TIEMPO LITÚRGICO

TIEMPO LITÚRGICO

sábado, 5 de octubre de 2019

LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 6 DE OCTUBRE DEL 2019, 27º DEL TIEMPO ORDINARIO (Comentario de +Francisco Cerro Chaves-Obispo de Coria-Cáceres)

«SEÑOR, AUMÉNTANOS LA FE»

Lc. 17. 5-10
     En aquel tiempo, los apóstoles le dijeron al Señor: «Auméntanos la fe». El Señor dijo: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, y os obedecería. ¿Quién de vosotros, si tiene un criado labrando o pastoreando, le dice cuando vuelve del campo: “Enseguida, ven y ponte a la mesa”? ¿No le diréis más bien: “Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú”? ¿Acaso tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado?
     Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: “Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer”».

Otras lecturas: Habacuc 1, 2-3;2,3-4; Salmo 94; 2Timoeo 1,6-8.13-14

     Están Jesús y los discípulos frente a frente, y se plantea un tema tan básico como el de la fe. Ellos ven la desproporción entre lo que el Maestro propone y lo que de hecho sus vidas dan de sí. Por eso aquella petición con un humilde realismo por parte de aquellos hombres: “auméntanos la fe”. Es la experiencia de vértigo ante Alguien grande, ante un maestro diferente en Israel.
     Jesús provoca a sus discípulos de frágil fe, utilizando el recurso de la paradoja: creer hasta lo imposible –trasplante de la morera al mar–. Sin duda quedarían completamente descolocados. Porque creer no es una postura fingida, sino la adhesión de toda la persona.
En segundo lugar, una fe que es un don. La adhesión a Dios que transforma en posibles los imposibles, no es fruto del empeño, ni del noble esfuerzo, sino una gracia que Dios concede a quien la pide y la acoge. De modo que es impropio ponerle un precio a lo que se ha recibido gratis. Es lo que Jesús explica con el ejemplo del criado del campo: “somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”. (+Fr. Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo)

MEDITATIO:
     Jesús nos hace comprender que fe y servicio no se pueden separar, es más, están estrechamente unidas, enlazadas entre ellas. La vida cristiana de cada uno viene de lejos, y es un don que hemos recibido en la Iglesia y que proviene del corazón de Dios, nuestro Padre, que desea hacer de cada uno de nosotros una obra maestra de la creación y de la historia. (Papa Francisco)
     En el Evangelio de hoy, Jesús nos pide, incluso con palabras muy fuertes y radicales, una disponibilidad total, una vida completamente entregada, sin cálculos y sin ganancias… Porque él nos ha amado de ese modo, haciéndose nuestro siervo «hasta el extremo», viniendo «para servir y dar su vida». (Papa Francisco)
    Estamos llamados a servir… para imitar a Dios, que se hizo siervo por amor nuestro. Estamos llamados a vivir sirviendo. El servicio es un estilo de vida, más aún, resume en sí todo el estilo de vida cristiana: servir a Dios en la adoración y la oración; estar abiertos y disponibles; amar concretamente al prójimo; trabajar con entusiasmo por el bien común. (Papa Francisco)

ORATIO:
     ¡Señor auméntanos la fe! En cualquier situación, Señor aumenta mi fe. Dame una actitud de servicio y de disponibilidad. Me uno a san Agustín diciéndote: “Dame lo que mandas y manda lo que quieras”.
¡Señor aumenta mi fe!,
que mi vida sea un servicio gratuito
a favor de los hermanos.

CONTEMPLATIO:
«Si tuvierais fe como un granito de mostaza…»
     Hoy también nos provoca Jesús, cuando nos asomamos a tantos imposibles como nuestro mundo tiene planteados: violencias, corrupciones, hambres, inhumanismos, increencia, desencantos… No es un desafío a nuestra habilidad o estrategia, sino a nuestra fe, porque la solución de nuestros contenciosos no pasa simplemente por nuestras estrategias, sino por la realización del proyecto de Dios sobre la historia. El Reino.
     Tener fe es adherirse a Dios y a su proyecto, haciéndolo realidad, sueño cumplido y no pesadilla a olvidar. Apasionarse por ese diseño divino, con todo el corazón y con toda la inteligencia… llegados a este punto de ver cómo es nuestra fe, acabamos diciendo aquello de los discípulos: “Señor, auméntanos la fe”. (+Fr. Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo)


   Tened fe. Mas, para tener fe, orad con fe. Pero no podéis orar con fe sin tener fe, pues ninguna cosa ora sino la fe. Entonces, ¿diste tú primeramente algo a Dios, y algo que no te había dado Él? Hombre mentiroso, ¿hallaste qué darle? ¿De dónde lo obtuviste? ¿Qué podías darle? ¿Tenías algo? ¿Qué tienes que no hayas recibido? Por lo tanto, dad a Dios de lo que has recibido de Dios. Lo que recibe de ti Él te lo dio. Pues tu mentalidad, antes de que Él te diera, hubiera quedado vacía en extremo. (San Agustín).


viernes, 4 de octubre de 2019

DE LA CARTA PASTORAL DE D. RAFAEL AL INICIO DEL CURSO

OCTUBRE, MES MISIONERO EXTRAORDINARIO

     La Iglesia ha convocado un Mes Misionero Extraordinario para octubre de 2019 con el lema: “Bautizados y enviados: la Iglesia de Cristo en Misión en el mundo”. hemos de preguntarnos: ¿por qué un mes misionero extraordinario? Pues bien, es el deseo del Santo Padre, el Papa Francisco, realizar una amplia celebración que reavive la conciencia bautismal del Pueblo de Dios en su relación con la misión de la Iglesia, con el fin de despertar la conciencia y retomar la responsabilidad de proclamar el Evangelio a todos los hombres. Es el modo de conmemorar la carta apostólica Maximum illud del Papa Benedicto XV, que pedía a los cristianos de 1919, recién terminada la I Guerra Mundial, que se implicasen en un compromiso misionero renovado, como estaban haciendo las iglesias jóvenes con los misioneros de la época, muy activos. Además, se recordaba a todos que el Evangelio y la fe cristiana son el corazón de la misión, y no los colonialismo o nacionalismo que oscurecían la universalidad de la salvación y la catolicidad de la Iglesia.
     Tomar conciencia de la -Missio ad gentes- y asumir la responsabilidad de proclamar el evangelio con un nuevo impulso unen la visión de aquella carta y el deseo de vitalidad misionera que el Papa Francisco expresa en Evangelii Gaudium: “La actividad misionera representa aún hoy día el mayor desafío para la iglesia” (EG 15). Se trata de poner la misión de Jesús en el corazón de la misma Iglesia, transformándola en criterio para medir la eficacia de las estructuras los resultados de su trabajo, la fecundidad de sus ministros y la alegría que ellos son capaces de suscitar. Porque sin alegría no se atrae a nadie” (Francisco. Encuentro con el Comité directivo del CELAM, Bogotá, 7 sept. 2017). Es doloroso escuchar aún acerca de la Iglesia, como dicen algunos, que “sabemos muy bien lo que denuncia, pero no sabemos lo que anuncia.” El Papa Francisco nos dice claramente que existe una jerarquía de verdades y que el kerygma es lo más importante (EG, 36).
     Todos deberíamos vivir en un estado permanente de misión, y nada de lo que hacemos debería olvidar este aspecto. Esto debemos recordarlo las Delegaciones diocesanas, las parroquias, asociaciones y movimientos, las cofradías, las congregaciones religiosas en sus actividades misioneras, educativas o caritativas. Pero debemos tener presente con realismo que es indispensable el compromiso de conversión personal y comunitaria a Jesucristo vivo en su Iglesia para renovar la pasión misionera y evangelizar con ardor. La alegría de vivir la fe y comunicarla nace del amor que genera nuevas relaciones y acciones, se abre a la comunicación, la colaboración y la comunión. Por esta razón el Papa ha sugerido vivir este tiempo extraordinario de misión cultivando el encuentro personal con Cristo, acercándose al testimonio de los santos y de los mártires, incrementando la formación misionera con la catequesis, el conocimiento de la Palabra de Dios, y poniendo en práctica acciones de caridad misionera…
     Este evento –el mes extraordinario– quiere ser el inicio de una aventura de fe, de oración, de reflexión y de caridad, que ha de dar mucho fruto. Debemos alegrarnos porque impulsa desde lo más hondo el movimiento evangelizador que venimos realizando en la diócesis desde hace años. Es más, coincide con él, pues no podría ser de otro modo. No sólo nos da la oportunidad de fortalecer el trabajo misionero que se realiza en los países llamados de misión, sino que nos estimula y anima a ser nosotros mismos enviados del Señor para transmitir la alegría de creer, con palabras y obras. Es una misión esencial a la Iglesia, una tarea ineludible y permanente, su dicha y su vocación propia. Este empeño y preocupación por la salvación de todos ha de marcar la conciencia misionera hacia afuera y la de nuestra comunidad diocesana para sentirse enviada a evangelizar las familias, las parroquias, los alejados de Dios, las escuelas, el mundo de la pobreza y de la marginación, los emigrantes, la juventud, etc. Ser misionero no es un adorno para un cristiano, sino que está en el corazón mismo de la fe de cada bautizado, si se ha encontrado verdaderamente con el Señor. Por consiguiente, todo ha de contribuir para hacer nuestro el anhelo expresado por el Papa Francisco: “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autropreservación” (EG 27).
     Quiera Dios que se cumpla mejor en nosotros el objetivo deseado por el Papa Francisco: que vivamos la Iglesia de Cristo en misión en medio del mundo, como bautizados y enviados por el Señor…
     Con mi afecto de siempre os bendigo a todos

+ Rafael - Obispo de Cádiz y Ceuta


VIGILIA EXTRAORDINARIA INTERZONAS DE ANDALUCÍA


sábado, 28 de septiembre de 2019

VIGILIA EXTRAORDINARIA EN HONOR DE NTRª. SRª. DEL ROSARIO PATRONA DE CÁDIZ


LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 29 DE SEPTIEMBRE DEL 2019, 26º DEL TIEMPO ORDINARIO (Comentario de +Francisco Cerro Chaves-Obispo de Coria-Cáceres)


«HIJO, RECUERDA QUE RECIBISTE TUS BIENES EN TU VIDA…»

Lc. 16. 19-31
     En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos: «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.
     Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”. Pero Abrahán le dijo: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado. Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros”.
     Él dijo: “Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento”. Abrahán le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”. Pero él le dijo: “No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán”. Abrahán le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”».

Otras lecturas: Amós 6, 1a.4-7; Salmo 145; 1Timoeo 6,11-16

      ¿De qué sirve ser el más rico del cementerio? Jesús propone esta parábola a unos fariseos celosos de la Ley y los profetas, amigos de Moisés y de Abrahán, pero que vivían con una cierta esquizofrenia moral y espiritual.
    Jesús en primer lugar relativiza el valor del dinero apelando a su poderío fugaz y a su gloria caduca Epulón y Lázaro eran iguales ante su origen y ante su destino… Lo segundo que destaca Jesús es la infinita diferencia entre el modo de valorar que tiene Dios y aquellos fariseos burlones. Sólo quien entra en la mirada de Dios puede descubrir su secreto, y sólo quien se adentra en su Corazón comprende su riqueza, como el mismo Pablo descubrió.
   Tenemos la experiencia cotidiana de cómo cuando nos alejamos de la visión que Dios tiene de la vida, ésta se deshumaniza. Por eso no es extraño que quienes aman el dinero, no entiendan nada, se irriten e indignen, y hasta decidan matar al mensajero.
     Nuestro mundo… está necesitado de cristianos vivos que desde la trama diaria de su existir enseñan a ver las cosas desde los Ojos de Dios, y amar la vida desde y como Él, ritmando nuestros latires con los de su Corazón, valorando aquello que tiene valor para Él, lo que enajena y enfrenta, lo que adormece e inhibe, y relativizando lo que corrompe y deshumaniza. (+Fr. Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo)

MEDITATIO:
     En la parábola se habla de un hombre rico que no se fija en Lázaro, un pobre que «estaba echado a su puerta». El rico, en verdad, no hace daño a nadie, no se dice que sea malo. Sin embargo, tiene una enfermedad peor que la de Lázaro, que estaba «cubierto de llagas»: este rico sufre una fuerte ceguera, porque no es capaz de ver más allá de su mundo, hecho de banquetes y ricos vestidos. (Papa Francisco)
     El rico no ve más allá de la puerta de su casa, donde yace Lázaro, porque no le importa lo que sucede fuera… Sólo la apariencia y no se fija en los demás, porque se vuelve indiferente a todo. Quien sufre esta grave ceguera adopta con frecuencia un comportamiento «estrábico»: mira con deferencia a las personas famosas, de alto nivel, admiradas por el mundo, y aparta la vista de tantos Lázaros de ahora, de los pobres y los que sufren, que son los predilectos del Señor. (Papa Francisco)
   El Señor nos lo pide hoy: ante los muchos Lázaros que vemos, estamos llamados a inquietarnos, a buscar caminos para encontrar y ayudar, sin delegar siempre en otros o decir: «Te ayudaré mañana, hoy no tengo tiempo, te ayudaré mañana». El tiempo para ayudar es tiempo regalado a Jesús, es amor que permanece: es nuestro tesoro en el cielo, que nos ganamos aquí en la tierra. (Papa Francisco)

ORATIO:
   Señor hazme sensible al dolor ajeno. Que no pase desapercibido de aquel que llega a mí y sufre, del que veo por la calle y gime, del que me está esperando y todavía no sé en dónde.
Cambia, Señor, mi corazón de piedra
en uno de carne y hueso,
para así cumplir mi misión
de ser sal de la tierra y luz del mundo.
«entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso»

     La vida que continúa después de la muerte pone las cosas en su sitio, y a la luz de esa última realidad hemos de vivir la vida presente…
     Varias lecciones nos da Jesús con esta parábola. En primer lugar, que la vida no es para disfrutarla sin medida. Estamos hechos para la felicidad, sí; pero no para esa vida sensual, que nos va disolviendo en vez de construirnos. Pasarlo bien, disfrutar de los placeres de este mundo, darse la “buena vida” no conduce a nada bueno, además de que crea adicciones insaciables. Al contrario, nos va cerrando el corazón y no va haciendo incapaces de amar. Por el contrario, las penas de cada día aceptadas con humildad y ofrecidas con amor, nos ensanchan el corazón y nos hacen capaces de disfrutar ya desde ahora de la felicidad que Dios nos tiene preparada y que nunca acaba.
   Y en segundo lugar, una vida disoluta nos hace desentendernos de los demás. Sólo piensa en sí mismo, no le conmueven las necesidades de los demás, se hace insolidario. Si el rico Epulón hubiera abierto los ojos a los pobres de su entorno, hubiera detenido su mala marcha mucho antes. El contacto con los pobres nos abre a la verdad de nosotros mismos, los pobres nos evangelizan al recordarnos que nosotros también somos necesitados y al ponernos delante de los ojos personas y situaciones que nos conmueven y nos sacan de nuestros esquemas. Compartir las penas de los demás nos hace más humanos, más solidarios, nos hace bien al sacarnos de nuestro egoísmo.  (+ Demetrio Fernández - Obispo de Córdoba)


   Aprended a ser ricos y pobres tanto los que tenéis algo en este mundo, como los que no tenéis nada. Pues también encontráis al mendigo que se ensoberbece y al acaudalado que se humilla. Dios resiste a los soberbios, ya estén vestidos de seda o de andrajos; pero da su gracia a los humildes ya tengan algunos haberes mundanos, ya carezcan de ellos. Dios mira al interior; allí pesa, allí examina. (S. Agustín de Hipona)

sábado, 21 de septiembre de 2019

CONVOCANDO VIGILIA EXTRAORDINARIA


LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 22 DE SEPTIEMBRE DEL 2019, 25º DEL TIEMPO ORDINARIO (Comentario de +Francisco Cerro Chaves-Obispo de Coria-Cáceres)

«NO PODÉIS SERVIR A DIOS Y AL DINERO»


Lc. 16. 1-13

     En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Un hombre rico tenía un administrador, y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: “¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido.”
     El administrador se puso a echar sus cálculos: “¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa.” Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero: “¿Cuánto debes a mi amo?” Éste respondió: “Cien barriles de aceite.” Él le dijo: “Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta.” Luego dijo a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?” Él contestó: “Cien fanegas de trigo.” Le dijo: “Aquí está tu recibo, escribe ochenta.”
     Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz. Y yo os digo: Ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas. El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado. Si no fuisteis de fiar en el injusto dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará? Ningún siervo puede servir a dos amos, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero».

Otras lecturas: Amós 8,4-7; Salmo 112; 1Timoeo 2,1-8

     Pocas veces Jesús se pone tan tajante como en el evangelio de este domingo. Junto al evangelio de la misericordia –Dios nos perdona siempre-, está también la disyuntiva de ponernos o de parte de Dios o alimentar los ídolos de nuestro corazón: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13). No es compatible lo uno con lo otro, aunque nosotros pretendamos a veces poner una vela a Dios y otra al diablo. ¿De dónde viene esta incompatibilidad? El dinero no es malo en sí mismo, más aún es necesario para sobrevivir. Por medio del dinero atendemos nuestras necesidades básicas de alimentación, vestido, casa, atención a la salud, etc.
     La clave de la disyuntiva no está por tanto en el dinero, sino en la alternativa de confiar en Dios o confiar en nuestros medios... Cuando esta actitud se hace viciosa, entonces tenemos la codicia, la avaricia. Este vicio consiste en el deseo desordenado de tener más. Y no sólo dinero, sino cualquiera de los bienes de este mundo. La codicia, como cualquier otro vicio, nunca se ve satisfecha... Y el avaricioso no descansa nunca con lo que tiene ni se amolda a las posibilidades que la vida le ofrece. El dinero entonces esclaviza, se convierte en un ídolo, la avaricia es una idolatría: “Apartaos de toda codicia y avaricia, que es una idolatría” (Col 3,5), nos dice el apóstol san Pablo.
     No podéis servir a Dios y al dinero, porque el servicio a Dios no esclaviza nunca, sino que nos hace libres. Mientras que el servicio al dinero esclaviza siempre y es origen de muchos males. (+ Demetrio Fernández - Obispo de Córdoba)

MEDITATIO:
     El administrador en este evangelio se presenta como ejemplo de astucia. Es acusado de mala administración de los negocios de su señor y, antes de ser apartado, busca astutamente ganarse la benevolencia de sus deudores, condonando parte de la deuda para asegurarse, así, un futuro. Comentando este comportamiento, Jesús observa: «los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz». (Papa Francisco)
     El recorrido de la vida necesariamente conlleva una elección entre dos caminos: entre la honestidad y deshonestidad, entre fidelidad e infidelidad, entre egoísmo y altruismo, entre bien y mal. No se puede oscilar entre el uno y el otro, porque se mueven en lógicas distintas y contrastantes. (Papa Francisco)
     Es importante decidir qué dirección tomar y después, una vez elegida la adecuada, caminar con soltura y determinación, confiando en la gracia del Señor y en el apoyo de su Espíritu. «Ningún criado puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro»… Jesús hoy nos exhorta a elegir claramente entre Él y el espíritu del mundo, entre la lógica de la corrupción, del abuso y de la avidez y la de la rectitud, de la humildad y del compartir.. (Papa Francisco)

ORATIO:
Te alabamos y te bendecimos, Señor Jesús, por tu inmenso amor. Te pedimos la gracia de conocerte cada día más íntimamente, a fin de amarte con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente, con toda nuestra vida.
Partir…sencillamente para hacer posible
el compartir, como Tú, Señor.

CONTEMPLATIO:
«Ningún siervo puede servir a dos amos,… »
     El que es fiel en lo poco, lo será también en lo mucho. Que viene a decir: todo aquello que te gustaría cambiar de un mundo demasiado cruel, empieza por cambiarlo en tu propia casa, en tu corazón…
     La llamada de Jesús es clara: no podemos tener dos patrones, dos amos. O nos adherimos al diseño de Dios, a su proyecto de humanidad, de civilización del Amor, o nos apuntamos a la barbarie en la que termina siempre toda pretensión que censura algún aspecto del corazón del hombre.
     Sin Dios, sin este “amo” tan especial que nos hace libres, es muy difícil hacer un mundo que sepa a justicia, a limpieza, a paz, a respeto, a libertad, a felicidad. Metamos al Señor en nuestras cosas y en nuestras casas, sin fanatismos pero sin complejos. Porque sólo quien ama de verdad a Dios llega a no despreciar al hombre hermano. (+Fr. Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo)


   Poseemos la voluntad, que el hombre puede ejercer a su pleno albedrío y que recibió su don gratuito del mismo Dios desde la creación, pero de la que tendrá que rendir estrecha cuenta a su Señor. Siempre que el hombre se ejercita en actos de virtud, ayudado de la divina gracia, de la que procede todo bien, tenga presente esto: que ejerciendo el pleno dominio de su libertad complace a Dios, pero, si renuncia a su voluntad para colocarse en los brazos amorosos del Señor, le agrada más y se perfecciona en mayor escala. (S. José de Copertino)

viernes, 20 de septiembre de 2019

PARA EL DIALOGO Y LA MEDITACIÓN












SEPTIEMBRE: MEDITACIÓN SOBRE LA SANTA MISA



SIEMPRE Y EN TODO LUGAR


   Además de los salmos de alabanza, dos himnos acompañan la historia de la Iglesia: el Te Deum laudamus y el Gloria in excelsis Deo.
   El primero  suele ser entonado en momentos de celebración. El himno continúa siendo regularmente utilizado por la Iglesia católica, en el Oficio de las Lecturas encuadrado en la Liturgia de las Horas. También se suele entonar en las misas celebradas en ocasiones especiales, como en las ceremonias de canonización, la ordenación de presbíteros, proclamaciones reales, etc. Los cardenales lo entonan tras la elección de un papa. Posteriormente, los fieles de todo el mundo para agradecer por el nuevo papa, se canta este himno en las catedrales.
   El segundo, el gloria, protagoniza la alabanza, como una explosión de sentimientos, en la liturgia de la palabra. Es una alabanza trinitaria, que proclama el creyente, exultante de gozo,  por eso le desbordan las palabras que brotan incontinentes de su boca “te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias”, al Padre, Rey celestial y todopoderoso; al Hijo único Jesucristo, al que le cantamos su peculiar grandeza y le pedimos piedad, oído a nuestras súplicas y una  vez más piedad porque Él nos quita el pecado del mundo. Y al final una apoteosis triunfal, en que Cristo, en unión con el Espíritu Santo, se manifiesta lleno de gloria y Majestad como lo vio el protomártir, San Esteban, sentado en la Gloria del Padre.
   Cuando medito en este asombroso himno recuerdo la expresión con que iniciamos la plegaria eucarística: “En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, darte gracias siempre y en todo lugar”. Efectivamente este himno expresa lo que en deber de justicia mediante la virtud de la piedad, debiéramos proclamar en todo lugar, no sólo en la iglesia, sino en el monte, en los caminos, en la cocina, al amanecer y al atardecer, porque es de justicia por eso es nuestro deber; pero es además necesario para nuestra salvación. El gloria es un himno que desde la fe ha de proclamar el creyente en todo tiempo y lugar y os diría que sería el himno de toda persona de buena voluntad. Así comienza el himno: “Gloria a Dios en el cielo y Paz para los hombres de buena voluntad”.
    Pero además, teniendo en cuenta la totalidad del texto de la misa, se me convierte en contrapunto significativo, pues aquí alabamos directa y personalmente a Dios. Permitidme que os lo diga así: para entonar el gloria no necesitaríamos estar en el templo. Sin duda supone una explosión de entusiasmo al Dios que nos va a hablar en la liturgia de la palabra. Pero el todavía más, lo sublime de la celebración eucarística es el sacrificio que ofrecemos al Padre en unidad con el Espíritu Santo, no en palabras y deseos, sino en obras: el cordero pascual inmolado, se lo ofrecemos al Padre, unidos a Cristo, agarrados fuertemente a su ofrenda pascual. ¡Es asombroso! Para celebrar la eucaristía necesitamos el templo y el altar. Es la oración sublime de la Iglesia. Además de alabarle en todo tiempo y lugar.
   El Credo cierra la liturgia de la palabra con la proclamación de nuestra fe. No es un himno, sino una confesión pública del contenido total de lo que creemos. Es una oración. En tiempos de zozobra o penumbra es una manera oportuna de confirmarnos todos los presentes en la fe de la Iglesia, proclamada ante la asamblea, pero recitada en presencia de Dios. No digo que es un juramento, pero sí una proclamación solemne, que no pronunciamos a humo de pajas ni como quien oye llover. Ahí están todos los misterios de nuestra fe, todos, incluidos los que asaltan desde el asedio del mundo, nuestras zozobras y vacilaciones. Por ello es tan importante pronunciarlo consciente y libremente como antídoto contra las acechanzas del maligno. Por ejemplo, los católicos creemos en la vida eterna y muchas personas todavía en nuestro entorno tienen una idea, aunque borrosa de la vida más allá de la muerte. Pero es difícil encontrar personas que crean en la resurrección de la carne, en que un día los cuerpos que enterramos en debilidad, volverán a surgir de las tumbas a la vida nueva que nos prometió Jesucristo. Y no lo sabemos por argumentos racionales, sino porque creemos en las promesas de Jesucristo, el Verbo de Dios. Cada época ha planteado sus dudas y a cada época ha respondido con firmeza la Iglesia, repitiendo el depósito de la Fe, recibido por medio de los Apóstoles.

2ª PARTE, EL SACRIFICIO O PLEGARIA EUCARÍSTICA

     El centro de nuestra celebración es el altar, no el escenario ni siquiera el proscenio, sino el ara o piedra sobre la que  se va a realizar el sacrificio, siempre incrustadas reliquias de algún mártir; y como segundo elemento indispensable, durante toda la celebración, pero en especial en la  liturgia eucarística, la imagen visible de Cristo crucificado.
     Se ha comparado la celebración eucarística con el género dramático. Sin duda, hay un escenario donde va a tener lugar la representación, el altar; y un actor, el sacerdote, que en nombre de Cristo, va a presentar ante la asamblea la muerte y resurrección del Señor. No se trata de un monólogo en el que en voz alta se comunica el contenido de la celebración. Se trata de un diálogo, a veces con los fieles que responden a sus propuestas; pero siempre, siempre es un diálogo con Dios, el Padre bueno al que dirigimos nuestras alabanzas y súplicas. Sin embargo, no se trata de una representación escénica en que se nos cuenta o evoca algo. Se trata de una presentación en vivo y en directo en que, ante nuestros ojos y oídos, vuelve a acontecer el sacrificio, muerte y resurrección de Cristo en la Cruz, como ofrenda al Padre. No se evoca un acontecimiento pasado. En la representación eucarística vuelve a tener lugar el drama de la cruz.
     En esta segunda parte nos acercamos, como en las celebraciones de la sinagoga al momento en que el sumo sacerdote  entraba en el santa sanctórum, con la diferencia de que en la liturgia romana toda la asamblea asiste y contempla el misterio que estamos celebrando. No entra el celebrante a un lugar escondido ni las cortinas ocultan la presencia de la divinidad. A la vista y oído de todos vamos a ser testigos desde la fe del sacramento de expiación y redención al que vamos a asistir; vamos a recordar el memorial de la muerte y resurrección de Cristo de manera real, aunque incruenta, ofrecida al Padre bajo el soplo del Espíritu Santo para restaurar la alianza rota por el pecado de los hombres.
   Tres secuencias distribuyen esta segunda parte:
     La ofrenda, el prefacio, y la plegaria eucarística, dividida a su vez en dos partes, la consagración o sacrificio y la solemne oración, ante Cristo crucificado, dirigida al Padre.
  Tres pilares sustentan la organización de la Liturgia Eucarística, tres momentos en clímax ascendente en que el celebrante eleva el cáliz y el pan, primero como ofrenda; segundo, como víctima sacrificada presente en la hostia y en el vino, expresión del misterio de nuestra fe; y en el  tercero, la oración eucarística se cierra  con la doxología: «Por Cristo, con Él y en Él...", con la que expresa el celebrante solemnemente la glorificación de Dios. Todo lo demás es la palabra, degustada interiormente en nuestro corazón.
   Como en una sinfonía, la palabra es cambiante y transformadora. Se dirige siempre al Padre, en presencia del Espíritu y espera al Hijo, que desde el cielo ha de bajar al altar, como decimos en el sanctus, bendito el que viene en nombre del Señor. Bendecimos a Dios, Señor del universo, en el ofrecimiento del pan y del vino, lo volvemos a glorificar en el sanctus como Dios y Señor del universo y conscientes de que el prodigio, que va a tener lugar, nos es concedido de lo alto, le suplicamos al Señor, fuente de toda santidad, que santifiques estos dones con la efusión del Espíritu Santo, de manera que sean para nosotros Cuerpo y sangre de Jesucristo nuestro Señor.
   Esto surge desde la voz de alabanza y súplica de toda la Iglesia, como en preparación del momento sublime concedido sólo y directamente por el Señor, cuando mandó en la última cena a sus discípulos: Haced esto en memoria mía. Y es en ese momento cuando el sacerdote con su voz de hombre, da lugar a que sea el mismo Cristo quien pronuncie las palabras del sacramento que convierten realmente el pan y el vino en el cuerpo y la sangre del Señor, según el rito de Melquisedec, en que el pan y el vino suple a todos los animales del sacrificio, y se transforma en el único cordero pascual que quita el pecado del mundo.
     Éste es el misterio de nuestra fe, esto es lo que se ha ocultado a los sabios y entendidos y se lo ha revelado a los pequeños y humildes. No hay palabras, ni culto que con tanta sencillez no sólo aplaque a Dios, sino que nos eleve a hijos y herederos del Padre.
     Hemos pasado de la alabanza humana a la vivencia mistérica del sacramento, sin espasmos, ni estridencias, desde la gozosa experiencia del corazón. El cielo ha abierto su morada y ha acampado en medio de nosotros. Por eso, sin el domingo no podemos vivir. Sublime belleza, sublime verdad, sublime bien.

Preguntas para el diálogo y la meditación.

¿Qué diferencia la espléndida alabanza a Dios que proclamamos en el gloria y la que realizamos en la plegaria eucarística? Por qué la Iglesia limita el gloria a determinados domingos del calendario litúrgico y a fiestas de especial solemnidad? ¿Será para resaltar lo importante e imprescindible?

¿Por qué el sacerdote levanta el cáliz y la Hostia en tres ocasiones  invocando a Dios Padre?  Mientras que la cuarta vez, en el rito de la comunión, se invoca a Jesucristo, como Cordero de Dios?

El sacerdocio ministerial  tiene dos dones que elevan su vocación a elección sagrada: Poder de perdonar los pecados y el poder de transformar el pan y el vino en el Cuerpo y Sangre del Señor.  ¿Por qué el sacerdote no se reduce a un actor escénico que sólo mientras actúa posee el don, sino que imprime en su persona un carácter que le convierte en otro Cristo?