TIEMPO LITÚRGICO
lunes, 8 de mayo de 2023
domingo, 16 de abril de 2023
PARA EL DIÁLOGO Y LA MEDITACIÓN
ABRIL : ADORAR A CRISTO MUERTO Y RESUCITADO.
Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar
LA ADORACIÓN NOCTURNA MOMENTO PARA CULTIVAR LA INTIMIDAD CON DIOS
“¡Autopista
para el Cielo!”
Siempre hemos de recordar
nuestra meta: el Cielo. Cristo bajó del cielo para llevarnos al
cielo. En él está nuestra dicha y nuestro descanso. El cielo es nuestra
verdadera patria. Y el Camino, es Jesús. Y la autopista, la Eucaristía.
Jesús abrió el camino del
cielo con su pasión, muerte y resurrección. Por su amor. Jesús,
aceptó en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres. Y
por eso "los amó hasta el extremo",
porque Jesús hace las cosas bien hechas. Nos amó con el máximo signo de su
amor: "nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos".
Es lo que celebramos en torno a la Semana Santa. La cruz, la ofrenda de Jesús,
nos abre un camino hacia el cielo.
En la pasión, la humanidad de Jesús es el
instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los
hombres. Jesús aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a
su Padre y a los hombres: "Nadie me quita la vida; yo la doy
voluntariamente". ¡Qué amor tan grande! Y Jesús quiso
encerrarlo en un signo, en un sacramento. Es
el signo de la Alianza de amor nuevo y eterno:
Jesús hizo de la última Cena con sus
Apóstoles el memorial de su ofrenda voluntaria al Padre por la salvación de los
hombres: "Éste es mi Cuerpo que va a ser entregado por vosotros"
"Esta es mi sangre de la Alianza que va a ser derramada por muchos para
remisión de los pecados". La Eucaristía que instituyó
en este momento será el memorial de su sacrificio.
Al instituir el sacramento de la
Eucaristía, Jesús anticipa e implica el Sacrificio de la cruz y la victoria de
la resurrección. Al mismo tiempo, se revela como el verdadero
cordero inmolado, previsto en el designio del Padre desde la creación del
mundo. Situando en este contexto su don, Jesús manifiesta el sentido salvador
de su muerte y resurrección, misterio que se convierte en el factor renovador
de la historia y de todo el cosmos. En efecto, la institución de la Eucaristía
muestra cómo aquella muerte, de por sí violenta y absurda, se ha transformado
en Jesús en un supremo acto de amor y de liberación definitiva del mal para la
humanidad (Sacramentum Caritatis, Benedicto XVI).
La Escritura nos
da ejemplo de cómo hacer esta adoración, uniendo la Eucaristía y
la Cruz, muy especialmente en Juan, el discípulo amado. Juan
le adoró en la Última Cena y en el Calvario: “Uno de ellos –el
discípulo al que Jesús amaba– estaba reclinado muy cerca de
Jesús” (es la postura de la amistad y de la adoración, de la
confianza y del reconocimiento). Es la postura de intimidad a la que Dios nos
invita esta noche. “Simón Pedro le hizo una seña y le dijo: «Pregúntale a quién
se refiere». Él se reclinó sobre Jesús y le preguntó: «Señor, ¿quién es?»” A
tener un tierno coloquio de adoración y de amistad con Jesús que recién ha
instituido la Eucaristía y que se ve muchas veces rechazado en Ella. Como Judas
rechaza su amor.
Juan también le adora en
la Cruz, ya muerto y consumado su sacrificio, contempla y observa:
“Era el día de la Preparación de la Pascua. Los judíos pidieron a Pilato que
hiciera quebrar las piernas de los crucificados y mandara retirar sus cuerpos,
para que no quedaran en la cruz durante el sábado, porque ese sábado era muy
solemne. Los soldados fueron y quebraron las piernas a los dos que habían sido
crucificados con Jesús.”
Podemos pensar el gesto de partir el pan,
el cuerpo de Jesús se quebró por nosotros, por nuestra salvación. Se
dejó además abrir una puerta por la que pudiéramos entrar en su intimidad:
“uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y en
seguida brotó sangre y agua.” Es el momento supremo de manifestación del
Amor de Cristo. Y Juan lo ve. No sólo físicamente, sobre todo
con los ojos de la fe. Como nosotros en la Eucaristía, “la fe lo suple con
asentimiento”. Y adora el misterio de la misericordia de Dios que nos ha
abierto una autopista para ir a Cielo:
El que vio esto lo atestigua: su
testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros
creáis. Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura que dice: "No le
quebrarán ninguno de sus huesos". Y otro pasaje de la Escritura, dice:
"Mirarán al que ellos mismos traspasaron".
Los santos también nos
animan, como el joven Carlo Acutis, recientemente canonizado. ¡Qué
amor el de este adolescente a la Eucaristía! ¡Con qué seguridad vio en ella el
camino hacia el Cielo!: “Prefiero quedarme en Milán porque
tengo los sagrarios de las iglesias donde puedo encontrar a Jesús en todo
momento y por eso no siento la necesidad de ir a Jerusalén. Tenemos a Jerusalén
en casa. Si Jesús está siempre con nosotros, en todas partes donde haya una
hostia consagrada, ¿qué necesidad hay de hacer una peregrinación a Jerusalén
para visitar los lugares donde vivió Jesús hace dos mil años? ¡Entonces también
habría que visitar los sagrarios con la misma devoción!” “¿quién más que un Dios, que se ofrece a
Dios, puede interceder por nosotros? Durante la consagración es
necesario pedir las gracias a Dios Padre por los méritos de su Hijo unigénito
Jesucristo, por sus santas llagas, su
preciosísima sangre y las lágrimas y los dolores de María Virgen, que al ser su
madre, puede interceder por nosotros mejor que nadie”.
Como él repetía muchas veces:
LA EUCARISTÍA, MI AUTOPISTA PARA EL CIELO
Preguntas para el diálogo y la meditación.
■ ¿Cuándo fue la última vez
que pensé en el Cielo?
■ ¿He
hecho de la Eucaristía -adoración, comunión- mi camino de santificación?
■ ¿Tengo amistad, confianza,
intimidad con Jesús?
■ ¿Tengo un crucifijo que me
acompañe, al que besar?
lunes, 10 de abril de 2023
domingo, 9 de abril de 2023
jueves, 6 de abril de 2023
EL TRIDUO PASCUAL Y SU SIGNIFICACIÓN
La pascua de los primitivos cristianos, entremezclada con la
experiencia de la comunidad apostólica, giraba en torno a una sola
celebración. El criterio místico de la
concentración dominaba sobre el cronológico de los tres días, que se impuso más
adelante. La pascua era la gran celebración de la noche. Su celebración
concentraba la unidad de la
historia de salvación desde la creación a la parusía.
Pronto esta
vigilia pascual fue precedida de uno o más
días de ayuno, los cuales se transformaron
progresivamente en el triduo del viernes, sábado y domingo, dedicados, respectivamente, a la muerte,
sepultura y resurrección del Señor.
El triduo pascual, vislumbrado ya en
Orígenes, nos lo descubre no como una indicación cronológica, sino de sentido
teológico y litúrgico. Comentando Os 6,2, dice: Prima die nobis passio
Salvatoris est et secunda, qua descendit in infernum, tertia autem
resurrectionis est dies, (El primer y
el segundo día son para nosotros el sufrimiento del Salvador, que bajó a los
infiernos, y el tercero es el día de la resurrección).
Llegados al s. IV,
encontramos una formulación teológica litúrgica bien precisa del triduo sacro. En san Ambrosio podemos leer: "Triduo en el que ha sufrido, ha reposado y ha resucitado el que
pudo decir destruid este templo y en tres días lo reedificaré".
Entre otras escogemos la conocida expresión de Agustín: Sacratissimum triduum
crucifixi, sepulti et suscitati. (Triduo sacratísimo de la crucifixión,
sepultura y resurrección)
La doble tradición acerca del nombre de
pascua contribuyó también a forjar la teología del triduo. Al entrar en crisis
la primitiva, la asiática (pascha-passio), en el s. IV, va adquiriendo
preponderancia la occidental al tener conocimiento de la alejandrina (pascha-transitus).
La traducción latina de la Vulgada de Ex 12,11 de la palabra pascua como
paso, (transitus) está en la base del nuevo acento teológico.
Al interpretarse pascua por paso, como lo hace por primera
vez Clemente de Alejandría, resulta muy adecuada para significar el principio y el término del triduo. Será el vehículo de una
teología que permite poner de relieve los aspectos morales, ascéticos y
doctrinales de la pascua. Los autores cristianos expresan así la dimensión
cristológica, sacramental y escatológica de la fiesta.
CELEBRACIÓN LITÚRGICA DEL SANTO TRIDUO
Santo Triduo Pascual es el título del misal, puesto inmediatamente antes de la misa vespertina de
la cena del Señor. El epígrafe Santísimo Triduo Pascual de la muerte y
resurrección del Señor, en la oración de las horas, encabeza los oficios que empiezan por las vísperas del
jueves de la cena del Señor. En el leccionario, con
menor precisión, la Misa Crismal del jueves va precedida de la expresión triduo
pascual. El nuevo Ordo Lectionum el orden de
las lecciones del año 1981,
rectificando, pone la Misa Crismal en la cuaresma, y la palabra triduo precede
a la Misa de la cena. Para las normas universales sobre el año litúrgico, el
triduo pascual de la pasión y de la resurrección del Señor comienza con la misa vespertina de la cena del Señor,
tiene su centro en la vigilia pascual y acaba con las vísperas del domingo de
resurrección.
Hasta aquí
una síntesis de la normativa actual según los libros litúrgicos promulgados
después del concilio Vat. II…
… Las bases bíblicas y patrísticas en ningún caso
incluían el jueves santo, ni siquiera parcialmente.
Para la iglesia, el triduo pascual de la pasión y resurrección del Señor es el
punto culminante de todo el año litúrgico. El triduo pascual, propiamente, comprende los tres
días de la muerte, sepultura y resurrección del Señor. Así se explica que la liturgia de las Horas del
jueves tenga el carácter de una feria de cuaresma. En todo caso, las vísperas
de los que no participan en la misa vespertina, que ocupa el lugar de las
primeras vísperas, y la propia eucaristía, son como la introducción del triduo.
No se olvide que la única celebración
litúrgica de estos días, en los orígenes, era la de la vigilia pascual. Es esta
dinámica propia, que va de la austeridad a la alegría y de la muerte a la vida,
la que lleva impresa el orden y sentido de las celebraciones del triduo, desde
este prólogo del jueves, bien significado en la lectura profética de la pascua
del Éxodo.
Joan Bellavista
BIBLIOGRAFÍA: Bernal J.M., Iniciación al año litúrgico, Madrid 1984;
Cantalamessa R., La Pasqua della nostra salvezza, Turín 1971; Capelle
B., Problémes de pastorale liturgique. Le vendredi saint, en Questions
liturgiques el paroissiales 34, 1953, 251-274; Durwell F.X., La
resurrección de Jesús, misterio de salvación, Barcelona 1962; Jounel P., Le
Triduum pascal, en L'Église en Priére IV, La liturgie et le temps,
Tournai 1983, 46-68; Léon-Dufour, La resurrección de Jesús y misterio
pascual, Salamanca 19783; VV.AA., La liturgie du Mystére
Pascal, en La Maison Dieu 67 (1961).
domingo, 2 de abril de 2023
Jesús entra en Jerusalén.
La muchedumbre de los discípulos lo acompaña festivamente, se
extienden los mantos ante él, se habla de los prodigios que ha hecho, se eleva
un grito de alabanza: «¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto» (Lc 19,38).
Gentío, fiesta,
alabanza, bendición, paz. Se respira un clima de alegría. Jesús ha despertado en el corazón tantas esperanzas, sobre todo entre la gente humilde, simple, pobre, olvidada, esa
que no cuenta a los ojos del mundo. Él ha sabido comprender las miserias
humanas, ha mostrado el rostro de misericordia de Dios y se ha inclinado para
curar el cuerpo y el alma. Este es Jesús. Este es su corazón atento a todos nosotros, que ve
nuestras debilidades, nuestros pecados. El amor de Jesús es grande. Y, así,
entra en Jerusalén con este amor, y nos mira a todos nosotros. Es una bella
escena, llena de luz –la luz del amor de Jesús, de su corazón–, de alegría, de
fiesta.
Al comienzo de la Misa,
también nosotros la hemos repetido. Hemos agitado nuestras palmas. También nosotros hemos acogido al Señor; también nosotros hemos
expresado la alegría de acompañarlo, de saber que nos es cercano, presente en
nosotros y en medio de nosotros como un amigo, como un hermano, también como
rey, es decir, como faro luminoso de nuestra vida. Jesús es Dios, pero se ha
abajado a caminar con nosotros. Es nuestro amigo, nuestro hermano. El que nos
ilumina en nuestro camino. Y así lo hemos acogido hoy. Y esta es la primera
palabra que quisiera deciros: alegría. No seáis nunca hombres y mujeres tristes: un cristiano jamás puede serlo. Nunca os dejéis vencer por
el desánimo. Nuestra alegría no es algo que
nace de tener tantas cosas, sino de haber encontrado a una persona, Jesús; que
está entre nosotros; nace del saber que, con él, nunca estamos solos, incluso en los momentos
difíciles, aun cuando el camino de la vida tropieza con problemas y obstáculos
que parecen insuperables, y ¡hay tantos! Y en este momento viene el enemigo,
viene el diablo, tantas veces disfrazado de ángel, e insidiosamente nos dice su
palabra. No le escuchéis. Sigamos a Jesús. Nosotros acompañamos, seguimos a Jesús,
pero sobre todo sabemos que él nos acompaña y nos carga
sobre sus hombros: en esto reside nuestra alegría, la esperanza que hemos de
llevar en este mundo nuestro. Y, por favor, no os dejéis robar la esperanza, no
dejéis robar la esperanza. Esa que nos da Jesús.
¿Por qué Jesús
entra en Jerusalén? O, tal vez mejor, ¿cómo entra Jesús en Jerusalén? La
multitud lo aclama como rey. Y él no se opone, no la hace callar (cf. Lc 19,39-40). Pero, ¿qué tipo de rey es Jesús? Mirémoslo: montado en un
pollino, no tiene una corte que lo sigue, no está rodeado por un ejército,
símbolo de fuerza. Quien lo acoge es gente humilde, sencilla, que tiene el
sentido de ver en Jesús algo más; tiene ese sentido de la fe, que dice: Éste es el Salvador. Jesús no entra en la Ciudad Santa para recibir los honores
reservados a los reyes de la tierra, a quien tiene poder, a quien domina; entra
para ser azotado, insultado y ultrajado, como anuncia Isaías en la Primera
Lectura (cf. Is 50,6); entra para recibir una corona de espinas, una caña, un manto de
púrpura: su
realeza será objeto de burla; entra para
subir al Calvario cargando un madero. Y, entonces, he aquí la segunda palabra:
cruz. Jesús entra en Jerusalén para morir en la cruz. Y es precisamente aquí
donde resplandece su ser rey según Dios: su trono regio es el madero de la cruz. Pienso en lo que decía Benedicto XVI a los Cardenales: Vosotros
sois príncipes, pero de un rey crucificado. Ese es el trono de Jesús. Jesús
toma sobre sí… ¿Por qué la cruz? Porque Jesús toma sobre sí el mal, la suciedad, el pecado del mundo,
también el nuestro, el de todos nosotros, y lo lava, lo lava con su sangre, con
la misericordia, con el amor de Dios. Miremos a
nuestro alrededor: ¡cuántas heridas inflige el mal a la humanidad! Guerras,
violencias, conflictos económicos que se abaten sobre los más débiles, la sed
de dinero, que nadie puede llevárselo consigo, lo debe dejar. Mi abuela nos
decía a los niños: El sudario no tiene bolsillos. Amor al dinero, al poder, la
corrupción, las divisiones, los crímenes contra la vida humana y contra la
creación. Y también –cada uno lo sabe y lo conoce– nuestros pecados personales:
las faltas de amor y de respeto a Dios, al prójimo y a toda la creación. Y Jesús en la cruz siente
todo el peso del mal, y con la fuerza del amor de Dios lo vence, lo derrota en
su resurrección. Este es el bien que Jesús nos
hace a todos en el trono de la cruz. La cruz de Cristo, abrazada con amor,
nunca conduce a la tristeza, sino a la alegría, a la alegría de ser salvados y
de hacer un poquito eso que ha hecho él aquel día de su muerte…
Pidamos la intercesión
de la Virgen María. Ella nos enseña el gozo del encuentro con Cristo, el amor
con el que debemos mirarlo al pie de la cruz, el entusiasmo del corazón joven
con el que hemos de seguirlo en esta Semana Santa y durante toda nuestra vida.
Que así sea.
Francisco, pp
martes, 7 de marzo de 2023
sábado, 4 de marzo de 2023
¿Qué tal el ayuno y la abstinencia
de los malos pensamientos?
Al hablar de Cuaresma muchos se acuerdan del ayuno
y la abstinencia. Creen que, por
reducir un poco los alimentos del Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, y
porque los viernes en lugar de comer carne toman pescado, ya son penitentes.
La verdad es que hacer eso no cuesta gran cosa;
pero, ¿qué tal el ayunó y la abstinencia de los malos pensamientos, el ayuno
de las malas palabras y las malas acciones? Eso ya es otra cosa, que cuesta inmensamente más. Y se trata de
seguir esta rigurosa dieta más que la de los alimentos.
Ayunar
de los malos pensamientos. Cuantas
malas ideas circulan con semáforo verde por la vía pública de nuestro cerebro, como son: las etiquetas que les ponemos a los demás, la pornografía,
las intenciones malévolas, esos resentimientos largamente alimentados, etc.
Ayunar
de las palabras malas.
Un buen porcentaje de nuestra mercancía verbal es
de muy mala calidad. Las murmuraciones, las críticas son un manjar envenenado con el que se alimentan
muchas personas. El que no critica a su prójimo es una maravilla del universo;
y estas maravillas se dan muy poco. Lo normal es criticar, murmurar, comerse al
prójimo. Se critica todo y a todos con desvergüenza.
En una
ocasión encontré a una persona que me pidió sinceramente un consejo: ¿que podía
hacer para erradicar su hábito de murmurar?. Le aconseje que rezara un avemaría
cada vez que se le escapara una crítica. Tomó el consejo muy en serió, y el resultado
fue que el primer día tuvo que rezar casi tres rosarios completos. Luego, poco
a poco, fueron disminuyendo las avemarías, hasta que no tuvo que rezar ninguna,
porque había vencido el habito de murmurar. El consejo es válido, y el que
desee dejar de ser un murmurador, puede intentarlo.
Podemos
intentar también el ayunó de palabras sonoras, chistes de doble sentido, etc. Hay mucho de que ayunar, por ejempló, de las malas acciones. Ayuna de
verdad el que deja de cometer maldades. Ayunar de las bebidas alcohólicas; ayunar del robo, las injusticias, fraudes, peleas, adulterios, infidelidades; ayunar de
películas pornográficas, de envidias, malos deseos contra los demás y tantas cosas
más.
Si
durante este ayunó y abstinencia del mal, se toma una dieta abundante de
caridad con el prójimo, de sacramentos, de renovación espiritual, de buenas obras,
entonces tendrá sentido la Cuaresma. De
lo contrario, será una comedia aquello de correr a la Iglesia a que me pongan
ceniza o asistir a los Oficios. Algunos están
seguros de que ya se les borraron sus maldades, porque les impusieron la
ceniza; como si fuera así de fácil. Más bien, el ir a recibir ceniza significa comprometerse
a hacer ayunó y abstinencia de alguna de aquellas cosas malas que se dan en mi
vida. ¿En qué va a consistir mi ayuno y abstinencia durante esta Cuaresma?
del Padre Mariano de Blas
viernes, 3 de marzo de 2023
DEL BLOG DEL OBISPO
MENSAJE AL INICIO DE LA CUARESMA.
Tiempo de liberar el
corazón.
Con el Miércoles de Ceniza ha
comenzado la Cuaresma, este
tiempo tan valioso e importante para la Iglesia que nos conduce a la
celebración de la Pascua. La Iglesia mira al encuentro definitivo
con su Esposo en la Pascua eterna. Haciendo oración y viviendo la caridad
intensifica su camino de purificación espiritual para obtener aquí con más
abundancia la vida nueva en Cristo, esa vida que ya se nos transmitió en el Bautismo cuando, “al participar de la muerte y resurrección de Cristo”,
comenzó para nosotros la aventura gozosa y entusiasmante de ser discípulos de
Jesús.
En estas semanas tratamos de hacernos semejantes a Cristo. Este es el objeto de la transformación que tiene lugar al participar en la muerte y resurrección del Señor: que yo pueda conocerle a Él, el poder
de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a
él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos (cf. Flp 3, 10-11).
El recorrido cuaresmal culmina en el Triduo
Pascual. Al renovar las promesas bautismales la
noche de Pascua
reafirmamos que Cristo es el Señor de nuestra vida, la vida que Dios nos
comunicó cuando renacimos “del agua y del
Espíritu Santo”. Entonces renovaremos el compromiso de corresponder a la acción de
la gracia para ser discípulos. Sumergirnos desde ahora en la muerte y en la resurrección de
Cristo nos impulsa cada día a liberar nuestro corazón del peso de las cosas
materiales y de ese vínculo egoísta con la “tierra”
que nos empobrece y nos impide estar disponibles y abiertos a Dios y al prójimo. El gran mandamiento
del amor al
prójimo nos exige, además, tomar conciencia de que tenemos una responsabilidad
con las criaturas, porque también son hijos de Dios. Si somos hermanos en
humanidad y, en muchos casos, también en la fe, hemos de ver en el otro a un
verdadero hermano a quien el Señor ama infinitamente. De esta mirada de
fraternidad brotarán naturalmente de nuestro corazón la solidaridad, la
justicia, la misericordia y la compasión que tanto necesita la sociedad. La caridad nos hace también responsables
del bien espiritual de nuestros hermanos a través del anuncio de Cristo
Salvador y la corrección fraterna, para acompañar
a cada uno, como Dios hace con nosotros.
El mundo exige hoy a los cristianos un
testimonio renovado de amor y fidelidad al Señor. La cuaresma nos ofrece el itinerario
que necesitamos para reconocer nuestra debilidad y caminar con decisión hacia
Él, y acoger la gracia renovadora del sacramento de la Penitencia revisando
la propia vida. La
clave es, por tanto, el encuentro personal con el Señor. En Él, que es Amor (cf. 1 Jn, 4, 7-10), encuentra sentido la oración, el ayuno
y la limosna; y la Cruz nos habla, como una Palabra suya que manifiesta el
poder de Dios (cf. 1
Co, 1, 18), donde se levanta
al hombre de sus caídas y adquiere la salvación, donde encontramos el amor en
su forma más radical (Encíclica Deus
caritas est, 12). Dado que en la vida de fe quien no avanza, retrocede, hemos de
vencer la tentación de la tibieza, o de sofocar el Espíritu, de negarse a «comerciar con los talentos» que se nos
han dado para nuestro bien y el de los demás (cf. Mt 25,25ss).
Esta Cuaresma nos
ofrece cada día ese momento favorable de gracia que nos invita a entregarnos a
Jesús, a tener confianza en
Él, a permanecer en Él, a compartir su estilo de vida, a aprender de Él el amor
verdadero, a seguirle en el cumplimiento diario de la voluntad del Padre, la
única gran ley de vida cristiana. Contemplemos, pues, el misterio de la
cruz que nos hace semejantes a Él en su muerte (cf. Flp 3, 10) para vivir una conversión profunda y
dejarnos transformar por la acción del Espíritu Santo. Renovemos nuestro camino
de fe, tanto personal como comunitario, esperando gozar la alegría pascual.
+ Rafael, Obispo de Cádiz y Ceuta

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