo. La Eucaristía es el memorial incruento del sacrificio cruento de Cristo en la cruz.
-          Cada vez que celebramos la Eucaristía hacemos memoria del amor de Cristo, de su entrega por nosotros; hacemos realmente presente su sacrificio redentor; y nos unimos a esa misma ofrenda de Cristo por la salvación del mundo.
-          La invitación y la posibilidad real de unir nuestra entrega a la de Jesús constituye una permanente invitación a cambiar radicalmente nuestras vidas. Quien está invitado a unir su entrega a la de Cristo, y recibe en cada comunión eucarísticas las gracias necesarias para poder hacerlo, queda comprometido a vivir como Jesús vivió.
Nuestra participación en la Eucaristía de este día quedará realzada con la comunión bajo las dos especies.

2º. El lavatorio de los pies.

        Es un rito que al principio se hacía aparte de la Misa vespertina. Hasta las reformas de Pío XII no se incorporó dentro de la celebración de la Eucaristía.
Se trata de un gesto simbólico que Jesús realizó con sus discípulos y que la Iglesia repitió desde antiguo. Precisamente este es el pasaje de la vida del Señor que recoge el Evangelio que se proclama en la celebración.
        Cuando el ministro que preside la Eucaristía lava los pies a un grupo representativo de los miembros de su comunidad imita lo que Jesús hizo en la última Cena, cuando se quitó el manto, se ciñó la toalla, echó agua en la jofaina y lavó los pies de sus apóstoles a pesar de las protestas de Pedro, que no acababa de entender la humillación de su Maestro.
Cristo quiso darles una lección plástica de la actitud de servicio que deben tener los cristianos, y sobre todo los que ejercen la autoridad, constituidos en representantes de Aquél que dijo que no había venido a ser servido sino a servir. Jesús se lo había enseñado por medio de infinidad de palabras y hechos. En la última Cena quiso recordarlo, una vez más, con un gesto que resultase sumamente expresivo e inolvidable: el lavatorio de los pies, acompañado de un solemne mandato: “Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros”.
        El evangelista Juan ve en este gesto la inauguración del camino pascual de Cristo. En efecto, Aquél que manifestó su condición de siervo lavando los pies de sus discípulos, manifestó máximamente su espíritu de servicio cuando entregó su vida en la cruz. Al lavar los pies de los suyos, se despojó del manto; en la cruz se despojó hasta de su propia vida. El lavatorio de  los pies Jesús anticipó en símbolo la entrega que luego consumó en la cruz.
Quizás por eso, el evangelista Juan, que nos relata el gesto del lavatorio de los pies, no encuentra necesario narrar la institución de la Eucaristía, pues con la institución del sacramento eucarístico y con el lavatorio de los pies, Jesús ha pretendido una misma cosa:
-          resumir el sentido de su vida,
-          anticipar el gesto de su entrega en la cruz
-          y dejar señalado el camino de amor, de entrega y de servicio que habrán de recorrer todos los que quieran ser sus discípulos. ”Amaos unos a otros como yo os he amado. En eso conocerán que sois mis discípulos”. Ése es el mandamiento nuevo que, junto a la institución de la Eucaristía -como memorial de su entrega- y el gesto del lavatorio de los pies –como mandato de servicio fraterno- nos dejó Jesús en aquella memorable cena.

        El rito del lavatorio de los pies lo hace quien preside la comunidad. No es necesario que sean doce personas. Sí es más importante que sean verdaderamente representativas de la comunidad que celebra. El rito va acompañado de cantos que hacen referencia al mandamiento nuevo de la caridad fraterna.
        Nuestra comunidad, queriendo practicar lo que significa el rito del lavatorio, realiza un nuevo gesto en el momento de la colecta y del ofertorio.
- Todos los miembros de la comunidad participan en la procesión de ofrendas realizando una colecta extraordinaria en la que se entregan las huchas que contiene el fruto material de sus ayunos y privaciones cuaresmales. Todo ello será destinado a la atención de los más necesitados, de nuestra tierra y del tercer mundo.
- De este modo no es sólo el sacerdote, lavando los pies de la comunidad, sino toda la comunidad con la comunicación fraternal de sus bienes, a veces obtenidos con renuncias y privaciones, quien expresa su obediencia al mandamiento nuevo del amor.
- Así, el espíritu de caridad y servicio fraterno que el rito del lavatorio de los pies trata de inculcar, se hace realidad a través de la comunicación cristiana de bienes con los más pobres.

3º. La solemne reserva de la Eucaristía.

        Terminada la oración después de la comunión, se traslada procesionalmente el Santísimo Sacramento, hasta el lugar de la reserva habitual.
De ordinario reservamos en el Sagrario el Cuerpo del Señor, pensando en los enfermos y moribundos, y en la adoración de los fieles. La costumbre de reservar la Eucaristía después de la Misa del Jueves Santo surgió para facilitar la comunión de los fieles el Viernes Santo, día en que no hay celebración de la Eucaristía. A partir de los siglos XIII y XIV, como reacción a las herejías que negaban la presencia real de Cristo en el Sacramento Eucarístico, la comunidad cristiana fue rodeando la reserva y adoración de la Eucaristía de una especial solemnidad. De este modo reafirmaba su fe en la presencia real y sustancial de Jesús en el Santísimo Sacramento.
        La Capilla del Reservado se debe adornar de modo que invite a la oración y la meditación, pero evitando una ostentación que distraiga más que ayude al recogimiento y que contradiga la austeridad y sobriedad propias de la Semana Santa.
        Esta solemne reserva del Jueves Santo debe convertirse en una ocasión propicia para que la comunidad cristiana contemple y adore a su Señor, que ha querido hacerse, para nosotros, Pan de Vida,  y que nos ha dejado el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre como presencia permanente entre nosotros.
        Por eso, durante las últimas horas del Jueves Santo, hasta la medianoche, es muy conveniente tener algún momento para la adoración personal y comunitaria ante Jesús Sacramentado.
        A partir de la medianoche, la liturgia pasa a centrarse en la contemplación y adoración de la cruz del Señor. Por eso, el Misal manda que se apaguen las luces extraordinarias y se retiren los signos festivos de la reserva, limitándose a lo que normalmente existe en el Sagrario. El Viernes Santo, la celebración litúrgica de la muerte del Señor reclama un clima de mayor sobriedad.

El Rvd. Padre D. Oscar González Esparragosa ha sido Consiliario de éste Turno nº 5  de la Adoración nocturna Española.


miércoles, 16 de abril de 2014

ADORACIÓN NOCTURNA ESPAÑOLA
IGLESIA DE SAN JOSÉ
Cádiz  Extramuros
AVISO PARA ADORADORAS/ES DEL TURNO NÚM. 5 DE MARÍA AUXILIADORA Y SAN JOSÉ

CELEBRACIONES PARROQUIALES DE SEMANA SANTA

Jueves Santo
(17 de Abril)

     17.30 h.   MISA DE LA CENA DEL SEÑOR
     21.00 h.   ORACION ANTE EL SANTISIMO

Viernes Santo
(18 de Abril)

     12.00 h.   ORACION Y REFLEXIÓN DE LAS SIETE PALABRAS
     17.30 h.   CELEBRACIÓN DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

Sábado Santo
(19 de Abril)

     12.00 h.   ORACION CON MARÍA
     22.00 h      VIGILIA PASCUAL
Domingo de resurrección
(20 de Abril)

MISAS DE PASCUA:  11.00 – 12,00 – 13,30 – 19,00 – 20,00 H.

     Esta Semana Santa de 2014, el Consejo Parroquial, nos ha encargado la preparación /participación del segundo  turno de ORACIÓN ANTE EL SANTÍSIMO  que tendrá lugar D.m. el próximo Jueves Santo (17 de Abril) en la Iglesia de San José y en horario de 22,00 a 24, 00 horas.  Os transcribo también todo el horario de la Vigilia  por si alguno está interesado en participar en algún otro, así como unas mínimas normas para el correcto funcionamiento de la misma y de respeto hacia los demás.

       Turno                                                                           Hora                                                          Responsable                          
       Hora Santa                                            21,00 – 22,00                        P. Salvador Rivera (Párroco)
       2º Turno                                               22,00 – 24,00                            Francisco de la Torre       
       3º Turno                                               24,00 – 03,00                  Mª del Carmen Estévez y Chantal
       4º Turno                                               03,00 – 06,30                                 Carlos Vizcaíno
       5º Turno                                               06,30 – 09,30                                        Bruno
·  La persona que esté interesada en orar en algunos de los Turnos, se lo indicará al responsable, para que éste sepa con las personas que cuenta para su Turno.
·  El Templo cerrará su puerta principal a las 22,00h.
·  10 minutos antes del comienzo de cada turno nos concentraremos en los jardines parroquiales (puerta sacristía).
·  Pedimos puntualidad, para comenzar el turno con todos los participantes, ya que la puerta de la Sacristía se cerrará cinco minutos después del comienzo de cada Turno.
·  El Templo volverá a abrir su puerta principal a las 09,00 h de la mañana.


Recuerda que Jesús Sacramentado nos espera

sábado, 12 de abril de 2014

LECTIO DIVINA PARA EL DIA 13 DE ABRIL, DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

ACOGER A JESÚS

Mateo 21,1-11     Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, en el monte de los Olivos, envió a dos discípulos diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, los desatáis y me los traéis. Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto».
     Esto ocurrió para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta: «Decid a la hija de Sión: “Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en una borrica, en un pollino, hijo de acémila”».
     Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. La multitud alfombró el camino con sus mantos; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba: « ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!».
    Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad se sobresaltó preguntando: «¿Quién es este?». La multitud contestaba: «Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea».

Otras Lecturas: Isaías 50,4-7; Salmo 21; Filipenses 2,6-11.
Mateo 27, 11-54


LECTIO:
            Se congregaba en Jerusalén mucha gente para celebrar la fiesta de la Pascua. El ambiente de la ciudad en tales días era propicio para el fervor religioso y político. La Pascua conmemoraba la liberación de la esclavitud de Egipto.
        Jesús era consciente de este clima. Y aprovecha la ocasión para realizar ante la multitud un gesto profético.
        El pueblo, siempre dispuesto a las exaltaciones, participó en la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén”.
        Mateo comienza describiendo la peculiar manera en que Jesús dispone de una borrica y un pollino para entrar montado a sus lomos. Los discípulos siguen sus instrucciones y vuelven con los animales que, según él, habrían de encontrar. Mateo interpreta esto como el cumplimiento de la profecía de Zacarías, en la que se proclama a un Rey que llega como Salvador montado en un humilde borriquillo, no con poderosos caballos y carrozas. Jesús es dueño de la situación, plenamente consciente de lo que habrán de traer consigo sus últimos días en la tierra.
        Pusieron sus mantos sobre el borrico… Extendían sus mantos en el camino. La multitud reconoce a Jesús, renuncia a su modo de ver las cosas y rinde un homenaje espontáneo a Jesús. El “manto” es signo de poder y autoridad.

 MEDITATIO:                                                                                                                                                         
     Observa como el pueblo,  acoge a Jesús con alegría gritando y agitando las  palmas.
¿Cómo expresas tu alegría de acoger a Jesús, de seguirlo, de querer serle fiel?
     Dios se ha abajado para caminar contigo. Camina contigo como tu amigo, como tu hermano.
¿Caminas tú con quien está pasando un mal momento o alguna necesidad? ¿Cómo lo haces? a gente humilde y sencilla es la que acoge y aclama a Jesús. Son los que ven en Él algo más, los que tienen ese sentido de la fe, que dice: Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea”.
¿Cómo acoges y aclamas tú a Jesús?
     Jesús no entra en la ciudad santa para  recibir honores, sino que entra para ser azotado, insultado y ultrajado… Entra en Jerusalén para morir en la cruz.
¿Cómo entras tú en tu quehacer de cada día?  
                                                                                                                                                                     
ORATIO:                                                                                                                                                     
     Jesús has comprendido las miserias humanas, has mostrado la misericordia del Padre y te has inclinado para curarme el cuerpo y el alma.
     Éste eres tú, Jesús, siempre atento, que ves mis debilidades,  mis cansancios, mis infidelidades, mi falta  de amor, mis pecados… y siempre me perdonas, me miras  y me acoges.
     Eres, Jesús, mi amigo, mi hermano… el que ilumina mi camino. Hoy quiero gritar desde el fondo de mi alma: Gracias. “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”

CONTEMPLATIO: 
     Contempla a Jesús camino de Jerusalén preparándose para la entrega total. ¿Cómo te preparas tú para tu entrega de cada día a Dios y a los que esperan tus palabras, tus ánimos, tus consuelos…?
     Deja que los afectos y las emociones del texto calen en tu interior.
  Intenta revivir en ti los sentimientos de Jesús que vive los acontecimientos de la entrada en Jerusalén.
     Invita, una vez más, a Jesús a que sea el Señor en tu vida. ¿Hay algo que debas entregarle en este momento?
Jesús entra en Jerusalén.


   La muchedumbre de los discípulos lo acompaña festivamente, se extienden los mantos ante él, se habla de los prodigios que ha hecho, se eleva un grito de alabanza: «¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto» (Lc 19,38).
     Gentío, fiesta, alabanza, bendición, paz. Se respira un clima de alegría. Jesús ha despertado en el corazón tantas esperanzas, sobre todo entre la gente humilde, simple, pobre, olvidada, esa que no cuenta a los ojos del mundo. Él ha sabido comprender las miserias humanas, ha mostrado el rostro de misericordia de Dios y se ha inclinado para curar el cuerpo y el alma. Este es Jesús. Este es su corazón atento a todos nosotros, que ve nuestras debilidades, nuestros pecados. El amor de Jesús es grande. Y, así, entra en Jerusalén con este amor, y nos mira a todos nosotros. Es una bella escena, llena de luz –la luz del amor de Jesús, de su corazón–, de alegría, de fiesta.
     Al comienzo de la Misa, también nosotros la hemos repetido. Hemos agitado nuestras palmas. También nosotros hemos acogido al Señor; también nosotros hemos expresado la alegría de acompañarlo, de saber que nos es cercano, presente en nosotros y en medio de nosotros como un amigo, como un hermano, también como rey, es decir, como faro luminoso de nuestra vida. Jesús es Dios, pero se ha abajado a caminar con nosotros. Es nuestro amigo, nuestro hermano. El que nos ilumina en nuestro camino. Y así lo hemos acogido hoy. Y esta es la primera palabra que quisiera deciros: alegría. No seáis nunca hombres y mujeres tristes: un cristiano jamás puede serlo. Nunca os dejéis vencer por el desánimo. Nuestra alegría no es algo que nace de tener tantas cosas, sino de haber encontrado a una persona, Jesús; que está entre nosotros; nace del saber que, con él, nunca estamos solos, incluso en los momentos difíciles, aun cuando el camino de la vida tropieza con problemas y obstáculos que parecen insuperables, y ¡hay tantos! Y en este momento viene el enemigo, viene el diablo, tantas veces disfrazado de ángel, e insidiosamente nos dice su palabra. No le escuchéis. Sigamos a Jesús. Nosotros acompañamos, seguimos a Jesús, pero sobre todo sabemos que él nos acompaña y nos carga sobre sus hombros: en esto reside nuestra alegría, la esperanza que hemos de llevar en este mundo nuestro. Y, por favor, no os dejéis robar la esperanza, no dejéis robar la esperanza. Esa que nos da Jesús.
     ¿Por qué Jesús entra en Jerusalén? O, tal vez mejor, ¿cómo entra Jesús en Jerusalén? La multitud lo aclama como rey. Y él no se opone, no la hace callar (cf. Lc 19,39-40). Pero, ¿qué tipo de rey es Jesús? Mirémoslo: montado en un pollino, no tiene una corte que lo sigue, no está rodeado por un ejército, símbolo de fuerza. Quien lo acoge es gente humilde, sencilla, que tiene el sentido de ver en Jesús algo más; tiene ese sentido de la fe, que dice: Éste es el Salvador. Jesús no entra en la Ciudad Santa para recibir los honores reservados a los reyes de la tierra, a quien tiene poder, a quien domina; entra para ser azotado, insultado y ultrajado, como anuncia Isaías en la Primera Lectura (cf. Is 50,6); entra para recibir una corona de espinas, una caña, un manto de púrpura: su realeza será objeto de burla; entra para subir al Calvario cargando un madero. Y, entonces, he aquí la segunda palabra: cruz. Jesús entra en Jerusalén para morir en la cruz. Y es precisamente aquí donde resplandece su ser rey según Dios: su trono regio es el madero de la cruz. Pienso en lo que decía Benedicto XVI a los Cardenales: Vosotros sois príncipes, pero de un rey crucificado. Ese es el trono de Jesús. Jesús toma sobre sí… ¿Por qué la cruz? Porque Jesús toma sobre sí el mal, la suciedad, el pecado del mundo, también el nuestro, el de todos nosotros, y lo lava, lo lava con su sangre, con la misericordia, con el amor de Dios. Miremos a nuestro alrededor: ¡cuántas heridas inflige el mal a la humanidad! Guerras, violencias, conflictos económicos que se abaten sobre los más débiles, la sed de dinero, que nadie puede llevárselo consigo, lo debe dejar. Mi abuela nos decía a los niños: El sudario no tiene bolsillos. Amor al dinero, al poder, la corrupción, las divisiones, los crímenes contra la vida humana y contra la creación. Y también –cada uno lo sabe y lo conoce– nuestros pecados personales: las faltas de amor y de respeto a Dios, al prójimo y a toda la creación. Y Jesús en la cruz siente todo el peso del mal, y con la fuerza del amor de Dios lo vence, lo derrota en su resurrección. Este es el bien que Jesús nos hace a todos en el trono de la cruz. La cruz de Cristo, abrazada con amor, nunca conduce a la tristeza, sino a la alegría, a la alegría de ser salvados y de hacer un poquito eso que ha hecho él aquel día de su muerte…
…Pidamos la intercesión de la Virgen María. Ella nos enseña el gozo del encuentro con Cristo, el amor con el que debemos mirarlo al pie de la cruz, el entusiasmo del corazón joven con el que hemos de seguirlo en esta Semana Santa y durante toda nuestra vida. Que así sea.

«OS DARÉ UN CORAZÓN DE CARNE»


Queridos hermanos y hermanas:
      Siguiendo a Jesús en el camino de su pasión, no sólo vemos la pasión de Jesús; también vemos a todos los que sufren en el mundo. Y esta es la profunda intención de la oración del Vía Crucis: abrir nuestro corazón, ayudarnos a ver con el corazón.
     Los Padres de la Iglesia consideraban que el mayor pecado del mundo pagano era su insensibilidad, su dureza de corazón, y citaban con frecuencia la profecía del profeta Ezequiel: «Os quitaré el corazón de piedra y os daré un corazón de carne» (cf. Ez 36,26). Convertirse a Cristo, hacerse cristiano, quería decir recibir un corazón de carne, un corazón sensible ante la pasión y el sufrimiento de los demás.
   Nuestro Dios no es un Dios lejano, intocable en su bienaventuranza. Nuestro Dios tiene un corazón; más aún, tiene un corazón de carne. Se hizo carne precisamente para poder sufrir con nosotros y estar con nosotros en nuestros sufrimientos. Se hizo hombre para darnos un corazón de carne y para despertar en nosotros el amor a los que sufren, a los necesitados.

     Oremos ahora al Señor por todos los que sufren en el mundo. Pidamos al Señor que nos dé realmente un corazón de carne, que nos haga mensajeros de su amor, no sólo con palabras, sino también con toda nuestra vida. Amén.
Benedicto XVI, pp emérito

sábado, 5 de abril de 2014

LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 6 DE ABRIL, 5º DE CUARESMA

… ven afuera.

Jn 11. 1-45      En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo». Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
     Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Solo entonces dice a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea». Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado.
     Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá». Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día». Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Jesús sollozó y, muy conmovido, preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?». Le contestaron: «Señor, ven a verlo».
     Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!». Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera este?». Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa. Dice Jesús: «Quitad la losa». Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor ya huele mal, porque lleva cuatro días».
Jesús le dice: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?». Entonces quitaron la losa.
     Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: -Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, ven afuera». El muerto salió, los pies y las manos atadas con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar». Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Otras Lecturas: Ezequiel 37,12-14; Salmo 129; Romanos 8,8-11.
 LECTIO:
            Este relato es una catequesis sobre la vida verdadera y la fe en la resurrección definitiva.
        En él se pasa de la narración de la enfermedad, la muerte y la sepultura de Lázaro, hasta la resurrección al cuarto día.
        Entre líneas aparece la humanidad llena de ternura de Jesús que no reprime las lágrimas ni los sollozos, la confidencialidad de la amistad y el misterio de la filiación divina.
        Jesús se presenta, sobre todo, como el Señor de la vida. Él colabora con el proyecto inicial de Dios, que crea y da la vida a todos los seres. Dios siempre está y apuesta por la vida.
        Jesús declara ‘Yo soy la resurrección y la vida’ y promete que quienes creen en él no morirán jamás. Marta expresa su fe en que Jesús es el Mesías prometido.
        Jesús resucita a Lázaro de entre los muertos para que la gente crea que Él es el Hijo de Dios. Muchos creen en él, pero para los dirigentes religiosos Jesús se convierte ahora en una amenaza tan grande que planean la manera de matarlo.
        Nuestra resurrección para la vida comienza en el bautismo. La vocación del cristiano, en su existencia terrena, es crecer en la verdadera vida y comunicar esta vida a los demás.
        Desde la creación, el ser humano recibió la encomienda de re-crear la naturaleza para transformarla al servicio de todos los hombres.

MEDITATIO:                                                                                                                                                        
     Todo el misterio de la redención es un misterio de compasión y de amor.
Considera  el  llanto de Jesús junto a la tumba de su amigo Lázaro. Si sabía que iba a devolverle la vida, ¿por qué llora?
Todas las miserias humanas –cuyo culmen es la muerte corporal- producen en Jesús esas lágrimas de compasión.  ¿Te compadeces y estás cerca de las personas que sufren: paro, sin techo, la guerra…y están sin esperanza, sin ilusión y para las que Dios no cuenta? ¿Cómo les ayudas o compadeces?
El amor es un don. En Jesús vence el amor muriendo por nosotros. El amor, para vencer, debe saber perder: ésta es la ley fundamental del cristiano. No podemos obtener ningún bien para los demás sin perder nosotros mismos por amor. ¿Qué estás dispuesto/a a perder para que “ganen” otros?     
                                                                                                                                  
ORATIO:                                                                                                                                                     
     Tú eres, Señor, la Resurrección y la Vida. Creo que Tú eres mi vida y que lejos de ti no encontraré más que la muerte. Eres, Jesús, la vida de mi entendimiento, de mi voluntad, de mis sentidos, de mi alma... Eres Vida de mi Vida.
     Señor, me has resucitado… de tantas cosas. Gracias. Válete de mi miseria, quiero servirte para llevar la Vida al que está muerto por la falta de ilusión, de esperanza, de amor… por el pecado.
     Aquí está mi vida. ¡Tómala, Jesús!

CONTEMPLATIO: 
     Contempla como Jesús te dice “sal afuera”. ¿Qué ataduras te impiden salir y caminar?
     Deja que tus sentimientos reposen serenos ante Jesús, que te da su misma vida.
     Agradece que el Señor ha venido a traerte Vida y Vida abundante.

viernes, 4 de abril de 2014


Sentido actual del ayuno penitencial
beato Juan Pablo II


He aquí brevemente la interpretación del ayuno hoy día.
     La renuncia a las sensaciones, a los estímulos, a los placeres y también a la comida y bebida, no es un fin en sí misma. Debe ser, por así decirlo, allanar el camino para contenidos más profundos de los que «se alimenta» el hombre interior. Tal renuncia, tal mortificación debe servir para crear en el hombre las condiciones en orden a vivir los valores superiores, de los que está «hambriento» a su modo.
     He aquí el significado «pleno» del ayuno en el lenguaje de hoy. Sin embargo, cuando leemos a los autores cristianos de la antigüedad o a los Padres de la Iglesia, encontramos en ellos la misma verdad, expresada frecuentemente con lenguaje tan «actual» que nos sorprende. Por ejemplo, dice San Pedro Crisólogo: «El ayuno es paz para el cuerpo, fuerza de las mentes, vigor de las almas», y más aún: «El ayuno es el timón de la vida humana y rige toda la nave de nuestro cuerpo». Y San Ambrosio responde así a las objeciones eventuales contra el ayuno: «La carne, por su condición mortal, tiene algunas concupiscencias propias: en sus relaciones con ella te está permitido el derecho de freno. Tu carne te está sometida (...): no seguir las solicitaciones de la carne hasta las cosas ilícitas, sino frenarlas un poco también por lo que respecta a las lícitas. En efecto, el que no se abstiene de ninguna cosa lícita, está muy cercano a las ilícitas». Incluso escritores que no pertenecen al cristianismo declaran la misma verdad. Esta verdad es de valor universal. Forma parte de la sabiduría universal de la vida.
     Ahora ciertamente es más fácil para nosotros comprender por qué Cristo Señor y la Iglesia unen la llamada al ayuno con la penitencia, es decir, con la conversión. Para convertirnos a Dios es necesario descubrir en nosotros mismos lo que nos vuelve sensibles a cuanto pertenece a Dios, por lo tanto: los contenidos espirituales, los valores superiores que hablan a nuestro entendimiento, a nuestra conciencia, a nuestro «corazón» (según el lenguaje bíblico). Para abrirse a estos contenidos espirituales, a estos valores, es necesario desprenderse de cuanto sirve sólo al consumo, a la satisfacción de los sentidos. En la apertura de nuestra personalidad humana a Dios, el ayuno -entendido tanto en el modo «tradicional» como en el «actual»-, debe ir junto con la oración, porque ella nos dirige directamente hacia Él.
     Por otra parte, el ayuno, esto es, la mortificación de los sentidos, el dominio del cuerpo, confieren a la oración una eficacia mayor, que el hombre descubre en sí mismo. Efectivamente, descubre que es «diverso», que es más «dueño de sí mismo», que ha llegado a ser interiormente libre. Y se da cuenta de ello en cuanto la conversión y el encuentro con Dios, a través de la oración, fructifican en él.

     Resulta claro de estas reflexiones nuestras de hoy que el ayuno no es sólo el «residuo» de una práctica religiosa de los siglos pasados, sino que es también indispensable al hombre de hoy, a los cristianos de nuestro tiempo. Es necesario reflexionar profundamente sobre este tema.