TIEMPO LITÚRGICO

TIEMPO LITÚRGICO

miércoles, 25 de noviembre de 2015


Las obras de misericordia espirituales y corporales.
(VII)

    Quizá nos es muy difícil entender bien la situación angustiosa del espíritu y del cuerpo de un sediento. El agua es uno de los elementos esenciales para la alimentación del cuerpo humano, y en muchas ocasiones nos resulta fácil ofrecer un vaso de agua fría a un compañero que tiene sed. Nos lo agradecerá, y en el fondo del alma nos alegraremos en su alegría de haber saciado su sed. 

“Dar de beber al sediento”.

     En el Evangelio el Señor hace una clara referencia a esta obra de misericordia, cuando nos dice:
     “Quien dé a uno de estos pequeños un vaso de agua fría por ser mi discípulo, en verdad os digo que no quedará sin recompensa” (Mt 10, 42).
     La sed del cuerpo nos lleva a pensar también en la sed del alma. Nos encontramos tantas veces con personas que “están sedientas”, no sólo de agua, sino también de un poco de compañía, aunque no lo digan por pudor, por vergüenza, o quizá por no querer manifestar su indigencia.
     Cristo, desde la Cruz nos dirigió a todos las palabras “Tengo sed”. La esponja empapada en vinagre que le ofrecieron no le calmó la sed. Apenas le enjugó los labios. ¿De qué tiene sed Cristo?
     Tiene sed de que le busquemos, de hacerse el encontradizo con quienes le buscan. Tiene sed de saciar nuestra sed. Sed de hacernos bien, sed de que abramos el corazón como el Salmista, y le digamos: “Como anhela la cierva las corrientes de las aguas, así te anhela mi alma, ¡oh, Dios! Mi alma está sedienta de Dios, del Dios vivo ¿Cuándo iré y veré la faz de Dios?” (Ps 42, 2-3).
     Vivamos con Cristo esta bendita sed. Y lo hacemos, si al anhelar calmar la sed de algún sediento, le animamos, si es el caso, a que se convierta de sus pecados, a que abra el corazón en arrepentimiento, y pueda llegar a vislumbrar así el amor que Dios le tiene.
     Ayudemos a todos los sedientos que encontramos en nuestra vida, a ofrecer su sed, su dolor, al Señor en la Cruz, pidiéndole por las almas que rechazan el Amor de Dios, escogen el infierno de sí mismos y por sí mismos, y desprecian el Cielo que Dios les ofrece.
     Cristo tiene sed de saciar la sed de su Padre Dios, la sed que le ha traído al mundo buscando la Gloria a Dios y el bien de las criaturas. Tiene sed de “que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad”. Tiene sed de darnos vida, para que nuestro vivir se injerte en la vida de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Tiene sed del amor de los hombres, a quienes, clavado en la Cruz, está mostrando todo el Amor de Dios.
     Aprendamos de esta sed de Jesucristo, para poner todo nuestro afán en calmar la sed del cuerpo y del alma de nuestros hermanos, los hombres.

“Dar posada al peregrino”

     Hemos visto ese “milagro” de la hospitalidad que vivimos con ocasión de las Jornadas Mundiales de la Juventud. Muchas familias quisieron compartir con peregrinos de otros países un rato de amor de hogar: ofrecieron habitaciones, camas, un poco de comida, un detalle de caridad humana y de amistad.
Y cuando invitas a un amigo, que está solo y algo triste, a pasar un rato en tu casa, jugando contigo y con tus hermanos, estás viviendo también la buena obra de dar posada en tu corazón a ese amigo que no soporta la soledad en la que se ve hundido, y sin capacidad para llenar el vacío de su alma.
     Hemos asistido en estos últimos años, y lo seguimos viviendo ahora, a ese otro “milagro” de las peregrinaciones a Santiago de Compostela. De todos los rincones de Europa llegan personas en grupos más o menos numerosos, para vivir esa antigua costumbre cristiana europea de visitar Santiago y rezar ante la tumba del apóstol Santiago. En medio de las dificultades y obstáculos que se pueden encontrar, los peregrinos descubren la hospitalidad de quienes les acogen por el camino, de quienes les reciben con afecto, cariño y verdadera caridad cristiana.
     Los “peregrinos” de hoy, muchas veces, serán personas de nuestra familia, de nuestro entorno, que se quedan sin trabajo, que se avergüenzan de no poder pagar sus deudas, y que no se atreven a pedirnos una ayuda por temor a que descubramos la situación lamentable en la que viven. No podemos despreocuparnos de ellos.
     Contemplamos a diario el drama – tragedia- de tantos emigrantes que anhelan poner pie en tierra europea, y no dudan en arriesgar todo su dinero, todo su futuro y el de su familia, para conseguirlo.
     A lo largo de la historia, y en todas las naciones, los cristianos hemos acogido con corazón grande a los emigrantes, a todos los peregrinos del mundo, y así hemos de seguir viviendo ahora.
     Un texto de los primeros cristianos, a la vez que les anima a acoger a los peregrinos, les pone en guardia contra las personas que se hacen pasar por “peregrinos”, para que no abusen de su hospitalidad:
     “Si llega a vosotros un caminante, ayudadlo en lo que podáis: sin embargo, que no permanezca entre vosotros más de dos días, tres a lo más. Si quiere establecerse entre vosotros, que tenga un oficio, que trabaje y que se alimente él. Si no tiene oficio, mirad a ver lo que os dice vuestra prudencia, pero que no viva entre vosotros ningún cristiano ocioso. Si no quiere hacerlo así, tened cuidado, que es un traficante de Cristo. Estad alerta contra los tales”. (Didajé 12.2-5)
Cuestionario
¿Procuro estar atento a las carencias materiales que pueden sufrir amigos y conocidos, para ayudarles a resolverlas; o hago oídos sordos a las necesidades que veo a mi alrededor?

No estaré con posibilidades de arreglarlo todo; pero ¿no puedo tampoco poner el primer ladrillo, y así animar a otros para que en nuestro entorno vivamos mejor la solidaridad, la caridad?

¿Procuro remover el espíritu de los sedientos para que contemplen la sed de Cristo, y le amen para calmar esa sed?

viernes, 20 de noviembre de 2015

LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 22 DE NOVIEMBRE, 34º DEL TIEMPO ORDINARIO - SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO (Comentario de + Fr. Jesús Sanz Montes, ofm-Arzobispo de Oviedo)

«TÚ LO DICES: SOY REY…»
Jn. 18. 33b-37
         En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?» Jesús le contestó: «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?»
     Pilato replicó: «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?» Jesús le contestó: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.»
     Pilato le dijo: «Conque, ¿tú eres rey?» Jesús le contestó: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.»

Otras Lecturas: Daniel 7, 13-14; Salmo 92; Apocalipsis 1, 5-8

LECTIO:
            La escena evangélica de hoy es el diálogo entre Pilato y Jesús que se produce en el pretorio. Jesús se ha autoproclamado el rey de los judíos y Pilato puede condenarle a muerte sin ningún reparo. Es rey pero su reinado es diametralmente opuesto a cualquier reinado humano: Mi reino no es de este mundo”. Los reinados humanos se caracterizan por la superioridad militar, por el uso de las fuerzas… el reino de Jesús utiliza “otras fuerzas”
       Pilato le repite: Con que, ¿tú eres rey?”. Jesús sabe que no le está entendiendo pero responde afirmativamente. Como rey ha venido al mundo para ser testigo de la verdad, la Verdad que es Dios mismo. Pilato no le entendió porque: Solo el que está de parte de la Verdad puede escuchar y comprender a Jesús.
      En Jesucristo, rey del Universo,  ha llegado a nosotros el Reino de Dios. Es verdad que no en su realización definitiva, pero sí con toda su fuerza. Es hora de actuar y hacerlo con las “armas” de este Rey: la paz, la verdad, la justicia, la misericordia, el amor… todo lo que Jesús nos ha enseñado. Pero antes de “hacer” debemos escuchar, escuchar la voz de Jesús, escuchar su Palabra…
     Este Reino se construye también con pequeños y silenciosos signos. Aliviar un poco el dolor de esa persona que conozco y que está sufriendo también es una forma de trabajar por el Reino.

 MEDITATIO:
«¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?»

     Desde la vida de Jesús, desde su pasar haciendo el bien, desde su muerte y resurrección…
¿puedes afirmar que Él es rey, es tu rey, es el que te ha cautivado y da sentido a tu vida, que te lleva a implicarte con todas las consecuencias en su seguimiento, en la vivencia de lo que lleva consigo su seguimiento?
     Jesús es un rey crucificado. Su poder está en la entrega de sí mismo para la salvación de todos. Así nos enseña la inversión de valores, en contra de lo que la sociedad nos pregona y enseña.
¿A qué te comprometen las palabras de Jesús: “… todo el que es de la verdad escucha mi voz”? ¿Qué te dice Jesús con esto?, ¿en qué consiste estar de parte de la verdad?, ¿cómo y cuándo estás tú de parte de la verdad y cuando no?
     Jesús con su vida, pasión y muerte nos enseña que la verdad está en el amor, en el perdón, en la comprensión, en el servicio y en la solidaridad. Este es el reinado de Jesús.

ORATIO:
     Señor, moldea mi vida, mi conciencia, mi voluntad para que haga de ella una ofrenda viva como la tuya.
     Quiero, Señor,  contribuir a construir tu reino. A veces me cuesta y me atraen otros señores, ayúdame a luchar para conseguirlo con tu fuerza.
     Ayúdame, Señor, a amar como Tú, a vivir el reino como Tú, hasta dar la vida por los demás, manifestando y mostrando todo el amor que Tú nos tienes.

CONTEMPLATIO:

«Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido
     Jesús ha venido a este mundo a introducir la verdad. Su reino no es de este mundo. Sus seguidores, sus “discípulos” son los que escuchan su mensaje y se dedican a poner verdad, justicia y amor en este mundo.
y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad.
     El seguidor de Jesús es «testigo» de la verdad. Va tras sus huellas para ser su discípulo. Vive convirtiéndose a Jesús, contagia la atracción que siente por él, ayuda a mirar hacia el evangelio, pone en todas partes la verdad de Jesús.
Todo el que es de la verdad escucha mi voz.»
     Ser fieles al Evangelio de Jesús es una experiencia única que nos lleva a conocer una verdad liberadora, capaz de hacer nuestra vida más humana.

Te amaré con todo el corazón, persiguiendo sólo tu gloria sin preocuparme en absoluto de la gloria de los hombres, a fin de llegar a ser uno contigo ya ahora y después de la muerte, obteniendo así, oh Cristo, reinar contigo, que aceptaste por mi amor la más infamante de las muertes. (Simeón…)

CARTA DEL CONSEJO PASTORAL PARROQUIAL


martes, 17 de noviembre de 2015

LA CONFESIÓN, UN REGALO DE LA MISERICORDIA DE DIOS
Queridos hermanos y hermanas:
     Si meditáramos con frecuencia en la omnipotencia divina reflejada en la creación del mundo y en todas las intervenciones de Dios a lo largo de la Historia Santa, quedaríamos admirados de las maravillas obradas por Dios con el antiguo Israel y con nosotros, el nuevo Israel, testigo de su encarnación, de su predicación y milagros, de su pasión, muerte, resurrección y envío del Espíritu Santo, que ha sido derramado en nuestros corazones.
     Dentro de todas las maravillas obradas por Dios en la vida de la Iglesia y en nuestra propia vida, no es menor la misericordia que Él derrocha con nosotros cuando pecamos y perdona nuestras faltas si arrepentidos las confesamos humildemente en el hermosísimo sacramento de la penitencia, con la conciencia de que Dios nos perdona plenamente y hasta el fondo. Cuando entre nosotros nos perdonamos, queda siempre un poso de resentimiento. Dios nuestro Señor, sin embargo, nos perdona del todo, sin llevar cuentas del mal, si humildemente confesamos nuestros pecados a la Iglesia, después de un sincero examen de conciencia, con dolor de corazón y propósito de la enmienda.
     Para nadie es un secreto que desde hace años el sacramento de la penitencia está atravesando una profunda crisis. En ella, a los sacerdotes nos cabe una gran responsabilidad, pues muchos de nosotros hemos abdicado de una obligación principalísima, estar disponibles para oír confesiones, dando a conocer a los fieles horarios generosos en los que estamos disponibles para servirles el perdón de Dios. En ocasiones hemos recurrido abusivamente a las celebraciones comunitarias de la penitencia, con absolución general y sin manifestación expresa e individual de los pecados, que son inválidas y un desprecio palmario de las normas de la Iglesia, recordadas reiteradamente por los Papas en los últimos años.
     Otra de las causas de la crisis de este bellísimo sacramente es la pérdida del sentido del pecado, denunciada ya en el año 1943 por el papa Pío XII en la Encíclica Mystici Corporis. Hoy no es difícil encontrar personas que dicen que no se confiesan porque no tienen pecados. Tal vez por ello son infinitamente más los que comulgan que los que confiesan. Sin embargo, no hay verdad más clara en la Palabra de Dios que ésta: Todos somos pecadores. En el Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia, sólo la Santísima Virgen está liberada de entonar cada día el "Yo confieso". Todos los demás somos pecadores. La Iglesia es una triste comunidad de pecadores, pues como nos dice el apóstol Santiago, "en muchas cosas erramos todos" (Sant 3,2). San Juan por su parte nos dice que "si decimos que no hemos pecado nos engañamos a nosotros mismos y no somos sinceros" (1 Jn 1,8).
     Una tercera causa de la depreciación del sacramento del perdón en nuestros días es la exaltación del individuo que impide reconocer la necesidad de la mediación institucional de la Iglesia en el perdón de los pecados. Por ello, muchos cristianos dicen que no necesitan del sacramento y del sacerdote, porque se confiesan directamente con Dios. Esta postura, de claro matiz protestante, ignora la voluntad expresa de Jesús resucitado, que en la misma tarde de Pascua instituye este sacramento como remedio precioso para la remisión de los pecados (cf. Jn 20, 23) y para el crecimiento en el amor a Dios y a los hermanos.
     No quiero terminar sin recordar a sacerdotes y fieles algunas pautas prácticas para recibir este sacramento, de acuerdo con el Magisterio de la Iglesia expresado en el Catecismo de la Iglesia Católica. La primera es que sigue vigente el segundo mandamiento de la Iglesia: Confesar al menos una vez al año, y en peligro de muerte o si se ha de comulgar. Es evidente que si el sacramento de la penitencia es manantial de fidelidad, de crecimiento espiritual y de santidad, es sumamente recomendable la práctica de la confesión frecuente.
     Hay que recordar también que no se puede comulgar si no se está en estado de gracia o se han cometido pecados graves. Conviene además que lo sacerdotes encarezcan tanto la dimensión personal del pecado, algo que nos envilece y degrada, que es una ofensa a Dios y un desprecio de su amor de Padre, y la dimensión eclesial del pecado, que merma el caudal de caridad que existe en el Cuerpo Místico de Jesucristo.
     Quiero recordar también que los fieles pueden y deben solicitar a sus sacerdotes que dediquen tiempo al confesonario y que fijen en cada parroquia los horarios de atención sacramental para que los fieles puedan recibir el sacramento de la reconciliación, al que tienen derecho por estricta justicia.
     En las vísperas de la inauguración del Jubileo de la Misericordia, termino asegurando que después del bautismo y la Eucaristía, el sacramento de la penitencia es el más hermoso de todos los sacramentos, puesto que es fuente progreso y crecimiento espiritual, sacramento de la misericordia, la paz, la alegría y el reencuentro con Dios.
     Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina - Arzobispo de Sevilla

lunes, 16 de noviembre de 2015

ORACIÓN POR LAS VÍCTIMAS DE PARÍS

     Dios todopoderoso y eterno, 
de infinita misericordia y bondad, 
con el corazón apesadumbrado, acudimos a Ti. 
     Escucha nuestra oración, ten misericordia de nosotros,
atiende las súplicas de quienes te invocan 
en esta hora de tribulación y de prueba. 

    
Te pedimos, Dios de la vida, 
por las víctimas mortales del ataque terrorista en París.
     Son hijos tuyos; son hermanos nuestros. 
     Nunca debían haber muerto en estas circunstancias. 
Padre nuestro, acógelos en tu seno. 

    
Atiende nuestra oración, Dios de la salud, 
por los heridos de esta masacre. 
     Sana sus heridas, fortalece sus corazones, 
llénalos de tu gracia y de tu paz. 
     Visita, Dios consolador, a los familiares de las víctimas.
     Reviste con tu manto de misericordia y de amor 
las llagas de su corazón y de su alma. 
     Te pedimos por la conversión 
de los que odian y utilizan la violencia.

    
Príncipe de la Paz, Señor Crucificado, Jesucristo Resucitado, compadécete de nosotros, 
intercede por nosotros. 

    
Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, 
Salud de los enfermos, consoladora de los afligidos, 
reina de la Paz y de las familias. Ruega por nosotros.      
Amén.

Fuente: AYUDA A LA IGLESIA NECESITADA

viernes, 13 de noviembre de 2015

LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 15 DE NOVIEMBRE, 33º DEL TIEMPO ORDINARIO - DÍA DE LA IGLESIA DIOCESANA (Comentario de + Fr. Jesús Sanz Montes, ofm-Arzobispo de Oviedo)

 «VERÁN LLEGAR AL HIJO DEL HOMBRE CON GRAN PODER Y MAJESTAD»
Mc. 13.24-32
            En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte.
      Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán, aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre.»

Otras Lecturas: Daniel 12,1-3; Salmo 15; Hebreos 10, 11-14.18

LECTIO:
            Al final de este año litúrgico el evangelio nos presenta la certeza del regreso definitivo del Hijo del Hombre. La realidad de este evangelio es la promesa segura y cierta de que Jesús regresará un día de forma definitiva.
       El día del regreso de Jesús no pasará desapercibido, ni para los hombres, ni para ningún elemento de la naturaleza. Jesús dice que no podemos saber el día y la hora. Eso lo decidirá Dios. Él creó la Historia y el mundo y solo Él los llevará a su plenitud. A nosotros nos toca vivir sabiendo que esto acontecerá y preparándonos para ese momento.
       Hemos de contemplar el último día no como un día terrible y de juicio, sino como un día querido por Dios en el que Él, a través de su Hijo, llevará a cumplimiento su designio de amor sobre todos los hombres. Dios siempre fiel a sus promesas, no abandonará a la humanidad a su suerte ni a su destrucción.    
       Antes de esa venida definitiva hay otra venida intermedia del Señor: la venida de Dios cada día a nuestras vidas. Es verdad que esta venida intermedia no viene acompañada de señales estridentes, pero está igualmente llena de vida.
       La parábola de la higuera es bastante iluminadora al respecto: basta ver una higuera en los meses de invierno y verla en primavera. Un árbol que parecía estar muerto, unos meses más tarde, está explotando la vida que tenía dentro. La vida que el Señor Jesús nos traerá al final de la Historia será la definitiva, porque será la vida que ya no conocerá la muerte.
       Para ser considerados dignos de recibir esa vida nos tenemos que preparar cada día. Hoy también tenemos que acoger a Jesús. Hoy amar a Jesús nos debe llevar a amar a los hermanos. En este evangelio no hay miedo o castigo, esta Palabra contiene en sí misma la semilla de la eternidad.

 MEDITATIO:                      
     Jesús te invita a vivir en profundidad, a prestar atención a los signos de los tiempos, porque el futuro está en tu presente como la vida en la higuera que empieza a brotar. No puedes olvidar que éste es un tiempo en el que Dios actúa y en el que vas forjando tu opción a favor o en contra de la vida.

«el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo»

     No sabemos el día ni la hora, sólo Dios. Ante esa “sorpresa” de nuestra historia vuelve a resonar la llamada constante de Jesús: “convertíos”.
Es una llamada al amor a ir intentando transformar nuestra vida y nuestra historia.
     El Señor quiere exhortarnos a vivir con conciencia y plenitud cada instante de nuestra vida, a no desperdiciar el don del tiempo, a vivir con sabiduría y justicia pues no sabemos el día ni la hora. ¿Vives con gratitud, intensidad y fidelidad los días que el Señor te regala?
La espera de la venida del Señor nos hace estar en vigilancia, anticipando esa venida con obras de justicia y misericordia. ¿Cómo puedes transparentar la cercanía de Dios y su venida constante en medio de nosotros?

«Entonces verán venir al Hijo del hombre…»

La venida del Hijo del Hombre debe llenarnos de alegría, consuelo y esperanza por la promesa del Señor de crear “un cielo nuevo y una tierra nueva”…Una nueva humanidad en la que el mal ya no exista y Él sea el Señor de todos y de todo. ¿Experimentas tú esa alegría y ese consuelo? Si no es así, pídele al Señor que aumente tu fe, que calme tu miedo y que te llene de esperanza en sus promesas.

ORATIO:
Ven, Señor Jesús, ven pronto a mi vida, ven pronto, Señor, ven pronto.

     Haz que completemos nuestra peregrinación terrena tendiendo a la patria celestial, para que quien nos encuentre comprenda cuál es la bienaventurada esperanza que nos hace exultar ya desde ahora.

Porque sin Ti todo suena vacío; sin Ti, todo me deja tristeza.
Porque sin Ti me falta todo y me sobra todo…
Ven, Señor Jesús, ven pronto a mi vida, ven pronto, Señor, ven pronto.

     Que el Pan de la vida eterna, roto por nosotros, nos sostenga en las pruebas cotidianas, para que podamos ser encontrados fieles y vigilantes en tu día glorioso.

CONTEMPLATIO:
     Cualquiera que sea nuestra fe o nuestra postura ante la vida, el verdadero problema al que estamos enfrentados todos es nuestro futuro. ¿En qué van a terminar los esfuerzos, las luchas y las aspiraciones de tantas generaciones de personas? ¿Cuál es el final que le espera a la historia dolorosa, pero apasionante de la humanidad? El hombre necesita en su corazón una esperanza que se mantenga viva aunque otras pequeñas esperanzas se vean malogradas o incluso destrozadas.
     Los cristianos encontramos esta esperanza en Jesucristo y en sus palabras que «no pasarán».  Nuestra esperanza se apoya en el hecho inconmovible de la Resurrección de Jesús. A partir de las palabras del resucitado nos atrevemos a ver la vida presente en «estado de gestación» como algo que no nos ha entregado todavía su último secreto, como germen de una vida que alcanzará su plenitud final sólo en Dios.

Jesucristo, sin bienes materiales y sin ninguna producción científica, pertenece al orden de la santidad… es humilde, paciente, santo, santo, santo para Dios, terrible para los demonios, sin pecado… Para manifestar su Reino de santidad, le hubiera sido inútil a Jesucristo venir como rey; sin embargo, ha venido con el esplendor que le es propio(B. Pascal).

DE LA CARTA PASTORAL DE INICIO DEL CURSO - 2015-2016

BIENAVENTURADOS LOS MISERICORDIOSOS
CELEBRAR EL JUBILEO DE LA MISERICORDIA

    El Santo Padre nos invita al Jubileo de la Misericordia. La Bula Misericordiae vultus que convoca el Jubileo constituye un precioso tratado sobre la misericordia, expuesto sencillamente por el Papa, cuya lectura nos ayudará a entender mejor su significado. Aunque la inauguración oficial del Jubileo de la Misericordia será el próximo 8 de diciembre, Solemnidad de la Inmaculada Concepción, creo importante plantear ya su preparación desde nuestro comienzo de curso. Así lo desea al Santo Padre que propone este tiempo, desde la bula de convocatoria, como periodo inicial de estudio, dialogo y acción. Sera la garantía de una celebración que cale profundamente en nuestra vida y el mejor impulso a nuestro plan pastoral. En el primer Ángelus después de su elección, el Santo Padre decía que: “Al escuchar misericordia, esta palabra cambia todo. Es lo mejor que podemos escuchar: cambia el mundo. Un poco de misericordia hace al mundo menos frío y más justo. Necesitamos comprender bien esta misericordia de Dios, este Padre misericordioso que tiene tanta paciencia” (Ángelus del 17 de marzo de 2013).
   Este Jubileo de la misericordia tiene unas características que lo distinguen de los demás. En primer lugar es deseo del Papa que sea vivido tanto en Roma como en las Iglesias locales. En segundo lugar se ofrece la posibilidad de abrir la puerta santa, la puerta de la misericordia, en cada Diócesis, especialmente en cada Catedral, en un templo significativo o en un santuario de devoción especial para los fieles, para facilitar su acogida, algo desconocido en otros Jubileos. En tercer lugar, se trata de un Jubileo que toma su fuerza en el contenido central de la fe y busca recordar a la Iglesia su misión prioritaria de ser testimonio de la misericordia. Para ello, el Papa enviará al mundo entero unos misioneros de la misericordia, sacerdotes capaces de comprender los límites de los hombres pero audaces para difundir la ternura del Buen Pastor en la predicación y en la confesión. Por último, el Jubileo pretende que participen en él absolutamente todos los cristianos, de cualquier edad, vocación o carisma, para que cada uno viva el profundo significado de la misericordia.
Se ha establecido un calendario para que todos se sientan llamados a vivir la misericordia del Señor, desde el 8 de diciembre de 2015, celebración de la apertura del jubileo de la Misericordia, hasta su clausura el 20 de noviembre de 2016, Solemnidad de Cristo, Rey del universo. Incorporaremos a nuestra programación sus eventos y convocatorias.
    En Evangelii gaudium nos ofrece el Santo Padre la clave reveladora que nos ayudará a entender el verdadero significado y el sentido de este Año jubilar: “La iglesia vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva” (n. 24). La Bula Misericordiae vultus responde a esta mirada, nos sumerge de lleno en este gran misterio del ser de Dios, de su inaudito amor por todos los hombres, de su don de salvación. Dios misericordioso nos hace una llamada para que seamos los primeros beneficiarios y difusores de su caridad.
Desde sus primeros gestos y palabras el Papa Francisco puso su pontificado bajo el signo de la misericordia divina. “Éste es el gran tiempo de la misericordia. No lo olviden: éste es el gran tiempo de la misericordia”, exclamaba en su primer Ángelus dominical (12 de junio de 2013). Tenemos por tanto la oportunidad de comprender y vivir mejor nuestra fe a partir de esta verdad fundamental que Dios nos ha revelado, que define y caracteriza nuestro ser cristiano y que orienta nuestra misión y nuestro obrar: que Dios es misericordia, capaz de compadecerse de nuestras pobrezas y debilidades, siempre dispuesto al perdón y a la gracia que regenera nuestra vida y la llena de fruto. Si llegamos a vivir, profundizar, experimentar y pensar esta misericordia, como pretende el Papa con este Jubileo, obtendremos una verdadera gracia para nuestra diócesis y para cada uno en particular, y será un tiempo de crecimiento para todos los cristianos y un verdadero renacimiento para proseguir en el camino de la nueva evangelización y de la conversión que nos hemos trazado en nuestro Plan Diocesano de Pastoral para estos años.
      La misericordia es “la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia” y debe estar presente en todo, pues lo está Cristo. Para transmitir al mundo el fuego de la misericordia debemos desarrollar diferentes facetas.
      Os invito a poner la atención en algunas más relevantes que os presento ahora para esforzarnos en vivirlas comunitariamente.
+Mons. Rafael Zornoza Boy-Obispo de Cádiz-Ceuta