TIEMPO LITÚRGICO

TIEMPO LITÚRGICO

miércoles, 20 de enero de 2016

2ª CATEQUESIS SOBRE EL AÑO JUBILAR DE LA MISERICORDIA

MISERICORDIA ES DAR LA VIDA 
     “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por los amigos” (Jn 15,13). Así lo hizo Je­sús muriendo por nosotros, así descubrimos su mayor misericordia.
     Quien se sabe amado y quiere corresponder a quien ama, le entrega su vida. “Obras son amores y no buenas razones”, dice el refrán. ¿Hasta dónde? ¿Cómo? La medida del amor es amar sin medida. La amistad es gratuidad, amor que no pide nada a cambio, amor total.
     El amor infinito de Dios cuando entra en el mundo deja su rastro que es una entrega sin límite. “Jesús vivió su pasión y muerte, consciente del gran misterio del amor de Dios que se habría de cumplir en la cruz” (Misericordiae Vultus 7). “Como se puede notar, la misericordia en la Sagrada Escritura es la palabra clave para indicar el actuar de Dios hacia nosotros. Él no se limita a afirmar su amor, sino que lo hace visible y tangible. El amor, después de todo, nunca podrá ser una palabra abstracta. Por su misma naturale­za es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamientos que se verifican en el vivir cotidiano. La misericordia de Dios es su responsabilidad por nosotros” (id. 8). Así se ex­plica que el amor excesivo de Dios provoca en los que le aman el darse sin cálculos, sin previsiones, sin buscar la paga. Este es el amor cristiano. Solamente así se comprende la comunicación cristiana de bienes - como vemos en Cáritas y en tantas asociaciones que favorecen a los pobres-, en ejemplos particulares que resultan ser normales entre nosotros. Más aún, esta es la única explicación de los millares y millares de hombres y mujeres que se consagran a Dios dejando sus posesiones, sus familias y proyectos y se ponen al servicio de los más pobres del mundo; pero también explica la fidelidad de los matrimonios, los que sufren persecución, etc.
     Sucede que el cristiano comprende que la entrega del Hijo de Dios por amor es el único culto razonable posible. Jesús ha inaugurado una nueva relación con Dios que deja atrás los sacrificios animales, porque lo que Dios quiere y consigue es la religión del amor, una entrega de corazón y por amor que es culto auténtico, el único valioso ante Dios.
     Toda la vida es sagrada. Ha sido santificada porque ha sido sacrificada pues el amor del Señor lo hace todo sagrado (etimológicamente es “sacrum-fácere”), en cuanto que se ha ofrecido en sacrificio. Así también nuestra vida ofrecida en oblación es perfecta donación, es servicio y la mayor misericordia, de inmenso valor para Dios y útil para el prójimo. Así lo demostró el diácono San Esteban, el primer mártir que nos recuerda, in­mediatamente después de celebrar el Nacimiento de Jesús, que la vida sin Él no tiene sentido y que se puede perder todo en esta vida menos su vida, pues es vivir para siem­pre, es gloria eterna para el hombre.
     Los mártires son siempre el ejemplo del amor mayor, testigos inacabables de la miseri­cordia infinita de Dios en el mundo. También los niños mártires inocentes masacrados por la primera de las persecuciones contra Jesús nos recuerdan la permanente batalla entre Dios y el maligno, la luz y las tinieblas; que “vino a los suyos y los suyos no le reci­bieron”. Pero la palma del martirio que abre paso a Jesús a su entrada en Jerusalén entre Hosannas es el símbolo de la victoria de la resurrección y del triunfo de cuantos son fie­les a Cristo a lo largo de la historia, nuestros mejores hermanos, los auténticos testigos, los amantes más desprendidos, los más misericordiosos.
     “Este es el día del Señor, es el tiempo de la misericordia” (Sal 123). Este tiempo es hoy, pues cada día actúa Dios y hoy debemos entregarle la vida. No nos faltan oportunidades para ser sus testigos y mostrar a todos su amor, su infinita misericordia. Dejémonos, pues, empapar por el agua y la sangre vivificante que brota del Corazón de nuestro Re­dentor, Jesucristo, el Rey de la Gloria en el sacramento del Bautismo y de la Eucaristía. Sí, las compuertas han sido abiertas para todos los hombres, para cada hombre y para el conjunto de la creación. Recuerda que hicimos profesión de fe renunciando al pecado y a las obras del maligno para ser testigos de la verdad y el amor que no pasa, procla­mando que vale la pena amar hasta entregar la vida. Somos testigos de la Verdad, que es Amor Infinito. Nuestro tesoro es la misericordia y estamos a su servicio.Si no tengo amor no soy nada” (cf1Cor 13).

+ Mons. D. Rafael Zornoza Boy – Obispo de Cádiz y Ceuta


jueves, 14 de enero de 2016

Las obras de misericordia espirituales y corporales.
(Fin)

     La muerte de una persona conocida, de un amigo, es quizá el momento en que el corazón del hombre manifiesta con más transparencia su bondad o su mezquindad. Y a la vez, unos instantes en los que tenemos una oportunidad única de manifestar nuestra Fe en la resurrección de la carne, y nuestra Esperanza en la vida eterna.

“Enterrar a los muertos”.

     Desde los primeros vestigios de la civilización, los hombres han enterrado el cadáver de sus familiares, de sus seres queridos. Esto es un acto de piedad que surge de lo profundo del alma. Y los han enterrado, y los seguimos enterrando, no sencillamente para que no sean pasto de animales. Los dejamos en el cementerio para recordarlos siempre con cariño y poder visitar su tumba algunas veces; y sobre todo, porque creemos en la vida eterna, en la vida más allá de la muerte en la tierra, y en espera de la resurrección al final de los tiempos.
     Más que en la acción física de preparar la tumba, de llevar unas flores al nicho donde dejamos el ataúd con el cadáver de una persona querida, de un amigo, esta obra de misericordia, a la que nos invita el Espíritu Santo, es la de participar en el entierro, en los preparativos de los funerales, con verdadera Fe y Esperanza en la vida eterna, en rezar con Fe y dejar el alma del difunto en las manos de la Misericordia de Dios. Y transmitir así nuestra Fe y nuestra Esperanza a los parientes más cercanos del difunto.
     “Enterrar a los muertos”, además, nos habla de la necesidad de que nos ayudemos los unos a los otros a prepararnos a ese encuentro definitivo con el Señor, que es la muerte. Cuando ven cercana la hora final de su vida, las personas conscientes suelen dar las últimas disposiciones, aconsejar a sus hijos, a sus nietos, despedirse de alguna manera hasta “la vida eterna”. Nosotros podemos también ayudarles a prepararse ellos mismos, animándoles a hacer un buen acto de arrepentimiento, y vivir el Sacramento de Reconciliación para presentarse ante el Señor con un “corazón contrito y humillado”. Y si es posible, que reciban también al Señor que quiere acompañarles en el Sacramento de la Unción de los Enfermos, y en la Eucaristía, si se lo permite su estado.
     “Polvo eres y en polvo te has de convertir”, recuerda el sacerdote el Miércoles de Ceniza al imponer la ceniza. Enterramos el cadáver o las cenizas, si se ha incinerado, en la fe y en la esperanza de su Resurrección. El hombre no queda reducido a “polvo”, y al enterrar a un muerto hemos de rezar por su eterno descanso en el Señor, y lo enterramos en un lugar conocido donde podamos hacerle una visita de vez en cuando, y rezar por él, y por las benditas ánimas del Purgatorio.

Reflexión final:

     Hemos recordado que las obras de misericordia son cauces por los que fluyen las aguas de la caridad cristiana, que riegan todos los campos del vivir humano en la tierra. Son acciones de amor al prójimo que tienen sus raíces en los dones que el Espíritu Santo –el amor de Dios derramado en nuestros corazones- siembra en las almas en gracia, y dan fruto en la manifestación del amor de Dios a cada ser humano, que cada una de estas obras transmite a quienes las viven, y con quienes se viven.
     Y son también el cauce para que, a través de los hombres, el amor de Dios llegue a todos los rincones de la sociedad, y haga posible que, cada uno a su manera, los cristianos ayuden a construir una sociedad más justa, más solidaria, más preocupada por las necesidades de los demás, menos egoísta.
     Ya desde los primeros tiempos de la Iglesia, como testimonia Tertuliano, los paganos al ver el buen ejemplo de caridad que se daban los cristianos, decían de ellos: “Mirad cómo se aman”.
     Abundan las proclamas pidiendo una sociedad más justa, más solidaria, más atenta a las necesidades de todos los que la forman; una sociedad menos egoísta, menos individualista, etc. Esas proclamas, si no van acompañadas por obras de caridad y de misericordia, se quedan en la letra del papel. La Fe sin obras es una Fe muerta.
     Día a día, jornada a jornada, las obras de misericordia van haciendo crecer lazos de amistad, de comprensión, de cariño, de desinteresada preocupación por los demás, y van convirtiendo al cristiano en otro Cristo.
     Viviendo las obras de misericordia, el cristiano está haciendo germinar en su alma la gracia divina, esa “cierta participación en la naturaleza divina”, que hemos recibido en el Bautismo, y que recibimos en todos los Sacramentos, y se identifica con Cristo, que ha dicho de Sí mismo: “No he venido a ser servido, sino a servir; y a dar mi vida en redención por muchos”.
Cuestionario
 ¿Me preocupo verdaderamente de las necesidades que veo a mi alrededor, y en especial de ayudar a los demás a no ser egoístas y pensar sólo en sí mismos?

¿Rezo por el eterno descanso de las almas de los allí sepultados, cuando paso cerca de un cementerio?


 Cuando el servicio a los demás se hace más difícil y arduo, ¿me acuerdo de unir mis intenciones y mis oraciones, a la Cruz y a las oraciones de Cristo por todos nosotros?


ENERO 2016

«Llamados a anunciar las proezas del Señor» (cf 1 P 2, 9).

Cuando el Señor actúa, realiza proezas. Apenas hubo creado el universo, vio que era «bueno y bello», y el hombre y la mujer le parecieron «muy bellos» (cf. Gn 1, 31). Pero su última obra supera a todas, es la que realiza Jesús: con su muerte y resurrección ha creado un mundo nuevo y un pueblo nuevo. Un pueblo al cual Jesús le ha dado la vida del cielo, una fraternidad auténtica con la acogida recíproca, el compartir, el don de uno mismo. La carta de Pedro hace que los primeros cristianos sean conscientes de que el amor de Dios los ha convertido en «un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios» (1 P 2, 9-10).
Si también nosotros, como los primeros cristianos, tomásemos conciencia realmente de lo que somos, de lo mucho que la misericordia de Dios ha obrado en nosotros, entre nosotros y en tomo a nosotros, nos quedaríamos atónitos, no podríamos contener la alegría y sentiríamos la necesidad de compartirla con los demás, de «anunciar las proezas del Señor».
Pero es difícil, casi imposible, testimoniar de modo eficaz la belleza de la nueva «socialidad» a la que Jesús ha dado vida si permanecemos aislados unos de otros. Por eso es normal que la invitación de Pedro vaya dirigida a todo el pueblo. No podemos mostramos pendencieros y sectarios, o simplemente indiferentes unos con otros, y luego proclamar: «El Señor ha creado un pueblo nuevo, nos ha liberado del egoísmo, de odios y rencores, nos ha dado como ley el amor recíproco, que hace de nosotros un corazón solo y un alma sola...». En nuestro pueblo cristiano claro que hay diferencias en el modo de pensar, en las tradiciones y culturas, pero estas diversidades hemos de acogerlas con respeto, reconociendo la belleza de esta gran variedad, conscientes de que la unidad no es uniformidad.

«Llamados a anunciar las proezas del Señor»

Es el camino que recorreremos durante la «Semana de oración por la unidad de los cristianos» -que en el hemisferio norte se celebra del 18 al 25 de enero- y durante todo el año. La Palabra de vida nos invita a tratar de conocemos mejor entre los cristianos de Iglesias y comunidades diversas, a narrar mutuamente las proezas del Señor. Entonces podremos «anunciar» de manera creíble dichas obras, testimoniando que estamos unidos entre nosotros precisamente en esta diversidad y que nos sostenemos de modo concreto unos a otros.
Chiara Lubich alentó con fuerza este camino: «El amor es la fuerza más potente del mundo: desencadena la revolución pacífica cristiana en torno a quien lo vive, de modo que los cristianos de hoy pueden repetir aquello que decían los primeros cristianos hace tantos siglos: "Somos de ayer y ya llenamos el orbe”[1]. [...] ¡El amor! ¡Cuánta necesidad de amor en el mundo! ¡Y en los que somos cristianos! Todos nosotros juntos, de distintas Iglesias, somos más de mil millones. O sea, muchos, y deberíamos ser bien visibles. Pero estamos tan divididos, que muchos no nos ven ni ven a Jesús a través de nosotros. Él dijo que el mundo nos reconocería como suyos y, a través de nosotros, lo reconocería a Él por el amor recíproco, por la unidad: "En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros" (Jn 13, 35). [...] De este modo, el tiempo presente reclama de cada uno de nosotros amor, reclama unidad, comunión, solidaridad. Y llama también a las Iglesias a recomponer la unidad rota desde hace siglos»[2].

Fabio Ciardi



[1] Tertuliano, Apologético, 37, 4: «Biblioteca de Patrística» n. 38, Ciudad Nueva, Madrid 1997, p. 144.
[2] C. Lubich, 11 dialogo è vita, Roma 2007, pp. 42-43.



viernes, 8 de enero de 2016

LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 10 DE ENERO, DESPUÉS DE EPIFANÍA (Comentario de + Fr. Jesús Sanz Montes, ofm-Arzobispo de Oviedo)

«…TÚ ERES MI HIJO, EL AMADO…»

Lc 3,15-16. 21-22
            En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías. Él tomó la palabra y dijo a todos: Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.
       En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto.

Otras Lecturas: Isaías 40,1-5.9-11; Salmo 103; Tito 2,11-14; 3,4-7

LECTIO:
       El bautismo que administraban Juan y Jesús tendrá un sentido diverso. El bautismo de Juan, que congregaba a gran número de gente era un rito de purificación de los pecados, el bautismo de Jesús es un bautismo en Espíritu santo y fuego.
       El texto quiere resaltar que el verdadero protagonista de la acción, no es un hombre, Juan, sino Dios mismo. El cielo “se abrió”, y Jesús “fue bautizado”. El especial protagonismo de Dios Padre está confirmado por las palabras que escuchamos pronunciar sobre Jesús: el amado, el predilecto. Dios ha enviado al mundo a su propio Hijo.
Hay otros dos detalles de este evangelio que no conviene pasar por alto. En primer lugar, encontramos a Jesús, en la escena de su bautismo, en oración. Cuando Jesús se pone en oración está en la presencia de su Padre y nos está indicando que en esta escena tan fundamental de su vida, Él está estrechamente unido a su Padre. Solo desde Dios podemos entender realmente a Jesús.
El segundo detalles es que Jesús fue bautizado “en un bautismo general”. Jesús no se aísla de la suerte de su pueblo, también ahora quiere estar a su lado, mezclándose con la gente más necesitada, con la gente que aguarda, que espera que en su vida se dé algún cambio. Esta gente, este pueblo, era el que esperaba profundamente a Jesús.
Hoy debemos agradecer de manera especial el don del bautismo que nos abrió a la fe en Jesús. Y decirle al Señor que le seguimos aguardando, que queremos acogerlo en nuestro corazón para que nos cambie, para que nos haga más felices, para que podamos ser sembradores de esperanza y misericordia.

MEDITATIO:
      Has sido bautizado en el nombre de la Trinidad y recibiste desde entonces la condición de hijo de Dios y miembro de la Iglesia, para ser también como Jesús discípulo y testigo del Evangelio.
¿Cómo vivo esta gracia y vocación? ¿A qué me compromete?
     Por el bautismo formamos parte de la Iglesia, del pueblo santo de Dios. En este pueblo en camino la fe se transmite de generación en generación: Es la fe de María, de los apóstoles, de los mártires… que ha llegado hasta ti a través del Bautismo.
¿Qué supone esto para mí?

“…se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él”

     En el bautismo somos consagrados por el Espíritu Santo, en el mismo espíritu que estuvo inmerso Jesús en su existencia humana. Él es el “Cristo”, el ungido, el consagrado. Los cristianos, por el bautismo, también, somos consagrados, ungidos con el santo Crisma como Sacerdote, Profeta y Rey.
¿Experimento el gozo de escuchar las mismas palabras que Jesús recibe del Padre: tú eres mi hijo amado, en ti me complazco? En los momentos de dificultad, de desánimo… ¿Me ayuda y fortalece sentir el amor y la misericordia de Dios?

ORATIO:
     Señor y Padre, nos llenan de alegría las muchas cosas que nos has revelado por tu Hijo Jesús, referentes a nuestra felicidad y a nuestra salvación eterna.

Gracias, Señor, por el sacramento del bautismo
que nos hace hijos tuyos por medio del agua de tu gracia.
Gracias Jesús por la fe que nuestros padres nos transmitieron…
Gracias por el bautismo, por tu amor y misericordia.

     Y si alguna vez se da en nosotros la experiencia de la fragilidad humana y del corazón cerrado a tu Palabra o traicionamos el evangelio, escondiendo la injusticia bajo la apariencia de caridad, no nos abandones, y haznos recuperar de inmediato la paz interior y la comunión contigo, en la que reside nuestra verdadera y única alegría.

CONTEMPLATIO:
     El Espíritu Santo invistió de poder a Jesús para su ministerio. ¿Qué peso tiene el Espíritu Santo en tu relación con Dios? Entre otras cosas, el Espíritu nos revela a Jesús y nos dispone para servir a Dios. Considera la obra del Espíritu Santo e invítale a ayudarte y guiarte.


Tu verdadera identidad es ser hijo de Dios. Es ésta la identidad que debes aceptar. Una vez que la has reivindicado y te has instalado en ella, puedes vivir en un mundo que te da mucha alegría y también mucho dolor…  Pero precisamente esta experiencia de abandono es la que te ha hecho volver a tu identidad de hijo de Dios. Sólo Dios puede habitar plenamente en lo más profundo de tu alma y darte sentido de seguridad. Pero queda el peligro de que dejes entrar a otros en tu lugar sagrado, hundiéndote así en la angustia (H. J. M. Nouwen).

CARTA PASTORAL AL INICIO DEL CURSO - 2015-2016 (IV)

  BIENAVENTURADOS LOS MISERICORDIOSOS
NUEVO IMPULSO EVANGELIZADOR

     El tiempo de la misericordia es por excelencia el tiempo de la misión (cf. Mt 28, 18-20) enmarcada en la nueva evangelización, que busca hacer de los no creyentes testigos de Cristo resucitado. La misericordia no sólo es el corazón de la misión mesiánica de Jesús, sino también la manifestación más deslumbrante del rostro de Dios. Es la clave para comprender del misterio de la salvación, realmente el centro del kérygma que proclama la Iglesia. Esta compasión del “Padre de la Misericordia” revelada en las palabras y obras de Jesús es lo único que puede consolar a los hombres de hoy de sus sufrimientos, sus interrogantes y sus pruebas.
     Se comprende bien que la misericordia y el gozo pascual van de la mano y coinciden en la proclamación de la resurrección del Señor y cuyo primer significado es la victoria del amor sobre el pecado y la muerte. La resurrección de Cristo significa la absolución del pecado del mundo, o sea, la alegría de ser perdonados y salvados. En la predicación de Papa Francisco, los temas del Dios misericordioso, de la encarnación, muerte y resurrección de su Hijo, del don de su Espíritu como caridad, compasión y ternura por los necesitados -¡que somos todos!- se entrecruzan y complementan. El Santo Padre nos invita a ser actores y testigos de la misericordia, más que a desarrollar un discurso abstracto sobre Dios para responder a la exigencia de evangelización actual: “La nueva evangelización es tomar conciencia del amor misericordioso del Padre para convertirnos también nosotros en instrumentos de salvación para nuestros hermanos. ¡Cuántos pobres esperan el evangelio que libera!”. La nueva evangelización debe convertirnos en instrumentos de salvación…
    
   Es preciso recuperar el valor insustituible de la catequesis como espacio privilegiado de la transmisión de la fe en la perspectiva de la nueva evangelización, “la catequesis como espacio dentro del cual la vida de los cristianos madura porque hace experiencia de la misericordia de Dios. Pero no con una idea abstracta de misericordia, sino una experiencia concreta con la que comprendemos nuestra debilidad y la fuerza que viene de lo alto”.
  La catequesis –ha recordado Francisco- necesita ir más allá de la simple esfera escolar o parroquial, para educar a los creyentes, desde niños, para encontrar a Cristo, vivo y operante en su Iglesia. “El encuentro con Él es lo que suscita el deseo de conocerlo mejor y por tanto de seguirlo y de convertirse en sus discípulos”; “el desafío de la nueva evangelización y de las catequesis, por tanto, se juega precisamente sobre este punto fundamental: cómo encontrar a Cristo, cuál es el lugar más coherente para encontrarlo y seguirlo». La pregunta sobre cómo estamos educando en la fe no es retórica sino esencial. La respuesta requiere «valentía, creatividad y decisión de emprender caminos a veces aún inexplorados». (Cf. Asamblea Plenaria del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, 29 mayo 2015)
 
     El Papa Francisco desea que toda la Iglesia se vuelva evangelizadora, que no nos quedemos en la espera pasiva en nuestros templos sino que salgamos en todas las direcciones, a todas las periferias geográficas, sociales y existenciales, para ir al encuentro de las personas y de las familias, compartiendo con ellos el Evangelio de la misericordia, razón de nuestra esperanza. El Santo Padre nos quiere misioneros “ad gentes”, con una pasión por comunicar el Evangelio en cuanto “desborde de gratitud y alegría” (como lo dice en forma tan bella y expresiva el documento de Aparecida). El pontificado del papa Francisco despliega un corazón misionero y misericordioso, especialmente hacia los alejados de la Iglesia: centrados en Cristo pero descentrados para la misión. Con la doble convicción de que, por una parte, el Espíritu Santo nos antecede siempre en el corazón de las personas y en la cultura de los pueblos, preparando los caminos al Señor, y que, por otra parte, el corazón de la persona –a imagen y semejanza de Dios– anhela verdad y amor, perdón y reconciliación, felicidad y justicia que sólo Cristo puede dar en plenitud. Estamos convocados a una fiesta de la misericordia, donde todos somos beneficiarios y heraldos de la más profunda experiencia de Dios.

+Mons. Rafael Zornoza Boy-Obispo de Cádiz-Ceuta

CONVOCATORIA MENSUAL


jueves, 31 de diciembre de 2015

LECTIO DIVINA PARA EL VIERNES 1º DE ENERO EN LA SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS.

«…SE VOLVIERON DANDO GLORIA Y ALABANZA A DIOS »

Lc. 2,16-21
            En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre.
       Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.
       Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho.
       Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

Otras Lecturas: Números 6,22-27; Salmo 66; Gálatas 4,4-7

LECTIO:
            Hoy, la Iglesia contempla la maternidad de la Madre de Dios, modelo de su propia maternidad para todos nosotros. Lucas nos presenta el “encuentro” de los pastores “con el Niño”, que estaba acompañado de María, su Madre y de José.
     Lucas habla de un “encuentro” de los pastores con Jesús. En efecto, sin la experiencia de un “encuentro” personal con el Señor no se da la fe. Sólo este “encuentro”, que ha comportado un “ver con los propios ojos”, y en cierta manera un “tocar”, hace capaces a los pastores de llegar a ser testigos de la Buena Nueva, verdaderos evangelizadores que pueden dar “a conocer” lo que les habían dicho acerca de aquel Niño.
     Se nos señala aquí un primer fruto del “encuentro” con Jesús: “Todos los que lo oyeron se maravillaban”. Hemos de pedir la gracia de saber suscitar esta admiración en aquellos a quienes anunciamos el Evangelio.
    Hay todavía un segundo fruto de este encuentro: “Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto”. La adoración del Niño les llena el corazón de entusiasmo por comunicar lo que han visto y oído, y la comunicación de lo que han visto y oído los conduce a la alabanza, a la acción de gracias, a la glorificación del Señor.
     María, que “guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón”, nos da hoy a Jesús.
  
MEDITATIO:                  
     Los pastores después de escuchar al ángel “fueron corriendo…” pusieron en práctica lo que les pedía Dios: caminar hacia Belén, donde encontrarían al Salvador. Esto es lo que necesitamos. Para tener a Jesús hay que decidirse a dejar los “rebaños” del egoísmo, de la comodidad, de la vanidad… Los pastores encontraron “al niño acostado en el pesebre”.

“Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios…”

     Para llegar a Jesús hay que ser humildes. Él mismo nos enseña, desde el pesebre, que su seguimiento exige cruz, dolor, humildad… y obediencia a la voluntad de Dios. Esto es lo que da la paz y la felicidad al corazón. María, la Madre de Dios, nos enseña que para llegar a Jesús hace falta también la oración: “María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”.
    En María y en los pastores se nos ofrecen modelos de actitudes, formas de acoger y expresar en la vida la bendición de Dios de modo que alcancen a todo el mundo.
¿Cuál es tu disposición, desde el inicio del año, para seguir lo pasos de Jesús, que es Camino, Verdad y Vida?   
                                                                                                                                                                 
ORATIO:
     Al inicio de este nuevo año, Señor, te rezamos volviendo la mirada a María, a la que, siendo la Madre de tu Hijo y Madre nuestra puede hacer posible la civilización del amor y de la paz para toda la humanidad… y presentamos al Señor las palabras del Papa Francisco en la festividad de Santa María, Madre de Dios:

       El Espíritu…derrita lo que está cerrado y nos conceda volvernos tiernos delante de la debilidad del Niño Jesús. La paz de hecho, necesita de la fuerza de la mansedumbre, la fuerza no violenta de la verdad y del amor. En las manos de María, Madre del Redentor, ponemos con confianza filial todas nuestras esperanzas.
       A Ella le confiamos el grito de paz de las poblaciones oprimidas por la guerra y la violencia, para que el coraje del diálogo y de la reconciliación prevalga sobre las tentaciones de la venganza, de la prepotencia, y de la corrupción.
       A Ella le pedimos que el evangelio de la fraternidad, anunciado y testimoniado por la Iglesia, pueda hablar a cada conciencia y abatir las murallas que impiden a los enemigos reconocerse como hermanos.

CONTEMPLATIO:
     En medio de una humanidad envuelta en tantas guerras y conflictos, la Iglesia desea comenzar el año elevando hasta Dios una oración por la paz y la misericordia.
     La verdadera oración nos hace más capaces de perdón y misericordia, más sensible a  cualquier injusticia, abuso y mentira…
     ¿No necesitaremos todos detenernos más a hacer paz en nuestro corazón? ¿No estará el mundo necesitado de más oración por la paz? ¿De más misericordia?
     La paz debe ser conquistada, no es un bien que se obtiene sin esfuerzo, sin conversión, sin creatividad y sin dialéctica. “Vence la indiferencia y conquista la paz” si lo hacemos desde la misericordia.

 ¡Cantadlo a la espera del alba, cantadlo suave, en el duro oído del mundo! Cantadlo de rodillas, cantadlo como envueltos en un velo, como cantan las mujeres encinta: el Poderoso se ha hecho dócil, el Infinito pequeño, el Fuerte sereno, el Altísimo humilde (...). ¡Niño que vienes de la eternidad, quiero elevar un canto a tu Madre!…  ¡Alégrate, virgen María! Dichosos los que te proclaman dichosa! ¡Ya ningún corazón humano temerá!... ¡Dichosos aquellos que te proclaman dichosa! (Gertrud Von le Fort).
MARÍA EN EL NACIMIENTO DE JESÚS

     A la invitación del ángel los pastores responden con entusiasmo y prontitud: «Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado» (Lc 2,15).
     Su búsqueda tiene éxito: «Encontraron a María y a José, y al niño» (Lc 2,16). Como nos recuerda el Concilio, «la Madre de Dios muestra con alegría a los pastores (...) a su Hijo primogénito» (LG 57). Es el acontecimiento decisivo para su vida.

         El deseo espontáneo de los pastores de referir «lo que les habían dicho acerca de aquel niño» (Lc 2,17), después de la admirable experiencia del encuentro con la Madre y su Hijo, sugiere a los evangelizadores de todos los tiempos la importancia, más aún, la necesidad de una profunda relación espiritual con María, que permita conocer mejor a Jesús y convertirse en heraldos jubilosos de su Evangelio de salvación.

      Frente a estos acontecimientos extraordinarios, san Lucas nos dice que María «guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2,19). Mientras los pastores pasan del miedo a la admiración y a la alabanza, la Virgen, gracias a su fe, mantiene vivo el recuerdo de los acontecimientos relativos a su Hijo y los profundiza con el método de la meditación en su corazón, o sea, en el núcleo más íntimo de su persona. De ese modo, ella sugiere a otra madre, la Iglesia, que privilegie el don y el compromiso de la contemplación y de la reflexión teológica, para poder acoger el misterio de la salvación, comprenderlo más y anunciarlo con mayor impulso a los hombres de todos los tiempos.
San Juan Pablo II, pp

domingo, 27 de diciembre de 2015

AVISO PARA ADORADORAS/ES DEL TURNO NÚM. 5 DE MARÍA AUXILIADORA Y SAN JOSÉ











     Estimado hermano en Xtº. Eucaristía:

      Dentro ya de la octava de Navidad, éste Consejo Diocesano convoca Vigilia general extraordinaria de fin de año, que tendrá lugar D.m. en el Oratorio de la Santa Cueva (entrada por c/San Francisco nº 11-1º Dchª o c/Rosario) el próximo miércoles 30 de Diciembre a las 20,00 horas.

Danos, María, el favor
con el bendito José,
de besar con todo amor
al que adoramos con fe.

     La alegría profunda del creyente en estas fechas arranca de la FE; que Dios es cercano, entrañable y que se nos ofrece desde la ternura y fragilidad de un niño. 


     Un año más, y especialmente en éste declarado de la Misericordia, volvemos a recordar a la Iglesia necesitada, perseguida y que sufre, destinando nuestra colecta a dicho fin.

      ¡Oh Dios! Que sufriste en Tu Cuerpo el odio de los hombres concede a éstos hermanos perseguidos el don de paciencia y caridad para que sean testimonio de tus promesas y otorgarles el regalo de Tu Paz.