TIEMPO LITÚRGICO

TIEMPO LITÚRGICO

viernes, 31 de enero de 2020

ADORACIÓN Y EVANGELIZACIÓN



     La singularidad de la adoración eucarística con respecto a todas las otras formas de oración y de devoción, es que por la presencia sacramental de Jesús-Hostia, Dios toma la iniciativa de encontrarse con nosotros. Cristo me precede en la respuesta que el Padre espera.
“La Eucaristía significa: Dios ha respondido. La Eucaristía es Dios como respuesta, como presencia que responde” (J. Ratzinger – Dios está cerca- Palabras y silencio 2003)
     Adoración, la palabra proviene de un vocablo latino cuya etimología está en “ios” (la boca). Comprende una postración que apunta al objeto de veneración y lo besa. Significa inclinarse profundamente en señal de extremo respeto.
     No faltan ejemplos evangélicos al respecto: la hemorroisa que se echa por tierra para tocar el borde del manto de Jesús (Lc 8,44); María Magdalena que se arroja a los pies de Jesús y los abraza. Esta actitud de adoración es bien natural al hombre cuando se encuentra ante algo o alguien que lo sobrepasa.
     La adoración debe expresarse con todo nuestro ser y entonces igualmente comprometer nuestro cuerpo. El hombre ha sido creado para adorar, para inclinarse profundamente ante Aquel que nos hizo y que nos sobrepasa.
     Todas las posibilidades espirituales de nuestro cuerpo forman necesariamente parte de nuestra manera de celebrar la eucaristía y de rezar. La escucha atenta de la Palabra de Dios requiere la posición de sentado o el movimiento de la Resurrección reclama la posición de parados. La grandeza de Dios y de su Nombre se expresan de rodillas. Jesucristo mismo rezaba arrodillado durante las últimas horas de su Pasión en el Huerto de los Olivos (Lc 22,41). Esteban cae de rodillas antes de su martirio, al ver los cielos abiertos y el Cristo de pie (Hch 7,60). Pedro ruega arrodillado pidiendo a Dios la resurrección de Tabita (Hch 9,40). Después de su discurso de despedida ante los ancianos de Éfeso, Pablo reza con ellos de rodillas (Hch 20,36). El himno de Flp 2, 6-11 aplica a Jesús la promesa de Isaías anunciando que toda rodilla se dobla ante el Dios de Israel, ante el nombre de Jesús…
     Nuestro cuerpo manifiesta visiblemente aquello que nuestro corazón cree. La filósofa Simone Veil, de origen judío y no creyente, descubre a Cristo en Asís en 1936 y escribe: “Algo más fuerte que yo me obligó, por primera vez en mi vida, a ponerme de rodillas”.
     El testimonio de los santos es elocuente: Santo Domingo se prosternaba sin cesar, boca abajo y todo a lo largo cuan era, en presencia del Santísimo Sacramento. La actitud exterior traduce la devoción interior. Decía san Pierre-Julien Eymard que el primer movimiento de la adoración consiste justamente en prosternarse a tierra, la frente inclinada. Es una actitud que nos permite proclamar sin palabras la majestad infinita de Dios que se oculta tras el velo de la Eucaristía.
     Para evangelizar el mundo se necesita apóstoles “expertos” en celebración, en adoración y en contemplación de la Eucaristía”. (S. Juan Pablo II Mensaje para la Jornada mundial de los Misiones 2004).

+Mons. Dominique Rey, Obispo de Toulon,
Francia, en “Adoración y Evangelización”.

martes, 21 de enero de 2020

LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 26 DE ENERO DEL 2020, 3º DEL TIEMPO ORDINARIO


«CONVERTÍOS, ESTÁ CERCA EL REINO DE LOS CIELOS»

Mt. 4. 12-23
     En aquel tiempo,  al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaúm, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
     «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló».
  Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos». Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores. Les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
     Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

Otras Lecturas: Isaías 8, 23b-9,3; Salmo 26; 1Coríntios 1, 10-13.17

LECTIO:
   … El Evangelio narra la elección de Jesús a los discípulos. Gente corriente, sorprendida en su faenar cotidiano, e invitada ante todo a un seguimiento, a una adhesión a la Persona de Jesús. Escucharán su Palabra, convivirán con Él, y se harán testigos de esa alegría.
   En nuestro entorno, encontramos continuamente personas que sufren una honda oscuridad, con sufrimientos que casi ahogan el respiro de la esperanza. Y Jesús sigue viniendo a todos nuestros exilios, al gran exilio de la infelicidad en tantas formas, para anunciarnos una Luz y una Alegría que nadie nos podrá quitar.
     Jesús, con quien quiera seguirle, recorre nuestras tierras, nuestros hogares, nuestras vidas, para proclamar el Evangelio del Reino, curando las enfermedades y las dolencias. La historia culminada por Jesús continúa con nosotros… si lo dejamos todo y le seguimos. (+Fr. Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo)

MEDITATIO:
     El Evangelio  narra el inicio de la predicación de Jesús en Galilea... Ciertamente de Galilea no se esperaban grandes cosas para la historia de la salvación.  Sin embargo, justamente desde allí se difunde aquella “luz”: la luz de Cristo. Se difunde precisamente desde la periferia. El mensaje de Jesús reproduce el del Bautista, proclamando el «Reino de los Cielos». Este Reino conlleva el cumplimiento de la alianza entre Dios y su pueblo, que inaugurará un periodo de paz y de justicia. (Papa Francisco)
     Para estrechar este pacto de alianza con Dios, cada uno está llamado a convertirse, transformando su propio modo de pensar y de vivir... Lo que diferencia a Jesús de Juan Bautista es el estilo y el método. Jesús elige ser un profeta itinerante. No se queda esperando a la gente, sino que se dirige a su encuentro. ¡Jesús está siempre en la calle!... Jesús no sólo proclama la llegada del Reino de Dios, sino que busca compañeros que se asocien a su misión de salvación. (Papa Francisco)
     En este mismo lugar encuentra dos parejas de hermanos: Simón y Andrés, Santiago y Juan; les llama diciendo: «Venid conmigo y los haré pescadores de hombres»... La respuesta de los cuatro pescadores es rápida e inmediata: «al instante, dejando las redes, le siguieron»...
     Nosotros, cristianos de hoy en día, tenemos la alegría de proclamar y testimoniar nuestra fe, porque hubo ese primer anuncio, porque existieron esos hombres humildes y valientes que respondieron generosamente a la llamada de Jesús. A orillas del lago, en una tierra impensable, nació la primera comunidad de discípulos de Cristo. (Papa Francisco)

     Danos la concordia y la paz a nosotros y a todos los habitantes del mundo, como la diste a nuestros padres, que piadosamente te invocaron con fe y con verdad.

Hoy, Jesús, quiero escuchar tus palabras,
quiero reconocer tu voz
y estar atento a tu voluntad en mi vida

«El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande…».

     Los primeros discípulos son el mejor ejemplo de la conversión que Jesús pide, y los primeros destinatarios de su mensaje.
     Mateo propone un ejemplo de la conversión radical que exige la llegada del reino y presenta a los principales destinatarios de las enseñanzas y los signos de Jesús. Estos cuatro primeros discípulos representan a todo el grupo de los discípulos, que en este evangelio tienen una importancia particular…
     A ellos les enviará después a difundir su mensaje y a realizar los mismos signos; a ellos les dedicará una atención especial, y sobre ellos se replegará cuando experimente el rechazo de su pueblo, para formar un nuevo pueblo: el nuevo Israel, que es la iglesia.
     Este primer sumario de la actividad de Jesús es un apretado resumen de lo que el evangelista va a narrar en los capítulos siguientes. La misión de Jesús consiste en enseñar… anunciar la buena noticia del reino… y curar toda clase de enfermedades. Esto es precisamente lo que comienza a hacer Jesús a partir de ahora. (El Mensaje del N. T. S. Guijarro. Casa de la Biblia). 




   ¡Qué admirable pesca la del Salvador! Admirad la fe y la obediencia de los discípulos. La pesca, como sabéis, requiere una constante atención. Ahora bien, cuando esos se encuentran justo en medio de su trabajo, oyen la llamada de Jesús y no dudan un solo momento; no dicen. «Déjanos regresar a casa para hablar con nuestros próximos». No, lo dejan todo inmediatamente y le siguen, tal como Eliseo hizo con Elías (1Re 19,20). Es esta clase de obediencia la que nos pide Cristo, sin la más mínima duda, incluso en el caso que nos apremien necesidades aparentemente más urgentes. Por eso cuando un joven que le quería seguir le pidió si podía ir antes a enterrar a su padre, ni tan sólo esto se lo dejó hacer (Mt 8,21). Seguir a Jesús, obedecer su palabra, es un deber que está por encima de todos los demás. ¿Acaso me dirás que la promesa que les había hecho era muy grande? Por eso los admiro yo tanto: ¡cuando aún no habían visto ningún milagro, creyeron en una promesa tan grande y renunciaron a todo para seguirle! Es porque creyeron que, con las mismas palabras con las que habían sido cogidos durante la pesca, podrían ellos pescar a otros. (S. Juan Crisóstomo)

sábado, 18 de enero de 2020



     Durante los días de esta próxima semana (18 al 25 enero) como cada año dedicamos unos días a orar por la unidad de los cristianos, a reflexionar sobre este tema y a dar pasos eficaces en el camino hacia la unidad plena.
     El lema de este año “Nos mostraron una humanidad poco común” se refiere a un episodio de la comunidad cristiana, en el que Pablo va camino de Roma con sus acompañantes, naufragaron y fueron a parar a la isla de Malta, donde fueron acogidos por los cristianos del lugar con una amabilidad y una humanidad poco común. El camino hacia Roma se vio alterado por las condiciones del naufragio, pero fue ocasión para experimentar el amor de los hermanos que los acogieron…
     Nos evoca este camino hacia Roma por parte de Pablo, que ha apelado al emperador cuando era condenado a muerte en su tierra de origen, el camino que tantas personas recorren para llegar a la plena comunión con el sucesor de Pedro, el Papa de Roma... El lema evoca también a tantos cientos y miles de personas que atraviesan el mediterráneo u otros lugares del planeta en busca de una situación mejor... Encontrar una mano hermana que te socorre es algo que se agradece enormemente.
     La semana de oración por la unidad de los cristianos nos hace caer en la cuenta de que Jesús ha fundado una sola Iglesia, y que a lo largo de la historia esa única Iglesia se ha sentido zarandeada por las divisiones internas de sus hijos. El camino hacia la unidad es un camino difícil, por eso hemos de pedirle a Dios que nos conceda esa unidad deseada por Cristo y por todos sus discípulos hoy. Y ese camino hacia la unidad, referido a personas concretas, supone un camino arduo para tantos que buscan sinceramente la verdad en la Iglesia de Cristo…
     Oremos en esta semana especialmente por la unidad de los cristianos…
     Recibid mi afecto y mi bendición.

+ Demetrio Fernández - Obispo de Córdoba


LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 19 DE ENERO DEL 2020, 2º DEL TIEMPO ORDINARIO - (Comentario de +Francisco Cerro Chaves-Arzobispo electo de Toledo Administrador Apostólico de Coria-Cáceres)

«ESTE ES EL CORDERO DE DIOS…»

 Jn. 1, 29-34

     En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel».
     Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».

Otras Lecturas: Isaías 49, 3.5-6; Salmo 39; 1Coríntios 1, 1-3

LECTIO:

     Retomamos el tiempo ordinario y volvemos a la trayectoria de Jesús en su vida pública que a lo largo del año litúrgico se nos propondrá. La primera escena tiene lugar a orillas del Jordán… «Al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29).
   Los ojos del evangelista que relata este momento quedarán prendados, como quien encuentra finalmente a Aquél que esperaba. De hecho, tanto Juan como Andrés seguirán a ese Cordero, y preguntándole dónde vivía se quedarían con Él aquel día y para siempre...
     El Evangelio de Juan, desarrollará este momento inicial a través de los diferentes encuentros entre el Cordero Jesús y las personas que se cruzarán en su camino. Todos ellos recibirán la liberación de su desgracia sea cual sea su nombre (oscuridad, sed, enfermedad, confusión... pecado), con tal que la confiesen, con tal que no la maquillen ni la disfracen, y reconozcan en Jesús a quien trae la Gracia eficaz para todas sus desgracias impotentes. Por esta razón, en aquel momento no estaban los que des­pués a lo largo del Evangelio de Juan van a aparecer como los difidentes de Jesús, los prejuiciosos de sus signos y palabras, los enemigos de su vida… (+Fr. Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo)

MEDITATIO:                       
     «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Juan predica que el Reino de los cielos está cerca, que el Mesías va a manifestarse y es necesario prepararse, convertirse y comportarse con justicia; e inicia a bautizar en el Jordán para dar al pueblo un medio concreto de penitencia. Esta gente venía para arrepentirse de sus pecados, para hacer penitencia, para comenzar de nuevo la vida. (Papa Francisco)    
     Juan sabe, que el Mesías, el Consagrado del Señor ya está cerca, y el signo para reconocerlo será que sobre Él se posará el Espíritu Santo; de hecho Él llevará el verdadero bautismo, el bautismo en el Espíritu Santo. Y el momento llega: (Papa Francisco)
     Sobre Jesús baja el Espíritu Santo en forma de paloma y la voz del Padre lo proclama Hijo predilecto. ¡Es Él! Jesús es el Mesías. Juan está desconcertado, porque se ha manifestado de una forma impensable: en medio de los pecadores, bautizado como ellos. El Espíritu hace entender a Juan que así se cumple la justicia de Dios, se cumple su diseño de salvación: Jesús es el Mesías, el Rey de Israel, pero no con el poder de este mundo, sino como Cordero de Dios, que toma consigo y quita el pecado del mundo. (Papa Francisco)
     ¿Por qué nos detenemos mucho en esta escena? ¡Porque es decisiva! Es decisiva por nuestra fe; es decisiva también por la misión de la Iglesia. La Iglesia, en todos los tiempos, está llamada a hacer lo que hizo Juan el Bautista, indicar a Jesús a la gente diciendo: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Él es un el único Salvador, Él es el Señor, humilde, en medio de los pecadores. Pero es Él. Él, no es otro poderoso que viene. No, es Él. (Papa Francisco)

ORATIO:

     Llénanos de energía, Señor, para dar todo lo bueno en tu nombre, que vayamos por el mundo dando a conocer que eres el “Hijos de Dios”. Derrama tu Espíritu sobre todos los hombres para que caminemos en la unidad que Jesús pidió al Padre para nosotros.
Jesús, vienes a llevarte mi pecado,
pero a veces yo me detengo en mi culpa
y no dejo que el pasado quede atrás.

CONTEMPLATIO:
«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo»
     Jesús es llamado el Cordero: es el Cordero que quita el pecado del mundo. Uno puede pensar: ¿pero cómo, un cordero, tan débil, un corderito débil, cómo puede quitar tantos pecados, tantas maldades? Con su Amor, con su mansedumbre.
     Jesús no dejó nunca de ser cordero: manso, bueno, lleno de amor, cercano a los pequeños, cercano a los pobres. Estaba allí, entre la gente, curaba, enseñaba, oraba. Tan débil Jesús, como un cordero. Pero tuvo la fuerza de cargar sobre sí todos nuestros pecados, todos. Muchas veces, cuando miramos nuestra conciencia, encontramos en ella algunos que son grandes. Pero Él los carga.
     ¿Qué significa para la Iglesia, para nosotros, hoy, ser discípulos de Jesús Cordero de Dios? Significa poner en el sitio de la malicia, la inocencia; en el lugar de la fuerza, el amor; en el lugar de la soberbia, la humildad; en el lugar del prestigio, el servicio.
       Os invito a hacer una cosa: cerremos los ojos, imaginemos esa escena, a la orilla del río, Juan mientras bautiza y Jesús que pasa. Y escuchemos la voz de Juan: «Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Miremos a Jesús en silencio, que cada uno de nosotros le diga algo a Jesús desde su corazón. (Papa Francisco).
                                                                     


    «Vi entonces en medio del trono un Cordero en pie con señales de haber sido degollado» (Ap 5,6). Cuando el vidente de Patmos contempló esta visión, aún estaba vivo en él el recuerdo inolvidable de ese día junto al Jordán, cuando Juan el Bautista le señaló al «Cordero de Dios» que «quita el pecado del mundo». Pero, el Señor ¿por qué había elegido el cordero como símbolo privilegiado? ¿Por qué se mostró, incluso, de ese modo en el trono de la eterna gloria? Porque él estaba libre de pecado y era humilde como un cordero; y porque él había venido para «dejarse llevar como cordero al matadero» (Is 53,7). Todo eso también lo presenció Juan cuando el Señor se dejó atar en el Monte de los Olivos. Allí, en el Gólgota, fue llevado a cumplimiento el auténtico sacrificio de reconciliación. A partir de entonces los antiguos sacrificios perdieron su eficacia; y pronto desaparecerían del todo, igual que el antiguo sacerdocio, cuando el templo fue destruido. Todo esto lo vivió Juan de cerca. Por eso no le asombraba ver al Cordero en el Trono. (S. Teresa Benedicta de la Cruz)

viernes, 17 de enero de 2020

El martirio blanco en Occidente

     En Occidente tanto en Europa como en América se ha recrudecido la persecución con un despliegue más sutil pero igualmente violento. Se han atacado las expresiones públicas de fe, se ha ridiculizado la piedad llamándola fundamentalismo y se ha relegado la misma moral que fundó todo Occidente.



     La persecución cruenta a los cristianos en Medio Oriente, África y Asia ratifica las palabras plenamente vigentes de Jesucristo, quien hace dos mil años nos advertía de este combate que padecería la Iglesia por causa de su nombre; el testimonio de aquellos santos mártires nos apena por el sufrimiento padecido, nos indigna por su injusticia, nos conmueve por su fe y fortalece en cuanto vemos vivo el deseo de todos los apóstoles, los de antaño y los de hoy, de dar la vida por Cristo y su Evangelio.
     En Occidente, por otro lado, tanto en Europa como América se ha recrudecido la persecución con un despliegue más sutil pero igualmente violento: la persecución institucional a los cristianos en las sociedades laicas.
     Ya sea en estados con tintes socialistas o bien liberales, pero siempre dentro de un marco notoriamente ateo, se han atacado reiteradamente las expresiones públicas de fe, haciéndolas pasar por atropello a las libertades, se ha ridiculizado la piedad llamándola fundamentalismo y se ha relegado la misma moral que fundó todo Occidente acusándola de obsoleta y arcaica.
     Pero Occidente ha ido un paso más allá. Lo que antes era marginación o burla, ha pasado a ser un constante intento por expulsar todo rastro de los principios cristianos de la plaza pública, ello por ser considerados como vulneratorios de los derechos de las personas y de su dignidad. Así, muchos cristianos se han visto envueltos en juicios y denuncias de odio, se han establecido en sus países leyes atentatorias al derecho natural, se les han impuesto multas, se han impartido clases de adoctrinamiento obligatorias, se han proscrito ciertas ideas del debate universitario, arriesgan sus trabajos, o han sido objeto del escarnio y hostigamiento en redes sociales, todo aquello con la pretensión de acallar el mensaje de Dios que resuena en los católicos que lo difunden.
     La retirada de la moral cristiana de la sociedad y la secularización de las instituciones llevó a la corrosión del sistema público y lo ha tornado a él mismo en contra de los católicos, quienes hoy deben elegir entre soportar la expulsión de los espacios de la sociedad, o bien ocultar la fe y seguir relegándola aún más a lo privado, hasta que esta no vaya más allá de la Iglesia luego de misa, ni salga de la puerta de la casa.
     Es por esto, que la Iglesia Occidental debe continuar con su misión apostólica y retomarla con fuerza. No será el blanqueamiento de la doctrina lo que salvará esta barca en que en medio de los embates amenaza con hundirse, sino que el reafirmarse en la íntegra Fe de una Iglesia que debe estar más viva que nunca. Hoy se demanda el ejemplo de entrega en medio de un mundo individualista y cómodo, y se exige valentía en medio de este asedioNo acabará esta guerra declarada a la Cruz espontáneamente, sino que será necesario reevangelizar las mismas tierras en donde inició el catolicismo y se requerirá de la acción organizada y fiel del pueblo de Dios que al unísono debe confirmar su Fe y avocarse realmente a ella.
     Esta misión es la misma que anunció Cristo y la que nos ha marcado a lo largo de los siglos, ya en la Carta a Diogneto, del siglo II d.c, se describe a los cristianos de esta forma: “Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el Cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo, y abundan en todo. Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados a muerte, se alegran como si les diera la vida”.
     Así, los cristianos de todo el mundo, en Oriente y Occidente, se unirán a la misma vida cristiana que se ha tenido desde la primera venida de Cristo, y que se tendrá hasta su segunda: una vida marcada por el profundo amor a Dios que conlleva al amor de los demás, a una paz y alegría características, pero también al sello ya anunciado de la persecución, la marca inescindible del dolor que cobra un nuevo sentido a la luz de la Cruz. Nos reconfortamos en la unidad de los hermanos de todo el mundo, bajo la protección de nuestra Madre la Virgen, y nos consolamos con la visión de Cristo crucificado y resucitado como modelo de santidad; así, se cobran nuevas fuerzas para continuar con la misma tarea encomendada de anunciar la Verdad. Ayer, hoy, y siempre.


domingo, 12 de enero de 2020

LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 12 DE ENERO DEL 2020, FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR - (Comentario de +Francisco Cerro Chaves-Arzobispo electo de Toledo Administrador Apostólico de Coria-Cáceres)

«ESTE ES MI HIJO AMADO, EN QUIEN ME COMPLAZCO»

Mt. 3,13-17
    
     En aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se presenta a Juan para que lo bautice. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?». Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia».
     Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».

Otras Lecturas: Isaías 42, 1-4.6-7; Salmo 26; Hechos 10, 34-38

LECTIO:
     El ciclo litúrgico de Navidad concluye con la fiesta del bautismo del Señor junto al Jordán, acto con el cual inicia su ministerio público y la misión encomendada por el Padre.
     El evangelio de este domingo nos describe esa escena, en la que Juan el Bautista está predicando junto al Jordán un bautismo de penitencia, y se le van acercando aquellos que quieren prepararse a la venida del Mesías. Escuchan, hacen penitencia, se reconocen pecadores y entran en el agua con el deseo de ser purificados.
     En esto que entre la multitud se acerca Jesús y se mezcla con los pecadores, siendo él inocente. Y al acercarse al Bautista, éste le reconoce y le señala delante de todos: Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Jesús pide que le bautice, y Juan se resiste: “Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?”. La insistencia de Jesús empuja a Juan a realizar aquel bautismo también sobre Jesús… Cuando Jesús entra en el agua, fue plenificado de Espíritu Santo, el amor del Padre que lo envuelve con su amor, acogiendo el Espíritu Santo…
     A partir de este momento, el agua se ha convertido en vehículo transmisor del Espíritu para todos los que reciban el nuevo bautismo, por el que somos hechos hijos de Dios, amados en el Amado, por la efusión del Espíritu Santo, que nos capacita para la gloria. En el bautismo del Jordán, donde Jesús es sumergido en las aguas, tiene origen nuestro propio bautismo, primero de los sacramentos que nos abre la puerta para todas las demás gracias de Dios en nuestra vida. (+ Demetrio Fernández - Obispo de Córdoba)
           
MEDITATIO:
     En el momento en el que Jesús, bautizado por Juan, sale de las aguas del río Jordán, la voz de Dios Padre se hace oír desde lo alto:
«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».
Y al mismo tiempo el Espíritu Santo, en forma de paloma, se posa sobre Jesús, que da públicamente inicio a su misión de salvación; misión caracterizada por un estilo, el estilo del siervo humilde y dócil, dotado sólo de la fuerza de la verdad. (Papa Francisco)
     Siervo humilde y manso, he aquí el estilo de Jesús, y también el estilo misionero de los discípulos de Cristo: anunciar el Evangelio con docilidad y firmeza, sin gritar, sin regañar a alguien, sino con docilidad y firmeza, sin arrogancia o imposición. La verdadera misión nunca es proselitismo sino atracción a Cristo. (Papa Francisco)
     ¿Cómo se hace esta atracción a Cristo? Con el propio testimonio, a partir de la fuerte unión con Él en la oración, en la adoración y en la caridad concreta, que es servicio a Jesús presente en el más pequeño de los hermanos. (Papa Francisco)
     Esta fiesta nos hace redescubrir el don y la belleza de ser un pueblo de bautizados, es decir, de pecadores —todos lo somos— de pecadores salvados por la gracia de Cristo, insertados realmente, por obra del Espíritu Santo, en la relación filial de Jesús con el Padre, acogidos en el seno de la madre Iglesia, hechos capaces de una fraternidad que no conoce confines ni barreras. (Papa Francisco)
ORATIO:
     Te pedimos Espíritu Santo nos hagas redescubrir el significado de nuestro bautismo como don tuyo y del amor del Padre, y te damos gracias porque has consagrado a Jesús profeta y Mesías y te has manifestado en él con plenitud, para que él pudiera derramar tus dones sobre nosotros.

CONTEMPLATIO:
     Los signos del cielo que tuvieron lugar en aquel momento transcendental de la vida de Jesús debieron impresionar tanto a los testigos del acontecimiento hasta el punto de que los cuatro evangelistas lo narran. Por otra parte,  la teofanía maravillosa en la que el Padre declara que Jesús es el Hijo amado, el predilecto, mientras el Espíritu Santo unge a Jesús en el comienzo de su ministerio público,  es la prueba más palmaria de su mesianidad y el más seguro refrendo de su divinidad. El relato del Bautismo del Señor es además para la Iglesia primitiva la mejor catequesis sobre el significado del bautismo cristiano.
     Efectivamente, la fiesta del Bautismo del Señor evoca el día de nuestro bautismo, el día más importante de nuestra vida, aquella fecha magnífica que todos deberíamos conocer y celebrar más incluso que el día de nuestro nacimiento físico.   En aquel día grandioso fuimos purificados del pecado original y lo que es más importante, fuimos consagrados a la Santísima Trinidad que vino a morar en nuestros corazones. En aquel día memorable recibimos el don de la gracia santificante,, el mayor tesoro que nos es dado poseer en esta vida. Es la vida divina en nosotros,  que nos permite formar parte de la familia de Dios como hijos bien amados del Padre, hermanos del Hijo y ungidos por el Espíritu. En aquel día fuimos  incorporados al misterio pascual de Cristo muerto y resucitado, sacerdote, profeta y rey, y en consecuencia, recibimos una participación de su sacerdocio real y de su condición de profeta, que nos habilitó y destinó al culto, a ofrecer sacrificios gratos a Dios por Jesucristo, y a testimoniarlo con obras y palabras. Al mismo tiempo, al incorporarnos a Cristo, Cabeza del Cuerpo Místico, quedamos incorporados a la Iglesia, la porción más valiosa de la humanidad, la Iglesia de los mártires, de los confesores, de las vírgenes, la Iglesia de los héroes y los santos, que han dado la vida  por Jesús y que nos estimulan con su ejemplo en nuestro caminar (+ Juan José Asenjo Pelegrina - Arzobispo de Sevilla)





   Ahora, sin embargo, hay otra acción de Cristo y otro misterio: Cristo es iluminado, Cristo es bautizado. Meditemos un poco sobre las distintas formas de bautismo. Bautiza Juan con el propósito de suscitar la penitencia; bautiza también Jesús y Él, sí, bautiza en el Espíritu. Éste es el bautismo perfecto. Conozco también otro bautismo, el del testimonio de sangre, que fue impartido también a Cristo mismo y es un bautismo mucho más venerable que los otros, (...) Al hombre ha sido dada toda palabra y para él se ha instituido todo misterio, a fin de que vosotros lleguéis a ser como lámparas en el mundo, potencia vivificadora para los demás hombres (Gregorio Nacianceno).