TIEMPO LITÚRGICO

TIEMPO LITÚRGICO

sábado, 19 de octubre de 2019

LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 20 DE OCTUBRE DEL 2019, 29º DEL TIEMPO ORDINARIO (Comentario de +Francisco Cerro Chaves-Obispo de Coria-Cáceres)


«HAZME JUSTICIA FRENTE A MI ADVERSARIO»

 Lc. 18. 1-8
     En aquel tiempo, Jesús decía a sus discípulos una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer.
     «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En aquella ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario”. Por algún tiempo se estuvo negando, pero después se dijo a sí mismo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a importunarme”».
     Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».

Otras lecturas: Éxodo 17, 8-13; Salmo 120; 2Timoeo 3,14-4,2



     La enseñanza de Jesús sobre la oración no era una cuestión banal. Él quería enseñar a sus discípulos a orar de tal manera que permanentemente pudieran estar hablando-con y escuchando-a Quien permanentemente está dispuesto a acoger nuestras palabras y a dirigirnos las suyas.

     El Maestro les propone una parábola con dos personajes curiosos: un juez y una viuda. La persona más desprotegida que demanda ayuda al juez menos indicado… Dice Jesús que aquél juez terminó por ceder ante la viuda y determinó hacer justicia ante el adversario de ésta… por puro temor y para que le dejasen en paz y para que no lo siguiera fastidiando.
     Aquí se pararía el Señor y les diría a los discípulos: ¿os dais cuenta qué ha hecho este juez injusto? Al final ha hecho justicia ante una pobre mujer que suplicaba. Un hombre que no ha sido capaz de hacerlo por la verdadera razón: el servicio al otro, el derecho del otro, el amor al otro, lo hizo por egoísmo, por amor a sí mismo… pero lo hizo. ¿Y Dios? ¿Qué hará Dios? ¿Cómo se comportará ante sus elegidos que día y noche le gritan y suplican? (+Fr. Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo)


     La parábola contiene una enseñanza importante: «es necesario orar siempre sin desanimarse». No se trata de orar algunas veces, cuando tengo ganas. No, Jesús dice que se necesita «orar siempre sin desanimarse». Y pone el ejemplo de la viuda y el juez. (Papa Francisco)
     Orar “sin desfallecer”. Todos sentimos momentos de cansancio y de desánimo, sobre todo cuando nuestra oración parece ineficaz. Jesús nos asegura que Dios escucha siempre a sus hijos, aunque no significa que lo haga en los tiempos y en los modos que nosotros quisiéramos. (Papa Francisco)
     «No se haga mi voluntad, sino la tuya». El objeto de la oración pasa a un segundo plano; lo que importa antes de nada es la relación con el Padre. Es esto lo que hace la oración: transforma el deseo y lo modela según la voluntad de Dios, cualquiera que esa sea, porque quien ora aspira ante todo a la unión con Dios, que es Amor misericordioso. (Papa Francisco)


     Señor Jesús, enséñanos una oración perseverante, que no ceda a cansancios y desánimos, que no se turbe ante el aparente silencio de Dios.

Señor, regálame la fe inquebrantable
y la confianza insistente
de la viuda desamparada.

« Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche? »


     El cristiano es el que precisamente aprende a vivir desde la inagotable relación con su Dios y Señor, en un continuo cara a cara ante su bendito Rostro, con un constante saberse mirado por los ojos de Otro. Esta Presencia que es siempre compañía y jamás se escurre como fugitiva, no nos ahorra a los cristianos la fatiga apasionante del vivir de cada día con todas sus luces y sus sombras, pero sí que nos permite vivirlo de otro modo, desde otros Ojos que nos ven, desde otro Corazón que nos ama y por nosotros palpita y desde otra Vida que nos acoge regalándonos la dicha.
     La oración, como certeza de una compañía de aquel que nos habla y nos mira, es una educación para la vida: también nosotros cristianos podemos sufrir todas las pruebas, pero nunca con tristeza y desesperanza. La circunstancia puede que no cambie, pero sí nuestro modo de mirarla y de vivirla, porque sabemos que Dios nos la acompaña sin interrupción, en horario abierto y sin declino. (+Fr. Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo)



   Orad sin cesar» nos manda el apóstol Pablo (1 Tes 5,17). Recordando este precepto, Clemente de Alejandría, escribe: «Se nos ha mandado alabar y honrar al Verbo, que sabemos es el Salvador y el Rey, y por él, al Padre, y no tan sólo unos días escogidos, como lo hacen otros, sino constantemente a lo largo de toda nuestra vida y de todas las maneras posibles». En medio de las ocupaciones de la jornada, en el momento de vencer la tendencia al egoísmo, cuando experimentamos el gozo de la amistad con otros hombres, en todos esos momentos el cristiano debe encontrarse con Dios. (San Josemaría Escrivá, Pb)

viernes, 18 de octubre de 2019


20 DE OCTUBRE, JORNADA MUNDIAL DE LAS MISIONES



     El domingo 20 de octubre se celebra en todo el mundo la Jornada Mundial de las Misiones, el DOMUND. Un día dedicado a rezar por la Misión de la Iglesia y a ayudar a los misioneros. Este año, además, tiene un carácter especial pues es el momento principal del Mes Misionero Extraordinario, convocado por el papa Francisco para octubre de 2019, con el lema “Bautizados y enviados, la Iglesia de Cristo en misión por el mundo”. El Santo Padre celebrará la Eucaristía a las 10.30 horas desde la Basílica San Pedro.


     Las Obras Misionales Pontificias son las encargadas de promover esta Jornada. En España, como cada año, hacen públicos unos materiales didácticos y litúrgicos para vivir el DOMUND. También hacen públicos los datos de las misiones y las cifras de la recaudación de la campaña del año anterior.
     En la actualidad hay cerca de 11.000 misioneros españoles en el mundo, según los datos registrados en la base de datos de Obras Misionales Pontificias España:

– Los misioneros españoles están en 134 países.
– El país con más misioneros españoles es Perú (745).
– Unas 387 instituciones envían misioneros a la misión.
– Hay casi 100 obispos, que salieron de España como misioneros y han sido consagrados obispos en la misión

     Las muertes violentas de varios misioneros españoles de este último año les han puesto, desgraciadamente, de actualidad. Hay muchas más razones por las que merecen ser conocidos los 11.000 misioneros españoles y la Misión de la Iglesia católica. El Papa Francisco nos ha dado una ocasión estupenda en octubre 2019 para dar a la Misión el protagonismo que merece. Ha pedido que ese mes de octubre sea un Mes Misionero Extraordinario, dedicado de una forma especial a las Misiones. En ese mes destaca especialmente la Jornada del Domund del 20 de octubre.



PARA EL DIALOGO Y LA MEDITACIÓN

OCTUBRE: MEDITACIÓN SOBRE LA SANTA MISA


     Quisiera saber transmitiros los sentimientos que me embargan al escuchar la segunda parte de la plegaria Eucarística, con una fuerza no menor que cualquiera de los poemas escritos por grandiosos que sean los poetas. Es una oración de súplica y una oración de alabanza dirigida al Padre.
     Me sobrecoge caer en la cuenta de que hay un intervalo de tiempo entre las palabras de la consagración que anuncian la fracción del pan y el momento posterior en que el celebrante lo parte. Me parece que se detiene el tiempo de Cristo, y que en su presencia crucificada, muerto ante nosotros, nada menos que se lo ofrecemos al Padre, como pan de vida y cáliz de salvación y le damos gracias porque por su Hijo nos hace dignos (mucho más que considerarnos dignos) de servirle en su presencia.
     Y en ese momento sobrecogedor, ante Jesús suspendido en la Cruz, le pedimos al Padre – al que todo lo que pidamos en su nombre nos dará- por la unidad de la Iglesia y su perfección por la caridad, por el Papa y todos los pastores, por los difuntos; y para nosotros, misericordia, compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas.
     Si la poesía es palabra emocionada, capaz de suscitar los sentimientos más nobles, la verdad, la belleza y el bien, convierten esta oración en momento en sublime.

3ª PARTE,  RITO DE LA COMUNIÓN

     En esta tercera parte nos acercamos, como en las celebraciones sacrificiales antiguas, al momento en que los fieles somos invitados a participar en la comunión de la víctima pascual sacrificada. Las palabras de Cristo: “el que coma de este pan vivirá para siempre”, centran la tercera parte de la misa. El pan y el vino consagrados por el sacerdote se han transustanciado en el cuerpo y la sangre de Cristo muerto, sí, pero resucitado, vivo para nuestra vida y vivo entre nosotros para crecer en su amor.
     Si en la primera parte alabamos a Dios con himnos hechos por los hombres y lo escuchamos en las lecturas al leer su palabra revelada del Antiguo o del Nuevo testamento y proclamamos el Credo como expresión de la fe de la Iglesia, ratificada por la asamblea de los creyentes. Si en la segunda, en el sacrificio eucarístico alabamos a Dios con himnos aprendidos de los ángeles al entonar el sanctus, o recuperamos la antigua alianza rota por el pecado, mediante el memorial de la muerte y resurrección del Señor ofrecido incruentamente al Padre en unidad del Espíritu Santo, por Cristo con Él y en Él y reconocemos todo el honor y toda la gloria. Será en la tercera parte, cuando Dios mismo se acerca en ágape fraterno, como encuentro personal y alimento para cada uno de los participantes, entrar en nuestra alma y montar un tabernáculo de amor en el interior de cada uno, anciano, joven niño, hombres y mujeres. El Dios escondido entra en intimidad inaudita con cada uno de nosotros, a pesar de nuestra indignidad ontológica, pero debidamente preparados con las ropas apropiadas al banquete de  boda al que hemos sido invitados.
     En esta tercera parte va a tener lugar lo que Santa Teresa llamaba “encuentro de amistad con quien sabemos nos ama”. Es la hora de silencio, para escuchar; de la acción de gracias por tantos beneficios, y de las súplicas por tantas necesidades de nosotros y del mundo entero; es como decía a sus Monjas: Es el momento de la negociación. Santa Teresa y tantos santos, obtuvieron sus gracias, en el encuentro de la comunión. Los adoradores lo prolongamos en la media hora de meditación silenciosa.
     El ara del altar se ha configurado en la mesa del banquete. Aparentemente todo sigue igual, pero ahora, manteles y corporales adquieren protagonismo, vamos a participar en el banquete del Cordero sacrificado, del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
     Dos “amenes lo estructuran” y una cuarta elevación del cáliz y de la Hostia Santa. En el primer amén cerramos la plegaria eucarística con la exaltación por Cristo con Él y en Él, en unión con el Espíritu Santo, al Padre, a quien damos todo honor y toda gloria.
     El segundo amén, es personal, es el que pronunciamos asintiendo a las palabras de quien nos acerca al Señor, nuestro  Amén ratifica la divinidad del cuerpo que recibimos y asentimos al deseo de que este cuerpo sirva de alimento para la vida eterna. La sucesión de cada uno de los elementos va configurando una sinfonía in crescendo. Rezamos el padre nuestro, proclamamos nuestra esperanza en la gloriosa venida de Jesucristo a quien le reconocemos el reino, el poder y la gloria, como Señor del tiempo y de la historia, recordamos que sólo Jesús es el príncipe de la paz de quien procede la paz y la unidad para la Iglesia y para el mismo mundo. Se realiza, en la unión de un fragmento de la Hostia con el vino, gesto menor en apariencia; en la unión del cuerpo y de la sangre se nos presenta visiblemente que Cristo ha resucitado.
     Es en este momento de la fracción del pan, el que en la última Cena tuvo lugar a continuación de la consagración, cuando se termina esa suspensión del tiempo que nos hace contemplar, mientras brotan a sus pies nuestras oraciones, a Cristo pendiente en la cruz, ofrecido al Padre para restaurar la Alianza, al que le dirigimos la segunda parte de la plegaria Eucarística y el comienzo del rito de la Comunión.
     Éste es el momento en que Cristo, como Cordero Pascual que quita el pecado del mundo y que nos trae la Paz, atrae nuestras miradas. Si antes nos dirigíamos al Padre, ahora centramos nuestra atención directamente en Jesucristo, que nos va a llegar como alimento para la vida eterna. Sin la Eucaristía no podemos vivir, sin su comunión se hace largo y pesado el camino. Es la apoteosis del encuentro del creyente en la intimidad de su espíritu con el Señor.
     Tomar conciencia de la maravilla de este misterio nos hace agradecidos. Sin este encuentro es muy difícil la fidelidad. Sin esta experiencia de Dios, sin este encuentro con el Dios personal que nos ama, se reduce la celebración a un rito sociológico de costumbres sin alma, vacío y rutinario. Abandonarnos, en la intimidad, a solas nada menos que con Dios, en Jesucristo y en Él con el  Dios Trinitario, hace del vivir un gozo aún en las adversidades e inclemencias de la vida, porque todo adquiere su verdadero sentido.
     La oración última de comunión refuerza el don recibido y suplica a Dios su eficacia sobrenatural en nosotros.
     Dos momentos os ofrecemos a vuestra consideración: el padre nuestro y el rito de conclusión.
     Incrustada en la liturgia de la misa aparece solemnemente la oración que el mismo Cristo nos enseñó. Es una oración sin duda para repetirla en todo tiempo y lugar, como modelo perfecto de oración de alabanza y de súplica. Pero es en este momento de la misa cuando adquiere sentidos y resonancias inimaginables humanamente. ¡Qué audacia la nuestra! Nada menos que llamar a Dios Padre y no metafóricamente como a los antiguos dioses, sino realmente por ser hijos adoptivos rescatados y redimidos por el Verbo encarnado.
     Cuando lo rezo en la misa me parece hacerlo primigeniamente, como si fuera la primera vez en el mundo; precisamente porque lo hacemos a continuación de haber alcanzado la restauración de la Alianza por Cristo. Por ello el celebrante nos invita:
     Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
     O bien:
     Llenos de alegría por ser hijos de Dios, digamos confiadamente la oración que Cristo nos enseñó.
     Son dos fórmulas que hacen referencia, la primera a nuestra audacia de atrevernos a llamar Padre a nuestro Dios; la segunda a la alegría por la filiación divina que se nos ha concedido.
     Son como dos aldabonazos que resuenan al rezar el padrenuestro. Uno mira al asombro y al agradecimiento. El otro al Señor que vamos a recibir en el banquete de la comunión, y que hace que adquieran sentidos especiales el pan nuestro que pedimos para cada día, además del que satisface nuestras necesidades materiales, el perdón de los pecados, el librarnos de la tentación y el librarnos del Mal.
     El segundo momento que queremos destacar es el rito de conclusión. Parece que el final se precipita como si tras un ritmo sosegado, tuviéramos prisa por concluir. Y, sin embargo, en su brevedad, es un colofón cargado de sentido y de unción. Nada menos que el deseo de que Dios nos acompañe a lo largo de la semana, día a día, momento a momento. No es una fórmula vacía ni trivial. El celebrante pronuncia un deseo para toda la asamblea: El Señor esté con vosotros y respondemos: y con tu espíritu. Pero a continuación pronuncia la bendición de Dios. Nada menos que el reconocimiento de Dios por haber participado en el misterio y celebración tan sobrenatural, que nos imparte el bien que necesitamos.
     Pero queda algo muy importante, consecuencia de la bendición de Dios. Si asiste un diácono, él lo proclama. Podéis ir en paz. Demos gracias a Dios. No es que se nos avisa que ya podemos irnos, aunque sea en paz. Ite, misa est. No, de ninguna manera.  Los frutos de los dones recibidos están para ser distribuidos en medio del mundo. Nuestra eucaristía tiene que dar sus frutos precisamente al salir de la iglesia. De entre las fórmulas posibles me parece muy iluminadora la que dice: –“Ite ad Evangelium Domini nuntiandum” (Podéis ir a anunciar el Evangelio del Señor).
Preguntas para el diálogo y la meditación.

¿Qué nos quiere resaltar la Iglesia al introducir una oración de súplica y alabanza entre el instante de la consagración y el posterior de la fracción del pan, momento en el que el sacerdote echa un trocito de la Hostia en el Vino?

¿Por qué Santa Teresa decía que al recibir en nuestro interior a Cristo Eucaristía es el momento propicio para entablar un diálogo de amistad con quien sabemos nos ama y para negociar con Él nuestros asuntos, súplicas, agradecimientos y consuelos?


Realizada la restauración de la Antigua Alianza con la solemne proclamación doxológica de que por Cristo, con Él y en Él le tributamos al Padre   todo honor y toda gloria, ¿Qué nos indica que inmediatamente la criatura, el ser humano, se atreva a llamarle a Dios Padre?

sábado, 12 de octubre de 2019

LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 13 DE OCTUBRE DEL 2019, 28º DEL TIEMPO ORDINARIO (Comentario de +Francisco Cerro Chaves-Obispo de Coria-Cáceres)


«JESÚS, TEN COMPASIÓN DE NOSOTROS»
Lc. 17. 11-19

     Una vez, yendo camino de Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. Cuando iba a entrar en una ciudad, vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros».
     Al verlos, les dijo: «Id a presentaros a los sacerdotes». Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias.
     Este era un samaritano. Jesús, tomó la palabra y dijo: «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?». Y le dijo: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado».

Otras lecturas: 2Reyes 5, 14-17; Salmo 57; 2Timoeo 2, 8-13

     El pecado que se reprueba en este Evangelio, es precisamente el de no tener fe creyendo que se tiene. Aquellos leprosos que no volvieron a dar gracias a quien le había curado, no eran extranjeros sino judíos, consideraban que tenían “derecho” a la curación, que era lo menos que podía hacer por ellos “su” Dios. De manera que aquella curación fue recibida como quien recibe su correspondiente pago por los servicios prestados.
     Sin embargo había otro leproso, que por no tener no tenía ni el pasaporte judío. Este leproso era extranjero, sin derechos oficiales ante Dios. Lo cual significaba que si sucedía lo que de hecho sucedió, no era más que por un puro regalo indebido, por una gracia inmerecida, por un don inesperado.
     No basta con pertenecer oficialmente a una comunidad de salvación, como era la judía, y como es nuestra Iglesia Si Dios nos concede cualquier gracia, es por pura gracia, (+Fr. Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo)
 MEDITATIO:
    Recobran la salud mientras van de camino, después de haber obedecido a la palabra de Jesús. Entonces, llenos de alegría, se presentan a los sacerdotes, y luego cada uno se irá por su propio camino, olvidándose del Donador, es decir del Padre, que los ha curado a través de Jesús, su Hijo hecho hombre. (Papa Francisco)
     Es fácil ir al Señor para pedirle algo, pero regresar a darle las gracias… Por eso Jesús remarca con fuerza la negligencia de los nueve leprosos desagradecidos: «¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?». (Papa Francisco)
     Para saber agradecer se necesita también la humildad Preguntémonos ― nos hará bien― si estamos dispuestos a recibir los dones de Dios o si, por el contrario, preferimos encerrarnos en las seguridades materiales, en las seguridades intelectuales, en las seguridades de nuestros proyectos. (Papa Francisco)

ORATIO:
     Señor Jesús, concédenos ojos para descubrir las maravillas que vas haciendo en nosotros para sanarnos de la enfermedad de nuestro pecado.
Que experimente, Señor, tu misericordia
sobre mi miseria, mira mi lepra,
ayúdame a mirar la de mis hermanos.

CONTEMPLATIO:
« los otros nueve, ¿dónde están? »
      En la curación de estos diez leprosos aparece la fuerza de Cristo que es capaz de librarnos de nuestras lepras. Son lepras nuestros vicios y pecados, nuestras adicciones y desesperanzas, nuestra propia historia que cada uno bien conoce
     Uno de los peores males de nuestro tiempo es la pérdida del sentido del pecado, decía ya Pio XII. Y hemos ido a peor en sentido generalizado. Para mucha gente el sentido del pecado sería como un sentimiento insano de culpa, como una represión educacional, que habría que erradicar considerándolo todo como normal, o a lo sumo con un margen de error, y que habría que liberar con técnicas psicológicas del profundo. Ciertamente, el sentido del pecado proviene del sentido de Dios. Cuando Dios no está presente, es muy difícil tener conciencia de haberle ofendido
     Diez fueron sanados, uno sólo vino a dar gracias. Quizá los otros nueve se quedaron sólo en lo exterior. Ese que volvió se dio cuenta de la grandeza de haber sido curado y por eso volvió para dar gracias. No seamos desagradecidos, porque es muchísimo lo que hemos recibido, aunque a veces no nos demos cuenta. La plegaria central del culto cristiano es la acción de gracias (en griego, eucaristía) dirigida a Dios Padre por habernos dado a su Hijo Jesucristo y en él nos lo ha dado todo... (+ Demetrio Fernández - Obispo de Córdoba)



   Dichoso este leproso samaritano que reconoció que «no tenía nada que no lo hubiera recibido» (1Co 4,7)… Os ruego, pues, hermanos, mantengámonos cada vez más humildes bajo la poderosa mano de Dios (1P 5,6)… Mantengámonos con gran devoción en la acción de gracias y nos concederá la única gracia que puede salvar nuestras almas. Seamos agradecidos, no sólo de palabra o con la punta de los labios, sino por las obras y en verdad.(San Bernardo, abad).

(2 Tm 1, 14)



OCTUBRE 2019

«Conserva el buen depósito mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros» (2 Tm 1, 14)

     El apóstol Pablo escribe a Timoteo, con quien ha compartido su actividad evangelizadora y a quien ha encomendado la comunidad de Éfeso.
     Timoteo ha recibido el depósito de la fe cristiana tal como lo transmitieron los apóstoles, y tiene la responsabilidad, a su vez, de comunicarlo fielmente a las generaciones sucesivas. Para Pablo esto significa estar incluso dispuesto a dar la vida con tal de difundir la alegre noticia que es el Evangelio.
     Pablo y Timoteo han recibido el Espíritu Santo como luz y garantía para su irremplazable tarea de pastores y evangelizadores. A través de su testimonio y el de sus sucesores ha llegado hasta nosotros el anuncio del Evangelio.
     Del mismo modo, cada cristiano tiene su propia «misión» dentro de la comunidad social y religiosa: construir una familia unida, educar a los jóvenes, comprometerse en política y en el trabajo, cuidar de las personas vulnerables, iluminar la cultura y el arte con la sabiduría que da vivir el Evangelio, dedicar la vida a Dios para servir a los hermanos.
     Es más, «[...] cada hombre y mujer es una misión [...]»[1]. El mes de octubre de 2019 ha sido proclamado por la Iglesia Católica «mes misionero extraordinario». Podemos aprovechar para renovar conscientemente el compromiso de testimoniar nuestra fe con el corazón abierto y dilatado por el amor evangélico, que genera acogida, encuentro y diálogo[2].
«Conserva el buen depósito mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros».
     Cada cristiano es «templo» del Espíritu Santo, que permite descubrir y conservar el «buen depósito» que se le ha encomendado para aumentarlo y ponerlo al servicio de todos. El primero de sus «tesoros» es la fe en el Señor Jesús.
     Cuenta un sacerdote: «Se me ha encomendado cuidar de los fieles de una gran iglesia católica en una metrópolis brasileña. En muchos casos las personas con las que me cruzo no tienen una identidad religiosa definida, participan tanto en la misa como en otras ceremonias tradicionales antiguas. Soy responsable de transmitir la fe cristiana con fidelidad al Evangelio, pero también deseo que todos se sientan acogidos en la parroquia. Para valorar las raíces culturales de estas personas, se me ocurrió celebrar una misa más festiva, con instrumentos musicales típicos de sus culturas. Es un reto laborioso, pero que da alegría a todos, pues en lugar de dividir a la comunidad, nos une en lo que compartimos: la fe en el Dios que nos da la alegría».
«Conserva el buen depósito mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros».
     Otro tesoro inestimable que hemos recibido del propio Jesús es su palabra, que es palabra de Dios.
     «[...] Dios nos dio su palabra para que la hiciésemos fructificar. [...] ¿Cómo viviremos la Palabra de vida de este mes? Amando la palabra de Dios, procurando conocerla cada vez mejor y sobre todo poniéndola en práctica con más generosidad cada vez, de modo que se convierta realmente en el alimento básico de nuestra vida espiritual, en nuestro maestro interior, que guía nuestra conciencia, el punto de referencia inquebrantable de todas nuestras decisiones y de todas nuestras acciones. [...] Hay mucha desorientación y confusión en las conciencias, todo tiende a relativizarse y a ofuscarse. Viviendo la palabra de Dios no solo estaremos provistos contra este grave peligro, sino que, según una significativa expresión de Jesús (cf. Mt 5,15-16), seremos lámparas encendidas que, con su luz, ayudarán también a los demás a orientarse y a encontrar de nuevo el camino recto»[3].

Leticia Magri


[1] Cf. FRANCISCO, Mensaje para la Jornada Misionera Mundial de 2018
[2] Para más información, cf. www.october2019.va
[3] C. LUBICH, «Palabra de vida octubre 1991», Ciudad Nueva n. 270 (10/1991), p. 33


VIGILIA INTERDIOCESANA DE CONSAGRACIÓN DE LA ADORACIÓN NOCTURNA ANDALUZA AL SAGRADO CORAZON DE JESÚS

     Convocados por las vocalías de Zona de la Adoración Nocturna de Andalucía y bajo el auspicio del Consejo diocesano de Córdoba, pudimos reunirnos en la tarde-noche del 5 de Octubre en la ciudad de Córdoba, junto a los Consejos diocesanos de Asidonia-Jerez, Cádiz-Ceuta, Málaga, Sevilla y el anfitrión, unos doscientos Adoradores Nocturnos invitados a conseguir los beneficios espirituales otorgados dentro del Año Jubilar diocesano.

      

     Reunidos en la Iglesia de San francisco y San Eulogio macharnos hacia el Patio de los Naranjos de la S. I. Catedral, donde el Presidente diocesano nos dio la bienvenida, mostrando su gratitud a todos los presentes por el esfuerzo realizado para asistir a esta Solemne Vigilia Jubilar y destacando, con cierto humor, la exclusividad de ésta ya que la próxima no se celebrará hasta pasados cien años.
     Con la procesión de Banderas, desde la Puerta de la Palma y alrededor del Patio de los naranjos, comenzó nuestra Vigilia de Adoración con la Santa Misa, presidida en ésta ocasión por el Obispo de la diócesis D. Demetrio, y concelebrada con fray Francisco ofm.


     En una entrañable homilía, D. Demetrio nos dio la bienvenida a esta S. I. Catedral, que con motivo del año Jubilar en la Diócesis por los noventa años de la erección del gran monumento al Sagrado Corazón en el que Córdoba se consagró al Amor de Cristo (24/10/1929), coincidiendo con el Centenario de la Consagración de España, nos reúne para poder renovar las de nuestras personas, familias y actividades al Corazón de Jesús.
     -“La palabra de Dios proclamada nos invita a pedirle al señor, como los apósteles -“SEÑOR AUMENTANOS LA FE”-, en una petición que debe convertirse en jaculatoria para nosotros y en una petición frecuente... La Fe nos hace ver las cosas como las ve Dios. Nos da una visión de las cosas como son, de la realidad con mayúsculas, ver las cosas de la vida sin Fe es un continuo absurdo. La Fe no se inventa la realidad, no cambia la realidad, sino que la ilumina… Sin la luz de Dios lo vemos todo distorsionado, expuesto a cualquier cataclismo, sin la luz de Dios la vida no tiene sentido, -“SEÑOR AUMENTANOS LA FE”-
     Esta Vigilia nos ha traído algunos de más lejos a otros de más cerca, pero todos en torno a un mismo Misterio, el Misterio de la fe… La Eucaristía es el sacramento que alimenta la Fe y la hace crecer… Por eso un adorador/a alimenta su Fe en su Vigilia nocturna donde no sólo ofrece  al señor el obsequio de la Fe sino el del sacrificio de la comodidad, en esa disciplina que ha fraguado tantas generosidades de jóvenes y adultos, de matrimonios, de consagrados y sacerdotes…
     La Adoración Nocturna tiene este alimento permanente y la adoración a la Custodia nos hace crecer continuamente en la fe.”-
     Finalizada la homilía pronunció D. Demetrio la oración de Consagración de la Adoración Nocturna Española, -“poniéndola a los pies su Divina Majestad para que todas sus intenciones, acciones y operaciones sean siempre ordenadas en servicio y alabanza de Jesús Sacramentado”-, (San Ignacio de Loyola).

       

     Acabada la Eucaristía y expuesto el Santísimo, comenzaron los diferentes Turnos de vela que concluyeron, avanzada ya la madrugada,  con el Santo Rosario y el rezo de Laudes; marchando a continuación en procesión con S. D. Majestad por las columnas de la Mezquita-Catedral y por el Patio de los naranjos, para desde el altar preparado proceder a la Bendición de los Campos y los asistentes.
     

     Con la despedida del Presidente Diocesano se puso rumbo a las poblaciones de destino.
     Es de justicia agradecer al Consejo Diocesano y a la Sección de Córdoba –de manera particular a sus Presidentes- la magnífica acogida recibida, así como a todos los que han colaborado en su realización. El buen hacer de la formidable coral y el oficio de Fray Francisco ofm.