TIEMPO LITÚRGICO
jueves, 6 de abril de 2023
domingo, 2 de abril de 2023
Jesús entra en Jerusalén.
La muchedumbre de los discípulos lo acompaña festivamente, se
extienden los mantos ante él, se habla de los prodigios que ha hecho, se eleva
un grito de alabanza: «¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto» (Lc 19,38).
Gentío, fiesta,
alabanza, bendición, paz. Se respira un clima de alegría. Jesús ha despertado en el corazón tantas esperanzas, sobre todo entre la gente humilde, simple, pobre, olvidada, esa
que no cuenta a los ojos del mundo. Él ha sabido comprender las miserias
humanas, ha mostrado el rostro de misericordia de Dios y se ha inclinado para
curar el cuerpo y el alma. Este es Jesús. Este es su corazón atento a todos nosotros, que ve
nuestras debilidades, nuestros pecados. El amor de Jesús es grande. Y, así,
entra en Jerusalén con este amor, y nos mira a todos nosotros. Es una bella
escena, llena de luz –la luz del amor de Jesús, de su corazón–, de alegría, de
fiesta.
Al comienzo de la Misa,
también nosotros la hemos repetido. Hemos agitado nuestras palmas. También nosotros hemos acogido al Señor; también nosotros hemos
expresado la alegría de acompañarlo, de saber que nos es cercano, presente en
nosotros y en medio de nosotros como un amigo, como un hermano, también como
rey, es decir, como faro luminoso de nuestra vida. Jesús es Dios, pero se ha
abajado a caminar con nosotros. Es nuestro amigo, nuestro hermano. El que nos
ilumina en nuestro camino. Y así lo hemos acogido hoy. Y esta es la primera
palabra que quisiera deciros: alegría. No seáis nunca hombres y mujeres tristes: un cristiano jamás puede serlo. Nunca os dejéis vencer por
el desánimo. Nuestra alegría no es algo que
nace de tener tantas cosas, sino de haber encontrado a una persona, Jesús; que
está entre nosotros; nace del saber que, con él, nunca estamos solos, incluso en los momentos
difíciles, aun cuando el camino de la vida tropieza con problemas y obstáculos
que parecen insuperables, y ¡hay tantos! Y en este momento viene el enemigo,
viene el diablo, tantas veces disfrazado de ángel, e insidiosamente nos dice su
palabra. No le escuchéis. Sigamos a Jesús. Nosotros acompañamos, seguimos a Jesús,
pero sobre todo sabemos que él nos acompaña y nos carga
sobre sus hombros: en esto reside nuestra alegría, la esperanza que hemos de
llevar en este mundo nuestro. Y, por favor, no os dejéis robar la esperanza, no
dejéis robar la esperanza. Esa que nos da Jesús.
¿Por qué Jesús
entra en Jerusalén? O, tal vez mejor, ¿cómo entra Jesús en Jerusalén? La
multitud lo aclama como rey. Y él no se opone, no la hace callar (cf. Lc 19,39-40). Pero, ¿qué tipo de rey es Jesús? Mirémoslo: montado en un
pollino, no tiene una corte que lo sigue, no está rodeado por un ejército,
símbolo de fuerza. Quien lo acoge es gente humilde, sencilla, que tiene el
sentido de ver en Jesús algo más; tiene ese sentido de la fe, que dice: Éste es el Salvador. Jesús no entra en la Ciudad Santa para recibir los honores
reservados a los reyes de la tierra, a quien tiene poder, a quien domina; entra
para ser azotado, insultado y ultrajado, como anuncia Isaías en la Primera
Lectura (cf. Is 50,6); entra para recibir una corona de espinas, una caña, un manto de
púrpura: su
realeza será objeto de burla; entra para
subir al Calvario cargando un madero. Y, entonces, he aquí la segunda palabra:
cruz. Jesús entra en Jerusalén para morir en la cruz. Y es precisamente aquí
donde resplandece su ser rey según Dios: su trono regio es el madero de la cruz. Pienso en lo que decía Benedicto XVI a los Cardenales: Vosotros
sois príncipes, pero de un rey crucificado. Ese es el trono de Jesús. Jesús
toma sobre sí… ¿Por qué la cruz? Porque Jesús toma sobre sí el mal, la suciedad, el pecado del mundo,
también el nuestro, el de todos nosotros, y lo lava, lo lava con su sangre, con
la misericordia, con el amor de Dios. Miremos a
nuestro alrededor: ¡cuántas heridas inflige el mal a la humanidad! Guerras,
violencias, conflictos económicos que se abaten sobre los más débiles, la sed
de dinero, que nadie puede llevárselo consigo, lo debe dejar. Mi abuela nos
decía a los niños: El sudario no tiene bolsillos. Amor al dinero, al poder, la
corrupción, las divisiones, los crímenes contra la vida humana y contra la
creación. Y también –cada uno lo sabe y lo conoce– nuestros pecados personales:
las faltas de amor y de respeto a Dios, al prójimo y a toda la creación. Y Jesús en la cruz siente
todo el peso del mal, y con la fuerza del amor de Dios lo vence, lo derrota en
su resurrección. Este es el bien que Jesús nos
hace a todos en el trono de la cruz. La cruz de Cristo, abrazada con amor,
nunca conduce a la tristeza, sino a la alegría, a la alegría de ser salvados y
de hacer un poquito eso que ha hecho él aquel día de su muerte…
Pidamos la intercesión
de la Virgen María. Ella nos enseña el gozo del encuentro con Cristo, el amor
con el que debemos mirarlo al pie de la cruz, el entusiasmo del corazón joven
con el que hemos de seguirlo en esta Semana Santa y durante toda nuestra vida.
Que así sea.
Francisco, pp
martes, 7 de marzo de 2023
sábado, 4 de marzo de 2023
¿Qué tal el ayuno y la abstinencia
de los malos pensamientos?
Al hablar de Cuaresma muchos se acuerdan del ayuno
y la abstinencia. Creen que, por
reducir un poco los alimentos del Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, y
porque los viernes en lugar de comer carne toman pescado, ya son penitentes.
La verdad es que hacer eso no cuesta gran cosa;
pero, ¿qué tal el ayunó y la abstinencia de los malos pensamientos, el ayuno
de las malas palabras y las malas acciones? Eso ya es otra cosa, que cuesta inmensamente más. Y se trata de
seguir esta rigurosa dieta más que la de los alimentos.
Ayunar
de los malos pensamientos. Cuantas
malas ideas circulan con semáforo verde por la vía pública de nuestro cerebro, como son: las etiquetas que les ponemos a los demás, la pornografía,
las intenciones malévolas, esos resentimientos largamente alimentados, etc.
Ayunar
de las palabras malas.
Un buen porcentaje de nuestra mercancía verbal es
de muy mala calidad. Las murmuraciones, las críticas son un manjar envenenado con el que se alimentan
muchas personas. El que no critica a su prójimo es una maravilla del universo;
y estas maravillas se dan muy poco. Lo normal es criticar, murmurar, comerse al
prójimo. Se critica todo y a todos con desvergüenza.
En una
ocasión encontré a una persona que me pidió sinceramente un consejo: ¿que podía
hacer para erradicar su hábito de murmurar?. Le aconseje que rezara un avemaría
cada vez que se le escapara una crítica. Tomó el consejo muy en serió, y el resultado
fue que el primer día tuvo que rezar casi tres rosarios completos. Luego, poco
a poco, fueron disminuyendo las avemarías, hasta que no tuvo que rezar ninguna,
porque había vencido el habito de murmurar. El consejo es válido, y el que
desee dejar de ser un murmurador, puede intentarlo.
Podemos
intentar también el ayunó de palabras sonoras, chistes de doble sentido, etc. Hay mucho de que ayunar, por ejempló, de las malas acciones. Ayuna de
verdad el que deja de cometer maldades. Ayunar de las bebidas alcohólicas; ayunar del robo, las injusticias, fraudes, peleas, adulterios, infidelidades; ayunar de
películas pornográficas, de envidias, malos deseos contra los demás y tantas cosas
más.
Si
durante este ayunó y abstinencia del mal, se toma una dieta abundante de
caridad con el prójimo, de sacramentos, de renovación espiritual, de buenas obras,
entonces tendrá sentido la Cuaresma. De
lo contrario, será una comedia aquello de correr a la Iglesia a que me pongan
ceniza o asistir a los Oficios. Algunos están
seguros de que ya se les borraron sus maldades, porque les impusieron la
ceniza; como si fuera así de fácil. Más bien, el ir a recibir ceniza significa comprometerse
a hacer ayunó y abstinencia de alguna de aquellas cosas malas que se dan en mi
vida. ¿En qué va a consistir mi ayuno y abstinencia durante esta Cuaresma?
del Padre Mariano de Blas
viernes, 3 de marzo de 2023
DEL BLOG DEL OBISPO
MENSAJE AL INICIO DE LA CUARESMA.
Tiempo de liberar el
corazón.
Con el Miércoles de Ceniza ha
comenzado la Cuaresma, este
tiempo tan valioso e importante para la Iglesia que nos conduce a la
celebración de la Pascua. La Iglesia mira al encuentro definitivo
con su Esposo en la Pascua eterna. Haciendo oración y viviendo la caridad
intensifica su camino de purificación espiritual para obtener aquí con más
abundancia la vida nueva en Cristo, esa vida que ya se nos transmitió en el Bautismo cuando, “al participar de la muerte y resurrección de Cristo”,
comenzó para nosotros la aventura gozosa y entusiasmante de ser discípulos de
Jesús.
En estas semanas tratamos de hacernos semejantes a Cristo. Este es el objeto de la transformación que tiene lugar al participar en la muerte y resurrección del Señor: que yo pueda conocerle a Él, el poder
de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a
él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos (cf. Flp 3, 10-11).
El recorrido cuaresmal culmina en el Triduo
Pascual. Al renovar las promesas bautismales la
noche de Pascua
reafirmamos que Cristo es el Señor de nuestra vida, la vida que Dios nos
comunicó cuando renacimos “del agua y del
Espíritu Santo”. Entonces renovaremos el compromiso de corresponder a la acción de
la gracia para ser discípulos. Sumergirnos desde ahora en la muerte y en la resurrección de
Cristo nos impulsa cada día a liberar nuestro corazón del peso de las cosas
materiales y de ese vínculo egoísta con la “tierra”
que nos empobrece y nos impide estar disponibles y abiertos a Dios y al prójimo. El gran mandamiento
del amor al
prójimo nos exige, además, tomar conciencia de que tenemos una responsabilidad
con las criaturas, porque también son hijos de Dios. Si somos hermanos en
humanidad y, en muchos casos, también en la fe, hemos de ver en el otro a un
verdadero hermano a quien el Señor ama infinitamente. De esta mirada de
fraternidad brotarán naturalmente de nuestro corazón la solidaridad, la
justicia, la misericordia y la compasión que tanto necesita la sociedad. La caridad nos hace también responsables
del bien espiritual de nuestros hermanos a través del anuncio de Cristo
Salvador y la corrección fraterna, para acompañar
a cada uno, como Dios hace con nosotros.
El mundo exige hoy a los cristianos un
testimonio renovado de amor y fidelidad al Señor. La cuaresma nos ofrece el itinerario
que necesitamos para reconocer nuestra debilidad y caminar con decisión hacia
Él, y acoger la gracia renovadora del sacramento de la Penitencia revisando
la propia vida. La
clave es, por tanto, el encuentro personal con el Señor. En Él, que es Amor (cf. 1 Jn, 4, 7-10), encuentra sentido la oración, el ayuno
y la limosna; y la Cruz nos habla, como una Palabra suya que manifiesta el
poder de Dios (cf. 1
Co, 1, 18), donde se levanta
al hombre de sus caídas y adquiere la salvación, donde encontramos el amor en
su forma más radical (Encíclica Deus
caritas est, 12). Dado que en la vida de fe quien no avanza, retrocede, hemos de
vencer la tentación de la tibieza, o de sofocar el Espíritu, de negarse a «comerciar con los talentos» que se nos
han dado para nuestro bien y el de los demás (cf. Mt 25,25ss).
Esta Cuaresma nos
ofrece cada día ese momento favorable de gracia que nos invita a entregarnos a
Jesús, a tener confianza en
Él, a permanecer en Él, a compartir su estilo de vida, a aprender de Él el amor
verdadero, a seguirle en el cumplimiento diario de la voluntad del Padre, la
única gran ley de vida cristiana. Contemplemos, pues, el misterio de la
cruz que nos hace semejantes a Él en su muerte (cf. Flp 3, 10) para vivir una conversión profunda y
dejarnos transformar por la acción del Espíritu Santo. Renovemos nuestro camino
de fe, tanto personal como comunitario, esperando gozar la alegría pascual.
+ Rafael, Obispo de Cádiz y Ceuta
miércoles, 22 de febrero de 2023
¿Qué significa el Miércoles de Ceniza?
En 2010, durante la audiencia general del Miércoles de Ceniza, el Papa Benedicto XVI dijo: -Que los cuarenta días de preparación de la Pascua son tiempo favorable y de gracia lo podemos entender precisamente en la llamada que el austero rito de la imposición de la ceniza nos dirige y que se expresa, en la liturgia, con dos fórmulas: “Convertíos y creed en el Evangelio”, “Acuérdate de que polvo eres y en polvo te convertirás”-
Más adelante, en la misma audiencia,
sostuvo: -Con la imposición de la ceniza renovamos nuestro
compromiso de seguir a Jesús, de dejarnos transformar por su misterio
pascual, para vencer el mal y hacer el bien, para hacer que muera nuestro
“hombre viejo” vinculado al pecado y hacer que nazca el “hombre nuevo”
transformado por la gracia de Dios.
Sobre la celebración que hace la Iglesia
de este día, el Papa Benedicto XVI expresó: La liturgia del Miércoles de Ceniza
señala la dimensión fundamental de Cuaresma como la
conversión del corazón a Dios. Ese es el mensaje que evoca la tradición del
rito de las cenizas…
Es un rito con doble significado: el primero tiene que ver con el cambio interior, la conversión y la penitencia, (“Conviértete y cree en el Evangelio”) mientras que el segundo evoca la precariedad de la condición humana, (“Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás”) como se comprende fácilmente a partir de las dos fórmulas alternativas que acompañan el gesto de colocar las cenizas.
¿Qué dice la Biblia a cerca del Miércoles de Ceniza?
El Miércoles de Ceniza no aparece mencionado en la Biblia. Sin embargo, el uso religioso de las cenizas como un signo tiene fundamento en las Escrituras. Las cenizas se usaban en el judaísmo como signo de duelo (Ester 4,3) y arrepentimiento (Jonás 3,6, Job 42,6). Es un signo natural de la transitoriedad de la vida humana y del regreso desde el pecado hacia
¿De dónde se obtienen las cenizas del Miércoles de Ceniza?
Las cenizas se obtienen de los ramos de olivo o las palmas bendecidos el Domingo de Ramos del año anterior y que normalmente los fieles acercan a las parroquias para ese propósito.
¿Cuánto tiempo se supone que uno debe dejarse las cenizas en la frente?
La decisión es personal pero sin duda ofrecen una oportunidad de dar testimonio público de la fe si se las deja en la frente en público; sin embargo, la intención de este gesto no debe tener un origen en la vanidad.
¿Solo los católicos pueden recibir las cenizas?
La práctica de recibir las cenizas en la
frente el Miércoles de Ceniza de parte del sacerdote o ministro que, mientras
las coloca, dice “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás” o algo
similar, no es exclusiva de los católicos. Algunas iglesias no católicas (por
ejemplo, anglicana, episcopal) lo celebran. Sin embargo, la práctica no es
familiar para la Iglesia Oriental Católica Ortodoxa, que generalmente comienzan
la Cuaresma con otras prácticas que recuerdan la necesidad del arrepentimiento
y el perdón.
Como no es un sacramento, la
imposición de las cenizas el Miércoles de Ceniza está
abierto a quien quiera recibirlas, independientemente de su fe. Debe
hacerse respetando la práctica y la intención católicas, por supuesto. Es común
ver personas que no son católicas que se acercan a participar de este rito.
sábado, 18 de febrero de 2023
(Gn 16, 13)
FEBRERO 2023
«Tú eres el
Dios que me ve». (Gn 16, 13).
El versículo de la Palabra de vida de este
mes está tomado del libro del Génesis. Son unas palabras pronunciadas por Agar,
la esclava de Sara entregada como mujer a Abrahán porque aquella no podía tener
hijos y asegurar así una descendencia. Cuando Agar descubre que está encinta se
siente superior a su señora. El maltrato recibido por parte de Sara la obliga
más tarde a huir al desierto. Y allí precisamente tiene lugar un encuentro
único entre Dios y la mujer, la cual recibe una promesa de descendencia semejante
a la que Dios le había hecho a Abrahán. El hijo que nacerá se llamará Ismael, que
significa «Dios ha escuchado», pues ha acogido la angustia de Agar y le ha dado
una estirpe.
«Tú eres el
Dios que me ve»
La reacción de Agar refleja una idea común
en el mundo antiguo: que los seres humanos no pueden mantener un encuentro muy
de cerca con la divinidad. Agar se queda sorprendida y agradecida de haber
sobrevivido a él. Experimenta el amor de Dios precisamente en el
desierto, el lugar privilegiado donde se puede experimentar un encuentro
personal con Él; siente su presencia y se siente amada por un Dios
que la ha «visto» en su situación dolorosa, un Dios que se preocupa por sus
criaturas y las envuelve con su amor. «No es un Dios ausente, lejano,
indiferente a la suerte de la humanidad, como tampoco a la suerte de cada uno
de nosotros. Así lo experimentamos muchas veces. [...] Él está aquí conmigo, lo
sabe todo de mí y comparte cada pensamiento, alegría o deseo mío, lleva conmigo
cada preocupación y cada prueba de mi vida»[1].
«Tú eres el
Dios que me ve»
Esta palabra de vida
reaviva una certeza y nos conforta: nunca estamos solos en nuestro camino; Dios
está ahí y nos ama. A veces, como Agar, nos sentimos «extranjeros» en
esta tierra, o buscamos modos de huir de situaciones duras y dolorosas. Pero
hemos de estar seguros de la presencia de Dios y de nuestra relación con Él,
que nos hace libres, nos sosiega y nos permite empezar siempre de nuevo.
Esta ha sido la experiencia de P., que
vivió sola durante la pandemia. Cuenta: «Desde el inicio de la clausura de toda
actividad en nuestro país, estoy sola en casa. No tengo físicamente cerca a
nadie con quien poder compartir esta experiencia, y procuro ocupar el día como
puedo. Con el pasar de los días me siento cada vez más desanimada. Por la noche
me cuesta mucho quedarme dormida. Me parece que no podré salir nunca de esta
pesadilla. Pero siento fuertemente que debo encomendarme completamente a Dios y
creer en su amor. No tengo dudas de su presencia, que me acompaña y me
reconforta en estos meses de soledad. Me llegan pequeñas señales de los
hermanos que me hacen comprender que no estoy sola. Como una vez en que estaba
festejando el cumpleaños de una amiga on line y en ese momento me llegó un
trozo de tarta de parte de mi vecina»,
«Tú eres el
Dios que me ve»
Así, protegidos por la
presencia de Dios, también nosotros podemos ser mensajeros de su amor: estamos llamados a ver
las necesidades de los demás, a socorrer a nuestros hermanos en sus desiertos,
a compartir sus alegrías y sus dolores. El esfuerzo consiste en mantener los
ojos abiertos a la humanidad en la que estamos inmersos también nosotros.
Podemos
pararnos y mostrar nuestra cercanía con quienes están buscando un sentido y una
respuesta a los muchos «por qué» de la vida: familiares, amigos, conocidos,
vecinos, compañeros de trabajo, personas con problemas económicos y quizá
marginadas socialmente.
Podemos recordar y compartir esos momentos
preciosos en los que hemos conocido el amor de Dios y hemos redescubierto el
sentido de nuestra vida. Podemos afrontar juntos las dificultades y descubrir
en los desiertos por los que pasamos la presencia de Dios en nuestra historia,
que nos ayuda a proseguir el camino con confianza.
PARA EL DIÁLOGO Y LA MEDITACIÓN
FEBRERO : ADORACIÓN Y REPARACIÓN
Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar
LA ADORACIÓN NOCTURNA MOMENTO PARA CULTIVAR LA INTIMIDAD CON DIOS
“¡Ahí está Jesús!
¡No dejadlo abandonado!”
Siempre es bueno recordar
que venimos a la adoración porque Dios previamente nos ha llamado… Primero, Él, “el
Dios vivo y verdadero, llama incansablemente a cada persona al encuentro
misterioso de la oración”. Segundo, nosotros respondemos “esta
iniciativa de amor del Dios fiel es siempre lo primero en la oración, la
actitud del hombre es siempre una respuesta.” ¡Qué privilegiados somos de ser
llamados a este encuentro con Dios!
Y para encontrarse con Dios
hay muchas maneras, lo sabemos: su presencia está en la Sagrada
Escritura, por su palabra, donde dos o tres se reúnen
en su nombre por su promesa; en
nuestros corazones, por la gracia; en
los sacerdotes como en sus ministros... Sí,
todo eso es cierto, pero, "sobre todo, (está
presente) bajo las especies eucarísticas".
Entonces, ¡doblemente privilegiados de ser
llamados a este encuentro de oración y a este encuentro con la Eucaristía!
Recordemos que el modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas es
singular. Eleva la Eucaristía por encima de todos los sacramentos y hace de
ella “como la perfección de la vida espiritual y el fin al que tienden todos
los sacramentos”.
Estas varias maneras de presencia llenan
el espíritu de estupor y llevan a contemplar el misterio de la Iglesia. Pero es
muy distinto el modo, verdaderamente sublime, con el cual Cristo está presente
a su Iglesia en el sacramento de la Eucaristía, que por ello es, entre los
demás sacramentos, el más dulce por la devoción, el más bello por la
inteligencia, el más santo por el contenido; ya que contiene al mismo Cristo (San Pablo VI Mysterium fidei).
Y, sin embargo, ¡cuántos no escuchan
esta llamada! ¡cuánto desprecio e indiferencia ante esta sublime presencia! Por
eso, estamos llamados a la Adoración sí, pero a la adoración reparadora. Que
repare tanto amor ofendido, tan poca respuesta a un Amor tan grande. Esta
vigilia mensual, que sea de adoración y de reparación.
Tenemos ejemplos de adoración
reparadora en la Sagrada Escritura. Cuando María Magdalena se
adelanta y llora ante Jesús sus pecados, y limpia con sus lágrimas
los pies de Jesús; cuando, más tarde, María en Betania, de nuevo, se pone a sus
pies y rompe un frasco de perfume en honor de Cristo.
También nosotros en
esta velada nos vamos a colar en la sala donde está Jesús; somos conscientes de
nuestros pecados, y de cuántas veces no hemos respondido a su llamada o no
hemos hecho aprecio de su presencia… pero venimos, como María a
reparar. Primero, nuestros propios pecados. Se trata de que,
esta noche, hagamos como María: “colocándose detrás de él, se puso a llorar a
sus pies y comenzó a bañarlos con sus lágrimas; los secaba con sus cabellos,
los cubría de besos y los ungía con perfume.”
Queremos acompañar hoy a Jesús con
especial cariño porque somos conscientes de que nos ha
perdonado mucho. También nosotros somos unos pecadores. ¡Él
ha pasado por alto muchas de nuestras indiferencias! Nos ha perdonado una deuda
no simplemente de unos “eurillos”, le debíamos millones, ¡pero todo nos lo ha
perdonado! ¿Cuál de los dos amará más?» «Pienso que aquel a quien perdonó más».
Y no sólo eso, esta noche no se trata
simplemente de ponernos a los pies de Jesús (adorar) agradeciendo su amor que
nos ha perdonado (reparar), sino también de poner amor donde
otros han puesto desamor. De poner detalles de cariño donde otros
se han olvidado totalmente. A Jesús esas faltas de Simón también le afectan y
le duelen. Pero, por suerte, tiene a María que sabe bien cómo consolar a Jesús:
“Entré en tu casa y tú no derramaste
agua sobre mis pies; en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con
sus cabellos. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entré, no cesó de
besar mis pies. Tú no ungiste mi cabeza; ella derramó perfume sobre mis pies.”
Imitemos a María, no a
Simón. Adoremos y reparemos. Con la misma amorosa
audacia… “Cuando veo a la Magdalena adelantarse, en presencia de los numerosos
invitados, y regar con sus lágrimas los pies de su Maestro adorado, a quien
toca por primera vez, siento que su corazón ha comprendido los abismos de amor
y de misericordia del corazón de Jesús, y que por más pecadora que sea, ese
corazón de amor está dispuesto, no sólo a perdonarla, sino incluso a prodigarle
los favores de su intimidad divina y a elevarla hasta las cumbres más altas de
la contemplación” (Carta
de santa Teresita).
También los Santos nos
animan a la adoración y la reparación…, como san Manuel González.
Gran apóstol de los sagrarios abandonados… después de aquella experiencia que
él tuvo en aquel pueblecito andaluz, su primera parroquia, y ver el sagrario
tan olvidado, sucio y descuidado. Aquello le marcó para siempre. ¡Cómo podemos
tratar así a Jesús!... “fuime derecho
al sagrario. Ahí mi fe veía a un Jesús tan callado, tan paciente, que me
miraba, que me decía mucho y me pedía más, una mirada en la que se reflejaba
todo lo triste del Evangelio: lo triste de no tener posada, de la traición, de
la negación, del abandono de todos”
Con
qué fuerza nos dice hoy estas palabras:
“ve al Santísimo, te espera desde hace miles de años, solo a ti. Quiere verte
a ti. Da igual el enfado, el poco tiempo que tengas. Da igual
que te sientas alejado de él, que no entiendas, que te cueste. Entra,
mírale y observa. Tú le necesitas y Él te necesita. ¡Ahí está Jesús! ¡Ahí
está!”
Preguntas para el diálogo y la meditación.
■ ¿Soy sensible a las
distintas presencias de Cristo, además de la Eucarística?
■ ¿Reparo con pequeños gestos
de amor el desamor de los hombres?
■
¿Tengo
“adoptado” un sagrario, donde visitar a Jesús?
¡NO LO DEJEN ABANDONADO!
lunes, 6 de febrero de 2023
sábado, 4 de febrero de 2023
El adorador nocturno no
solamente debe ser activo en la 0ración, sino también en el sacrificio.
El reglamento nos pide que asistamos una
noche de cada mes a la Vigilia ordinaria y que velemos en esa noche durante la
hora que se nos designe. Indudablemente que para cumplir ese deber es necesario
hacer muchos pequeños sacrificios. Dejar las comodidades,
pocas o muchas, de nuestro hogar; abandonar a la familia que queda intranquila
por nuestra ausencia; pasar la noche en un sitio poco adecuado, a veces
verdaderamente incómodo, como sucede en algunas Secciones; permanecer en vela
durante algún tiempo, cuando el cansancio natural nos agobia; sufrir las
inclemencias del tiempo y a veces largas y peligrosas caminatas, como tienen
que soportarlo hermanos alejados de los centros poblados ... , todo esto
es sacrificio y a veces bastante duro.
¿Cuál es la actividad qua el
adorador puede desarrollar en ese aspecto?
En primer lugar, cumplir
fielmente con esos deberes, sea cual fuere el trabajo y
dificultades que se nos presenten. Ser
pues, estrictamente puntuales en nuestra
asistencia, aunque nos sintamos ligeramente indispuestos, aunque la familia se
acongoje un poco, aunque la lluvia o el frio traten de impedirnos el asistir.
Además, aceptar de buen agrado la hora de vela que
se nos fije, el sitio para descanso que se nos señale, el cambio de turno que
nos ordenen y, en general, cualquier cosa que quizá pueda
contrariar nuestro gusto.
No olvidemos, además, que en el sacrificio
hay tres grados: 1º, el aceptarlo sin repugnancia; 2º , que es más alto, el
desearlo con amor; y 3º, más alto todavía, el buscarlo con gozo y alegría.
Cuando tú, hermano adorador nocturno,
asistas a tus vigilias con verdadero anhelo y procures que te sean dadas las
horas de vela más pesadas, el rinconcito más humilde para descansar y todo lo
que sea más duro y difícil, entonces serás verdaderamente activo en
el sacrificio.

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