TIEMPO LITÚRGICO

TIEMPO LITÚRGICO

viernes, 23 de agosto de 2019

LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 25 DE AGOSTO DEL 2019, 21º DEL TIEMPO ORDINARIO (Comentario de +Francisco Cerro Chaves-Obispo de Coria-Cáceres)


«"SEÑOR, ¿SERÁN POCOS LOS QUE SE SALVEN?" »

Lc. 13. 22-30

     En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando. Uno le preguntó: "Señor, ¿serán pocos los que se salven?" Jesús les dijo: "Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: "Señor, ábrenos"; y él os replicará: "No sé quiénes sois." Entonces comenzaréis a decir. "Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas."
     Pero él os replicará: "No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados." Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos."

Otras lecturas: Isaías 66,18-21; Salmo 116; Hebreos 12,5-7.11-13

     El tema de la salvación es siempre tratado por Jesús desde la convicción de vivir con esperanza, y el realismo de esforzarnos por entrar por la puerta estrecha.
Muchas veces me he preguntado cual podría ser esa puerta estrecha de la que habla el Señor, y no encuentro más respuesta que su corazón misericordioso. Una puerta que siempre está abierta desde el primer viernes de la historia, y que solo pueden transitar y entrar, los que cimientan su vida sobre la humildad del corazón. No se cimienta la santidad más que en el corazón manso y humilde que se agacha a los pies de los pecadores, y entrega su vida desde su pobreza y su nada, que son las alas que hacen crecer el amor.
     La anchura es la mundanidad de quien no se toma en serio el evangelio, y como dice el papa Francisco, no es coherente con la fe. Como decía San Francisco de Asís, no podemos contemplar al Señor y querer vivir otra vida distinta a la que Él nos propone. No se trata de rigorismo que matan, porque estrechan el corazón hasta dejarlo sin vida. Se trata de vivir lo que dice el salmo, el Señor en el aprieto, en la estrechez, nos distes anchura grandeza y humildad de corazón.
     Existe un camino que lleva a la perdición, al llanto y rechinar de dientes, y que nos pierde, y que es elegir el camino donde el centro soy yo, y todo lo demás queremos que gire en torno a nosotros. (+ Francisco Cerro Chaves - Obispo de Coria-Cáceres)
        
MEDITATIO:
     «Luchad por entrar por la puerta estrecha, porque, os digo, muchos pretenderán entrar y no podrán». Con la imagen de la puerta, Él quiere que sus interlocutores entiendan que no es cuestión de número —cuántos se salvarán—, no importa saber cuántos, sino que lo importante es que todos sepan cuál es el camino que conduce a la salvación. (Papa Francisco)
     ¿Dónde está la puerta? ¿Cómo es la puerta? ¿Quién es la puerta? Jesús mismo es la puerta. Lo dice Él en el Evangelio de Juan: «Yo soy la puerta». Él nos conduce a la comunión con el Padre, donde encontramos amor, comprensión y protección. (Papa Francisco)
     ¿Por qué dice que es estrecha? Es una puerta estrecha no porque sea opresiva; sino porque nos exige restringir y contener nuestro orgullo y nuestro miedo, para abrirnos con el corazón humilde y confiado a Él, reconociéndonos pecadores, necesitados de su perdón. Por eso es estrecha: para contener nuestro orgullo, que nos hincha. (Papa Francisco)
     El Señor nos ofrece tantas ocasiones para salvarnos y entrar a través de la puerta de la salvación. Debemos aprovechar las ocasiones de salvación, porque llegará el momento en que «el dueño de casa se levantará y cerrará la puerta» Pero si Dios es bueno y nos ama, ¿por qué llegará el momento en que cerrará la puerta? Porque nuestra vida es seria y el objetivo que hay que alcanzar es importante: la salvación eterna. (Papa Francisco)

ORATIO:
     Gracias Señor, por invitarnos a caminar hacia “Jerusalén”, un camino difícil, pero pensamos que es el camino de la glorificación, gracias por la invitación al camino de la salvación, por darnos la capacidad de discernir el camino angosto para llegar a ti, gracias por no hacer distinción de los llamados a la salvación…
Jesús, el camino está claro, pero
 siento que me falta fuerza para querer recorrer esa senda…
Dame la luz para comprender que sólo hay un camino…

CONTEMPLATIO:
“Esforzaos en entrar por la puerta estrecha”.
     La puerta angosta de la que habla Jesús, significa que cada uno debe esforzarse para vivir el Evangelio, renunciando a muchos apegos que frenan y dificultan la salvación.
“No sé quiénes sois”.
No basta en decir que soy católico, creo en Dios, si no va acompañado por una conversión de vida. Es la clave para discernir la sinceridad de nuestra actitud y esfuerzo. De poco servirá lo más valioso de nuestras prácticas religiosas (sacramentos, oración, etc.), si en el fondo, no se da el deseo de conversión. No basta con haber enseñado la Palabra de Dios, si no ha ido acompañada la Palabra dicha con la coherencia y sinceridad de vida.



   El evangelio se dirige ante todo a ese Israel que no  quiere admitir la ampliación anunciada por el profeta. Que desconocidos «de Oriente y  Occidente, del Norte y del Sur», vengan «a sentarse a la mesa en el reino de Dios» con los  patriarcas de Israel, es algo tan insoportable para los interlocutores de Jesús que éstos, con  «rechinar de dientes», pasan a convertirse en «últimos», aunque eran los «primeros», e  incluso ya no se les permite entrar. Tienen que reconocer que se comportaron como  auténticos «malvados» cuando se empecinaron en su presunta prerrogativa mientras  comían y bebían con Jesús y éste «enseñaba en sus plazas». Las duras palabras que oyen  por boca de Jesús son palabras de advertencia, de aviso, pero sólo pueden provenir de su  amor. Y aunque al final se les dice que serán «los últimos», conviene no olvidar que este  último puesto (como confirman muchas profecías: Ez 16,63) es ciertamente el lugar de la  vergüenza, pero no el de la desesperación. Hay una esperanza para todo Israel (Rm  11,26). ( Hans Urs Von Balthasar)


sábado, 17 de agosto de 2019

SIETE HÁBITOS DIARIOS PARA LAS PERSONAS QUE DESEEN SER SANTAS



     Nadie nace santo. Se consigue la santidad con mucho esfuerzo, pero también con la ayuda y la gracia de Dios. Todos, sin exclusión, están llamados a reproducir en sí mismos la vida y el ejemplo de Jesucristo, caminar detrás de sus huellas.
     Estás leyendo esto porque estás interesado en tomar tu vida espiritual más seriamente de ahora en adelante. Aceptar de corazón uno de los puntos clave del Concilio Vaticano II: la importancia de la doctrina de la llamada universal a la santidad. También conoces que Jesús es el único camino a la santidad "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida." El secreto de la santidad es la oración constante la cual puede ser definida como el continuo contacto con la Santísima Trinidad: "reza siempre y sin desfallecer" (Lc. 18:1). Hay varios caminos para llegar a conocer a Jesús. Nosotros vamos a hablar brevemente sobre algunos de ellos en este artículo. Si quieres llegar a conocer, amar y servir a Jesús de la misma forma que aprendes a amar y enamorarte de otras personas: tu esposa, miembros de tu familia y amigos íntimos, por ejemplo, pasando un tiempo considerable con él en forma regular y, en este caso básicamente todos los días. El retorno, si lo haces, es la única verdadera felicidad en esta vida y la visión de Dios en la próxima. No hay sustituto a esto.
     La santificación es un trabajo de toda la vida y requiere nuestro determinado esfuerzo para cooperar con la gracia santificante de Dios que viene por medio de los Sacramentos.
   Los siete hábitos diarios que propongo consisten en el ofrecimiento de la mañana, la lectura espiritual (Nuevo Testamento y un libro espiritual sugerido por tu director espiritual), el Santo Rosario, la Santa Misa y Comunión, al menos quince minutos de oración mental, la recitación del Ángelus al mediodía y un breve examen de conciencia por la noche. Estos son los principales medios para alcanzar la santidad. Si eres una persona que quiere llevar a Cristo a otros a través de la amistad, estos son instrumentos con los cuales almacenarás la energía espiritual que te permitirá hacerlo. La acción apostólica sin los sacramentos, volverá ineficaz una sólida y profunda vida interior. Puedes estar seguro que los santos incorporaron por uno u otro camino todos estos hábitos en su rutina diaria. Tu objetivo es ser como ellos, contemplativos en el medio del mundo.
Quiero remarcar varios puntos antes de examinar los hábitos
     Primero; recuerda que el crecimiento en estos hábitos diarios son como una dieta o un programa de ejercicio físico, es un trabajo de proceso gradual. No esperes incorporar los siete o aún dos o tres de ellos en tu agenda diaria inmediatamente. No puedes correr una carrera de cinco kilómetros si antes no te has entrenado. Tampoco puedes tocar a Liszt a la tercera clase de piano. Esta prisa te invita al fracaso, y Dios quiera que tengas éxito tanto en tu ritmo como en el Suyo. Debes trabajar cercanamente con tu director espiritual y gradualmente incorporar los hábitos a tu vida en el período de tiempo que corresponda a tu particular situación. Puede ser el caso que por las circunstancias de tu vida se requiera la modificación de los siete hábitos.
    Segundo; al mismo tiempo tú debes hacer el firme propósito, con la ayuda del Espíritu Santo y tus especiales intercesores, para hacer de ellos la prioridad de tu vida - más importante que comer, dormir, trabajar y descansar-. Quiero aclararte que estos hábitos no se pueden adquirir a la carrera. Ese no es el modo como nosotros queremos tratar a los que amamos. Ellos deben hacerse cuando estemos más atentos durante el día en un lugar en silencio y sin distracciones; donde sea fácil ponerse en presencia de Dios y estar con Él. Después de todo, ¿no es más importante nuestra vida eterna que nuestra vida temporal? Todo esto redundará al momento de nuestro juicio como una cuenta de amor a Dios en nuestro corazón.
     Tercero; quiero dejar en claro que vivir los hábitos no es pérdida de tiempo. No estás perdiendo el tiempo, en realidad lo ganas. Nunca conocerás una persona que viva todos ellos diariamente que sea menos productiva como trabajador o peor esposo o que tenga menos tiempo para sus amigos o no pueda cultivar su vida intelectual. Todo lo contrario, Dios siempre recompensa a los que lo ponen a Él primero. Nuestro Señor multiplicará asombrosamente tu tiempo como multiplicó los panes y los peces y dio de comer a la multitud hasta saciarse. Puedes estar seguro de que el papa Juan Pablo II, la Madre Teresa o San Maximiliano Kolbe rezan o han rezado mucho más que la hora y media que se sugiere en estos hábitos repartidos a lo largo del día.


Padre John McCloskey

domingo, 11 de agosto de 2019

LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 11 DE AGOSTO DEL 2019, 19º DEL TIEMPO ORDINARIO (Comentario de +Francisco Cerro Chaves-Obispo de Coria-Cáceres)

«DONDE ESTÁ VUESTRO TESORO ALLÍ ESTARÁ TAMBIÉN VUESTRO CORAZÓN»

Lc. 12, 32-48

     En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro allí estará también vuestro corazón.

     Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo. Y, si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.»
     Pedro le preguntó: «Señor, ¿has dicho esa parábola por nosotros o por todos?» El Señor le respondió: «¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas?
     Dichoso el criado a quien su amo, al llegar, lo encuentre portándose así. Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes. Pero si el empleado piensa: "Mi amo tarda en llegar", y empieza a pegarles a los mozos y a las muchachas, a comer y beber y emborracharse, llegará el amo de ese criado el día y a la hora que menos lo espera y lo despedirá, condenándolo a la pena de los que no son fieles. El criado que sabe lo que su amo quiere y no está dispuesto a ponerlo por obra recibirá muchos azotes; el que no lo sabe, pero hace algo digno de castigo, recibirá pocos. Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá.»

Otras lecturas: Sabiduría 18,6-9; Salmo 32; Hebreos 11,1-2.8-12

LECTIO:
     La actitud del discípulo ante el don del Reino debe ser de vigilancia porque el Señor viene, aunque no se sepa cuándo. Todas las imágenes dan a entender que es necesaria una actitud de atención, de esfuerzo, de servicio. Esto supone vencer el cansancio de la noche para vigilar y permanecer alertas, como quien cuida su casa para que no la roben. Sin embargo todo ese esfuerzo no tiene comparación con la recompensa: él mismo Señor “lo pondrá al frente de todos sus bienes”.
     En la última parte del texto Jesús sigue enseñando sobre la fidelidad y responsabilidad de aquellos a quienes se encomienda un bien. Ese don no permite negligencia, hay que darse totalmente para corresponder a Aquel que tuvo confianza en nosotros.
     Otra vez más se insiste en las ignorancias sobre el momento de la venida: “estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre”.  Esta ignorancia no es negativa, sino que quiere ponerla como un estímulo para que los discípulos estén siempre atentos sirviendo a los demás, en la espera de la venida definitiva del Señor.

MEDITATIO:
     En el pasaje del Evangelio de hoy, Jesús entre otras cosas dice «Vended vuestros bienes y dad limosna…» Es una invitación a dar valor a la limosna como obra de misericordia, a no depositar nuestra confianza en los bienes efímeros, a usar las cosas sin apego y egoísmo sino según la lógica de Dios, la lógica de la atención a los demás, la lógica del amor. (Papa Francisco)
     La enseñanza de Jesús continúa con tres breves parábolas sobre el tema de la vigilancia. La primera es la parábola de los siervos que esperan por la noche el regreso de su señor. Es la felicidad de esperar con fe al Señor, del estar preparados con actitud de servicio. Él está presente cada día…  Con esta parábola Jesús presenta la vida como una vigilia de espera laboriosa, preludio del día luminoso de la eternidad. Para poder participar se necesita estar preparado, despierto y comprometido con el servicio a los demás, con la tranquilizadora perspectiva de que «desde allí»… será Él mismo quien nos acoja en su mesa. Esto ocurre ya cada vez que encontramos al Señor en la oración, o sirviendo a los pobres, y sobre todo en la Eucaristía. (Papa Francisco)
   La segunda parábola tiene como imagen la llegada imprevisible del ladrón. Este hecho exige una vigilancia: «También vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre». El discípulo es quien espera al Señor y su Reino. (Papa Francisco)
   El Evangelio aclara esta perspectiva con la tercera parábola: el administrador de una casa después de la salida del señor. En la primera escena, el administrador sigue fielmente sus deberes y recibe su recompensa. En la segunda escena, el administrador abusa de su autoridad y golpea a los siervos, por lo que, al regreso imprevisto del señor, será castigado. (Papa Francisco)

ORATIO:
     Hazme gustar, Señor, los bienes que son tuyos, pero sobre todo a ti, que eres mi único bien.

Cuando Tú vengas, Señor,
que nos encuentres con las manos ocupadas
en la tarea de amarte a ti y a los hermanos.

CONTEMPLATIO:
“No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino”.

     El Reino es ante todo don del Padre, y elige a los pequeños, a los discípulos para entregárselo. Este don supone también una correspondencia radical, por eso sigue: “Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos… y un tesoro inagotable en el cielo”. Y culmina con la explicación: “porque donde está vuestro tesoro allí estará también vuestro corazón”.
    La llamada de Jesús a la vigilancia nos debe ayudar a los cristianos a despertar de la indiferencia, la pasividad y el descuido con que vivimos con frecuencia nuestra fe. Para vivirla de manera lúcida, necesitamos redescubrirla constantemente, conocerla con más  profundidad, confrontarla con otras actitudes posibles ante la vida, agradecerla y tratar de vivirla con todas sus consecuencias.



     Serpentea en esta liturgia de la Palabra, de una manera más o menos explícita, el tema de la bienaventuranza:«Dichosos los criados a quienes el amo encuentre vigilantes cuando llegue [...] ¡Dichoso ese criado si, al llegar su amo, lo encuentra haciendo lo que debe!». Sabemos bien que, según el mensaje bíblico, la bienaventuranza no consiste en un vago consuelo dado a quien se encuentra en una situación de sufrimiento. Hasta las bienaventuranzas que inauguran el magno «sermón del monte» (Mt 5,1-13) son más bien inyecciones de ánimo e invitación a la lucha, a ejemplo de Aquel que es el pobre por excelencia, el misericordioso por antonomasia, el más perseguido de todos. Es, ante todo, la bienaventuranza que brota de la historia humana, cuando ésta es considerada como visitada por Dios, es decir, enriquecida por la presencia de Aquel que, después de haber creado al hombre, no le abandona a su destino, sino que le orienta por el camino de la salvación; de Aquel que, después de haber elegido a su pueblo, no lo deja a merced de los enemigos, sino que lo lleva sano y salvo a la meta feliz de la tierra prometida.

sábado, 10 de agosto de 2019

(Lc 12, 34)

AGOSTO 2019

«Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Lc 12, 34).

     El «corazón» se refiere a lo más íntimo que tenemos, lo más escondido y vital, donde residen nuestros valores; el «tesoro» es lo que tiene más valor, lo que nos da seguridad para el hoy y para el futuro.
    En nuestra sociedad consumista, todo nos empuja a acumular bienes materiales, a concentrarnos en nuestras necesidades y desinteresarnos de las necesidades de los demás en nombre del bienestar y de la eficiencia individual. Ya el evangelista Lucas cita estas palabras de Jesús como una enseñanza decisiva y universal. Subraya con fuerza la necesidad de hacer una opción radical, definitiva y propia de quien es discípulo de Jesús: Dios Padre es el verdadero Bien, quien debe ocupar todo el corazón del cristiano. Esta opción exclusiva conlleva abandonarse con confianza a su Amor.
     Es una cuestión de libertad: no dejarnos poseer por los bienes materiales, sino ser más bien nosotros sus amos.
     Cada cristiano personalmente y toda la comunidad de los creyentes pueden experimentar la verdadera libertad compartiendo bienes materiales y espirituales con quienes más los necesitan: este estilo de vida testimonia la verdadera confianza en el Padre y sustenta la civilización del amor.
«Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón».
     Es esclarecedor lo que sugiere Chiara Lubich para liberarnos de la esclavitud del tener: «¿Por qué insiste tanto Jesús en que nos desapeguemos de los bienes, hasta convertirlo en una condición indispensable para poder seguirlo? ¡Porque la primera riqueza de nuestra existencia, el verdadero tesoro, es Él! [...] Él nos quiere libres, con el alma limpia de cualquier apego y de cualquier preocupación, para así poder amar de verdad con todo el corazón, la mente y las fuerzas. [...] Nos pide que renunciemos a las posesiones porque quiere que nos abramos a los demás [...]. El modo más sencillo de "renunciar" es "dar”: »Dar a Dios amándolo. [...] Y para demostrarle este amor, amemos a nuestros hermanos y hermanas. Aunque nos pueda parecer que no, tenemos muchas riquezas que poner en común: tenemos afecto en el corazón para dar, cordialidad para exteriorizar, alegría que comunicar; tenemos tiempo para poner a disposición, oraciones, riquezas interiores; a veces tenemos cosas, libros, ropa, vehículos, dinero [...]. Demos sin razonar demasiado: "Es que me puede hacer falta en talo cual ocasión [...]”. Todo puede ser útil, pero mientras tanto, si hacemos caso a estos pensamientos, se infiltran en el corazón muchos apegos y se crean cada vez nuevas exigencias. No, procuremos tener solo lo que necesitamos»[1].
     Cuentan Marisa y Agostino, casados desde hace 34 años, quienes se trasladaron a América Latina a los ocho años de matrimonio para sostener a una joven comunidad cristiana: «Una noche habíamos organizado una pequeña fiesta y cada familia llevaba algo típico para la cena. Nosotros acabábamos de volver de un viaje a Italia con un buen trozo de queso parmesano. Indecisos entre el deseo de compartir una parte con otras familias y el pensar que en poco tiempo nos quedaríamos sin nada, recordamos la frase de Jesús: "Dad y se os dará..." (Lc 6, 38). Nos miramos y nos dijimos: hemos dejado la patria, el trabajo, la familia, y ahora nos apegamos a un trozo de queso. Así que cortamos una parte y la llevamos. A los dos días llaman al timbre: era un turista que no conocíamos, amigo de unos amigos nuestros, que nos traía un paquete de su parte. Lo abrimos, y era un trozo grande de parmesano. La promesa de Jesús: "...una medida remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos" es cierta».
Leticia Magri



[1] C. LUBICH, «Palabra de vida, septiembre de 2004», en Ciudad Nueva n. 412 (B-9'2004) p. 23.


sábado, 3 de agosto de 2019

SUPRIMIENDO VIGILIA MENSUAL


LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 4 DE AGOSTO DEL 2019, 18º DEL TIEMPO ORDINARIO (Comentario de +Francisco Cerro Chaves-Obispo de Coria-Cáceres)

«GUARDAOS DE TODA CODICIA, PUES TU VIDA NO DEPENDE DE TUS BIENES»

 Lc. 12. 13-21
     En aquel tiempo, le dijo uno de entre la gente: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia». Él le dijo: «Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?». Y les dijo: «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes». Y les propuso una parábola:
     «Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos, diciéndose: “¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha”. Y se dijo: “Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente”.
     Pero Dios le dijo: “Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?”.  Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios».


Otras lecturas: Eclesiastés 1, 2;2,21-23; Salmo 89; Colosenses 3,1-5.9-11

LECTIO:
     Alguien del público increpa a Jesús para que medie en una trifulca familiar a propósito de la herencia.
     Jesús quiere, más allá de la disputa puntual que aquel suceso le planteó, desenmascarar el torpe chantaje que siempre supone el dios dinero, el ídolo del tener, la falsa seguridad de acumular. La conseja de la parábola de este Evangelio: “túmbate, come, bebe y date buena vida”, la vemos corregida y aumentada, hoy igual que hace veinte siglos…
     No es que Jesucristo y el cristianismo sean tristes y entristecedores, aguafiestas de la vida, pero ponen en guardia ante la propaganda fácil de una felicidad falsa. Se denuncia que poco a poco vayamos creyéndonos todos que el problema de nuestra felicidad depende de lo que tengo y acumulo. (+Fr. Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo)

MEDITATIO:
     Las riquezas tienen la tendencia a crecer, a moverse, a ocupar el puesto en la vida y en el corazón del hombre. Y así el hombre, que para no convertirse en esclavo de la pobreza amontona riquezas, acaba por ser esclavo de las riquezas. Pero las riquezas también invaden el corazón, se apoderan del corazón y corrompen el corazón. Y este hombre termina por corromperse con esta actitud de amontar riqueza. (Papa Francisco)
     El hombre que amontona riquezas no se da cuenta de que deberá dejarlas. Si escuchamos a las personas que tienen esta actitud de amontar riquezas, «amontonarán» excusas para justificarse, pero al final estas riquezas no dan la seguridad para siempre. Más aún, echan por los suelos tu dignidad. Y esto también vale en familia: tantas familias se separan precisamente por las riquezas. (Papa Francisco)
     Cuando el Señor bendice a una persona con las riquezas la hace administrador de esas riquezas para el bien común y para el bien de todos, y no para su propio bien. Pero no es fácil llegar a ser un administrador honrado, porque existe siempre la tentación de la codicia, de llegar a ser importante: el mundo te enseña esto y nos lleva por este camino. (Papa Francisco)
     Pensar en los demás, pensar que lo que tengo está al servicio de los demás, y que nada de lo que tengo podré llevar conmigo. Y si uso lo que el Señor me ha dado para el bien común, como administrador, esto me santifica, me hará santo. Pero no es fácil. Todos los días debemos entrar en nuestro corazón para preguntarnos: ¿Dónde está tu tesoro? ¿En las riquezas o en esta administración, en este servicio al bien común? (Papa Francisco)

ORATIO:
   Señor Jesús, enséñame a ser generoso y servirte 
como te mereces,
a dar sin medida, a combatir sin temor a las heridas, 
a trabajar sin descanso 
no buscando otra recompensa que hacer tu voluntad.

CONTEMPLATIO:
“Dónde está tu tesoro allí está tu corazón”
Cuando entrando al trapo del consumo, del dinero y del placer inhumano, lo que mayormente conseguimos es agobio, vanidad, enfrentamiento, ansiedad, injusticias, deshumanización… etc.
     Entonces miramos los cristianos a Jesús, como aquellos otros hicieron hace dos mil años, y creemos que la única riqueza que no mancha, ni corrompe, ni ofende, ni destruye, es esa de la cual hablaba Él: “no amasar riquezas para sí, sino ser rico ante Dios”.
     A la luz de este Evangelio, comprendemos que efectivamente Jesús no es rival de lo bueno, ni de lo bello, ni de lo gozoso, pero sí es implacable contra todo intento deshumanizador que pretende comprar y vender la felicidad y la dicha, bajo una bondad, una belleza y una alegría que son falsas, sencillamente falsas. (+Fr. Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo)



   Si tienes riquezas, no te gloríes en ellas, ni en los amigos, aunque sean poderosos, sino en Dios, que todo lo da y, sobre todo, desea darse a sí mismo… Vanidad es, pues, buscar riquezas perecederas y esperar en ellas. También es vanidad desear honras y ensalzarse vanamente. Vanidad es desear larga vida y no cuidar que sea buena. Vanidad es amar lo que tan presto se pasa y no buscar con solicitud el gozo perdurable. "Vanidad de vanidades y todo vanidad" (Qo 1,2), sino amar y servir solamente a Dios...  Ahora que tienes tiempo, atesora riquezas inmortales. Nada pienses fuera de tu salvación y cuida solamente de las cosas de Dios. Granjéate ahora amigos", venerando a los santos de Dios e imitando sus obras, "para que cuando salieres" de esta vida "te reciban en las moradas eternas" (Lc 16,9). (Fray Tomás de Kempis)

PARA EL DIALOGO Y LA MEDITACIÓN


AGOSTOMEDITACIÓN SOBRE LA SANTA MISA


CONSIDERACIONES PREVIAS

     La celebración eucarística, nuestra santa misa, es la oración más perfecta y sublime de la Iglesia, alma de toda espiritualidad y el tesoro más preciado para cualquier adorador eucarístico. En el esquema de toda vigilia la santa misa ocupa el centro en torno al cual se distribuyen las distintas partes del ritual. Las dificultades de los tiempos a veces no nos permiten su celebración pero en el corazón, cada miembro debe tener muy en cuenta que la vigilia se convierte en el desarrollo de la última misa a la que pudimos asistir. La fuente de la adoración es el sacrificio eucarístico. Hoy os propongo hacer oración meditativa sobre el prodigio sobrecogedor que tiene lugar en cualquier misa. Lo que hicimos contemplando la lamparilla del sagrario os propongo hacerlo con la misa, contemplándola para que luego la podamos vivir con mayor entrega y gozo.
     No os habla un teólogo, sino un creyente, un adorador nocturno, uno más que se sienta en los bancos de la iglesia mirando al altar, junto a vosotros.
       La misa es un prodigio, más sobrecogedor que la Creación del Universo y más sorprendente que la separación de las aguas del mar Rojo para que pudiera pasar a pie enjuto el pueblo judío para librarse del Faraón. Si alguien nos dijera id a la plaza que veréis licuarse la sangre de San Pantaleón o como los 70.000 que asistieron en Fátima a la danza del sol. En la misa para la mirada de un creyente es Dios mismo el que acampa entre nosotros. La misa es una teofanía, una manifestación de Dios, en la que no sólo nos reunimos en asamblea como pueblo en torno del altar o frente al altar, presididos por el sacerdote, para alabar y pedir suplicantes al Señor, sino que levantamos los ojos hacia lo alto, porque Dios mismo desciende desde el cielo, como Trinidad Santísima y se queda entre nosotros.
     Recuerdo el bien que me hicieron las palabras de Benedicto XVI pronunciadas en la clausura del Congreso eucarístico celebrado en Bari el 25 de junio de 2005, recién estrenado su pontificado:
     “Este Congreso Eucarístico, que hoy llega a su conclusión, ha querido volver a presentar el domingo como «Pascua semanal», expresión de la identidad de la comunidad cristiana y centro de su vida y de su misión. El tema escogido, «Sin el domingo no podemos vivir», nos remonta al año 304, cuando el emperador Diocleciano prohibió a los cristianos, so pena de muerte, poseer las Escrituras, reunirse el domingo para celebrar la Eucaristía y construir lugares para sus asambleas. En Abitene, pequeña localidad en lo que hoy es Túnez, en un domingo se sorprendió a 49 cristianos que, reunidos en la casa de Octavio Félix, celebraban la Eucaristía, desafiando las prohibiciones imperiales. Arrestados, fueron llevados a Cartago para ser interrogados por el procónsul Anulino. 
     En particular, fue significativa la respuesta que ofreció Emérito al procónsul, tras preguntarle por qué habían violado la orden del emperador. Le dijo: «Sine dominico non possumus», sin reunirnos en asamblea el domingo para celebrar la Eucaristía no podemos vivir. Nos faltarían las fuerzas para afrontar las dificultades cotidianas y no sucumbir. Después de atroces torturas, los 49 mártires de Abitene fueron asesinados. 
     Tenemos que reflexionar también nosotros, cristianos del siglo XXI, sobre la experiencia de los mártires de Abitene. Tampoco es fácil para nosotros vivir como cristianos. Desde un punto de vista espiritual, el mundo en el que nos encontramos, caracterizado con frecuencia por el consumismo desenfrenado, por la indiferencia religiosa, por el secularismo cerrado a la trascendencia.”
   Las tres partes fundamentales de la misa:
     La celebración de la palabra; el sacrificio eucarístico y el banquete o comunión del cuerpo y de la sangre de Cristo.
   Tres grandes signos centran las tres partes:
     El ambón, el altar, ara del sacrificio y el altar mesa del banquete. Sobre estos tres signos se hace presente Dios, por medio de la Palabra, la revelación y la tradición. Se reproduce el sacrificio del cordero pascual, Cristo inmolado; y nos deificamos, mediante la comunión del cuerpo y la sangre de Cristo, como prenda de la vida eterna: el que coma de este pan no morirá para siempre.
   Nuestra liturgia, la romana, es muy simple y directa:
     Participamos con gestos corporales que se convierten en signos y en símbolos; pero el protagonista es la palabra, la palabra directa. Es rasgo distintivo de la liturgia romana la simplicidad de la forma, parca en gestualidad y centrada en la precisión de la palabra. El ritual es más complejo en las misas que llamamos solemnes y que antiguamente denominábamos la misa mayor. Pero en nuestras misas diarias e incluso en las dominicales, frente a la exuberancia oriental, predomina la parquedad o si prefieren la sobriedad. 
     Es un prodigio de claridad el texto ordinario, que con nitidez rotunda proclama en cada momento la parte del misterio que vamos a celebrar; pero al mismo tiempo tiene en cuenta la totalidad como si de una sinfonía se tratase.
   Nuestros templos son la casa de Dios:
¿Qué son las grandes catedrales góticas o las solemnes iglesias barrocas, sino espacios adecuados que desde nuestra condición de hombres, nos parecen dignos para acoger a la divinidad? ¿Qué es la Sagrada Familia de Gaudí, por ejemplo, sino el espacio que hace visible la invisibilidad de Dios? 

APRENDAMOS A MIRAR PARA APRENDER A ORAR

     Abrimos la celebración con la señal del cristiano.  Escuchamos al celebrante que nos invita a que todo lo que va a suceder sea En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, al mismo tiempo que hacemos la señal de la cruz, en la frente, en el pecho y en los hombros. 
     En un signo tan sencillo adelantamos o resumimos el misterio que vamos a celebrar. ¿De dónde nos viene que podamos dirigirnos a Dios, como si fuera uno más de nuestra familia, sino de la cruz redentora, la señal del cristiano, la que nos alcanzó ser hijos de Dios, al que podemos llamar Padre, precisamente por la Cruz de Cristo. Por la santa Cruz de Cristo podemos ofrecernos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, siempre y en todo lugar. Y por ella podemos celebrar estos sagrados misterios.
     A continuación el celebrante nos recuerda la necesidad del perdón. Antes de celebrar estos sagrados misterios….. reconozcamos nuestros pecados. ¿No hubiera sido más lógico que se comenzara por un sermón que encendiese en remordimientos nuestra condición pecadora?
     Pues no.  Algo tan directo nos está recordando que no podremos entender el misterio que vamos a celebrar si no nos acercamos desde la humildad.  ¿No nos enseñó el Señor: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor.”?
     Para acercarnos a la celebración de los santos misterios es necesario que tomemos la actitud interior de los niños, de lo contrario no podremos ni entrar ni acercarnos al reino de los cielos.
     Y para que no pase inadvertido,  la liturgia, entre diversas fórmulas, nos ofrece la posibilidad de repetir dos veces consecutivas la súplica del perdón, en el “yo pecador” y en el Kyrie.  
     No vamos a detenernos ni en la antífona de entrada ni en la oración de colecta, a pesar de que señalan desde el principio el objetivo e intención específica de la celebración. Durante la semana, las misas ordinarias nos recuerdan, en los santos o en las celebraciones votivas a la Santísima Virgen, o en las fiestas conmemorativas de una efeméride eclesial, los frutos de la redención. Nosotros ahora sólo tenemos en cuenta la misa del domingo, centrada en la muerte y la resurrección del señor.
Entremos directamente a la liturgia de la palabra. Estamos ante el misterio de la Revelación. Primero por medio de fragmentos del Antiguo testamento o de los escritos de los apóstoles –cartas, hechos de los apóstoles y Apocalipsis-; los salmos, en segundo lugar; y en tercer lugar, la lectura de los Evangelios.
     Distingue nuestra liturgia las dos etapas de la Revelación, primero Dios habló al mundo por los profetas, después lo hizo por medio de su Hijo, en quien se recapitula toda la revelación.  En la primera lectura se nos advierte que es Palabra de Dios y contestamos Te alabamos Señor. Intervenimos en el salmo repitiendo la antífona o estribillo. Y en ambas lecturas permanecemos sentados. En la tercera, nos ponemos en pie, porque vamos a escuchar directamente las palabras de Jesús, es reverencia y signo de escucha activa, no sólo de aprendizaje, sino de disposición para actuar. El lector pronuncia: Palabra del Señor; y el pueblo responde: Gloria a ti Señor Jesús.
     No se puede decir sin más que la Iglesia Católica ha descuidado la lectura de la Biblia, el Antiguo y el Nuevo Testamento. A lo largo del año litúrgico se da lectura a los textos más significativos del Antiguo Testamento, se leen todos los Salmos, y durante los tres ciclos en que se organiza el Nuevo Testamento, se leen íntegramente los cuatro Evangelios. 
     Quizás más que leer o no leer, nuestro problema sea la escasa atención y menor retención de lo escuchado. Qué importante es ir a misa habiendo leído al menos el evangelio del día. Adquiramos el hábito de leer previamente las lecturas del día. Existen hoy, al alcance de la mayoría, modos para hacerlo sin demasiado esfuerzo. A mí me ha hecho un bien enorme, la lectura del Magníficat, no sólo para entrar en la costumbre del rezo de las horas, sino para seguir la misa con atención y devoción.
      En la asamblea, en la que estamos reunidos en su nombre, Jesús está presente. Él que es la palabra encarnada se convierte en palabra viva, tan real como luego se hará presente en el Pan y en el vino.  También la Palabra es misterio de nuestra fe.
     Otro momento clave de la palabra: la homilía. Si las lecturas recogen la Revelación escrita. La homilía representa el otro momento del depósito de la fe. La tradición. La homilía no es el tiempo de un orador, sino del representante de la Iglesia que enseña a interpretar lo leído conforme a la doctrina de los santos padres, el magisterio de la Iglesia y la actualidad de la vida, escritos o milagros de los santos. 

Preguntas para el diálogo y la meditación.

¿Podríamos confesar públicamente, como los mártires de Abitene, que sin la celebración eucarística, al menos dominical, no podríamos vivir? Cuando se oye decir que la misa es aburrida ¿No será que no se tiene en cuenta el misterio que vamos a celebrar; que nos quedamos en la forma o rito externo y no vivimos en el alma el misterio que está sucediendo en el altar?

¿Por qué la liturgia romana de la misa, después de la señal de la cruz, nos invita a reconocernos pecadores? Además de la sencillez de corazón para acercarnos al misterio ¿No nos estará recordando nuestra condición pecadora para poder agradecer la redención que por cada uno de nosotros, Jesucristo realiza en cada sacrificio eucarístico?

¿Por qué la homilía no debe ser la ocasión de simple lucimiento del orador o sabio de turno, sino la del delegado por la Iglesia para interpretar con autoridad el depósito de la Fe, recogido en las Sagradas Escrituras y en la Tradición?