TIEMPO LITÚRGICO
viernes, 14 de junio de 2019
El domingo 16 de junio,
solemnidad de la Santísima Trinidad, se celebra la Jornada Pro Orantibus. Los obispos españoles proponen como lema “La vida contemplativa. Corazón orante y misionero” , a partir de la constitución
apostólica Vultum Dei quaerere del papa Francisco y la
consecuente instrucción aplicativa Cor orans. Al mismo tiempo, en el
horizonte eclesial cada vez está más cerca el mes extraordinario misionero, que
viviremos en el próximo mes de octubre. Además manifiestan el
agradecimiento y el apoyo a los innumerables hombres y mujeres que esparcidos
por la geografía española mantienen vivo el ideal religioso de la vida
contemplativa.
En España, según datos de diciembre de
2018, hay 783 monasterios de vida contemplativa (35 masculinos y 748 femeninos)
y 9.151 monjes y monjas (470 varones y 8.681 mujeres).
TESTIMONIO
Fr. Carlos Doña Grimaldi (26 años) Novicio de la Abadía Benedictina de
la Santa Cruz del Valle de los Caídos (San Lorenzo de El Escorial, Madrid)
La vocación monástica es una
inmensa gracia de Dios para un joven de nuestros
días, con cierto componente de exigencia y aspereza, que
nos hace abandonar los hábitos de la vida mundana y revestirnos de una nueva
condición, en entrega plena al
seguimiento del Señor Jesús. Me parece que en las circunstancias actuales, los
que ingresamos en una comunidad contemplativa sentimos con intensidad este
cambio de costumbres, de orientación de toda la existencia: de nuestros
intereses, gustos y proyectos, hay que convertirse al servicio del Señor, los
hermanos y la Iglesia. El noviciado es una etapa que enfoco sobre todo como
tiempo para conocer y asumir los aspectos más particulares y profundos del
camino que el Señor me ofrece. El monacato es, como nos enseñan los Padres más
antiguos, el esfuerzo por perpetuar en el seno de la Iglesia la
vida de renuncia que los apóstoles llevaron siguiendo a Jesucristo, así
como los primeros discípulos en Jerusalén después de Pentecostés. Es la vida
evangélica y apostólica por excelencia. Los monjes hemos recibido el tesoro de
la espiritualidad antigua de la Iglesia, y en estos tiempos quizás más que en
otros se nos pide fidelidad y entusiasmo para tratar de conservarlo. Esta
antigua tradición del monacato cristiano, para los que militamos bajo la Regla
de San Benito, se concreta en los tres votos de nuestra profesión: conversatio
morum, estabilidad y obediencia1 .
1 «El que va a ser
admitido prometa delante de todos estabilidad (stabilitas), conversión de costumbres
(conversatio morum suorum) y obediencia (oboedientia)…» (RB 58, 17).
El esencial voto de conversatio morum
asume en sí los de castidad y pobreza que emiten otros religiosos, pero sobre
todo incluye una serie de compromisos fundamentales que dan carácter monástico
a nuestra profesión Se trata de adoptar una serie de valores y prácticas muy
específicas, simples en apariencia, pero de origen antiguo y gran influencia
espiritual. Son las vasijas de barro en que portamos la gracia peculiar que el
Señor nos ha concedido como monjes: separación del mundo, lectio divina,
liturgia, vigilias, ayunos, observancia común, trabajo en clausura. Como
novicio intento especialmente enamorarme de estos compromisos, que son los
instrumentos de virtud de esta escuela del servicio divino que es el monasterio
benedictino. La estabilidad supone un impulso de amor cristiano hacia los
monjes que componen la comunidad en que ingresamos, y el deseo firme de
participar en su fraternidad y destino común. Es una de las exigencias más
duras para los que acabamos de dejar a la familia y apenas empezamos a convivir
con los hermanos. Aquí nos ayuda a ello la gracia de que somos cuatro los
menores de treinta años, lo que nos hace mirar al futuro con esperanza. La
estabilidad también tiene mucho de amor al lugar físico en que nos
establecemos, y sobre todo comporta la aceptación humilde de las peculiaridades
del monasterio. En nuestra Abadía de la Santa Cruz, esto incluye la pertenencia
a la Congregación de Solesmes, el ofrecimiento perpetuo de nuestras oración y
penitencia por la paz y prosperidad de España y todos sus habitantes, y la
celebración solemne de la santa misa en la Basílica del Valle de los Caídos,
fin para el cual asumimos la dirección de un colegio-escolanía. El voto de
obediencia, en el monacato benedictino, recibe gran relieve por la condición
que el Abad asume como verdadero padre espiritual y pastor de los monjes.
Nuestro objetivo es retornar a Dios, de quien nos apartamos en la vida pasada por
la desobediencia, a través del sometimiento de nuestra voluntad propia a la del
abad. De él esperamos confiadamente todo lo que necesitamos: la doctrina
evangélica, la guía espiritual, el sostenimiento material, la misericordia y
comprensión con nuestras debilidades y caídas.
En última instancia, la vida
monástica tiene un fin único que la colma de sentido y del que manan todas sus
observancias: la búsqueda de Dios. En
el claustro nos esforzamos a fin de alcanzar la pureza de corazón, haciendo
todo lo posible para que los ojos de nuestra alma estén preparados para la
contemplación del rostro del Señor. Esta contemplación, iniciada ya en este
mundo, pero que tendrá su florecimiento definitivo en la gloria del cielo, nos
comunica un amor infinito, una misericordia del corazón que abraza al mundo
entero y comparte todas y cada una de las penas y alegrías de la Iglesia. Este
pensamiento de que, en la oración, puedo unirme de forma íntima en el Espíritu
a la misión redentora del Verbo, así como hizo la Santa Madre de Dios, es el
que me sostiene y anima en el camino de conversión monástica que he emprendido.
(Participó con nuestro Turno en numerosas
Vigilias mensuales)
sábado, 8 de junio de 2019
LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 9 DE JUNIO DEL 2019, SOLEMNIDAD DE LA PASCUA DE PENTECOSTÉS (Comentario de +Francisco Cerro Chaves-Obispo de Coria-Cáceres)
«PAZ A VOSOTROS… RECIBID EL ESPÍRITU SANTO»
Jn. 20, 19-23
Al anochecer de aquel día,
el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las
puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en
medio y les dijo: «Paz
a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las
manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como
el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre
ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a
quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los
retengáis, les quedan retenidos».
Otras lecturas: Hechos 2, 1-11; Salmo 103;
1Corintios 12,3b-7.12-13
LECTIO:
Con la fiesta de
Pentecostés que celebramos este domingo, hemos llegado al final de todo el
ciclo pascual. Jesús antes de su ascensión al Padre hizo
dos promesas muy importantes a sus discípulos: por una parte, que permanecería
con, en y entre ellos hasta el final de los siglos; y por otra, que les
enviaría desde el Padre al Espíritu Santo, que sería para ellos el Consolador,
el que llevaría a plenitud lo que Jesús mismo había comenzado, recordándoles lo
que Él les había revelado.
Tras la ascensión de Jesús, los discípulos
volvieron a Jerusalén. Allí esperarían el cumplimiento de la promesa del Espíritu.
“Todos
los discípulos estaban juntos el día de Pentecostés”. La tradición cristiana siempre ha visto esta
escena como el prototipo de la espera del Espíritu… “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Los discípulos de Jesús que formamos su Iglesia, como
miembros de su “cuerpo”, desde nuestras cualidades y dones, en nuestro tiempo y
en nuestro lugar, estamos
llamados a continuar lo que Jesús comenzó. (+Fr. Jesús Sanz
Montes, ofm, arzobispo de Oviedo)
MEDITATIO:
La Iglesia que nace en Pentecostés es una
comunidad que anuncia un mensaje nuevo: Cristo
está vivo, ha resucitado; un
lenguaje nuevo: el lenguaje del amor. (Papa
Francisco)
El Espíritu Santo nos enseña: es el Maestro interior. Nos guía por el justo
camino, a través de las situaciones de la vida. …nos enseña a seguir a Jesús, a
caminar siguiendo sus huellas. El Espíritu Santo es maestro de vida dentro del horizonte más amplio
y armónico de la existencia cristiana. (Papa
Francisco)
El
Espíritu Santo nos
recuerda todo lo que dijo Jesús. Es
la memoria viviente de la Iglesia. Y
mientras nos hace recordar, nos hace comprender las palabras del Señor. Nos
recuerda todo lo que dijo Cristo, nos hace entrar cada vez más plenamente en el
sentido de sus palabras. (Papa
Francisco)
Con la ayuda del Espíritu Santo, podemos
interpretar las inspiraciones interiores y los acontecimientos de la vida a la
luz de las palabras de Jesús. Y así crece en nosotros la sabiduría de la
memoria, la sabiduría del corazón, que es un don del Espíritu. (Papa Francisco)
ORATIO:
Ven, Espíritu Santo, llena los corazones
de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor…
Espíritu
Santo, viento impetuoso de Dios,
sopla
sobre nosotros.
Sopla
sobre la Iglesia
y
empújala hasta los confines lejanos
para
que, llevada por Ti, no lleve nada más que a Ti.
CONTEMPLATIO:
«Como
el Padre me ha enviado, así también os envío yo»
Pentecostés es la gracia de perpetuar día
tras día, lugar tras lugar, lengua tras lengua, la Palabra y la Presencia de
Jesús. Así lo prometió Él: “os he dicho todo estando entre vosotros, pero mi
Padre os enviará al Espíritu Santo para que os enseñe y os recuerde todo lo
que yo os he dicho”. Esta ha sido la promesa cumplida de Jesús.
Y la historia cristiana da cuenta que en
todo tiempo, en cada rincón de la tierra, y en todas las lenguas, Jesús se ha
hecho presente y audible cuando ha habido un cristiano y una comunidad que ha
dejado que el Espíritu Santo enseñe y recuerde lo que el Padre nos dijo y mostró
en Jesús. (+Fr. Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo)
■… Muéstrate solícito en unirte al Espíritu Santo. Él viene apenas se
le invoca, y sólo hemos de invocarlo, porque ya está presente[...] Es vano esperar recibir y aprender de boca de
cualquier hombre lo que sólo es posible recibir y aprender de la lengua de la
verdad. En efecto, como dice la verdad misma, «Dios es Espíritu» (Jn 4,24). Dado que es preciso que sus adoradores lo adoren en Espíritu y en
verdad, los que desean conocerlo y experimentarlo deben buscar sólo en el
Espíritu la inteligencia de la fe y el sentido puro y simple de esa verdad. (Guillermo de Saint-Thierry).
viernes, 7 de junio de 2019
sábado, 1 de junio de 2019
LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 2 DE JUNIO DEL 2019, SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (Comentario de +Francisco Cerro Chaves-Obispo de Coria-Cáceres)
Lc. 24, 46-53
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus
discípulos: «Así está escrito: el Mesías padecerá,
resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la
conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por
Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Mirad, yo voy a enviar sobre
vosotros la promesa de mi Padre; vosotros, por vuestra parte, quedaos en la
ciudad hasta que os revistáis de la fuerza que viene de lo alto».
Y los sacó hasta cerca de Betania y,
levantando sus manos, los bendijo. Y mientras los bendecía,
se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se
volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el
templo bendiciendo a Dios.
Otras lecturas: Hechos 1, 1-11; Salmo 46;
Efesios 1-17-23
LECTIO:
Con el cumplimiento de la vida terrestre
del Señor no termina aquí su misión.
Porque esa novedad de un pueblo, por Él inaugurada, no termina con su ascensión
al Padre. Jesús entrando en el cielo abre la puerta hasta entonces cerrada por
todos los pecados y pesadillas humanas.
Lucas,
que comienza su Evangelio en el Templo, cuando es presentado Jesús niño,
también lo concluye en el Templo con los
discípulos de ese Jesús como
portadores de su Presencia y portavoces de su Palabra. Han de esperar aún la
llegada del Espíritu prometido, hasta que sean revestidos de la fuerza de lo alto.
Aquellos
discípulos quedaron embobados ante el trance de esta despedida, ante el adiós
menos deseado y más temido, el adiós de quien más amaron y amarán los hombres
que han amado de veras. Por eso, los ángeles arrancarán a los discípulos de su
inmovilismo, para decirles lo mismo que les dijo Jesús: no os quedéis mirando
al cielo. Hay mucho que hacer. (+Fr. Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo
de Oviedo)
MEDITATIO:
El Evangelio de Lucas nos muestra la
reacción de los discípulos ante el Señor que «se
separó de ellos y fue llevado al cielo». No hubo en ellos dolor y desconsuelo, sino que se postraron «ante
él, y se volvieron a Jerusalén con gran gozo». Es el regreso de quien no teme
ya a la ciudad que había rechazado al Maestro, que había visto la traición de
Judas y la negación de Pedro, había visto la dispersión de los discípulos y la
violencia de un poder que se sentía amenazado. (Papa Francisco).
A
partir de aquel día para los apóstoles y para todo discípulo de
Cristo fue posible habitar en Jerusalén y en todas las ciudades del mundo,
también en las más atormentadas por la injusticia y la violencia, porque sobre
todas las ciudades está el mismo cielo y cualquier habitante puede alzar la
mirada con esperanza. (Papa Francisco).
«Vosotros sois testigos de estas cosas»… ¡Cristo
está con nosotros; Jesús subió al cielo, está con nosotros; Cristo está vivo!...
Jesús nos ha asegurado que en este anuncio y en este testimonio seremos «revestidos de poder desde lo
alto». Aquí está el secreto de esta misión: la presencia entre nosotros del
Señor resucitado, que
con el don del Espíritu continúa abriendo nuestra mente y nuestro corazón, para
anunciar su amor y su misericordia también en los ambientes más refractarios de
nuestras ciudades. (Papa Francisco).
ORATIO:
Gracias,
Señor, por esta experiencia de tu Ascensión. Gracias porque me invitas a
postrarme y adorarte. Te reconozco como mi Dios y Señor, como mi Salvador.
Gracias por cuanto me has dado y haces por mí.
Haced discípulos míos; dadles todo lo que os he dado;
descargad vuestras espaldas y sentíos hermanos.
CONTEMPLATIO:
«Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y
fue llevado hacia el cielo»
No
era una despedida la de Jesús,
para provocar nostalgias románticas ni tristes sentimentalismos. Era un adiós para un nuevo encuentro con quien prometió estar de otro modo entre
ellos “hasta el fin del mundo”. Por eso “se volvieron a
Jerusalén con gran alegría”, con una actitud tan distinta a días atrás cuando
se encerraron a cal y canto por miedo a los judíos.
Como el Padre envió a Jesús, ahora Él envía
a los suyos. Ahora tendrán que contar a todos, lo que han visto y oído, lo que
palparon sus manos, su convivencia con el Hijo de Dios. Y Jerusalén se llenará
de alegría, de la de estos discípulos, la que Jesús puso en sus corazones y
nada ni nadie podrá arrebatar. (+Fr.
Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo)
■… ¿Te maravillas
de que el Espíritu Santo esté al mismo tiempo con nosotros y allá arriba, visto
que también el cuerpo de Cristo está en el cielo y con nosotros? El cielo ha
tenido su santo cuerpo y la tierra ha recibido el Santo Espíritu; Cristo ha
venido y nos ha traído el Espíritu Santo; Cristo ha ascendido y se ha llevado
consigo nuestro cuerpo. ¡Oh tremenda y estupenda economía! ¡Oh gran Rey, grande
en todo, verdaderamente grande y admirable![...] Tenemos, pues, en el cielo la
prenda de nuestra vida: hemos sido asumidos junto con Cristo. Es cierto que
seremos arrebatados también entre las nubes si somos encontrados dignos de ir a
su encuentro entre las nubes… Por eso, carísimos, oremos todos para poder estar
entre los que irán a su encuentro, aunque sea entre los últimos. (S. Juan Crisóstomo)
(Hechos 1, 8)
JUNIO 2019
“Recibirán la fuerza del
Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos”. (Hechos 1, 8)
El libro de los Hechos de los apóstoles,
escrito por el evangelista Lucas, comienza con la promesa que
Jesús Resucitado les hace a los apóstoles poco antes de dejarlos para volver
definitivamente al Padre: recibirán de Dios mismo la fuerza necesaria para
continuar en la historia humana el anuncio y la construcción de su Reino.
No se trata de enfrentar un poder político
o social contra otro, sino más bien de la acción profunda del Espíritu de Dios
en nuestros corazones, lo que nos convierte en “hombres nuevos”.
Poco después,
sobre sus discípulos reunidos con María descenderá el Espíritu Santo; y ellos, a partir de la ciudad santa de
Jerusalén difundirán el mensaje de Jesús hasta los “confines de la tierra”.
“Recibirán la fuerza del Espíritu Santo
que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos”.
Los apóstoles, y con ellos todos los
discípulos de Jesús, son enviados como “testigos”.
En efecto, cuando el cristiano descubre a
través de Jesús lo que significa ser hijo de Dios, descubre también que es
enviado. Nuestra vocación y nuestra identidad de hijos se realiza en la misión,
en el ir hacia los demás como hermanos. Todos estamos
llamados a ser apóstoles que den testimonio con la vida y luego, de ser
necesario, con las palabras.
Somos testigos cuando hacemos nuestro el
estilo de vida de Jesús. Es decir, cuando cada día en nuestra familia, en el ambiente
de trabajo y de estudio o de diversión, vamos al encuentro de las personas con
espíritu de acogida y dispuestos a compartir, teniendo en el corazón ese gran
proyecto del Padre: la fraternidad universal.
Marilena
y Silvano cuentan: “Cuando nos casamos, queríamos ser una familia abierta a los
demás. Una de las primeras experiencias fue poco antes de Navidad. Como no
queríamos que los saludos fueran algo meramente formal, a la salida de la
iglesia se nos ocurrió ir hasta la casa de nuestros vecinos para llevarles un
pequeño regalo. Todos quedaron sorprendidos y contentos, especialmente una
familia que muchos trataban de evitar. Nos abrieron el corazón y nos contaron
sus dificultades y el dolor de que durante tanto tiempo nadie se acercara a su
casa. Nuestra visita duró dos horas y nos conmovió ver la alegría de esas
personas. De esta manera, poco a poco, tratando de estar abiertos a todos,
pudimos ir estableciendo relaciones con muchas personas. No siempre fue fácil,
porque podía suceder que una visita imprevista modificara nuestros programas,
pero siempre tuvimos presente que no queríamos perder estas ocasiones
fraternas. En una oportunidad nos trajeron de regalo una torta y quisimos
compartirla con una señora que había colaborado reuniendo juguetes para mandar
a unos chicos en Brasil. Estuvo muy contenta y fue una ocasión para conocer a
su familia. Al despedirnos nos dijo que también a ella le hubiera gustado tener
la iniciativa de ir a visitar a otros”.
“Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que
descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos”.
Todos nosotros, en
cuanto cristianos, hemos recibido el don del Espíritu Santo en el bautismo, pero él también habla en la conciencia de
todas las personas que buscan con sinceridad el bien y la verdad. Por eso todos
podemos dar lugar al Espíritu de Dios y dejarnos guiar. ¿Cómo
reconocerlo y escucharlo?
Puede ayudar un pensamiento de Chiara
Lubich: “El Espíritu Santo vive en nosotros como en
su templo y nos ilumina y guía. Es el Espíritu de verdad que nos
hace comprender las palabras de Jesús, las torna vivas y actuales, nos enamora de
la Sabiduría y nos sugiere lo que tenemos que decir y cómo hacerlo. Es el
Espíritu de Amor que nos inflama y nos hace capaces de amar a Dios
con todo el corazón, el alma, las fuerzas, y amar a los que
encontramos en nuestro camino. Es el Espíritu de fortaleza que nos
da el coraje y la fuerza para ser coherentes con el Evangelio y dar testimonio siempre
de la verdad. Con este amor de Dios en el corazón, y
gracias a él, se puede llegar lejos y hacer partícipes a muchísimas personas
del propio descubrimiento. Los ‘confines de la tierra’ no son solo geográficos.
Indican también, por ejemplo, a personas cercanas que aún no han tenido la
alegría de conocer verdaderamente el Evangelio. Hasta allí debe llegar nuestro
testimonio. Por amor a Jesús se nos pide compenetrarnos
con cada uno, en el olvido completo de nosotros mismos, hasta que el otro, dulcemente herido por el
amor de Dios, quiera compenetrarse con nosotros en un recíproco intercambio de
ayudas, de ideales, de proyectos, de afectos. Solo entonces podremos ofrecer la
palabra como un don en la reciprocidad del amor”1.
Leticia Magri
domingo, 26 de mayo de 2019
LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 26 DE MAYO DEL 2019, 6º DE PASCUA (Comentario de +Francisco Cerro Chaves-Obispo de Coria-Cáceres)
«EL QUE
ME AMA GUARDARÁ MI PALABRA, MI PADRE LO AMARÁ, Y VENDREMOS A ÉL»
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus
discípulos: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El
que no me ama no guarda mis palabras. Y la
palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.
Os he hablado de esto ahora que estoy a
vuestro lado, pero el Paráclito, el
Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y
os vaya recordando todo lo que os he dicho.
La paz os dejo, mi paz os doy; no os la
doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Me
habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado”. Si me amarais, os
alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Os lo he
dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis».
Otras lecturas: Hechos 15, 1-2.22-29;
Salmo 66; Apocalipsis 21.10-14.22-23
LECTIO:
Ya estamos concluyendo el tiempo de
pascua. Nos disponemos a dos citas importantes como es la Ascensión y
Pentecostés. Pero queda todavía saborear algunas despedidas de Jesús ante sus
discípulos.
Los discípulos
saben que a Jesús le queda poco tiempo para seguir con ellos. Se sienten abatidos, tristes. Jesús lo sabe porque conoce
bien a sus discípulos y quiere animarlos, por ello decide confiarles su deseo:
que su palabra, el mensaje de salvación que Él trae, no se pierda. Jesús les dice, y nos dice: «el que me ama
guardará mi palabra, el que no me ama no la guardará» quiere que seamos fieles
a su palabra y que seamos testimonio del amor de Dios entre los hombres.
Dios no quiere
dejarnos solos, por ello, nos envía al
Espíritu Santo para que nos ayude en el camino y nos dé cada día la fuerza
necesaria para trabajar por la paz, la justicia y el amor.
MEDITATIO:
En el momento en el que está por regresar
al Padre, Jesús anuncia la
venida del Espíritu que enseñará a los discípulos a comprender cada vez más
plenamente el Evangelio, a acogerlo en su existencia y a hacerlo
vivo y operante con el testimonio. ... Estará con ellos el Espíritu Santo, el
Paráclito para defenderlos y sostenerlos. Jesús regresa al Padre pero continúa
acompañando y enseñando a sus discípulos mediante el don del Espíritu Santo. (Papa Francisco)
Nosotros no estamos solos: Jesús está
cerca de nosotros, en medio de nosotros, dentro de nosotros. Su nueva presencia en la historia se
realiza mediante el don del Espíritu Santo, por medio del cual
es posible instaurar una relación viva con Él, el Crucificado Resucitado. (Papa Francisco)
No estamos solos. Y el signo de la
presencia del Espíritu Santo es también la paz que Jesús dona a sus discípulos:
«Mi paz os doy». La paz de Jesús brota de la victoria sobre el pecado, sobre el
egoísmo que nos impide amarnos como hermanos. Es don de Dios y signo de su
presencia. Todo discípulo, llamado hoy a seguir a Jesús cargando la cruz,
recibe en sí la paz del Crucificado Resucitado con la certeza de su victoria y
a la espera de su venida definitiva. (Papa
Francisco)
ORATIO:
Concédenos el deseo ardiente de estar a la
escucha de toda palabra tuya, para estar siempre dispuestos a realizar lo que
tú nos confíes, sin contar con nuestras fuerzas, sino con el poder de tu
Espíritu, que habita en nosotros.
Envíanos,
Padre, tu Espíritu Santo
para vivir
plenamente tus enseñanzas,
para dar
testimonio de ti
para hacer
vida tus Palabras…
CONTEMPLATIO:
«El Espíritu Santo, que enviará el Padre,
será quien os lo enseñe todo»
Jesús hace una promesa fundamental: el
Padre enviará en su nombre un Consolador (un Paráclito), el Espíritu Santo, para que enseñe y recuerde todo cuanto
Jesús ha ido mostrando y diciendo, y
que no siempre ha sido comprendido, ni guardado. Justamente, la vida
“espiritual” es acoger a este Espíritu prometido por Jesús, para que en
nosotros y a nosotros enseñe y
recuerde, tantas cosas que no acabamos de ver ni comprender en nuestra vida, tantas cosas que no hacemos
en “memoria de Jesús”, y por eso las vivimos distraídamente, en un olvido que
nos deja el corazón tembloroso y acobardado también, como el de aquellos
discípulos, dividido por dentro y enfrentado por fuera. (+Fr. Jesús Sanz
Montes, ofm, arzobispo de Oviedo)
El Espíritu nos ayudará a conocer mejor la
Palabra de Dios y a ponerla en práctica. Veintiún siglos después, ¿seguimos con
fidelidad la Palabra que Jesús nos dejó? ¿Somos realmente dignos de llamarnos
sus seguidores? ¿Nos dejamos guiar por el Espíritu Santo?
■… El Espíritu nos
hace conformes en lo íntimo al Evangelio de Jesucristo y nos hace capaces de
anunciarlo al exterior (con la vida). El viento del Señor, el Espíritu Santo,
pasa sobre nosotros y debe imprimir a nuestros actos cierto dinamismo que le es
propio, un estímulo al que nuestra voluntad no permanece extraña, sino que la
trasciende. Dios nos dará el Espíritu Santo en la medida en que acojamos la
Palabra allí donde la oigamos. (Madeleine Delbrél)
¿MIEDO A QUEDAR ANTICUADOS?
En diversos momentos de la historia surge un
miedo íntimo a perder el tren del progreso, a quedarse anticuados, a sucumbir
bajo acontecimientos e ideas que avanzan triunfantes. Ése miedo es sano si lo
nuevo resulta mejor que lo antiguo. Ése miedo es confuso si no hemos pensado
seriamente donde está lo mejor y donde lo peor. Ése miedo es suicida y
enfermizo cuando algo nuevo destruye elementos buenos del pasado y avanza hacia
metas irracionales, incluso negativas.
Un
Adorador, ¿puede tener miedo a quedar anticuado?. En
realidad, si está profundamente enraizado en Cristo Eucaristía, si cree con fe
autentica en la Victoria del Maestro, si lee y busca vivir el Evangelio, si
acoge lo que dicen el Papa y los obispos cuando exponen su doctrina... un
cristiano así no tendrá nunca miedo a quedar anticuado. Porque vivir según la fe de la Iglesia no es
anclarse en ideas caducas que hoy sirven y mañana se tiran, sino que permite al creyente construir su
existencia sobre una Roca viva y presente en el tiempo y
más allá del tiempo: Jesucristo.
Por
eso no tenemos miedo a quedar anticuados. El Evangelio conserva una vitalidad y
un empuje que vale para todos los hombres, en todos los tiempos, a través de
las diferentes culturas. Es levadura que rejuvenece, es sal que purifica, es
agua que lava, es alimento que da Vida Eterna.
Solo queda anticuado quien sigue modas
pasajeras, quien abraza novedades sin un sano discernimiento, quien promueve libertades
orientadas al capricho y a la comodidad, quien renuncia al sano sacrificio,
quien avanza por la puerta amplia que lleva a la perdición (cf. Mt 7,13-14).
No tenemos miedo a quedar anticuados,
porque la verdad nunca pasa, mientras
que cielos y tierras quedan enjaulados en el flujo del tiempo (cf. Mt 24,35).
Ante nuestros ojos sucumben los engaños del mundo, del demonio y de la carne.
La belleza de la Eucaristía brilla con la frescura de una mañana eterna y
joven. No tenemos miedo, sino esperanza, porque Él ha vencido al mundo (cf. Jn 16,33)…. Y
nosotros le adoraremos en la noche.
Recuperado por Ricardo Nieto (P. Fernando Pascual LC)
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