TIEMPO LITÚRGICO

TIEMPO LITÚRGICO

viernes, 6 de noviembre de 2015

LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 8 DE NOVIEMBRE, 32º DEL TIEMPO ORDINARIO (Comentario de + Fr. Jesús Sanz Montes, ofm-Arzobispo de Oviedo)

 «…AÚN PASANDO NECESIDAD HA ECHADO TODO LO QUE TENÍA»


 Mc. 12- 38-44
     En aquel tiempo, entre lo que enseñaba Jesús a la gente, dijo: «¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Éstos recibirán una sentencia más rigurosa.»
     Estando Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales.
     Llamando a sus discípulos, les dijo: «Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.»

Otras Lecturas: 1Reyes 17,2-10.9-16; Salmo 145; Hebreos 9, 24-28

LECTIO:
            Jesús se encuentra enseñando en el Templo de Jerusalén. El evangelista Marcos nos dice que la muchedumbre le escuchaba a gusto. En su enseñanza Jesús advierte a sus oyentes sobre la vida tan poco ejemplar de los escribas.
       Éstos eran hombres que formaban parte de la clase alta de la sociedad israelita y conocían  a fondo las Sagradas Escrituras. Esta capacidad la podían haber puesto al servicio del pueblo, sin embargo, la mayoría de los escribas, se habían convertido en hombres soberbios, que miraban por encima del hombro a los demás. Pero no solamente buscan reconocimientos y que les reserven los primeros puestos, sino que, engañan a la gente humilde poniendo a Dios como excusa. 
       La llamada de atención de Jesús al principio del evangelio va también dirigida a nosotros. ¡Cuidado con reproducir en nuestra vida algunas de estas actitudes! ¡Cuánto más vale ser hombres sencillos, aunque nadie te aplauda o reconozca, con lo justo para vivir, que no arriesgarnos a que un día Dios nos tenga que reprochar nuestras soberbias o engaños!
       A continuación, una viuda nos es puesta por Jesús como ejemplo a seguir. Esta mujer echó en el cofre del Templo, su ofrenda para Dios, dos monedas de muy poco valor.
       Jesús presencia esta escena y no tiene dudas: la ofrenda de esta mujer vale más que las cantidades que echan los ricos en la misma arca del Templo.
       La lección es clara: cuando uno da de aquello que necesita para vivir o le supone un esfuerzo, entonces esa ofrenda es realmente auténtica, cuando uno da de aquello que le sobra o le molesta en el monedero, entonces la ofrenda tiene otro valor bien distinto. 

  MEDITATIO:                
« ¡Cuidado con los escribas! »

     El Señor critica duramente a los fariseos porque vivían una fe de apariencia, una fe vacía. Aparentaban y fingían ante su pueblo.
¿Hay algo en ti que pueda criticarte el Señor respecto a tu relación con Él o con los demás porque dices una cosa y vives otra?
¡Cuidado con el escriba y el fariseo que llevas dentro! Cae en la cuenta de que no estás libre de las actitudes que denuncia Jesús: deseo de reconocimiento, primeros puestos, significatividad, cierta ambición… si no por cosas materiales, sí por otros bienes sociales.

« “Estando Jesús sentado…observaba a la gente” »

¿Cómo te impacta la actitud observadora de Jesús? ¿Te detienes a mirar en serio como hace el Señor o pasas de largo sin tomar contacto con la realidad?
     Sin prejuicios ni distinciones entre pobre y ricos, sinceramente,
¿Qué te enseña esta Palabra de Jesús? ¿Cuáles son tus riquezas hoy? Piensa en riquezas religiosas, familiares, culturales, humanas, materiales, sociales… ¿Repartes estas riquezas o das de lo que te sobra para “quedarte tranquilo”?                                                                               
ORATIO:
     Tú eres el tesoro del Padre y el tesoro de la humanidad: en ti está depositada la plenitud de la divinidad; sin embargo, sigues esperando aún de nosotros el óbolo de lo que somos…

Te alabo, Señor, y te doy gracias de corazón

porque eres siempre fiel a quienes amas.
Te alabo porque sostienes a los que ya no resisten.
Te alabo porque tu Reino dura por siempre. 
Te alabo porque das felicidad a quien tiene su apoyo y esperanza en Ti.


      Queremos aceptar el desafío de tu Palabra y darte todo, hasta lo que necesitamos para hoy y para el día de mañana: tú mismo eres desde ahora la Vida para nosotros.

CONTEMPLATIO:
     En las sociedades del bienestar se nos está olvidando lo que es la «compasión». No sabemos lo que es «padecer con» el que sufre. Cada uno se preocupa de sus cosas. Cuando uno se ha instalado en su cómodo mundo de bienestar, es difícil «sentir» el sufrimiento de los otros. Cada vez se entienden menos los problemas de los demás. Damos «lo que nos sobra», lo que ya no  necesitamos para seguir disfrutando de nuestro bienestar.
     Necesitamos alimentar dentro de nosotros la ilusión de que somos humanos y tenemos corazón. La viuda ha donado al templo su persona entera. Se ha entregado plenamente y dejado a Dios el cuidado de su subsistencia. Estas cosas le fascinan a Jesús… Ella sí había entendido cuál es el principal de los mandamientos… El caso de la viuda muestra magníficamente lo que a Jesús le agrada ver en el corazón del hombre.

Ningún gesto de bondad queda privado de sentido ante Dios, ninguna misericordia queda sin fruto… Valore cada uno con diligencia la entidad de sus propios recursos, y que los que más han recibido den más (S.León Magno).

NOVIEMBRE 2015
«...para que todos sean uno» (Jn 17, 21)

Es la última y afligida oración que Jesús le dirige al Padre. Sabe que está pidiendo lo que más le importa a Él, pues Dios había creado a la humanidad como familia suya, con la cual compartir todo bien, su misma vida divina. Y ¿qué ansían los padres para sus hijos sino que se quieran, se ayuden y vivan unidos entre sí? Y ¿qué mayor disgusto que el verlos divididos por envidias e intereses económicos hasta dejar de hablarse? También Dios ha soñado desde toda la eternidad con una familia unida en la comunión de amor de los hijos con Él y entre ellos.
El dramático relato de los orígenes nos habla del pecado y de la progresiva desintegración de la familia humana. Como leemos en el libro del Génesis, el hombre acusa a la mujer, Caín mata a su hermano, Lamec se jacta de su desmesurada venganza, Babel provoca la incomprensión y la dispersión de los pueblos... El proyecto de Dios parece fracasado.
Sin embargo, Él no se da por vencido, sino que persigue con tenacidad la reunificación de su familia. La historia se reanuda con Noé, con la elección de Abrahán, con el nacimiento del pueblo elegido; y así hasta que decide mandar a su Hijo a la tierra, al que encomienda una gran misión: congregar en una sola familia a sus hijos dispersos, reunir a las ovejas perdidas en un solo rebaño, derribar los muros de separación y de enemistad entre los pueblos para formar un único pueblo nuevo (cf. Ef 2, 14-16).
Dios no deja de soñar en la unidad, y por eso Jesús se la pide como el regalo más grande que pueda implorar para todos nosotros: «Te pido, Padre,...

«...para que todos sean uno».

Toda familia lleva la huella de los padres. Lo mismo la familia creada por Dios. Dios es Amor no solo porque ama a su criatura; es Amor en sí mismo, en la reciprocidad del darse y de la comunión por parte de cada una de las tres divinas Personas respecto a las demás.
Por eso, cuando creó a la humanidad, la modeló a su imagen y semejanza e imprimió en ella su misma capacidad de relación, de modo que cada persona viva en la entrega recíproca de sí. La frase completa de la oración que queremos vivir este mes dice: «para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros». El modelo de nuestra unidad es nada menos que la unidad existente entre el Padre y Jesús. Parece imposible de tan profunda como es. Y sin embargo, se hace posible por ese como, que significa también porque: podemos estar unidos como están unidos el Padre y Jesús precisamente porque nos incluyen en su misma unidad, nos la regalan.

«...para que todos sean uno».

Esta precisamente es la obra de Jesús: hacer de todos nosotros uno, como Él lo es con el Padre, una sola familia, un solo pueblo. Para esto se hizo uno de nosotros, cargó con nuestras divisiones y nuestros pecados y los clavó en la cruz. Él mismo nos indicó el camino que iba a recorrer para llevarnos a la unidad: «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32). Como había profetizado el sumo sacerdote, «iba a morir [...] para reunir a los hijos de Dios dispersos» (Jn 11, 52). En su misterio de muerte y resurrección «recapituló todas las cosas en sí» (cf Ef 1, 10), regeneró la unidad rota por el pecado, recompuso la familia en tomo al Padre y nos hizo de nuevo hermanos y hermanas entre nosotros.
Jesús cumplió su misión. Ahora queda nuestra parte, nuestra adhesión, nuestro «sí» a su oración:

«... para que todos sean uno».

¿Cuál es nuestra aportación al cumplimiento de esta oración?
Ante todo, hacerla nuestra. Podemos prestar labios y corazón a Jesús para que continúe dirigiendo estas palabras al Padre y repetir cada día con confianza su oración. La unidad es un don de lo Alto que hay que pedir con fe sin cansarnos nunca.
Además debe permanecer siempre en nuestros pensamientos y deseos. Si este es el sueño de Dios, queremos que sea también nuestro sueño. De vez en cuando, antes de cualquier decisión, de cada opción, podríamos preguntarnos: ¿sirve para construir la unidad; es lo mejor con vistas a la unidad?
Y deberíamos acudir allá donde las desuniones sean más evidentes y cargar con ellas, como hizo Jesús. Pueden ser roces en la familia o entre personas que conocemos, tensiones que se viven en el barrio, desacuerdos en el trabajo, en la parroquia, entre las Iglesias. No huyamos de las discordias e incomprensiones, no permanezcamos indiferentes; llevemos allí nuestro amor a base de escucha, de atención al otro, de compartir el dolor que brota de esa herida.
Y sobre todo, vivamos en unidad con todos los que estén dispuestos a compartir el ideal de Jesús y su oración, sin dar importancia a malentendidos o discrepancias, contentándonos con lo «menos perfecto en unidad antes que lo más perfecto sin unidad», aceptando con alegría las diferencias e incluso considerándolas una riqueza para una unidad que nunca implica reducción a la uniformidad.
Sí, a veces esto nos clavará en la cruz, pero ese es precisamente el camino que Jesús eligió para recomponer la unidad de la familia humana, el camino que también nosotros queremos recorrer con Él.
Fabio Ciardi


Presencia real de Cristo en la Eucaristía (Continuación)

El culto de la Eucaristía.

     Ahora bien, si en la celebración de la Eucaristía el pan y el vino se han transformado en el cuerpo y la grande de Cristo, y esta presencia suya es real, verdadera y substancial permanece después de celebrada la Misa, ¿cuál deberá ser la respuesta del pueblo cristiano a esta Presencia del Señor?… El Catecismo lo expresa:

1378 En la liturgia de la misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo bajo las especies de pan y de vino, entre otras maneras, arrodillándonos o inclinándonos profundamente en señal de adoración al Señor. “La Iglesia católica ha dado y continua dando este culto de adoración que se debe al sacramento de la Eucaristía no solamente durante la misa, sino también fuera de su celebración: conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas, presentándolas a los fieles para que las veneren con solemnidad, llevándolas en procesión” (Mysterium fidei 56).

1379 El Sagrario [tabernáculo] estaba primeramente destinado a guardar dignamente la Eucaristía para que pudiera ser llevada a los enfermos y ausentes fuera de la misa.
     Por la profundización de la fe en la presencia real de Cristo en su Eucaristía, la Iglesia tomó conciencia del sentido de la adoración silenciosa del Señor presente bajo las especies eucarísticas. Por eso, el sagrario debe estar colocado en un lugar particularmente digno de la iglesia; debe estar construido de tal forma que subraye y manifieste la verdad de la presencia real de Cristo en el santo sacramento.

1380 Es grandemente admirable que Cristo haya querido hacerse presente en su Iglesia de esta singular manera. Puesto que [en la Ascensión] Cristo iba a dejar a los suyos bajo su forma visible, quiso darnos su presencia sacramental; puesto que iba a ofrecerse en la cruz por muestra salvación, quiso que tuviéramos el memorial del amor con que nos había amado «hasta el fin» (Jn 13,1), hasta el don de su vida. En efecto, en su presencia eucarística permanece misteriosamente en medio de nosotros como quien nos amó y se entregó por nosotros (cf. Ga 2,20), y se queda bajo los signos que expresan y comunican este amor:
     «La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración» (Juan Pablo II, lit. Dominicae Cenae, 3).

1381 «La presencia del verdadero Cuerpo de Cristo y de la verdadera Sangre de Cristo en este sacramento, “no se conoce por los sentidos, dice S. Tomás, sino solo por la fe , la cual se apoya en la autoridad de Dios”» (STh III, 75,1)
     «Habiendo aprendido estas cosas y habiendo sido plenamente asegurado de que lo que aparece pan no es pan, aunque así sea sentido por el gusto, sino el cuerpo de Cristo; y que le que aparece vino no es vino, aunque el gusto así lo crea, sino la sangre de Cristo… fortalece tu corazón participando de aquel pan como espiritual que es y alegra tú el rostro de tu alma.
     «Ojalá que teniendo patente este tu rostro con la conciencia pura, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, crezcas de gloria en gloria en Cristo nuestro Señor, a quien sea el honor y el y el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén» (ib. IV, 9)

Crece en la Iglesia el culto a la Eucaristía

     El pueblo cristiano, con sus pastores al frente, al paso de los siglos, ha ido prestando un culto siempre creciente a la eucaristía fuera de la Misa: oración ante el Sagrario, exposiciones en la Custodia, procesiones, Horas santas, visitas al Santísimo, asociaciones de Adoración nocturna o perpetua, las Cuarenta Horas, etc. Ese crecimiento en la Iglesia de la adoración eucarística se va realizando por obra del Espíritu Santo, que nos conduce «hacia la verdad plena» (Jn 14,26; 16,13). Ya dijo Cristo del Espíritu Santo: «Él me glorificará» (Jn 16,14)… Colaboremos, pues, con el Espíritu Santo para suscitar esta suprema devoción cristiana a Cristo en la Eucaristía. Así lo hacía el Santo Cura de Ars:
     «En el púlpito, comenzaba a veces a tratar de diferentes materias, pero siempre volvía a Nuestro Señor presente en la Eucaristía. “Este atractivo por la presencia real [según testimonio de Catalina Lasagne] aumentó de una manera sensible hacia el fin de su vida… Se interrumpía y derramaba lágrimas; su figura aparecía resplandeciente y no se oían sino exclamaciones de amor”» (A. Trochou, El Cura de Ars, Palabra, Madrid 2003, 12ª ed., 631).

José María Iraburu, Consiliario diocesano ANE de la Archidiócesis de Pamplona

viernes, 30 de octubre de 2015

LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 1 DE NOVIEMBRE, 31º DEL TIEMPO ORDINARIO, SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS. (Comentario de + Fr. Jesús Sanz Montes, ofm-Arzobispo de Oviedo)

«DICHOSOS VOSOTROS… PUES GRANDE SERÁ LA RECOMPENSA»
Mt. 5.1-12a
            En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles:
     Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa.
       Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

Otras Lecturas: Apocalipsis 7,2-4.9-14; Salmo 23; 1Juan 3, 1-3

LECTIO:
            En la fiesta de todos los santos el evangelio de las bienaventuranzas nos indica quienes son los candidatos al Reino de Dios, restituido por Jesús… Cada bienaventuranza es un camino diferente que conduce a la misma vida. Los ocho señalados conducen a la misma posesión de Dios, objeto de la felicidad auténtica y perfecta.
       Para lograr la verdadera unión con Dios, Él nos invita a recorrer el camino de santidad en la pobreza con Cristo pobre. Nos quiere santos en el sufrimiento y en la pena con Cristo paciente.
       No hay santidad sin la presencia espiritual con Cristo. Dios nos ofrece la dicha de la santidad por el camino de la lucha por la justicia con Cristo, el justo de Dios.
       En la misericordia y en la limpieza de corazón nos iremos santificando, aprendiendo de Cristo, misericordioso y puro.
       Teniendo en nosotros la paz de Cristo y de los santos de Dios, trabajaremos por la paz entre los hombres, y en el itinerario de la persecución por Cristo, nos iremos revistiendo de la santidad del Cristo injuriado, perseguido y lastimado.
 
   MEDITATIO:          
     Cuando Jesús sube a la montaña y se sienta para anunciar las bienaventuranzas, hay un  gentío en aquel entorno, pero sólo «los discípulos se acercan» a él para escuchar mejor su mensaje.
¿Qué nos impide  hoy a los discípulos de Jesús acercarnos a Él para escucharlo?
     Dichosos «los pobres de espíritu», los que saben vivir con poco, confiando siempre en Dios. Estarán más atentos a los necesitados y vivirán el evangelio con más libertad.
     Dichosos «los sufridos» que vacían su corazón de resentimiento y agresividad. Serán un regalo para este mundo lleno de violencia.
     Dichosos «los que lloran» porque padecen injustamente sufrimientos y marginación. Con ellos se puede crear un mundo mejor y más digno.
Dichosa la Iglesia que sufre por ser fiel a Jesús. Un día será consolada por Dios.
     Dichosos «los que  buscan con pasión el reino de Dios y su justicia», los que no han perdido el deseo de ser más justos ni el afán de hacer un mundo más digno. Un día su anhelo será saciado.
     Dichosos «los misericordiosos» que actúan, trabajan y viven movidos por la compasión. Son los que, en la tierra, más se parecen al Padre del cielo.
     Dichosos «los que trabajan por la paz» con paciencia y fe, los que introducen en el mundo paz y no discordia, reconciliación y no enfrentamiento, buscando el bien para todos.
     Dichosos los que, «perseguidos a causa de la justicia», responden con mansedumbre a las injusticias y ofensas. Ellos ayudan a vencer el mal con el bien.
Dichosa la Iglesia perseguida por seguir a Jesús. De ella es el Reino de los cielos.   
                                                                                                                                                           
ORATIO:
     Oh Dios, fuente única de todo lo que existe, tú eres nuestro Padre: concédenos el amor para que, fieles a tu mandamiento, podamos amarte con un corazón indiviso, buscándote en todas las cosas.
 
El Señor es mi pastor, nada me falta.
Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo,
porque Tú vas conmigo…

     Que la oblación eterna de tu Hijo nos dé la fuerza y la alegría de perdernos a nosotros mismos en la caridad, para recobrarnos plenamente en ti, que eres el Amor.

CONTEMPLATIO:
     La santidad es un don, es el don que nos hace el Señor Jesús, cuando nos toma consigo y nos reviste de sí mismo, nos hace como Él. Es un don que se ofrece a todos, nadie está excluido, por eso constituye el carácter distintivo de todo cristiano.
     La santidad es vivir con amor y ofrecer el testimonio cristiano en las ocupaciones de todos los días donde estamos llamados a convertirnos en santos. Y cada uno en las condiciones y en el estado de vida en el que se encuentra.
     Sé santo viviendo con alegría tu donación y tu ministerio. Sé santo amando y cuidando a tu marido o a tu mujer. Sé santo cumpliendo con honestidad y eficiencia tu trabajo y ofreciendo tu tiempo al servicio de los hermanos…
También nosotros hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Y lo que produce en nosotros la imagen divina no es otra cosa que la santificación, esto es, la participación en el Hijo en el Espíritu. (Cirilo de Alejandría).


LA SOMBRA DEL CIPRÉS ES ALARGADA

            Es una novela hermosa de nuestro escritor castellano Miguel Delibes: La sombra del ciprés es alargada. Ambientada en una ciudad como Ávila, austera y amurallada, en donde la vida sencilla se desarrollaba en esa calle trasversal de Vallespín. Esta novela, marcará un antes y un después en la narrativa española, y parece que está especialmente escrita para ser leída en noviembre, cuando el otoño ceniciento nos sume en la nostalgia más noble llena de melancolía, y la liturgia nos lleva al recuerdo de los santos todos y a la memoria de nuestros difuntos…
       La sombra del ciprés… Es el árbol más sagrado de nuestros camposantos, en donde su misma estructura erguida nos educa a mirar hacia lo alto como si su altura y su vector nos estuviesen provocando para levantar vuelo, para elevar los ojos, hacia algo más grande y más sólido que una coyuntura fugaz, tantas veces rehén de los malos augurios y de los mal agüeros. Pero este alargamiento de la sombra de nuestro ciprés, no tiene nada de frívola escapatoria como si nos andásemos por las nubes o nos quisiéramos con ellas enredar. Es simplemente una indicación, una invitación, en donde nadie es suplido ni forzado a cosas distintas a su propio destino.
       El mes de noviembre, con su “amagüestu” asturiano al llegar la seronda otoñal en nuestra dulce y amable tierra, nos llena de esta sensación que pone lumbre en la esperanza. No hace falta que andemos importando ritos ajenos y leyendas extrañas, cuando la larga tradición cristiana nos invita a algo tan nuestro como ver los árboles como donantes de hojas, nuestros senderos campestres alfombrados de ellas, nuestros parques y bosques en esa purificación de ramas y ramajes para aprender a ir a las raíces de lo que propiamente es esencial.
       Es en este ambiente, donde nosotros rezamos por nuestros seres queridos que nos han precedido en la vida, en la fe y en la esperanza para ellos cumplida. Los tenemos presentes como quien recuerda con agradecimiento a quienes en nosotros dejaron su bondad y su imborrable semilla. Y por ellos musitamos una oración, traemos a la memoria su paso y su sonrisa, mientras fortalecemos la firme convicción de que para ellos y para todos nosotros nos aguarda esa otra vida que Cristo nos ganó con su resurrección.
       Tiempo de evocaciones, de sombras alargadas, de cipreses enhiestos sin ser altivos, que nos recuerdan con sobria dulzura que las tristezas tienen caducidad cuando dejamos entrar la esperanza. Por mucha que pueda ser la apretura, siempre cabe esa vía de apertura que no tiene el desenlace casi desesperado del Don Juan Tenorio de Zorrilla, ni la frivolidad de quien cree que aquí no pasa nada. El ciprés es como una flecha, que bien arraigada en el suelo de la tierra, sabe soñar venturas de cielo que saben comenzar cada alborada. Así habría que traducir la esperanza a quienes por tantos motivos tanta desesperanza sufren en nuestros días, y así también deberíamos recordar a quienes se nos adelantaron en la vida y en el trance de morir, sabiendo que la muerte no tiene la última palabra.


+ Fr. Jesús Sanz Montes, OFM-Arzobispo de Oviedo

CONVOCANDO VIGILIA GENERAL EXTRAORDINARIA


sábado, 24 de octubre de 2015

LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 25 DE OCTUBRE, 30º DEL TIEMPO ORDINARIO

« HIJO DE DAVID TEN COMPASIÓN DE MÍ »
Mc. 10. 46-52
            En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.»
     Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: «Hijo de David, ten compasión de mí.» Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo.»
     Llamaron al ciego, diciéndole: «Ánimo, levántate, que te llama.» Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús.
Jesús le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?» El ciego le contestó: «Maestro, que pueda ver.» Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado.» Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

Otras Lecturas: Jeremías 31,7-9; Salmo 125; Hebreos 5, 1-6

LECTIO:
                La ceguera física de Bartimeo no solo suponía una grave limitación física en su vida sino que, en aquella época, la ceguera era también motivo de exclusión de la sociedad judía. Por eso el evangelio nos relata que el ciego está “al borde del camino”.
       Esta es la primera barrera que Bartimeo vencerá.  Él necesita que Jesús se fije en él para que le cure completamente. Bartimeo grita una primera vez para llamar la atención de Jesús cuando se entera que está pasando por el camino. La reacción no se hace esperar. “Muchos” le pedían que se callara.
        Esta actitud de los vecinos de Bartimeo será la segunda barrera que superará. Podría haberse venido abajo, pero no se deja amedrentar, lo que está en juego es su propia vida. Por eso vuelve a gritar a Jesús. Y en esta ocasión es el propio Jesús quien responde. Se detiene y manda llamarlo.
       Ante la invitación de Jesús, Bartimeo: soltó, saltó y se acercó.
       El ciego soltó el manto que hasta ahora era su seguridad, le servía para protegerse del frío, para dormir. Quien ha encontrado a Jesús no necesita muchas seguridades materiales.
       Dio un salto, quien ha experimentado alcanzar una meta largamente soñada sabe bien la alegría que esto produce. El salto del ciego bien podría ser la señal de esa alegría profunda que ha producido en él la invitación de Jesús.
       Y por último, se acercó. Nadie puede enamorarse de Dios si no se acerca a Él. Este acercamiento es signo de la vida de Bartimeo que se confía totalmente a Jesús.
       Ahora, ante Jesús, Bartimeo suplica la vista. Jesús le concede la iluminación completa: la de sus ojos y la de su corazón. Por eso Bartimeo no se marchará ya viendo, sino que decidirá seguir a Jesús por el camino. Ha encontrado la Luz que da sentido a su vida. Y para conseguir este objetivo merece la pena luchar para superar cualquier dificultad.

  MEDITATIO:                  
     A la luz del testimonio de Bartimeo examina como vives tu fe y cómo das testimonio de ella.
La fe es un don total y gratuito, pero requiere búsqueda y esfuerzo, adhesión y vivencia.
¿Qué te hace pensar la actitud de Bartimeo?, ¿qué expresa su insistencia, su perseverancia, su constancia…? ¿Qué aprendes de él?
«Ánimo, levántate, que te llama.»
     En el encuentro con el Señor, Bartimeo, pidió: «Rabbuni, que recobre la vista», tú ¿qué quieres pedir al Señor, qué necesitas para encontrarlo y seguirlo?
¿Qué te impide vivir cómo el Señor quiere y espera de ti’? ¿Eres conciente de las necesidades de los que te rodean? ¿Eres capaz de renunciar a tu tiempo para estar con alguien que necesita unas palabras de aliento, de compañía…?
                                                                                                                                                                 
ORATIO:
     ¡Oh Cristo!, nosotros te confesamos «Dios de Dios, luz de luz»: ven a alumbrar nuestras tinieblas. Ayúdanos a acoger la misericordia que salva.

Aquí estoy, Señor,
como el ciego al borde del camino…
Pasas a mi lado y no te veo.
¡Que vea, Señor!

      Jesús, Hijo de Dios, ten piedad de nosotros. Queremos sanar de verdad, «ver» y caminar contigo, aceptando la cruz y anhelando la casa del Padre, a donde tú nos conduces con vigor y suavidad.

CONTEMPLATIO:
     No es difícil reconocernos en la figura de Bartimeo. Vivimos a veces como “ciegos”, sin ojos para mirar la vida como la miraba Jesús. “Sentados”, instalados, sin fuerza para seguir sus pasos. Descaminados, “al borde del camino” que lleva a Jesús, sin tenerle como guía de nuestra vida y de nuestras comunidades cristianas.
“…Levántate. Te está llamando”.
     Esto lo cambia todo. Bartimeo “soltó el manto” porque le estorba para encontrarse con Jesús. Es lo que necesitamos, liberarnos de ataduras que ahogan nuestra fe y ponernos ante Jesús con confianza sencilla y nueva.
     Cuando Jesús le pregunta que quiere de él, el ciego no duda: «Maestro, que pueda ver.» Es lo más importante. Cuando uno comienza a ver las cosas de manera nueva, la vida se transforma. Cuando una comunidad recibe luz de Jesús, se convierte.
“…recobró la vista y lo seguía por el camino.”