TIEMPO LITÚRGICO

TIEMPO LITÚRGICO

viernes, 2 de mayo de 2025

 VIVIR LA ORACIÓN


NUESTRA PARTICIPACIÓN EN LA ORACIÓN:

  La persona debe poner su deseo y su disposición, principalmente su actitud de silencio (apagar ruidos exteriores e interiores). El silencio aún no es contemplación, pero es el esfuerzo que Dios requiere para dársenos y transformarnos.

   El que actúa en la oración es el Espíritu Santo, pero Él no puede actuar en nosotros si no estamos en actitud de adoración, en actitud de reconocernos creaturas dependientes de Dios y, como consecuencia, nos abandonamos a su Voluntad. 

   Es cierto que el Espíritu Santo puede actuar en nosotros aunque no estemos en adoración.  Es cuando el Espíritu Santo nos vence … Puede hacerlo.  De hecho lo hace a veces … como a San Pablo.  El Espíritu Santo puede actuar con fuerza o con suavidad (cf. Sb. 8, 1 en traducción de la Vulgata) Pero normalmente el Espíritu Santo sólo actúa en la medida en que estemos en oración, en disposición de adorar.  Y en la medida que se lo pidamos.  Y debemos pedirle que nos transforme, que nos cambie, que nos santifique, que nos dé tal o cual gracia que necesitamos para ser más parecidos a Jesús y a su Madre.

   La oración de adoración nos hace receptivos y dóciles a las inspiraciones del Espíritu Santo.  La oración nos permite escuchar la suave brisa de la cual le habló Jesús a Nicodemo (cf. Jn. 3, 8), que sopla donde quiere, pero que casi no se escucha … menos aún si no nos silenciamos.

En el silencio recibimos las inspiraciones del Espíritu Santo.

En la adoración nos hacemos dóciles al Espíritu Santo.

   ¿Cuál es la participación de Dios en la oración?

  La participación de Dios escapa totalmente a nuestro control, porque El -soberanamente- escoge cómo ha de ser su acción en el alma del que ora. En ese recogimiento cuando oramos, Dios puede revelarse o no, otorgar o no gracias místicas o contemplativas.  Esta parte, el don de Dios, no depende del orante, sino de El mismo, que se da a quién quiere, cómo quiere, cuándo quiere y dónde quiere.

   Es muy importante tener en cuenta que la efectividad de la oración contemplativa no se mide por el número ni la intensidad de las gracias místicas.  Se mide por la intensidad de nuestra transformación espiritual: crecimiento en virtudes, desapego de lo material, entrega a Dios, aumento en los frutos del Espíritu, etc.

   ¿Por qué se habla de la oración como un combate? 

   Es corriente que los maestros espirituales hablen de la vida espiritual como un combate, comenzando por San Pablo que describe el combate espiritual en Ef 6, 10-18. El campo de batalla es el interior de la persona.  El arma del cristiano es la oración.  Podemos perder ese combate o podemos ganarlo.   Podemos ganar algunas batallas y perder otras, igual que en las guerras.

   Para ganar este combate, tenemos que luchar contra la acedia o pereza espiritual, que es básicamente la falta de interés en las cosas de Dios.  Luego tenemos que vencer las excusas:  “no tengo ganas” o “no tengo tiempo”.

   En resumen tenemos que vencer al Enemigo que no le interesa que nadie ore, pues no quiere que nadie se entregue a Dios, ni que esté del lado de Dios. 

   La oración es un don de la gracia, pero presupone siempre una respuesta decidida por nuestra parte, pues el que ora combate contra sí mismo, contra el ambiente y, sobre todo, contra el Tentador, que hace todo lo posible para apartarlo de la oración. El combate de la oración es inseparable del progreso en la vida espiritual: se ora como se vive, porque se vive como se ora.  (CIC-C #572)

   Así es el combate espiritual.  ¿Estás dispuesto a ganarlo?  ¿O te vas a dar por vencido?

viernes, 18 de abril de 2025

EL TRIDUO PASCUAL Y SU SIGNIFICACIÓN 



       La pascua de los primitivos cristianos, entremezclada con la experiencia de la comunidad apostólica, giraba en torno a una sola celebración. El criterio místico de la concentración dominaba sobre el cronológico de los tres días, que se impuso más adelante. La pascua era la gran celebración de la noche. Su celebración concentraba la unidad de la historia de salvación desde la creación a la parusía.

     Pronto esta vigilia pascual fue precedida de uno o más días de ayuno, los cuales se transformaron progresivamente en el triduo del viernes, sábado y domingo, dedicados, respectivamente, a la muerte, sepultura y resurrección del Señor.

    El triduo pascual, vislumbrado ya en Orígenes, nos lo descubre no como una indicación cronológica, sino de sentido teológico y litúrgico. Comentando Os 6,2, dice: Prima die nobis passio Salvatoris est et secunda, qua descendit in infernum, tertia autem resurrectionis est dies, (El primer y el segundo día son para nosotros el sufrimiento del Salvador, que bajó a los infiernos, y el tercero es el día de la resurrección).

    Llegados al s. IV, encontramos una formulación teológica litúrgica bien precisa del triduo sacro. En san Ambrosio podemos leer: "Triduo en el que ha sufrido, ha reposado y ha resucitado el que pudo decir destruid este templo y en tres días lo reedificaré". Entre otras escogemos la conocida expresión de Agustín: Sacratissimum triduum crucifixi, sepulti et suscitati. (Triduo sacratísimo de la crucifixión, sepultura y resurrección)

     La doble tradición acerca del nombre de pascua contribuyó también a forjar la teología del triduo. Al entrar en crisis la primitiva, la asiática (pascha-passio), en el s. IV, va adquiriendo preponderancia la occidental al tener conocimiento de la alejandrina (pascha-transitus). La traducción latina de la Vulgada de Ex 12,11 de la palabra pascua como paso, (transitus) está en la base del nuevo acento teológico.

     Al interpretarse pascua por paso, como lo hace por primera vez Clemente de Alejandría, resulta muy adecuada para significar el principio y el término del triduo. Será el vehículo de una teología que permite poner de relieve los aspectos morales, ascéticos y doctrinales de la pascua. Los autores cristianos expresan así la dimensión cristológica, sacramental y escatológica de la fiesta.

CELEBRACIÓN LITÚRGICA DEL SANTO TRIDUO

  Santo Triduo Pascual es el título del misal, puesto inmediatamente antes de la misa vespertina de la cena del Señor. El epígrafe Santísimo Triduo Pascual de la muerte y resurrección del Señor, en la oración de las horas, encabeza los oficios que empiezan por las vísperas del jueves de la cena del Señor. En el leccionario, con menor precisión, la Misa Crismal del jueves va precedida de la expresión triduo pascual. El nuevo Ordo Lectionum el orden de las lecciones del año 1981, rectificando, pone la Misa Crismal en la cuaresma, y la palabra triduo precede a la Misa de la cena. Para las normas universales sobre el año litúrgico, el triduo pascual de la pasión y de la resurrección del Señor comienza con la misa vespertina de la cena del Señor, tiene su centro en la vigilia pascual y acaba con las vísperas del domingo de resurrección.

     Hasta aquí una síntesis de la normativa actual según los libros litúrgicos promulgados después del concilio Vat. II…

    … Las bases  bíblicas y patrísticas en ningún caso incluían el jueves santo, ni siquiera parcialmente. Para la iglesia, el triduo pascual de la pasión y resurrección del Señor es el punto culminante de todo el año litúrgico. El triduo pascual, propiamente, comprende los tres días de la muerte, sepultura y resurrección del Señor. Así se explica que la liturgia de las Horas del jueves tenga el carácter de una feria de cuaresma. En todo caso, las vísperas de los que no participan en la misa vespertina, que ocupa el lugar de las primeras vísperas, y la propia eucaristía, son como la introducción del triduo.

    No se olvide que la única celebración litúrgica de estos días, en los orígenes, era la de la vigilia pascual. Es esta dinámica propia, que va de la austeridad a la alegría y de la muerte a la vida, la que lleva impresa el orden y sentido de las celebraciones del triduo, desde este prólogo del jueves, bien significado en la lectura profética de la pascua del Éxodo.

                                                                                                                                                           Joan Bellavista

jueves, 20 de marzo de 2025

PROGRAMACIÓN CUARTESMAL


 Días y obras de penitencia

  La Cuaresma es el tiempo que precede y dispone a la celebración de la Pascua.

  Tiempo de escucha de la Palabra de Dios y de conversión, de preparación y de memoria del bautismo, de reconciliación con Dios y con los hermanos, de recurso más frecuente a las «armas de la penitencia cristiana»: la oración, el ayuno y la limosna. (Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, 124).

  En la Iglesia universal, son días y tiempos penitenciales todos los viernes del año y el tiempo de Cuaresma. Por esta razón, y ya desde antiguo, «todos los viernes, a no ser que coincidan con una solemnidad, debe guardarse la abstinencia de carne o de otro alimento que haya determinado la Conferencia Episcopal...» (cf. canon 1.250s.).

  Según las normas de nuestros obispos, en España se retiene la práctica penitencial para todos los viernes durante el año que consiste en abstenerse de comer carne; no obstante, durante los viernes del año esta práctica penitencial puede ser sustituida, según la libre voluntad de los fieles, por cualquiera de las siguientes prácticas recomendadas:

* lectura de la Sagrada Escritura;

* participación en la Santa Misa o en Laudes /Vísperas del Oficio divino;

* comunicación de bienes: limosna en la cuantía que cada uno estime en conciencia;

* ejercicio de la caridad: visita de enfermos, ancianos solos, atribulados, etc.;

* fomento del culto cristiano y obras de piedad (rezo del Rosario, vía crucis, vía matris, diversas letanías a Cristo, la Virgen o los santos, el himno Akáthistos, etc.);

* peregrinaciones, mortificaciones corporales...

 Sin embargo, en /os viernes de Cuaresma debe guardarse la abstinencia de carne, sin que pueda ser sustituida por ninguna otra práctica. El deber de abstenerse de comer carne deja de obligar en los viernes que coincidan con una solemnidad (por ejemplo, san José o la Anunciación) y también si se ha obtenido la legítima dispensa.

El Ayuno

  En toda la Iglesia de Rito romano, además de la abstinencia, se observa el ayuno penitencial del Miércoles de Ceniza y el ayuno pascual del Viernes Santo. (cf. Canon 1.251).

   El ayuno consiste en no hacer sino una sola comida al día; pero no se prohíbe tomar algo de alimento a la mañana y a la noche, guardando las legítimas costumbres respecto a la cantidad y calidad de los alimentos.  Pueden proponerse voluntarios otros días de ayuno (campaña contra el hambre, etc.). En toda la Iglesia es sagrado el ayuno pascual de los dos primeros días del Triduo, Viernes y Sábado Santo, en los cuales, según una antigua tradición, la Iglesia ayuna porque el Esposo ha sido arrebatado.  (Mc 2,19ss.).

   El Viernes Santo de la Pasión del Señor, con el ayuno, hay que observar en todas partes la abstinencia. Se recomienda que se observe también durante el Sábado Santo, a fin de que la Iglesia pueda llegar con el espíritu ligero y abierto a la alegría del domingo de Resurrección.  (cf. SC 110).

  Durante el Sábado Santo, la Iglesia, con la Virgen Madre, permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y muerte, su descenso a los infiernos (1 Pe 3,19) y esperando en /a oración y el ayuno su resurrección.  (Carta sobre las Fiestas Pascuales, 73).

Los fieles Penitentes

   La ley de abstinencia obliga a los que han cumplido los catorce años; la ley del ayuno, a todos los mayores de edad, hasta que hayan cumplido cincuenta y nueve años.  (canon 1.252).

  No obstante, todos los fieles cristianos están invitados siempre, por vocación y no por obligación, a vivir en espíritu de gozosa penitencia en aras a la conversión.

  Las familias, iglesias domésticas, son auténticas escuelas donde el ejemplo de los padres y abuelos forman en el espíritu de penitencia a quienes, por no haber alcanzado la edad, no están obligados al ayuno o a la abstinencia. 

  La razón es obvia: todos los fieles, «cada uno a su modo, están obligados por la ley divina a hacer penitencia; sin embargo, para que todos se unan en alguna práctica común de penitencia, se han fijado unos días penitenciales, en los que se dediquen los fieles, de manera especial, a la oración, realicen obras de piedad y de caridad y se nieguen a sí mismos, cumpliendo con mayor fidelidad sus propias obligaciones y, sobre todo, observando el ayuno y la abstinencia» (canon 1.249).


Manuel González López-Corps Sacerdote de la diócesis de Madrid.

martes, 18 de marzo de 2025

Días y obras de penitencia

 La Cuaresma es el tiempo que precede y dispone a la celebración de la Pascua.

 Tiempo de escucha de la Palabra de Dios y de conversión, de preparación y de memoria del bautismo, de reconciliación con Dios y con los hermanos, de recurso más frecuente a las «armas de la penitencia cristiana»: la oración, el ayuno y la limosna. (Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, 124).

Mirar al Señor

  Este tiempo sagrado de cuarenta días nos invita a volvernos al Señor y a contemplarlo con una mirada más pura. Estas semanas están caracterizadas por la petición de perdón y el ejercicio de la misericordia en la práctica penitencial personal y comunitaria. Por ello, y «a pesar de la secularización de la sociedad contemporánea, el pueblo cristiano advierte claramente que durante la Cuaresma hay que dirigir el espíritu hacia las realidades que son verdaderamente importantes; que hace falta un esfuerzo evangélico y una coherencia de vida, traducida en buenas obras, en forma de renuncia a lo superfluo y suntuoso, en expresiones de solidaridad con los que sufren y con los necesitados»   (Directorio, 125).

  La llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos como tarea ininterrumpida. La Iglesia, que siendo santa, recibe en su propio seno a los pecadores, se sabe necesitada de purificación constante y busca sin cesar la penitencia y la renovación.  (cf. LG 8; CEC 1428).

  La penitencia tiene como finalidad la conversión del corazón y se expresa por medio de signos visibles, gestos y obras penitenciales. (cf. Jl 2,12-13; ls 1,16-17; Mt 6,1-6. 16-18).

   Esta penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, para romper con el pecado y aborrecer el mal cometido. Al mismo tiempo, esta mirada a Cristo comprende la resolución de un cambio de vida con la esperanza de la misericordia divina y la confianza en la ayuda de la gracia del Espíritu del Señor. (cf. CEC 1430).

   La Cuaresma nos recuerda que en la Iglesia «existen el agua y las lágrimas: el agua del bautismo y las lágrimas de la penitencia» (San Ambrosio, Ep. 41,12). 

  El corazón humano se convierte mirando al que nuestros pecados traspasaron. (cf. Jn 19,37; Zac 12,10).


                        Manuel González López-Corps - Sacerdote de la diócesis de Madrid.

sábado, 8 de marzo de 2025

CONVOCATORIA MENSUAL

 

MARZO : ADORAR Y ALABAR

Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar

 LA ADORACIÓN NOCTURNA MOMENTO PARA CULTIVAR LA INTIMIDAD CON DIOS


LAUS DEO…

   Entre los distintos modos de orar, la adoración y la alabanza están íntimamente unidos. Uno es fundamento, el otro es culmen. Nuestras Vigilias de Adoración Nocturna tienen por esto que llevarnos también a una verdadera alabanza divina. Nos unimos al culto de la Iglesia celeste, purgante y terrena que sin cesar alaba a su Dios. Precisamente para que no cese esta alabanza ni siquiera por las noches se levantaban los monjes en sus oraciones nocturnas. Algo parecido es lo que hacemos desde la Adoración Nocturna Española, participando también nosotros de este privilegio de poder velar junto al Señor para alabar su Santo Nombre. Con qué belleza lo expresa nuestro fundador Trelles: «Haremos resonar acentos de alabanza y bendición. Unas veces uniremos nuestras voces a las de los Serafines que cantan el eterno cántico de gloria a la adorable Trinidad, repitiendo sin cesar: «Santo, Santo, Santo, es el Señor Dios de los Ejércitos», glorificando también así a esa Trinidad augusta de las divinas personas que acaban de hacer su morada en nosotros. (S. Juan, XIV.) Otras veces diremos como los hijos de los hebreos, que aclamaron a Jesús el día de su entrada triunfal en Jerusalén: «¡Hosanna al hijo de David! ¡Bendito sea el que viene en nombre del Señor! iHosanna en lo alto de los cielos!» (S. Mateo, XXI.) Podremos también, como David, excitar a todas las potencias de nuestra alma a glorificar a nuestro Salvador, exclamando con él: «iOh alma mía, bendice al Señor; que todo lo que está en mí exalte su santo nombre! Oh alma mía, bendice al Señor y nunca olvides sus beneficios. Mi corazón saltará de alegría en el Señor y se regocijará en su Salvador. Todo mi ser exclama: Señor ¿quién es semejante a vos?»  (LS, T.I, p.204)

  Según el Catecismo [2639]  “la alabanza es la forma de orar que reconoce de la manera más directa que Dios es Dios”. Porque su motivación no es otra que su grandeza, su Ser. Por ser vos quien sois Bondad Infinita. No hace falta más motivo. Al adorar y alabar a Dios no miramos beneficios legítimos, sino que nos centramos en el que nos llena de sus gracias. En la alabanza se unen la adoración, la petición, la acción de gracias y se llevan a su raíz más profunda: la bondad, la grandeza de Dios:  “La alabanza integra las otras formas de oración y las lleva hacia Aquel que es su fuente y su término”.

   Quien aprende a alabar “Participa en la bienaventuranza de los corazones puros que le aman en la fe antes de verle en la gloria”. Todos hemos experimentado cómo después de una noche de adoración y alabanza al Señor estamos, de alguna manera, más cerca del cielo. Además, el hecho de mirarle a Él, de fijarnos en su humildad, en su bondad, en su sencillez, en su grandeza, en su poder etc… nos purifican a nosotros mismos descentrándonos de nuestro ego y nuestras pequeñeces. La mejor escuela de alabanza se encuentra en la Eucaristía. No por casualidad se le llama a la santa Misa “sacrificio de alabanza”. La Misa contiene y expresa todas las formas de oración.

   La Escritura está llena de cánticos de alabanza, ante los milagros del Señor, en las cartas inspiradas, en los Hechos de los Apóstoles. Son como ecos de la melodía eterna que se canta en el Cielo alabando al que está sentado en el Trono y al Cordero. El apocalipsis nos enseña a entonar este cántico nuevo. Para san Juan, la alabanza lleva a la adoración y viceversa: (Apoc 19, 1-10) Después oí en el cielo como un gran ruido de muchedumbre inmensa que decía: «¡Aleluya! La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios, porque sus juicios son verdaderos y justos; porque ha juzgado a la Gran Ramera que corrompía la tierra con su prostitución, y ha vengado en ella la sangre de sus siervos.» Y por segunda vez dijeron: «¡Aleluya! La humareda de la Ramera se eleva por los siglos de los siglos.» Entonces los veinticuatro Ancianos y los cuatro Vivientes se postraron y adoraron a Dios, que está sentado en el trono, diciendo: «¡Amén! ¡Aleluya!» Y salió una voz del trono, que decía: «Alabad a nuestro Dios, todos sus siervos y los que le teméis, pequeños y grandes.» Y oí el ruido de muchedumbre inmensa y como el ruido de grandes aguas y como el fragor de fuertes truenos. Y decían: «¡Aleluya! Porque ha establecido su reinado el Señor, nuestro Dios Todopoderoso. Alegrémonos y regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero, y su Esposa se ha engalanado y se le ha concedido vestirse de lino deslumbrante de blancura - el lino son las buenas acciones de los santos». -Luego me dice: «Escribe: Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero.» Me dijo además: «Éstas son palabras verdaderas de Dios.». Entonces me postré a sus pies para adorarle, pero él me dice: «No, cuidado; yo soy un siervo como tú y como tus hermanos que mantienen el testimonio de Jesús. A Dios tienes que adorar.»

 Cuando cantamos en la noche al Santísimo debemos sentirnos parte de esta nube de testigos, de esta muchedumbre que se postra ante el trono y que reconoce en el Cordero, a Aquel que puede quitar el pecado del mundo. En el Cielo lo hacen en la Gloria, nosotros lo hacemos por la fe, ellos contemplan ya el rostro del Padre, nosotros lo advertimos velado por las especies del pan. Pero en realidad estamos haciendo lo mismo. Pidamos a la corte de los santos que nos enseñen a perseverar y a hacerlo cada vez mejor. Con un corazón más puro y reverente, más amante y devoto.

   Para ayudarnos a alabar tienen su importancia los cantos que hacemos durante la Vigilia. Saberse bien las letras, cantar lo mejor posible, nos ayuda a poner todo el corazón, la voz y la mente en Dios. Ya nos dice san Agustín: Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la asamblea de los fieles. Se nos exhorta a cantar al Señor un cántico nuevo. El hombre nuevo sabe lo que significa este cántico nuevo. Un cántico es expresión de alegría y, considerándolo con más atención, es una expresión de amor. (…) ¡Oh, hermanos! ¡Oh, hijos de Dios! Germen de universalidad, semilla celestial y sagrada, que habéis nacido en Cristo a una vida nueva, a una vida que viene de lo alto, escuchadme, mejor aún, cantad al Señor, junto conmigo, un cántico nuevo. «Ya lo canto», me respondes. Sí, lo cantas, es verdad, ya lo oigo. Pero, que tu vida no dé un testimonio contrario al que proclama tu voz. (…) Cantad con la voz y con el corazón, con la boca y con vuestra conducta: Cantad al Señor un cántico nuevo. ¿Os preguntáis qué alabanzas hay que cantar de aquel a quien amáis? Porque, sin duda, queréis que vuestro canto tenga por tema a aquel a quien amáis. ¿Os preguntáis cuáles son las alabanzas que hay que cantar? Habéis oído: Cantad al Señor un cántico nuevo. ¿Os preguntáis qué alabanzas? Resuene su alabanza en la asamblea de los fíeles. Su alabanza son los mismos que cantan. ¿Queréis alabar a Dios? Vivid de acuerdo con lo que pronuncian vuestros labios. Vosotros mismos seréis la mejor alabanza que podáis tributarle, si es buena vuestra conducta”

Preguntas para el diálogo y la meditación.

¿Qué atributos de Dios te mueven más a la alabanza?

¿Cómo está presente esta dimensión de la oración en nuestras vigilias?

¿Qué cantos te ayudan más a unirte a Dios?

viernes, 7 de marzo de 2025

 

Queridos hermanos adoradores:

   Cuando, siguiendo el ciclo anual inexorable, llegamos a una nueva Cuaresma, a los cristianos andaluces nos invade una sensación agridulce, porque, aunque es cierto que es un tiempo penitencial, de conversión, de preparación para los días grandes de la Semana Santa, aquí, por influencia de las muchísimas hermandades y cofradías que abundan en todos los templos (raro es el que no tiene alguna), se torna en el anhelo de vivir precisamente esos días importantísimos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor. Esta mezcla de sensaciones ha sido descrita por cofrades, por periodistas, por poetas, por pregoneros... a ello, sin duda, nos ayuda, nos incita el ambiente que en las iglesias crean los cultos solemnes, muchas veces grandiosos, y los preparativos de las hermandades, … que se van incrementando a un ritmo acelerado conforme van transcurriendo las semanas y se va acercando el Domingo de Ramos.

  Es verdad que ese ambiente de “festividad” va impregnando exteriormente a todas nuestras ciudades y pueblos, y también a las personas. Pero también es cierto, lo sabemos, que corremos el riesgo de que todo se quede es una preparación “externa”, es decir en que todo salga muy bien, sin ningún fallo, pero que todo se quede en las ceremonias. Algo que podríamos comparar con el episodio evangélico en el que Jesús visita la casa de Marta y de María (cf. Lc 10, 38-42): Mientras la primera se afanaba en que todo estuviera a punto, que nada fallara, su hermana María se acomodó a los pies del Maestro para escuchar su Palabra. Pues este es el riesgo que se corre.

  Ciertamente es un peligro contra el que los adoradores podemos decir que “estamos vacunados” porque nuestras vigilias (ya se encargó de ello el Venerable Luis de Trelles), constan del rato de meditación personal, imprescindible e insustituible. Y ese es el momento en que nos transformamos en “María” y escuchamos al Señor. Además, como ella, estamos a sus pies, a los pies del Santísimo Sacramento, la presencia verdadera de Dios, para escuchar su Palabra, para meditar los salmos y lecturas que hemos recitado en el momento anterior de la vigilia (Santa Misa, Vísperas, Oficio de Lecturas...)

   Son momentos, además, en los que pedir a Cristo personal e individualmente por las necesidades de cada ocasión (a la hora de escribir estas líneas por la salud de Su Santidad el Papa Francisco, por el fin de las guerras y el sufrimiento que las mismas provocan en las personas, todo ello por el egoísmo de unos pocos dirigentes, porque se respeten las ideas de todos sin ejercer violencia alguna, y tantas y tantas otras cosas que cada uno tendrá en su corazón para pedir al Señor) y también para darle gracias por los beneficios y los dones que nos concede, aunque a veces no nos demos cuenta de ello.

 Pues, si además, completamos todo esto con obras de misericordia, con el ayuno que manda la Santa Madre Iglesia, ayudando a los necesitados, e incluso (¿por qué no?) realizando cuando llegue la Semana Santa una buena Estación de Penitencia acompañando a aquellas advocaciones de nuestra devoción, en el caso de que seamos hermanos de alguna hermandad, creo que habremos tenido un adecuado recorrido cuaresmal. Ojalá que sea así, con la ayuda de la Santísima Virgen María, nuestra Madre.

                                                            Juan Jorge García García -                                                               Presidente Diocesano ANE- Sevilla