TIEMPO LITÚRGICO

TIEMPO LITÚRGICO

domingo, 13 de diciembre de 2015

LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 13 DE DICIEMBRE, 3º DE ADVIENTO (Comentario de + Fr. Jesús Sanz Montes, ofm-Arzobispo de Oviedo)

«… VIENE EL QUE PUEDE MÁS QUE YO»


 Lc. 3,10-18
       En aquel tiempo, la gente preguntaba a Juan: «¿Entonces, qué hacemos?» Él contestó: «El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo.»
    Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron: «Maestro, ¿qué hacemos nosotros?» Él les contestó: «No exijáis más de lo establecido.»
     Unos militares le preguntaron: «¿Qué hacemos nosotros?» Él les contestó: «No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie, sino contentaos con la paga.»
       El pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego; tiene en la mano el bieldo para aventar su parva y reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga.»

     Añadiendo otras muchas cosas, exhortaba al pueblo y le anunciaba el Evangelio.

Otras Lecturas: Sofonías 3, 14-918a; Salmo Isaías 12,2-6; Filipenses 4,4-7

LECTIO:
                Si a los publicanos y militares Juan les había pedido que no estafaran y que no abusaran de nadie, a la gente le pide que compartan. Si con una túnica tienes suficiente, hay otro hermano que ni siquiera tiene una. A nosotros, hoy, este mensaje del compartir y del ser solidario nos afecta directamente.
       Un detalle de este evangelio es que la gente, el pueblo, estaba expectante. Esperaba no una época de bonanza económica o de prosperidad política, esta gente esperaba al Mesías. Deseaban que llegara este enviado de Dios.
       ¿Tenemos nosotros ese mismo deseo de encontrarnos con Jesús? Ellos, confundieron al Bautista con el Mesías. Juan será un hombre humilde y reconocerá que él solo es quien prepara el camino al Mesías.
       Ojalá que en nosotros también esté el deseo de encontrarnos cada día con Jesús, que no olvidemos que también cada uno debemos hacer nuestro camino de conversión.
       Es necesario, urgente e indispensable que ayudemos con nuestra oración, con nuestro tiempo, con nuestros bienes, con nuestras capacidades y valores a remediar la indigencia, necesidades, soledad… de tantos semejantes nuestros. Éste será, no el único, pero sí un precioso fruto de nuestra conversión y de nuestro amor a Jesús.
                  
MEDITATIO:
     La predicación del Bautista sacudió la conciencia de muchos. Estaba diciendo en voz alta lo que muchos sentían en su corazón: era necesario cambiar, volver a Dios, prepararse para acoger al Mesías.

“… ¿qué debemos hacer?”

     La Palabra de este domingo invita  a vivir con alegría y señala el camino para encontrarse con Jesús. Con Él llegará el ánimo de vivir, el entusiasmo por Jesús, la fascinación de estar en su compañía, el gozo y la alegría de la “Buena Nueva”, anunciada por Juan y traída por Jesús.
¿Cómo vivo los valores que Juan dice de cómo ser honesto, no exigir, contentarte con lo que tienes, ser generoso, acompañar…?
En la misericordia tenemos la prueba de cómo Dios ama. Él da todo sí mismo gratuitamente y sin pedir nada a cambio… Él viene a salvarnos de la condición de debilidad en la que vivimos. Su auxilio consiste en permitirnos captar su presencia y cercanía. (Misericordiae Vultus).   
                                                                                                                                                                 
ORATIO:
     La compasión no es lástima. No existe una compasión que no se detenga. Si no te detienes no padeces con, no tienes la divina compasión. No existe una compasión que no escuche. No existe una compasión que no se solidarice con el otro.
     La compasión no es silenciar el dolor, es la lógica propia del amor, el padecer con. No se centra en el miedo sino en la libertad que nace de amar y pone el bien del otro sobre todas las cosas.

…te pedimos que la esperanza nos ayude a afrontar
el duro combate diario de la fe. Acrecienta nuestro ánimo,
robustece nuestra valentía…

     La compasión nace de no tener miedo de acercarse al dolor de nuestra gente. Aunque muchas veces no sea más que estar a su lado y hacer de ese momento una oportunidad de oración.

CONTEMPLATIO:
     ¿Qué podemos hacer nosotros para acoger  a Cristo en medio de esta sociedad en crisis?
     Podemos esforzarnos más en dejar nuestra pasividad y conocer lo que está pasando, no tolerar la mentira o el encubrimiento de la verdad. Conocer y acompañar el sufrimiento que se está generando de manera injusta entre nosotros.
     Podemos dar pasos hacia una vida más sobria para compartir con los más necesitados tantas cosas que tenemos y no necesitamos para vivir. Hacernos más sensibles al sufrimiento de la gente, crecer en solidaridad… Esta será nuestra manera de acoger con más verdad a Cristo en nuestras vidas.

 Si se considera necesario algo un poco más severo con el fin de corregir los vicios o mantener la caridad, no abandones en seguida sobrecogido de temor, el camino de la salvación, forzosamente ha de iniciarse con un comienzo estrecho.
      Mas, al progresar en la vida monástica y en la fe, ensanchado el corazón por la dulzura de un amor inefable, vuela el alma por el camino de los mandamientos de Dios (Benito de Nursia).

viernes, 11 de diciembre de 2015

CARTA PASTORAL AL INICIO DEL CURSO - 2015-2016 (III)

 BIENAVENTURADOS LOS MISERICORDIOSOS
LA CONFESION DE LOS PECADOS

   Francisco propone el anuncio de la misericordia como un camino para la Iglesia de hoy, siguiendo los pasos de san Juan Pablo II en su encíclica Dives in misericordia. De ahí el significado de la peregrinación –símbolo del camino que es la vida de cada persona– en los Jubileos. Pero, lógicamente, apunta a la peregrinación interior: “No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. Pues con la medida que os midiereis se os medirá a vosotros” (Lc 6,37-38). Es, pues, un camino de conversión. Afrontemos con sinceridad y valentía la conversión personal.
   El mensaje de la misericordia es el de la reconciliación. “Insisto una vez más – escribe en la Evangelii Gaudium n. 3--: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia”. El Papa nos invita a concentrarnos de nuevo en lo esencial del Evangelio, al núcleo central, fundamental e irradiante de la novedad cristiana, sin dispersarnos en cuestiones secundarias. El Evangelio consiste fundamentalmente en el anuncio del perdón de los pecados y, por consiguiente, el anuncio de la Alianza lograda y fecunda entre Dios y su pueblo. Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, cargándolo en la Cruz y obteniendo así la absolución del Padre para toda la humanidad. La resurrección es la absolución del pecado del mundo. La misión de la Iglesia es proclamar esta verdad universal y pedir a los cristianos que se conviertan y confiesen para dar al mundo el testimonio concreto de que hay una remisión de los pecados, que el mal no tiene la última palabra, que la muerte ha sido vencida, que el hombre viejo deja paso al hombre nuevo… y que nosotros somos alegres testigos de esta verdad, que es, a la vez, novedad de vida, de vida en abundancia, esperanza cierta de vida eterna.
   Todos estamos llamados a experimentar en este año la misericordia infinita del Padre para con nosotros y que nos haga disponibles al perdón y a vivir con misericordia con los demás. Esta conversión profunda y sincera nos hará volver a Dios y, purificados, vivir en Él. El Señor ha dispuesto para ello el Sacramento de la Reconciliación. Sin duda hay mucha gente que se confiesa. Debemos reconocer, sin embargo, que para la mayoría es algo arduo, que se facilita poco y cuesta mucho. También son muchos los que desisten de hacerlo con frecuencia y no pocos los que ya ni lo lamentan. Estamos aún lejos de aplicar bien el ritual del sacramento de la penitencia. A menudo la confesión se conserva como un ejercicio individualista donde falta la dimensión eclesial, o como una purificación particular para poder recibir la comunión, pero no tanto como el don de reconocerse pecadores mendicantes de la gracia del perdón para poder vivir más plenamente el misterio de la comunión con Dios y con los hermanos. Necesitamos renovar a fondo nuestra visión del sacramento iluminado por la cristología, es decir, por el misterio pascual de Cristo, experimentado como un poderoso regalo de la misericordia de Dios. La mirada misericordiosa de Cristo es el auténtico principio de toda atención pastoral. Debemos, por consiguiente, esforzarnos por salir de la frecuente banalización del perdón, y buscar, con la ayuda de la gracia, una auténtica reconciliación, capaz de restaurar interiormente a la persona. Dios quiere que el pecador “se convierta y viva” (Ez 33,11) venciendo realmente el mal en su corazón, que es lo que hace comprensible la redención, y que la misericordia de Dios le regenere introduciéndole en la verdad de su amor que le lleve a un cambio de vida.
     En otras palabras, la confesión sacramental no es sólo un medio mecánico para ponerse en orden con Dios: es un acto eclesial. Es un modo de participar en la gracia y en el anuncio de la misericordia divina que cambia la vida y la llena de alegría, esperanza y paz. ¡Dispongámonos para confesar! ¡Preparémonos con sacerdotes decididos a ser ministros de la misericordia, con dedicación y gusto pastoral! El Papa pide “que los confesores sean un verdadero signo de la misericordia del Padre” (n. 17), por lo que propone de nuevo su iniciativa “24 horas para el Señor” (adoración de la Eucaristía, y confesión de los pecados). En este paternal consuelo y consejo crece la identificación con Jesús, con sus gustos y motivaciones, con sus sentimientos y entrega, y crece la santidad de la Iglesia, su testimonio y su compromiso. La indulgencia jubilar pasa por la confesión para que la Iglesia entera y la intercesión de los santos nos fortalezcan en la comunión de los santos. Os invito a integrar en vuestra experiencia de fe la gracia del sacramento de la reconciliación de modo habitual, como lugar fecundo de renovación de nuestro seguimiento del Señor y de crecimiento por obra de su misericordia.


+Mons. Rafael Zornoza Boy-Obispo de Cádiz-Ceuta


DICIEMBRE 2015

«Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos»
(Mc 1, 3).
Estas palabras están dirigidas a mí. El Señor viene y debo estar preparado para acogerlo. Cada día le pido: «Ven, Señor Jesús». Y Él responde: «Sí, vengo pronto» (cf. Ap 22, 17.20). Está a la puerta y llama, pide entrar en casa (cf. Ap 3, 20). No puedo dejarlo fuera de mi vida.
La invitación a acoger al Señor que viene es de Juan el Bautista. Está dirigida a los judíos de su tiempo. A ellos les pedía que confesasen sus pecados y se convirtiesen, que cambiasen de vida. Estaba seguro de que la venida del Mesías sería inminente. ¿Lo reconocería el pueblo, que lo esperaba desde hacía siglos, escucharía sus palabras, lo seguiría? Juan sabía que para acogerlo hacía falta prepararse; y de ahí la apremiante invitación:
«Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos».
Estas palabras están dirigidas a mí porque Jesús sigue viniendo cada día. Cada día llama a mi puerta, y, lo mismo que para los judíos de tiempos del Bautista, tampoco para mí es fácil reconocerlo. En aquel entonces, contrariamente a las expectativas normales, se presentó como un humilde carpintero proveniente de Nazaret, un pueblo desconocido. Hoy se presenta con las trazas de un emigrante, de un parado, del empresario que da trabajo, de la compañera de clase, de los familiares, y también de personas en las cuales el rostro del Señor no siempre se ve con toda su luminosidad; incluso a veces parece escondido. Su voz sutil, que invita a perdonar, a ofrecer confianza y amistad, a no conformarse a opciones contrarias al Evangelio, muchas veces está dominada por otras voces que instigan al odio, al provecho personal o a la corrupción.
De ahí la metáfora de los caminos tortuosos e impracticables, que recuerdan a los obstáculos que se interponen a la venida de Dios en nuestra vida de cada día. No hace falta enumerar las mezquindades, egoísmos y pecados que anidan en el corazón y nos vuelven ciegos a su presencia y sordos a su voz. Cada uno de nosotros, si es sincero, sabe cuáles son las barreras que le impiden el encuentro con Jesús, con su palabra, con las personas con quienes Él se identifica. Y ahí está la invitación de la Palabra de vida, que hoy va dirigida a mí precisamente:
«Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos».
"Allanar" ese juicio que me lleva a condenar al otro, a dejar de hablarle, y en lugar de eso llegar a entenderlo, amarlo, ponerme a su servicio. "Allanar" el comportamiento erróneo, que me lleva a traicionar una amistad, que me hace ser violento o incumplir las leyes civiles, para convertirme más bien en una persona dispuesta a soportar incluso la injusticia con tal de salvar una relación, a implicarme personalmente para que crezca la fraternidad en mi entorno.
Es una palabra dura y fuerte la que se nos propone en este mes, pero también una palabra liberadora, que puede cambiarme la vida, abrirme al encuentro con Jesús, de modo que venga a vivir en mí y sea Él quien actúe y ame en mí. Si la vivimos, esta palabra puede hacer mucho más: puede hacer que nazca Jesús en medio de nosotros, en la comunidad cristiana, en la familia, en los grupos en que actuamos. Juan la dirigió a todo el pueblo: «[y Dios] habitó entre nosotros» (Jn 1, 14), en medio de su pueblo.
Por eso, ayudándonos unos a otros, queremos allanar los senderos de nuestras relaciones, eliminar cualquier desviación que pueda haber entre nosotros, vivir la misericordia a la que nos invita este año santo. Así, juntos, seremos la casa, la familia capaz de acoger a Dios.
Será Navidad: Jesús encontrará el camino abierto y podrá quedarse en medio de nosotros.

Fabio Ciardi

domingo, 6 de diciembre de 2015

SANTA MARÍA EN ADVIENTO

MARÍA, PRIMER FRUTO DE LA REDENCIÓN
     La fiesta de la Inmaculada brilla con esplendor de cielo azul. Un cielo limpio en el que brilla el sol de la pureza y de la gracia. La fiesta de la Inmaculada llena de alegría el alma del pueblo cristiano. Ella anuncia la cercanía de la redención, que viene a traer al mundo el Hijo de sus entrañas, Jesucristo, que nacerá en la nochebuena como fruto bendito de su vientre virginal.
     María es el primer fruto de la redención, porque ha sido preparada por Dios para ser la madre de su Hijo divino hecho hombre. Ella no conoció el pecado. Fue toda limpia y hermosa, llena de gracia y santidad. Vale la pena mirar a María continuamente, pero más todavía cuando llegan sus fiestas, y de manera singular esta fiesta de la Inmaculada.
     En un mundo como el nuestro, la vieja Europa nuestra que ignora sus raíces cristianas, va creciendo el ateísmo militante, fruto del alejamiento de Dios de muchedumbres inmensas, en una "apostasía silenciosa" generalizada, como decía san Juan Pablo II. Todo ello es fruto del pecado, del egoísmo en todas sus formas. Injusticias, corrupción, desprecio de la vida y de los derechos humanos, odios, guerras. El pecado ha hecho y sigue haciendo estragos en la historia de la humanidad. En medio de todo ese estiércol ha brotado una flor, cuyo fruto maduro va a ser su Hijo, nuestro Señor Jesucristo.
     Es un balón de oxígeno para el cristiano en todo tiempo mirar a María, la Purísima, la concebida sin pecado, la llena de gracia. Nosotros que somos pecadores, y que no somos capaces de salir de nuestro pecado por nuestras solas fuerzas, al mirarla a ella sentimos el alivio de la gracia, que en ella resplandece con toda plenitud. El corazón se nos llena de esperanza. Nosotros hemos nacido en pecado, el pecado original, y el bautismo nos ha librado de la muerte eterna, haciéndonos hijos de Dios. En nosotros permanece la inclinación al pecado, el atractivo del pecado (la concupiscencia, que no es pecado, pero procede del pecado e inclina al pecado). María, sin embargo ha sido librada de todo pecado antes de cometerlo. Ni siquiera el pecado original ha tenido lugar en ella. Ni tampoco sombra alguna de pecado personal mortal o venial, ni la más mínima connaturalidad con el pecado.

     "El pecado más grande de nuestros días es la pérdida del sentido del pecado", decía hace poco el papa Francisco recordando esta misma expresión del papa Pío XII. Ciertamente, es necesario contemplar la belleza de María para sentirnos atraídos por esa meta a la que Dios quiere llevarnos: libres de todo pecado y llenos de gracia y santidad. Y esta ha de ser la propuesta permanente de la nueva evangelización: la belleza de la vida cristiana, de la vida de hijos de Dios, que en María resplandece plenamente. Muchos de nuestros contemporáneos han perdido el sentido de Dios, andan perdidos entre los afanes de este mundo, desnortados sin saber a dónde dirigir sus pasos, esclavos de tantas torceduras del corazón humano, víctimas de sus propios vicios que aíslan y encierran a la persona en sí misma y la incapacitan para amar. Todas estas y muchas más son las consecuencias del pecado, del alejamiento de Dios. Muchos incluso han perdido el sentido del pecado, porque su vida no hace referencia a Dios para nada. Muchos viven en esas periferias existenciales, lejos de la casa de Dios, y al encontrarse con María recuperan el sentido de lo bello, la verdad de la vida, la fuerza para realizar el bien.
      La fiesta de la Inmaculada quiere traernos a todos esta buena noticia. Por la encarnación redentora de su Hijo divino Jesucristo, por su muerte y resurrección, se nos han abierto de par en par las puertas del cielo. Es posible la esperanza, es posible otra forma de vida, es posible amar y salir de uno mismo para entregarse a los demás, es posible la vida de gracia y santidad. Más aún, hemos nacido para eso. Y si alguna vez nos viene la duda o se oscurece el horizonte, levantemos los ojos a María Santísima, la llena de gracia, la toda limpia, la Purísima.
     Que el Señor os conceda a todos una profunda renovación en este Año de la misericordia, que en el día de la Inmaculada es abierto para toda la Iglesia.
Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

sábado, 5 de diciembre de 2015

LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 6 DE DICIEMBRE, 2º DE ADVIENTO (Comentario de + Fr. Jesús Sanz Montes, ofm-Arzobispo de Oviedo)


«…PREPARAD EL CAMINO AL SEÑOR…»


Lc. 3, 1-6
            En el año decimoquinto del imperio del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanio tetrarca de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.
       Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías:
       «Voz del que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; los valles serán rellenados los montes y colinas serán rebajados; lo torcido será enderezado, lo escabroso será camino llano. Y toda carne verá la salvación de Dios».

Otras Lecturas: Baruc 5, 1-9; Salmo 125; Filipenses 1, 4-6.8-11

LECTIO:
            El evangelio de este domingo nos introduce en la actividad del precursor de Jesús, es decir de Juan Bautista. Lucas quiere insertar el ministerio del Bautista y sobre todo el de Jesús, en la historia humana. Jesús no es un personaje abstracto, sino que nació y vivió en una época histórica bien precisa.
       Es en este  momento de la historia de los hombres cuando Dios llamó, de nuevo, a un hombre para anunciar su palabra y la llegada del Mesías definitivo. Este hombre será Juan, hijo de Zacarías e Isabel.
       Juan recibió esta llamada del Señor en el desierto. ¿Qué hay en el desierto? Nada, casi nada. Pero hay silencio. Y ahí es donde se puede escuchar la voz Dios que te llama y quiere que vuelvas a Él.
       Juan recibe este encargo de Dios y desde ese momento se dedicó a anunciar esta palabra divina. La constatación era que el pueblo, de nuevo, se había alejado de Dios. Se había marchado de casa. Dios quería, -y quiere- que el pueblo, sus hijos, emprendieran el camino de vuelta.
       Esto es la conversión. Recapacitar, ser consciente del amor al que hemos sido infieles, regresar a casa, como un día hizo el hijo pródigo.
       Juan nos invita a todos a preparar el camino al Señor que viene, que de nuevo quiere retomar la amistad y la alianza de amor con cada uno de nosotros. Es urgente que escuchemos esa voz. Pero para ello es necesario que vayamos al desierto.

 MEDITATIO:              
“Preparad el camino del Señor…”

     La salvación viene en la historia de cada día y así nuestra historia se hace historia de salvación. Ésta es la vocación del cristiano: dejarse invadir por la Palabra, transmitirla acompañada de un estilo de vida, ser su testigo con hechos y anunciar la presencia de Jesús entre los hombres.

“…allanad sus senderos”

     Allanar las colinas de la soberbia, de las ansias de poder, aplanar las honduras de los complejos, temores, debilidades. Abrir caminos de búsqueda, de silencio, de compromiso, de solidaridad…

“…predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados”

     Durante este tiempo de Adviento, ¿qué sentido tiene la exhortación a la conversión que hace Juan Bautista? 
¿De qué cosas y en qué tengo que convertirme para celebrar la Navidad y que sea realmente un nuevo nacimiento para mí, mi familia, mi grupo de vida, mi comunidad…?
Dentro de unos días se inicia el Año de la Misericordia… lleva consigo la riqueza de la misión de Jesús: llevar una palabra y un gesto de consolación a los pobres, anunciar la liberación, volver a dar la dignidad…”
    
ORATIO:
          Señor: mientras voy caminando con la Iglesia para preparar la Navidad, escucho que eres tú quien me abres el camino de la conversión… indicándome tantos desiertos que encuentro a mi alrededor y los espacios vacíos que nuestra caridad no sabe cómo llenar…

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda y habitar en tu monte santo?
El que procede honradamente  y practica la justicia…
…el que no hace mal a su prójimo ni difama al vecino…

     Señor, que pueda hacer lo que esté de mi parte, sin desanimarme por tantas cosas como no puedo o no sé hacer.

CONTEMPLATIO:
     En medio del “desierto espiritual” de la sociedad moderna, hemos de entender y configurar la comunidad cristiana como un lugar donde se acoge el Evangelio de Jesús.
     La experiencia directa e inmediata con el relato evangélico nos hace nacer a una fe nueva por el contacto vital con Jesús. Él nos enseña a vivir la fe cristiana, no como deber sino como contagio. En contacto con Él recuperamos nuestra verdadera identidad de seguidores de Jesús y podemos vivir acompañados por Alguien que pone sentido, verdad y esperanza en nuestra existencia.
     ¿Cómo responder a la llamada del Señor en este Adviento? ¿Cómo afrontar la verdad real de nuestras vidas para recuperar un talante de conversión?…


El amor divino sana todas las enfermedades del alma, arranca las raíces de todos los vicios, es el comienzo de todas las virtudesVen a nuestras almas, amor divino, ensancha los corazones, acrecienta los santos deseos, amplía la capacidad del espíritu para que pueda acoger a Dios como su eterno huésped. (Hugo de San Víctor).

Centralidad de la Eucaristía

     Desde el principio del cristianismo, a la luz de la fe, se entiende la Eucaristía como la fuente, el centro y el culmen de toda la vida de la Iglesia: como el memorial de la pasión y de la resurrección de Cristo Salvador, como el sacrificio de la Nueva Alianza, como la cena que anticipa y prepara el banquete celestial, como el signo y la causa de la unidad de la Iglesia, como la actualización perenne del Misterio pascual, como el Pan de vida eterna y el Cáliz de salvación. Normalmente, la Misa al principio se celebra sólo el domingo, pero ya en los siglos III y IV se generaliza la Misa diaria.
     La devoción antigua a la Eucaristía lleva en ciertos tiempos y lugares a celebrarla en un solo día varias veces. San León III (+816) celebra con frecuencia siete y aún nueve en un mismo día. Varios Concilios moderan y prohíben estas prácticas excesivas. Alejandro II (+1073) prescribe una Misa diaria: «muy feliz ha de considerarse el que pueda celebrar dignamente una sola Misa» cada día.

Reserva de la Eucaristía

     En los siglos primeros la conservación de las especies eucarísticas se hace normalmente en forma privada, y tiene por fin la comunión de los enfermos, presos y ausentes. Las persecuciones y la falta de templos hacían impensable un culto más formal de adoración eucarística. Al cesar las persecuciones, la reserva de la Eucaristía va tomando formas externas cada vez más solemnes.
     Las Constituciones apostólicas –hacia el 380– disponen ya que, después de distribuir la comunión, las especies sean llevadas a un sacrarium. El sínodo de Verdún, del siglo VI, manda guardar la Eucaristía «en un lugar eminente y honesto, y si los recursos lo permiten, debe tener una lámpara permanentemente encendida». Las píxides de la antigüedad eran cajitas preciosas para guardar el pan eucarístico. León IV (+855) dispone que «solamente se pongan en el altar las reliquias, los cuatro evangelios y la píxide con el Cuerpo del Señor para el viático de los enfermos».
     Estos signos expresan la veneración cristiana antigua al cuerpo eucarístico del Salvador y su fe en la presencia real del Señor en la Eucaristía. Sin embargo, la reserva eucarística tiene entonces como fin exclusivo la comunión de enfermos y ausentes; pero no todavía el culto a la Presencia real.

La adoración eucarística dentro de la Misa

     Ha de advertirse en todo caso que ya por esos siglos el cuerpo de Cristo recibe de los fieles, dentro de la misma Misa, signos claros de adoración, que aparecen prescritos en las antiguas liturgias. Especialmente antes de la comunión –Sancta santis, lo santo para los santos–, los fieles realizan inclinaciones y postraciones:
     «San Agustín decía: “nadie coma de este cuerpo, si primero no lo adora”, añadiendo que no sólo no pecamos adorándolo, sino que pecamos no adorándolo» (Pío XII, 1947, Mediator Dei 162).
     Por otra parte, la elevación de la hostia, y más tarde del cáliz, después de la consagración, suscita también la adoración interior y exterior de los fieles. Hacia el 1210 la prescribe el obispo de París, antes de esa fecha es practicada entre los cistercienses, y a fines del siglo XIII es común en todo el Occidente. En 1906, San Pío X, «el papa de la Eucaristía», concede indulgencias a quien mire piadosamente la hostia elevada, diciendo «Señor mío y Dios mío». Aún perdura esta devoción preciosa en algunas Iglesias de América hispana: en la consagración se oye un rumor suave que sale de la asamblea cristiana: «Señor mío y Dios mío».

Primeras manifestaciones del culto a la Eucaristía fuera de la Misa

     La adoración de Cristo en la misma celebración de la Misa es vivida desde el principio. Pero la adoración de la Presencia real fuera de la Misa se va configurando como devoción propia a partir del siglo IX, con ocasión de las controversias eucarísticas. Por esos años, al simbolismo de un Ratramno, se opone con fuerza el realismo de un Pascasio Radberto, que acentúa la presencia real de Cristo en la Eucaristía, aunque no siempre en términos exactos.
     Conflictos teológicos análogos se producen en el siglo XI. La Iglesia reacciona con prontitud y fuerza contra el simbolismo eucarístico de Berengario de Tours (+1088). Su doctrina es impugnada por teólogos como Anselmo de Laón (+1117) o Guillermo de Champeaux (+1121), y es inmediatamente condenada por un buen número de Sínodos (Roma, Vercelli, París, Tours), y sobre todo por los Concilios Romanos de 1059 y de 1079 (retractaciones de Berengario: Denz 690 y 700). Merece la pena conocer cómo era la admirable retractatio hecha en 1079 por un hereje, vuelto a la fe católica [quiera Dios que retractaciones semejantes se exijan hoy a tantos autores católicos caídos en herejía]:
     «Yo, Berengario, creo de corazón y confieso de boca que el pan y el vino que se ponen en el altar, por el misterio de la sagrada oración y por las palabras de nuestro Redentor, se convierten substancialmente en la verdadera, propia y vivificante carne y sangre de Jesucristo, nuestro Señor; y que después de la consagración son el verdadero cuerpo de Cristo que nació de la Virgen y que ofrecido por la salvación del mundo, estuvo pendiente de la cruz y está sentado a la derecha del Padre; y la verdadera sangre de Cristo, que se derramó de su costado, no sólo por el signo y virtud del sacramento, sino en la propiedad de la naturaleza y verdad de la sustancia, como en este breve se contiene y yo he leído y vosotros entendéis. Así lo creo y en adelante no enseñaré contra esta fe. Así Dios me ayude y estos santos Evangelios de Dios» (ib. 700). Ésa es la fe católica: en el Sacramento está presente totus Christus, en alma y cuerpo, como hombre y como Dios.
     Estas enérgicas afirmaciones de la fe van acrecentando más y más en el pueblo la devoción a la Presencia real de nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía. Veamos algunos ejemplos.
     A fines del siglo IX, la Regula solitarium establece que los ascetas reclusos, que viven en lugar anexo a un templo, estén siempre por su devoción a la Eucaristía en la presencia de Cristo. En el siglo XI, Lanfranco, arzobispo de Canterbury, establece una procesión con el Santísimo en el domingo de Ramos. En ese mismo siglo, durante las controversias con Berengario, en los monasterios benedictinos de Bec y de Cluny existe la costumbre de hacer genuflexión ante el Santísimo Sacramento y de incensarlo. En el siglo XII, la Regla de los reclusos prescribe: «orientando vuestro pensamiento hacia la sagrada Eucaristía, que se conserva en el altar mayor, y vueltos hacia ella, adoradla diciendo de rodillas: “¡salve, origen de nuestra creación!, ¡salve, precio de nuestra redención!, ¡salve, viático de nuestra peregrinación!, ¡salve, premio esperado y deseado!”».
      En todo caso, conviene recordar que «la devoción individual de ir a orar ante el sagrario tiene un precedente histórico en el monumento del Jueves Santo a partir del siglo XI, aunque ya el Sacramentario Gelasiano habla de la reserva eucarística en este día… El monumento del Jueves Santo está en la prehistoria de la práctica de ir a orar individualmente ante el sagrario, devoción que empieza a generalizarse a principos del siglo XIII» (A. Olivar, El desarrollo del culto eucarístico fuera de la Misa, «Phase» 1983, 192).


José María Iraburu, Consiliario diocesano ANE de la Archidiócesis de Pamplona

CARTA DE NUESTRO PÁRROCO CON OCASIÓN DEL AÑO JUBILAR