TIEMPO LITÚRGICO

TIEMPO LITÚRGICO

sábado, 26 de diciembre de 2015

LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 27 DE DICIEMBRE, SOLEMNIDAD DE LA SAGRADA FAMILIA

«… ¿POR QUÉ ME BUSCABAIS? »

Lc. 2, 41-52
      Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua. Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres. Éstos, creyendo que estaba en la caravana, hicieron una jornada y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén en su busca. A los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas; todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba.
     Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados.»
     Él les contestó: « ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?» Pero ellos no comprendieron lo que quería decir.
     Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Su madre conservaba todo esto en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres.

Otras Lecturas: 1Samuel 1,20-22.24-28; Salmo 83; 1Juan 3,1-2.21-24

LECTIO:
     Después de celebrar la Navidad, en este primer domingo la liturgia nos propone alejarnos un poco del pesebre y contemplar más el conjunto, la Sagrada Familia.
     Lucas presenta a la Sagrada Familia como una familia piadosa que peregrina año a año para celebrar las fiestas de Pascua en el lugar más santo de Israel, Jerusalén. A los doce años, (esa era la edad aproximada de pasar de la niñez a la edad adulta) Jesús decide quedarse en Jerusalén sin que sus padres supieran. Se muestra a Jesús dando más importancia al Padre que a “sus padres”, Jesús que va decidiendo su camino y “la casa del Padre” toma una relevancia especial. En el diálogo de Jesús con sus padres, se nota por un lado la preocupación de ellos y por otro, se muestra la búsqueda de Jesús y su incomprensión por la preocupación de sus padres.
     Los padres, ambos dóciles a la voluntad de Dios, como lo ha expresado en los capítulos anteriores, se quedan sin entender (v.50) y siguen con Jesús su camino a Nazaret. Esto nos muestra que en el camino de seguimiento al Señor, no siempre se da una comprensión de todo lo que sucede y lo que el Señor va haciendo. El Señor no llamó y dijo: “vengan y entiéndanme”, sino “vengan y síganme”.
     “Su madre guardaba todo esto en su corazón” (v.51), esta es la actitud de María, la mujer fiel, que aunque no entiende, guarda todo en su corazón con la velada esperanza de poder entrar más en el misterio y seguir respondiendo con docilidad a la propuesta misteriosa que Dios Padre le hace.
     El incidente termina bien: “Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres”.

MEDITATIO:
     El evangelio nos muestra el reflejo de una situación muy cotidiana para nosotros. Los padres se sorprenden de los alcances de sus hijos. María y José veían en Jesús un niño indefenso y que requería todavía de sus cuidados paternales, pero la sorpresa es ver que ya es un adolescente, que sabe tomar sus propias decisiones y tiene claro su razón de ser en el mundo.
 “¿Por qué me buscabais?”

     La invitación que nos trae el evangelio hoy es a vivir con calma nuestra juventud, época de reafirmación y camino a la madurez, en una actitud de misericordia con nuestros padres, ante la sorpresa de ellos al ver nuestros avances; pero, igualmente, en apertura total a la voluntad de Dios Padre que nos invita a seguir a Jesús.
     San Juan Pablo II nos habla de este momento en la vida de la Sagrada Familia de la siguiente manera: “Queridos jóvenes: Miren a Jesús en su vida oculta de Nazaret. A Jesús, que fue joven como ustedes, hizo suya también su edad, y, por lo mismo, la insertó en el gran plan de la redención y de la salvación. Todo lo que el Verbo divino, al encarnarse, asumió de nuestra condición humana, adquiere, en Él y por medio de Él, un valor maravilloso, un significado salvífico con miras a la vida eterna. El Hijo de Dios quiso hacer suyo nuestro camino humano, nuestra historia, nuestro crecimiento humano, físico y espiritual en el seno de su familia como nos dice Lucas"Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia" (Lucas 2, 52); "iba creciendo y su carácter se afianzaba" (Lucas 1, 80). Crecía en su maduración humana, en los afectos familiares, y en la preparación a su misión. ¡Preciosos momentos de la vida del Salvador! Las grandes misiones en servicio del hombre no se improvisan, sino que exigen una larga preparación, en el silencio de una laboriosidad tenaz y perseverante. Así fue para el joven Jesús. Así debe ser también para ustedes, queridos jóvenes, si quieren preparar un futuro luminoso y sereno, constructivo y fecundo para ustedes y para la sociedad de mañana. Su porvenir será el que quieran y hayan preparado en estos años preciosos de su juventud. El futuro les pertenece en la medida en que sepan despojarse de las tentaciones del mal y afirmar la personalidad adhiriéndose a lo que es verdadero, a lo que es justo, a lo que es bien.”

“…bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad.”

 ¿Participo de la vida de mi parroquia en compañía de mi familia? ¿Demuestro agradecimiento a mis padres por sus cuidados y preocupación por mí?
 ¿Pido a Jesús el don de crecer saludablemente al igual que él: en sabiduría, gracia y cuerpo? ¿Estoy disponible a realizar en mi vida la voluntad de Dios?

ORATIO:
     Te rogamos que las familias cristianas no se cierren en sí mismas, en su aislamiento egoísta o en su orgullo herido, sino que todas estén abiertas al interés por los problemas de todos, sean animosas en ofrecer su colaboración para resolverlos en sentido evangélico.

Gracias, Jesús, por mis padres,
pues a través de ellos me llamaste a la vida,
Gracias, porque veo en sus ojos preocupados tu gran amor por mí...

     Señor y Padre de todos los hombres, el apóstol Pablo ha enseñado a los cristianos a vivir la vida familiar «en el Señor »: nosotros te pedimos que la persona de Jesús sea el hilo de oro que una toda nuestra familia cristiana.

CONTEMPLATIO:
     La casa de Nazaret es la escuela donde se ha empezado a conocer la vida de Jesús, esto es, la escuela del evangelio. Aquí se aprende a observar, a escuchar, a meditar a penetrar el significado tan profundo y tan misterioso de esta manifestación del Hijo de Dios, tan simple, humilde y bella.
     Jesús, María, José, la santa familia de Nazaret, son el centro del designio salvífico de Dios, el centro de la Nueva Alianza. Pertenecen a la plenitud de los tiempos. En esta familia de Jesús, donde se refleja admirablemente la vida de comunión, de amor de la Trinidad divina, los hombres reanudan el diálogo primitivo con Dios, retoman la armonía conyugal y familiar y de hermandad.

¡Oh Casa de Nazaret, casa del Hijo del Carpintero! Aquí, sobre todo, deseamos comprender y celebrar la ley, severa cierto, pero redentora de la fatiga humana; aquí deseamos comprender y ennoblecer la dignidad del trabajo de modo que sea entendida por todos (Pablo VI).
FAMILIA, HOGAR DE LA MISERICORDIA
Introducción
     Este año celebramos la fiesta de la Sagrada Familia en el contexto del Año de la Misericordia, que el papa Francisco ha convocado y que hemos iniciado el pasado 8 de diciembre. San Juan Pablo II nos recordaba, en su segunda carta encíclica, Dives in misericordia, publicada en 1980, que Dios siempre es «rico en misericordia» (Ef 2, 4). Todos tenemos necesidad de acogernos a esta Misericordia divina para que en nuestra vida se haga el milagro de creer en la familia, esperar en la familia y amar la familia profundamente. Así, esta Jornada quiere ser eco de esta relación tan es­trecha entre misericordia y familia, con el lema: «Familia, hogar de la misericordia».
     Las tres parábolas1 que utiliza el papa Francisco en la bula Misericordiae vultus para recordarnos a Cristo como Buen Pastor (la de la oveja perdida, la de la moneda extraviada y la del padre y los dos hijos) nos recuerdan la grandeza del amor de Dios y de su corazón a pesar de las divisiones, confrontaciones, que tanto afectan a la sociedad y, de un modo particular, a las familias, muchas veces consecuencia de las decisiones tomadas.

Un mundo sediento de amor y misericordia
Benedicto XVI nos recordaba que el mundo viene atravesado por una gran “crisis de verdad”. De hecho, la modernidad ha abierto el camino para la negación de la trascendencia y la posmodernidad ha consumado el eclipse del sentido de Dios y del hombre en muchísimos hombres y mujeres de nuestra generación, que conlleva una profunda crisis de identidad, en la que se da una «disociación entre sexualidad y reproducción, entre afectividad y sexualidad, entre fe y vida»2.
«En el fondo –ha dicho san Juan Pablo II– hay una profunda crisis de la cultura, que engendra escepticismo en los fundamentos mismos del saber y de la ética, haciendo cada vez más difícil ver con claridad el sentido del hombre, de sus derechos y debe­res»3. Esta crisis deja al hombre actual a la intemperie engañándolo y prometiéndole abundancia, cuando en realidad lo que hace es empobrecerlo. Así, nuestras sociedades del mundo desarrollado viven en su raíz más profunda la enfermedad del relativismo.
     Ante esta enfermedad, la Iglesia, como madre y maestra, nos habla de la riqueza del verdadero amor y de la misericordia como elementos básicos para salir de esta situación de crisis. Benedicto XVI, en “Deus caritas est”, se preguntaba: ¿Se puede amar de verdad a Dios, ¿Podemos de verdad amar al prójimo, a mi esposa, a mis hijos, a mis amigos y próximos, a mis enemigos, con un amor incondicional?4.
     Lo que Cristo nos revela es la unidad del plan de Dios y del corazón del hombre, llamado a salir de la soledad, verdad que subyace desde el principio en la narración del Génesis. «Al principio los hizo Dios a su imagen y semejanza, hombre y mujer los creó» (Gén 1, 27). Este pasaje se complementa con el de Gén 2, 24: «Por eso deja­rá el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán una sola carne». Desde que el mundo existe nuestros amores nos remiten a otro amor más grande, originario y perfecto. Solo nuestra dureza de corazón nos hace perder el horizonte del don de sí que se nos manifiesta como revelación y regalo.
     Esto hace que en el corazón del hombre surja el clamor de una auténtica miseri­cordia, que se ha mostrado de forma real y actual en Cristo, que recorre el camino de la vida junto a nosotros, como en Emaús. La misericordia no llega a nosotros como un mensaje abstracto, sino personificada en Cristo, porque Él mismo es la miseri­cordia para cada uno de nosotros. El corazón de Cristo es un corazón transido por la ternura, es un corazón de carne, que va a marcar en la historia una nueva relación entre lo antiguo y lo nuevo que es Él, el paso de un corazón de piedra a un corazón de carne, de un pueblo cuyo «corazón está lejos de mí», como dirá Isaías (Is 29, 13), a un «corazón nuevo» capaz de amar en un nuevo pacto de fidelidad. Todo se juega en el corazón, «porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6, 21).
     Este cambio del corazón lleva a ungir las heridas con el aceite de la misericordia. «Si uno murió por todos, todos murieron. Y Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos» (2 Cor, 5, 14-15). El precio de su amistad –«vosotros sois mis amigos»– es lo que nos descon­cierta. No nos pide que escalemos ninguna cumbre inaccesible, sino que nos acer­quemos para aceptar su perdón. Es Otro el que me salva, dando su vida, el que sube al monte de la misericordia, al monte de la cruz, no para dar la misericordia, sino para hacerse pura misericordia. El mal ha sido aplastado por la plenitud de Cristo. De su costado herido brotó sangre y agua, la sangre que redime y el agua que nos purifica. Este «Dios de la consolación» (Rom 15, 4) nos ha enviado a Jesucristo como el primer consolador de los esposos desolados, y a las familias rotas. La promesa de Cristo es verdadera y nos devuelve la esperanza a la familia, que es el verdadero santuario de la vida, donde esta puede ser preservada desde su concepción, acogida y protegida hasta su madurez. Cada familia está llamada a ser pueblo de la vida y para la vida, a trabajar a favor de la vida para renovar la sociedad.

 La familia evangeliza cuando es hogar de la misericordia
     Cuando la familia vive desde ese amor que ha recibido y cuando hace de su hogar un lugar privilegiado para la misericordia se transforma en un don de Dios Amor. Se muestra, de este modo, ante el mundo como un verdadero nido de amor, casa de acogida, misericordia, escuela de madurez humana y lugar propicio para cultivar las virtudes cristianas en los hijos. Solo desde esta misericordia de Dios el hombre puede vivir. Él nunca se cansa de abrir la puerta de su Corazón para repetir que nos ama y quiere compartir con nosotros su vida.
     «El papa, desde el principio de su ministerio petrino, nos ha invitado a transitar por caminos de misericordia, él que precisamente había elegido como lema del ministerio episcopal “Miserando atque eligendo”, inspirado en el pasaje evangélico de la vocación de Mateo (Mt 9, 9-13). En la exhortación programática "Evangelii gaudium" escribió: “La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evan­gelio” (n. 114). Ahora recuerda el dinamismo evangélico en el campo del matrimonio y la familia, ámbito fundamental de la acción pastoral de la Iglesia. El Evangelio brilla especialmente en las situaciones dolorosas que padecen tantas personas»5.
     La Virgen María nos enseña también esta misericordia de Dios. El entonces car­denal Bergoglio decía en una sus homilías: «En la mirada de la Virgen tenemos un regalo permanente. Es el regalo de la misericordia de Dios, que la miró pequeñita, y la hizo su Madre (…). La mirada de la Virgen nos enseña a mirar a los que natu­ralmente miramos menos, y que más necesitan: a los desamparados, los que están solos, los enfermos, los que no tienen con qué vivir, los chicos de la calle, los que no conocen a Jesús»6.
     Este Año Jubilar de la Misericordia se convierte para toda la Iglesia en un gran eco de la Palabra de Dios que resuena fuerte y decidida como palabra y gesto de perdón, de soporte, de ayuda, de amor. Que nunca nos cansemos de ofrecer mise­ricordia y seamos siempre pacientes en el confortar y perdonar7. Que cada familia, como Iglesia doméstica, se haga voz de cada hombre y mujer y sea un hogar donde sanar las heridas del corazón. Así, la familia se convertirá en un gran gimnasio de entrenamiento para el don y el perdón recíproco, sin el cual ningún amor puede durar mucho8.

1 Cf. Francisco, bula del Jubileo de la Misericordia Misericordiae vultus, n. 9.
2 Cf. Polaino-Lorente, A., Identidad y diferencia: la construcción social de “género”, en Begoña Garcia Zapata (et alii), Mujer y varón. ¿Misterio o autoconstrucción?, CEU/Universidad Francisco de Vitoria/UCAM, Madrid 2008, pp, 114-129.
3 Juan Pablo II, Evangelium vitae, n. 11.
situación de crisis. Benedicto XVI, en Deus caritas est, se preguntaba: ¿Se puede amar de verdad a Dios, ¿Podemos de verdad amar al prójimo, a mi esposa, a mis hijos, a mis amigos y próximos, a mis enemigos, con un amor incondicional?del verdadero amor y de la misericordia como elementos básicos para salir de esta .4
4 Cf. Benedicto XVI, Deus caritas est, n. 16.  
5 Ricardo Blázquez Pérez, Discurso inaugural CVI Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, EDICE, Madrid 2015, p. 12.
6 Pontificio Consejo para la Familia, Papa Francisco y la familia., Enseñanzas de Jorge Mario Bergoglio-Papa Francisco acerca de la familia y de la vida 1999-2015, Libreria Editrice Vaticana, Vaticano 2015, pp. 74-75.
7 Cf. Francisco, bula del Jubileo de la Misericordia Misericordiae vultus, n. 25.

8 Cf. Francisco, «La familia, hogar del perdón y del amor» (Audiencia General, 4.XI.2015).



jueves, 24 de diciembre de 2015

FELICITACIÓN DEL PRESIDENTE DIOCESANO


Llega la Navidad
    
      Se acercan los días santos de la Navidad. Días de gozo y salvación, porque la Madre de Dios nos da a luz al Hijo eterno de Dios hecho hombre en sus entrañas virginales, permaneciendo virgen para siempre. El Hijo es Dios y la madre es virgen, dos aspectos de la misma realidad, que hacen resplandecer el misterio en la noche de la historia humana. La Iglesia nos invita en estos días santos a vivir con María santísima estos acontecimientos.
     El nacimiento de una nueva criatura es siempre motivo de gozo. El Hijo de Dios ha querido entrar en la historia humana, no por el camino solemne de una victoria triunfal. Podría haberlo hecho, puesto que es el Rey del universo. Pero no. Él ha venido por el camino de la humildad, que incluye pobreza, marginación y desprecio, anonimato, ocultamiento, etc. Y por este camino quiere ser encontrado. Hacerse como niño, hacerse pequeño, buscar el último puesto, pasar desapercibido... son las primeras actitudes que nos enseña la Navidad. Para acoger a Jesús, él busca corazones humildes, sencillos y limpios, como el corazón de su madre María y del hace las veces de padre, José.
     El misterio de la Encarnación del Hijo que se hace hombre lleva consigo la solidaridad que brota de este misterio. "El Hijo de Dios por su encarnación se ha unido de alguna manera con cada hombre" (GS 22), nos recuerda el Vaticano II. El misterio de la Encarnación se prolonga en cada hombre, ahí está Jesús. Y sobre todo se prolonga en los pobres y necesitados de nuestro mundo. Con ellos ha querido identificarse Jesús para reclamar de nosotros la compasión y la misericordia.
     El anuncio de este acontecimiento produce alegría. Es la alegría de la Navidad. Pero no se trata del bullicio que se forma para provocar el consumo, no. Se trata de la alegría que brota de dentro, de tener a Dios con nosotros, de estar en paz con El y con los hermanos. Nadie tiene mayor motivo para la alegría verdadera que el creyente, el que acoge a Jesús con todo el cariño de su corazón. Pero al mismo tiempo, el creyente debe estar alerta para que no le roben la alegría verdadera a cambio de un sucedáneo cualquiera.
     Viene Jesús cargado de misericordia en este Año jubilar. Viene para aliviar nuestros cansancios, para estimular nuestro deseo de evangelizar a todos, para repartir el perdón de Dios a raudales a todo el que se acerque arrepentido. Mirándonos a nosotros mismos muchas veces pensamos que en mi vida ya no puede cambiar nada y que en el mundo poco puede cambiar cuando hay tantos intereses en juego.
    Sin embargo, la venida de Jesús, su venida en este Año de la misericordia es un motivo intenso de esperanza y es un estímulo para la conversión. Yo puedo cambiar, tú puedes cambiar, el mundo puede cambiar. Jesús viene a eso, a cambiarlo y renovarlo todo, para acercarnos más a él y a los demás. Se trata de esperarlo, de desearlo, de pedirlo insistentemente. El milagro puede producirse. La navidad es novedad.
     Que al saludarnos y desearnos santa Navidad, feliz Navidad, convirtamos el deseo en oración. El mundo actual vive serios conflictos, que pueden destruirnos a todos. Jesucristo viene como príncipe de la paz, con poder sanador para nuestros corazones rotos por el pecado y el egoísmo. Acudamos hasta su pesebre para adorarlo. Él nos hará humildes y generosos. Él nos llenará el corazón de inmensa alegría, como llenó el corazón de los pastores y de los magos, que le trajeron regalos. Con María santísima vivamos estos días preciosos de la Navidad.
Recibid mi afecto y mi bendición:
+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

sábado, 19 de diciembre de 2015

LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 20 DE DICIEMBRE, 4º DE ADVIENTO (Comentario de + Fr. Jesús Sanz Montes, ofm-Arzobispo de Oviedo)

«…BENDITO EL FRUTO DE TU VIENTRE »
Lc. 1,39-45    
            En aquellos días, María se puso en camino y fue de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo  y, levantando la voz, exclamó:
       «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre.
       Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá».

Otras Lecturas: Miqueas 5, 1-4a; Salmo 79; Hebreos 10,5-10

LECTIO:
                Esta escena del evangelio  es el pórtico a la celebración del Misterio de la Natividad del Señor. Hoy la protagonista es ella, la madre de Jesús, María.
       “En aquellos días” María ya había recibido la visita del ángel Gabriel, “en aquellos días” María ya sabía que Dios la había elegido para ser la madre del Salvador. El que María estuviera viviendo unos días tan absolutamente especiales no le impidieron olvidarse de sí misma y pensar en los demás. María, en aquellos días”, tuvo noticias de que su prima Isabel había concebido un niño.
       No lo pensó dos veces, se puso en camino y fue aprisa”. Cuando se trata de servir a los demás no hay que perder mucho tiempo en pensar si será adecuado, si acogerán bien nuestro servicio… María actúa con determinación.
       El camino que tuvo que hacer María no fue nada fácil. Cuando llega a su destino se produce el encuentro con Isabel y Zacarías. La sorpresa de Isabel ante esta visita manifiesta la sorpresa humana que se produce cuando nos sentimos visitados por Dios. Alguna vez es posible que hayamos pensado como Isabel: Señor, pero si soy tan poca cosa, ¿cómo te vas a fijar en mí?
       ¿Por qué María actuó así? María ha actuado así porque es una mujer de fe. Es una mujer que se ha fiado absolutamente de Dios. Y el que se fía, el que cree, lleva la alegría consigo: “dichosa tú”.
     Y la profunda fe junto con la alegría te lleva a darte, a entregarte a los demás, como hizo María, mujer admirable de quien tenemos tanto que aprender.

MEDITATIO:
     En el modo como María se comporta con la Palabra de Dios, Lucas ve la actitud que hemos de tener al entrar en contacto con la Palabra: acogerla, encarnarla, interiorizarla, rumiarla, hacerla nacer y crecer, dejarse plasmar por ella, aunque, a veces, no entendamos y nos haga sufrir. ¿Es así como tú la acoges, son estas tus actitudes?
   Lucas pone el acento en la prontitud de María para responder a las exigencias de la Palabra de Dios. El ángel le anuncia… Ella se pone en camino, sale de casa para ayudar a una persona que tiene necesidad. María recibe la Palabra y la pone en práctica. ¿Es así tu respuesta ante las necesidad de los demás? ¿Qué tienes que aprender?
“Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá”.
     Este es el mensaje: creer en la Palabra de Dios que tiene la fuerza de realizar lo que nos dice. Es la Palabra que crea, que genera vida.
¿Crees, en verdad, en la Palabra de Dios? ¿Tú palabra crea y genera vida?
     María comienza proclamando el cambio realizado en su vida bajo la mirada misericordiosa de Dios. Por eso, canta feliz:
“Proclama mi alma la grandeza del Señor…
¿Alabas y agradeces a Dios todo lo bueno que hace y pone en ti? ¿Eres capaz de reconocer y alabar lo bueno de las personas que te rodean?      
                                                                                                                                                           
ORATIO:
     Has salido a mi encuentro, Señor Jesús, y me has concedido la gracia de conocerte. Llevado por la Iglesia, como por María tu madre, me has visitado y me has dado la fe. Gracias, Señor.

Quiero proclamar tu fuerza y tu poder,
todo lo que has hecho en María y en mí.
Elijes lo pobre y lo sencillo:
para construir tus planes infinitos.

   «Mi alma glorifica al Señor»: mientras vamos preparándonos a celebrar tu nacimiento, concédenos reconocernos todos en las palabras de María, contar lo que el Padre sigue haciendo hoy con los humildes que le temen.

CONTEMPLATIO:
     María, “la madre de mi Señor” Para los seguidores de Jesús, María es, antes que nada, la Madre de nuestro Señor. Éste es el punto de partida de toda su grandeza. Ella nos ofrece a Jesús.
     María, la creyente. María es grande por haber acogido con fe la llamada de Dios a ser Madre del Salvador. Ha sabido escuchar a Dios; ha guardado su Palabra dentro de su corazón; la ha meditado; la ha puesto en práctica cumpliendo fielmente su vocación.
    María, la evangelizadora. María ofrece a todos la salvación de Dios que ha acogido en su propio Hijo. Ésa es su gran misión y servicio. María evangeliza porque allá a donde va lleva consigo la persona de Jesús y su Espíritu. Esto es lo esencial del acto evangelizador.
    María, portadora de alegría. El saludo de María contagia la alegría que brota de su Hijo Jesús. Ella ha sido la primera en escuchar la invitación de Dios: “Alégrate… el Señor está contigo”. Ahora, desde una actitud de servicio, ayuda a quienes la necesitan.

    María irradia la Buena Noticia de Jesús, el Cristo, al que siempre lleva consigo. Ella es para la Iglesia el mejor modelo de una evangelización gozosa.
EL «BELÉN» COMO PREPARACIÓN A LA NAVIDAD
Queridos hermanos y hermanas:
… En muchas familias, siguiendo una hermosa y consolidada tradición, inmediatamente después de la fiesta de la Inmaculada se comienza a montar el belén, para revivir juntamente con María los días llenos de conmoción que precedieron al nacimiento de Jesús. Construir el belén en casa puede ser un modo sencillo, pero eficaz, de presentar la fe para transmitirla a los hijos.
    El belén nos ayuda a contemplar el misterio del amor de Dios, que se reveló en la pobreza y en la sencillez de la cueva de Belén. San Francisco de Asís quedó tan prendado del misterio de la Encarnación, que quiso reproducirlo en Greccio con un belén viviente; de este modo inició una larga tradición popular que aún hoy conserva su valor para la evangelización.
  En efecto, el belén puede ayudarnos a comprender el secreto de la verdadera Navidad, porque habla de la humildad y de la bondad misericordiosa de Cristo, el cual «siendo rico, se hizo pobre» (2 Co 8,9) por nosotros. Su pobreza enriquece a quien la abraza y la Navidad trae alegría y paz a los que, como los pastores de Belén, acogen las palabras del ángel: «Esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12). Esta sigue siendo la señal, también para nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI. No hay otra Navidad…

Benedicto XVI, pp emérito

viernes, 18 de diciembre de 2015

Las obras de misericordia espirituales y corporales.
(VIII)

    Vemos grandes contenedores en diferentes lugares de la calle que anuncian “Ropa y zapatos usados”. ¿Hemos dejado alguna vez en el contenedor de la parroquia una bolsa con ropa que ya no utilizamos en casa, que está todavía en buenas condiciones para poder ser usada por otras personas, a las que nunca conoceremos, ni ellos nos conocerán a nosotros?

 “Vestir al desnudo”

     ¿Cómo podemos hoy vivir esta obra de misericordia?, nos podemos preguntar, y la pregunta no sería ociosa. ¿Un traje te está pequeño y no tienes hermanos que lo puedan utilizar?, no lo tires a la basura. Llévalo a la parroquia y allí se lo darán a alguien que lo necesite para vestir. Un traje, un vestido, ya ha pasado de moda, pero la tela sigue en buen estado, haz lo mismo y habrás vestido a un necesitado.
     Y también en estos casos, esa necesidad material, corporal, va unida a un deseo de caridad mayor, que es el de vestir a las personas que nos rodean con un poco de comprensión, de buen trato, de cercanía humana, de amor fraterno.
     Todo lo que podamos hacer para mejorar las condiciones de trabajo, para que se viva la justicia en la retribución de los trabajos, para el reconocimiento de los derechos de las personas, de todas las personas y desde su concepción hasta su muerte natural, es vivir esta obra de misericordia.
    
“Vestir” dando sentido a la vida de quien vive el vacío del alma y considera “absurdo” el hecho de vivir, como sin duda hizo el buen samaritano con aquel hombre asaltado por los bandidos y abandonado a la vera del camino.
     El buen samaritano se preocupó del hombre que encontró medio muerto a la vera del camino; se preocupó de cargarlo sobre su burro, de llevarlo a la posada, de pagar al posadero para que cuidara de él. No se limitó a consolarlo un poco, a darle una limosna, a decirle unas palabras de cariño.
     ¡Con qué agradecimiento aquel hombre se habrá acordado toda su vida del “buen samaritano”! Y en su alma habrá surgido también el anhelo de dar gracias a Dios por haber puesto a aquel samaritano en su camino. Pidamos la gracia al Señor de ser nosotros alguna vez ese “buen samaritano”.

“Redimir al cautivo”.

     Aunque quisiéramos, no vamos a poder sacar un preso de la cárcel. Si acaso podríamos promover alguna acción legal para que alguien fuera liberado de alguna pena que se le ha aplicado injustamente. O para que sea más humano el trato que los presos reciben en las cárceles.
     Sí podemos combatir, en cambio, leyes injustas que castigan sin ningún derecho a personas que realizan acciones buenas para el bien de los demás, y para su propio bien, como puede ser la “objeción de conciencia” para no realizar abortos, comercio de embriones, etc.
     También podemos liberar a un amigo de algún mal hábito, de alguna mala costumbre. Por ejemplo: un compañero que dice blasfemias, o miente mucho; o habla con frecuencia mal de los demás: si le ayudamos a liberarse de esos malos hábitos, lo habremos “redimido”. Y siempre que animamos a alguien a confesar sus pecados al Señor, yendo al sacerdote, también lo “redimimos".
     Por desgracia, la esclavitud sigue vigente en muchas partes del mundo y, de vez en cuando, salen noticias en los periódicos de la trata de bancas, de raptos de niñas, etc. No podemos combatirla de la misma manera que obran los que la promueven, con violencia y muerte; pero sí podemos hablar, protestar, convencer para que llegue a desparecer plenamente algún día del planeta.
     No nos encontraremos nunca, seguramente, en la situación en la que se halló san Maximiliano Kolbe en el campo de concentración, cuando decidió ofrecer su vida por la de otro prisionero que iba a ser asesinado.
     Un buen número de “cautivos” de nuestros días son las personas que, por un motivo u otro, han caído en la droga, en el alcoholismo, en el juego de azar, en muchos otros hábitos perniciosos que destrozan su vida, y hacen muy difícil la vida de las personas que estén a su cargo, y acaban deshaciendo a sus propias familias.
     Para redimir a los cautivos hemos de dejar nuestro egoísmo, no preocuparnos sólo de nosotros mismos, y acordarnos de estas palabras de san Josemaría:
     “Tienes obligación de llegarte a los que te rodean, de sacudirles de su modorra, de abrir horizontes diferentes y amplios a su existencia aburguesada y egoísta, de complicarle santamente la vida, de hacer que se olviden de sí mismos y que comprenden los problemas de los demás. Si no, no eres buen hermano de tus hermanos los hombres, que están necesitados de ese “gaudium cum pace” -de esta alegría y esta paz-, que quizá no conocen o han olvidado” (Forja, n. 900).

Cuestionario

¿Paso de largo, cierro los ojos, cuando veo alguna necesidad, pensando que no me corresponde a mi resolver el problema?

¿Me preocupo de animar a un amigo para que ponga todos los medios a su alcance, para que consiga abandonar un mal hábito adquirido: la droga, el alcohol, el juego.., y vea la alegría de rehacer su vida?

¿Animo a otras personas para que sean generosos, y descubran la alegría de vivir las obras de caridad, de misericordia?

FELICITACIÓN PARROQUIAL