TIEMPO LITÚRGICO

TIEMPO LITÚRGICO

viernes, 9 de octubre de 2015

LOS PAPAS Y EL ROSARIO

Queridos hermanos y hermanas:
     Acabamos de comenzar octubre, mes que en la piedad popular está dedicado al Santo Rosario, devoción que ha alimentado la fe de generaciones de cristianos y que ha sido reiteradamente recomendada por los Papas. Juan XXIII la consideraba como una "muy excelente forma de oración meditada". Juan Pablo II nos confesó que era su "devoción predilecta". Benedicto XVI, por su parte, escribió que "si la Eucaristía es para el cristiano el centro de la jornada, el Rosario contribuye de manera privilegiada a dilatar la comunión con Cristo, y enseña a vivir manteniendo fija en Él la mirada del corazón para irradiar sobre todos y sobre todo su amor misericordioso". En docenas de ocasiones ha alabado y recomendado esta práctica piadosa, respondiendo a quienes juzgan esta devoción como secundaria y trasnochada. En múltiples ocasiones ha animado a los fieles a "redescubrir" el rezo del Rosario y "a valorar esta oración tan querida en la tradición del pueblo cristiano", invitando a los jóvenes a "hacer del Rosario la oración de todos los días" y a los enfermos, "a crecer, gracias al rezo del Rosario, en el confiado abandono en las manos de Dios".
     El papa Francisco, por su parte, ha declarado muchas veces que reza diariamente el Rosario de la Virgen María. "Soy de Rosario diario", nos ha dicho más de una vez. Durante mucho tiempo rezó cada día las tres partes de Rosario. Hoy, por sus múltiples obligaciones, nos confiesa que no siempre lo consigue. Adquirió el hábito de rezarlo en su infancia. En su familia, particularmente devota de María Auxiliadora, se rezaba diariamente. "La Virgen María fue en casa una continua referencia", ha comentado en ocasiones.
     La devoción al Santo Rosario, tan sencilla como entrañable, ha ayudado al Santo Padre en las dificultades: "Una cosa que me hace más fuerte todos los días –reconoció hace algunos años- es rezar el Rosario a la Virgen. Siento una fuerza tan grande, porque voy a estar con ella y me siento más fuerte". En una ocasión, justificó su amor al Santo Rosario con estas palabras sencillas: "¡El Rosario me hace bien!", aludiendo a continuación al papel decisivo de la Santísima Virgen en nuestra vida cristiana, como ayuda en nuestra debilidad, apoyo de nuestra fidelidad y auxilio en nuestra lucha contra el mal. En ella la Virgen nunca nos abandona: "María no nos deja solos; la Madre de Cristo y de la Iglesia está siempre con nosotros. Siempre, camina con nosotros".
     El papa Francisco nos explica con mucha sencillez la misión de María en la Iglesia después de su asunción a la gloria celeste. Nos dice que la Madre de Dios, asunta y gloriosa en el cielo, no está lejos ni separada de nosotros. Al contrario, "María nos acompaña, lucha con nosotros, apoya a los cristianos en la lucha contra las fuerzas del mal. La oración con María, en particular el Rosario tiene esta dimensión 'de combate', es decir, de lucha, una oración que nos apoya en la batalla contra el Maligno y sus cómplices". Ella es "quien nos lleva al Señor; es la Madre, es aquella que sabe todo" y nos acompaña, defiende y fortalece en la lucha contra el demonio, contra el pecado y contra el espíritu del mundo.
     Más recientemente, en la introducción que ha escrito para el libro sobre el Rosario publicado por su secretario, Mons. Yoannis Lahzi Gaid, sacerdote copto, afirma que "el Rosario es la oración que acompaña siempre la vida, es también la oración de los sencillos y de los santos... es la oración de mi corazón".
     El rezo del Rosario es uno de los signos más elocuentes de nuestro amor a la Santísima Virgen. Por ello, todos tendríamos que tratar de recuperarlo. Como dice el Papa, hace mucho bien a quien lo reza devotamente. La contemplación de los misterios produce en nosotros una cierta connaturalidad con lo que meditamos, al tiempo que nacen en nuestros corazones las semillas del bien, que producen frutos de paz, bondad, justicia y reconciliación. Ningún buen cristiano debería acostarse tranquilo sin rezar cada día el Rosario.
     Concluyo recordando a los sacerdotes algunas sugerencias sencillas: no dejéis perder la preciosa tradición del Rosario de la Aurora donde existe esta costumbre y creadla allí donde sea posible. Restaurad donde se haya perdido el rezo del Rosario en la parroquia antes de la Misa de la tarde. Sugiero otro tanto en los pueblos en los que no se celebra la Misa en los días laborables. No puedo comprender que la iglesia permanezca cerrada durante toda la semana. Siempre encontraréis un laico, hombre o mujer, que avise a toque de campana que un grupo de fieles se reúnen para honrar a la Virgen. Es una hermosa manera de mantener viva la fe de nuestro pueblo y de recordar a todos que, además de los valores puramente materiales, hay otros valores que dan firmeza y sentido a nuestra vida.
Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina - Arzobispo de Sevilla



OCTUBRE 2015

«En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros». (Jn 13, 35).

Este es el distintivo, la característica propia de los cristianos, el signo para reconocerlos. O al menos debería serlo, porque así concibió Jesús a su comunidad.
Un escrito fascinante de los primeros siglos del cristianismo, la Carta a Diogneto, declara que «los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por la nación ni por la lengua ni por el vestido. En ningún sitio habitan ciudades propias, ni se sirven de un idioma diferente ni adoptan un género peculiar de vida»[1]. Son personas normales, como todas las demás. Y sin embargo, poseen un secreto que les permite influir profundamente en la sociedad y ser como su alma[2].
Es un secreto que Jesús entregó a sus discípulos poco antes de morir. Como los antiguos sabios de Israel, como un padre respecto a su hijo, también Él, Maestro de sabiduría, dejó como herencia el arte del saber vivir y del vivir bien, que había aprendido directamente de su Padre: «Todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15, 15), y era fruto de su experiencia en la relación con Él. Consiste en amarse unos a otros. Esta es su última voluntad, su testamento, la vida del cielo que ha traído a la tierra y que comparte con nosotros para que se convierta en nuestra misma vida.
Y quiere que esta sea la identidad de sus discípulos, que se los reconozca como tales por el amor recíproco:

«En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros».

¿Se reconoce a los discípulos de Jesús por su amor recíproco? «La historia de la Iglesia es una historia de santidad», escribió Juan Pablo II. Y sin embargo, «hay también no pocos acontecimientos que son un antitestimonio en relación con el cristianismo»[3]. Durante siglos, los cristianos se han enfrentado en guerras interminables en el nombre de Jesús y siguen estando divididos entre ellos. Hay personas que a día de hoy siguen asociando a los cristianos con las Cruzadas y los tribunales de la Inquisición, o los ven como defensores a ultranza de una moral anticuada, opuestos al progreso de la ciencia.
No ocurría así con los primeros cristianos de la comunidad naciente de Jerusalén. La gente sentía admiración por la comunión de bienes que vivían, la unidad que reinaba entre ellos, la «alegría y sencillez de corazón» que los caracterizaba (Hch 2, 46). «La gente se hacía lenguas de ellos», seguimos leyendo en los Hechos de los Apóstoles, con la consecuencia de que cada día «crecía el número tanto de hombres como de mujeres que se adherían al Señor» (Hch 5, 13-14). El testimonio de vida de la comunidad tenía una fuerte capacidad de atracción. ¿Por qué hoy no se nos conoce como aquellos que se distinguen por el amor? ¿Qué hemos hecho con el mandamiento de Jesús?

«En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros».

Tradicionalmente, el mes de octubre se dedica en el ámbito católico a la «misión», a la reflexión sobre el mandato de Jesús de ir a todo el mundo a anunciar el Evangelio, a la oración y al sostenimiento de todos los que están en primera línea. Esta palabra de vida puede ayudar a todos a esclarecer la dimensión fundamental de todo anuncio cristiano. No consiste en imponer un credo, hacer proselitismo o ayudar de modo interesado a los pobres para que se conviertan. Tampoco debe primar la defensa exigente de valores morales ni el adoptar una postura ante las injusticias o las guerras, aun cuando sean actitudes obligadas que el cristiano no puede eludir.
El anuncio cristiano es ante todo un testimonio de vida que todo discípulo de Jesús debe ofrecer personalmente: «El hombre contemporáneo prefiere escuchar a los que dan testimonio que a los que enseñan»[4]. Incluso los que son hostiles a la Iglesia suelen sentirse conmovidos por el ejemplo de quienes dedican su vida a los enfermos o a los pobres y están dispuestos a dejar su patria para ir a lugares de frontera a ofrecer ayuda y cercanía a los últimos.
Pero lo que Jesús pide sobre todo es el testimonio de toda una comunidad que muestre la verdad del Evangelio. Esta debe mostrar que la vida que Él trae puede generar realmente una sociedad nueva, en la que se viven relaciones de auténtica fraternidad, de ayuda y servicio mutuo, de atención coral a las personas más débiles y necesitadas.
La vida de la Iglesia ha conocido testimonios así, como las reducciones para indígenas que los franciscanos y jesuitas construyeron en Sudamérica, o los monasterios, con las aldeas que surgían alrededor. También hoy, comunidades y movimientos eclesiales dan lugar a ciudadelas de testimonio donde se pueden ver los signos de una sociedad nueva fruto de la vida evangélica, del amor recíproco.

«En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros».

Sin apartarnos de los lugares en que vivimos ni de las personas que nos rodean, si vivimos entre nosotros esa unidad por la que Jesús dio la vida, podremos crear un modo de vivir alternativo y sembrar en tomo a nosotros brotes de esperanza y de vida nueva. Una familia que renueva cada día su voluntad de vivir de modo concreto en el amor recíproco puede convertirse en rayo de luz en medio de la indiferencia de su vecindad. Una «célula local», o sea, dos o más personas que se asocian para practicar con radicalidad las exigencias del Evangelio en su entorno de trabajo, en clase, en la sede sindical, en la administración o en una cárcel, podrá desbaratar la lógica de la lucha por el poder, crear un ambiente de colaboración y favorecer que nazca una fraternidad inesperada.
¿No actuaban así los primeros cristianos de tiempos del Imperio romano? ¿No es así como difundieron la novedad transformante del cristianismo? Nosotros somos hoy los «primeros cristianos», llamados como ellos a perdonarnos, a vernos siempre nuevos, a ayudarnos; en una palabra, a amarnos con la misma intensidad con que Jesús amó, seguros de que su presencia en medio de nosotros tiene la fuerza de arrastrar también a los demás a esta lógica divina del amor.
Fabio Ciardi



[1] Carta a Diogneto, V, 1-2: en Padres apostólicos ("Biblioteca de Patrística" n. 50), Ciudad Nueva, Madrid 2000, 20143, p. 560.
[2] Ibid., VI, 1: en o. cit., p. 561.
[3] Juan Pablo II, bula Incarnationis mysterium, 11.
[4] Pablo VI, exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, 41.

domingo, 4 de octubre de 2015

LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 4 DE OCTUBRE, 27º DEL TIEMPO ORDINARIO (Comentario de + Fr. Jesús Sanz Montes, ofm-Arzobispo de Oviedo)

«¿QUÉ OS HA MANDADO MOISÉS?»
 Mc. 10. 2-16
     En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús, para ponerlo a prueba: «¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?» Él les replicó: «¿Qué os ha mandado Moisés?»
     Contestaron: «Moisés Permitió divorciarse, dándole a la mujer un acta de repudio.» Jesús les dijo: «Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios "los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne." De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.»
     En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Él les dijo: «Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio.»

     Le acercaban niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él.» Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos.

Otras Lecturas: Génesis 2,18-24; Salmo 127; Hebreos 2, 9-11

LECTIO:
                Los fariseos proporcionan a Jesús la ocasión para hablar de un asunto de plena actualidad en las vísperas de un Sínodo sobre la Familia: el matrimonio y el divorcio.
       Jesús sitúa el debate en su verdadero horizonte, encausando la solución desde su raíz: la intención originaria del Creador. Desde aquí no duda en definir como adulterio la ruptura de una relación que debe concebirse como una alianza estable, a semejanza de la que el mismo Dios ha hecho con su pueblo. De ese carácter de alianza que posee el matrimonio deriva la fidelidad conyugal que Jesús proclama, una fidelidad sostenida y alentada por el amor.
       Este amor, en referencia constante al amor de Dios, será capaz de encontrar siempre la luz y la fuerza necesarias para superar los muchos obstáculos que al cristiano se le presenten en la vida conyugal a través de la cual han de realizar, como matrimonio, el seguimiento de Jesús.
       La actitud de los fariseos encuentra su contrapunto en la actitud de los niños, que, sin posibilidad de llegar por sí mismos hasta Jesús, deben ser presentados por otro. Diáfanos en su mirada, sin nada que esconder ni ofrecer, sin ningún prestigio ni privilegio que defender, semejantes a la mano vacía de un mendigo. Los niños son para Jesús no sólo objeto de atención y de cariño, sino también modelos a imitar por quienes quieren de veras participar del Reino de Dios.

MEDITATIO:                   
«…se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. »

     Nuestra mirada a la Sagrada Familia se deja atraer por la sencillez de la vida que ella llevaba en Nazaret. En la familia de cada uno de nosotros y en la familia que formamos todos, nada se descarta, nada es inútil.
¿De qué manera alimentas la vida cristiana en tu familia?, ¿qué estás haciendo para vivir el proyecto de Dios como familia?
Como matrimonio, ¿con qué actitudes y disposiciones alimentáis vuestro amor,  para que el SÍ que os disteis se renueve y revitalice cada día más?
     El amor de Jesús por su Iglesia es fiel. Esta fidelidad es como una luz para el matrimonio. "Tantas veces" Jesús deposita en su Iglesia el poder del perdón y de igual manera, constata el Papa Francisco, también la pareja" se pide perdón" y así "el matrimonio avanza".
     Recuerda las tres palabras claves para vivir en la familia; permiso, gracia, perdón. Cuando en una familia no se es entrometido y se pide «permiso», cuando en una familia no se es egoísta y se aprende a decir «gracias», y cuando en una familia uno se da cuenta que hizo algo malo y sabe pedir «perdón», en esa familia hay paz, alegría, y Amor. Y como dice San Juan donde hay Amor, allí está Dios.
                                                                                     
ORATIO:
     Te pido, Señor, por cada hombre y por cada mujer que, un día, se reconocieron hechos el uno para la otra y decidieron compartir toda la vida. Te doy gracias por su entrega, renovada día a día: algo que me habla también de tu fidelidad.

Santa Familia de Nazaret,
haz también de nuestras familias
lugar de comunión y cenáculo de oración,
auténticas escuelas del Evangelio
y pequeñas Iglesias domésticas.

     No les dejes solos y ayúdales a no dejarte nunca. Sé tú la fuerza de su unión. ¿Has visto el misterio del matrimonio? De uno hizo uno y de nuevo, hechos estos dos uno, de este modo hace uno: de modo que también ahora el hombre nace de uno. En efecto, la mujer y el hombre no son dos seres, sino uno solo (San Juan Crisóstomo)

CONTEMPLATIO:
“Dejad que los niños se acerquen a mí. No se lo impidáis”.

     Son, precisamente, los pequeños, débiles e indefensos, los primeros que han de tener abierto el acceso a Jesús.
     En la comunidad de Jesús se necesitan hombres y mujeres que buscan el último lugar para acoger, servir, abrazar y bendecir a los más débiles y necesitados.
     El reino de Dios, es de los que son como niños. Niños que cada día nos asombran con su confianza, entrega, ternura, amor… sin mirar el que dirán. Niños que en manos de sus padres viven en la confianza de un padre que siempre acoge y perdona. Ahí está llegando el reino de Dios, la sociedad humana que quiere el Padre.

“De los que son como ellos es el reino de Dios”.
RESUMEN DE LA ENCÍCLICA
(Fin)

     Este texto se ofrece como apoyo para una primera lectura de la Encíclica, ayudando a tener una visión de conjunto y detectar las líneas de fondo. En primer lugar se ofrece una presentación en conjunto, y luego se realiza un recorrido por cada capítulo. En él se señala su objetivo y reproduce algunos párrafos clave. Los números entre paréntesis remiten a los párrafos de la Encíclica. 

Capítulo quinto – Algunas líneas orientativas y de acción

     Este capítulo afronta la pregunta sobre qué podemos y debemos hacer. Los análisis no bastan: se requieren propuestas «de diálogo y de acción que involucren tanto a cada uno de nosotros como a la política internacional» (15) y «que nos ayuden a salir de la espiral de autodestrucción en la que nos estamos sumergiendo» (163). Para el Papa Francisco es imprescindible que la construcción de caminos concretos no se afronte de manera ideológica, superficial o reduccionista. Para ello es indispensable el diálogo, término presente en el título de cada sección de este capítulo: «Hay discusiones sobre cuestiones relacionadas con el ambiente, donde es difícil alcanzar consensos. [...] la Iglesia no pretende definir las cuestiones científicas ni sustituir a la política, pero [yo] invito a un debate honesto y transparente, para que las necesidades particulares o las ideologías no afecten al bien común(188).
     Sobre esta base el Papa Francisco no teme formular un juicio severo sobre las dinámicas internacionales recientes: «las Cumbres mundiales sobre el ambiente de los últimos años no respondieron a las expectativas porque, por falta de decisión política, no alcanzaron acuerdos ambientales globales realmente significativos y eficaces» (166). Y se pregunta «¿Para qué se quiere preservar hoy un poder que será recordado por su incapacidad de intervenir cuando era urgente y necesario hacerlo? (57). Son necesarios, como los Pontífices han repetido muchas veces a partir de la Pacem in terris, formas e instrumentos eficaces de gobernanza global (175): «necesitamos un acuerdo sobre los regímenes de gobernanza global para toda la gama de los llamados “bienes comunes globales”» (174), dado que «“la protección ambiental no puede asegurarse sólo en base al cálculo financiero de costos y beneficios. El ambiente es uno de esos bienes que los mecanismos del mercado no son capaces de defender o de promover adecuadamente”» (190, que cita las palabras del Compendio de la doctrina social de la Iglesia).
     Igualmente en este capítulo, el Papa Francisco insiste sobre el desarrollo de procesos de decisión honestos y transparentes, para poder “discernir” las políticas e iniciativas empresariales que conducen a un «auténtico desarrollo integral» (185). En particular, el estudio del impacto ambiental de un nuevo proyecto «requiere procesos políticos transparentes y sujetos al diálogo, mientras la corrupción, que esconde el verdadero impacto ambiental de un proyecto a cambio de favores, suele llevar a acuerdos espurios que evitan informar y debatir ampliamente» (182).
     La llamada a los que detentan encargos políticos es particularmente incisiva, para que eviten «la lógica eficientista e inmediatista» (181) que hoy predomina. Pero «si se atreve a hacerlo, volverá a reconocer la dignidad que Dios le ha dado como humano y dejará tras su paso por esta historia un testimonio de generosa responsabilidad» (181).

Capítulo sexto – Educación y espiritualidad ecológica

     El capítulo final va al núcleo de la conversión ecológica a la que nos invita la Encíclica. La raíz de la crisis cultural es profunda y no es fácil rediseñar hábitos y comportamientos. La educación y la formación siguen siendo desafíos básicos: «todo cambio necesita motivaciones y un camino educativo» (15). Deben involucrarse los ambientes educativos, ante todo «la escuela, la familia, los medios de comunicación, la catequesis» (213).
     El punto de partida es “apostar por otro estilo de vida(203-208), que abra la posibilidad de «ejercer una sana presión sobre quienes detentan el poder político, económico y social» (206). Es lo que sucede cuando las opciones de los consumidores logran «modificar el comportamiento de las empresas, forzándolas a considerar el impacto ambiental y los patrones de producción» (206).
     No se puede minusvalorar la importancia de cursos de educación ambiental capaces de cambiar los gestos y hábitos cotidianos, desde la reducción en el consumo de agua a la separación de residuos o el «apagar las luces innecesarias» (211). «Una ecología integral también está hecha de simples gestos cotidianos donde rompemos la lógica de la violencia, del aprovechamiento, del egoísmo» (230). Todo ello será más sencillo si parte de una mirada contemplativa que viene de la fe. «Para el creyente, el mundo no se contempla desde afuera sino desde adentro, reconociendo los lazos con los que el Padre nos ha unido a todos los seres. Además, haciendo crecer las capacidades peculiares que Dios le ha dado, la conversión ecológica lleva al creyente a desarrollar su creatividad y su entusiasmo» (220).
     Vuelve la línea propuesta en la Evangelii Gaudium: «La sobriedad, que se vive con libertad y conciencia, es liberadora» (223), así como «la felicidad requiere saber limitar algunas necesidades que nos atontan, quedando así disponibles para las múltiples posibilidades que ofrece la vida» (223). De este modo se hace posible «sentir que nos necesitamos unos a otros, que tenemos una responsabilidad por los demás y por el mundo, que vale la pena ser buenos y honestos» (229).

     Los santos nos acompañan en este camino. San Francisco, mencionado muchas veces, es el «ejemplo por excelencia del cuidado por lo que es débil y de una ecología integral, vivida con alegría» (10). Pero la Encíclica recuerda también a san Benito, santa Teresa de Lisieux y al beato Charles de Foucauld. Después de la Laudato si’el examen de conciencia –instrumento que la Iglesia ha aconsejado para orientar la propia vida a la luz de la relación con el Señor– deberá incluir una nueva dimensión, considerando no sólo cómo se vive la comunión con Dios, con los otros y con uno mismo, sino también con todas las creaturas y la naturaleza.


viernes, 2 de octubre de 2015

AVISO PARA ADORADORAS/ES DEL TURNO NÚM. 5 DE MARÍA AUXILIADORA Y SAN JOSÉ

IGLESIA DE SAN JOSÉ - Cádiz  Extramuros



    Como es tradicional, y próximos a la celebración de la festividad de Ntrª. Srª. del Rosario Patrona de Cádiz y Madre nuestra, el Consejo Superior Diocesano de la Adoración Nocturna Española convoca Vigilia General extraordinaria; a celebrar en la Iglesia de Santo Domingo el próximo sábado día 3 de Octubre a las 22,30 horas, durante la cual, y a los pies  de Nuestra Srª., tendrá lugar la imposición de insignias a los  adoradores propuestos y la renovación del compromiso de fidelidad de los adoradores asistentes.

Fdº: Antonio Llaves Villanueva
PRESIDENTE  DIOCESANO



¡ JESÚS SACRAMENTADO NOS ESPERA !

jueves, 1 de octubre de 2015

EN EL CINCUENTENARIO DE ANFE DE SEVILLA
Queridos hermanos y hermanas:
     En la noche del sábado 13 de junio pasado tuvimos en la parroquia del Sagrario de nuestra Catedral la acostumbrada Vigilia Diocesana de las Espigas y con ella la celebración del cincuentenario de la sección de la Adoración Nocturna Femenina Española, erigida en febrero de 1965 por el cardenal Bueno Monreal gracias a la iniciativa de un puñado de mujeres sevillanas, piadosas y entusiastas, muy conscientes de la grandeza del misterio eucarístico.
     Dios nuestro Señor, en su sabiduría infinita que todo lo abarca, conoce al detalle lo que nosotros sólo intuimos, el bien inmenso que la Adoración Nocturna Femenina ha hecho a tantas mujeres, a tantas familias, a tantas parroquias de Sevilla como escuela de vida cristiana, de formación y de compromiso apostólico, y cuántas alabanzas y actos de adoración y de amor a Jesucristo presente en la Eucaristía han surgido de los labios de estas beneméritas mujeres, que robando horas al descanso y desafiando al frío o al calor, se han postrado ante el Santísimo para adorarle, alabarle y agradecerle su presencia en el Sacramento, teniendo presentes las necesidades de sus hermanos. Por todo ello, dimos gracias Dios en la celebración eucarística.
     Aquella misma noche, instantes antes de marchar a la catedral para la vigilia, alguien me cuestionó la vigencia de la Adoración Nocturna porque lo que la Iglesia necesita en esos tiempos es el compromiso social y la cercanía a los pobres. Contesté que la Iglesia necesita ambas cosas, adoración y compromiso. La Eucaristía es presencia real de Cristo. Por ello sigue teniendo vigencia la adoración silenciosa y llena de amor del Santísimo Sacramento. Sigue teniendo vigencia también la piedad eucarística, la genuflexión, la visita al Santísimo, la exposición y la bendición solemne, la procesión del Corpus, las procesiones claustrales hermosísimas de nuestras Hermandades Sacramentales, los Jueves Eucarísticos, las 40 Horas y, por supuesto, la Adoración Nocturna.
     En mi homilía quise subrayar lo que la Iglesia espera de las adoradores de ANFE y de ANE. Les deseé que en sus vigilias se encuentren de forma personal y cálida con Jesucristo, superando el riesgo de la piedad exterior, que se queda en la periferia, en unos ritos formalistas y faltos de calor. Les dije que la adoración del Señor presente en la Eucaristía debe favorecer la conversión permanente a Jesucristo. Pedí también a los adoradores que las vigilias no sean un hecho aislado y desconectado de la vida de cada día, y que el encuentro con Jesús, luz verdadera, en la adoración nocturna, ilumine toda su existencia, el trabajo y la profesión, las relaciones económicas, la vida de familia, las diversiones y el descanso desde la novedad del mensaje cristiano.
     Les aseguré además que pedía al Señor que el contacto con Él en los turnos de vela aliente su deseo de conocerle mejor y de profundizar en las verdades de nuestra fe. Les pedí que intensifiquen su formación, algo que ayudará a crecer en amor al Señor, pues sigue siendo cierto que sólo se ama de verdad aquello que bien se conoce.
     Les hablé además del anuncio de Jesucristo a nuestro mundo, pues el encuentro con el Señor en la Eucaristía debe después desplegarse en el compromiso apostólico y misionero. Les invité a compartir y comunicar a los demás el tesoro que ellos han descubierto en sus horas de adoración, de modo que lo que el Señor es para ellos, lo sea también a través de ellos, de su palabra, de su ejemplo y de su testimonio. Les urgí a mostrar a Jesucristo, tanto a los que no lo conocen, como a aquellos que habiéndole conocido no le aman. Les urgí también a invitar a los jóvenes a participar en las vigilias, para que se rejuvenezcan las secciones y para que sean después evangelizadores de los otros jóvenes.
     Les pedí, por fin, que en sus vigilias tengan presentes no sólo las propias necesidades, sino también, y de modo muy especial, las urgencias y necesidades de la Iglesia universal y de nuestra Archidiócesis, las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, un tema capital para el futuro de nuestra Iglesia. Les rogué que no se olviden de los dolores de toda la humanidad, particularmente de los pobres y los empobrecidos. En la Eucaristía contemplamos el misterio del cuerpo entregado y de la sangre derramada para la vida del mundo. Ella nos debe impulsar a ser pan partido para la vida del mundo, a servir a los pobres ante los que no podemos permanecer indiferentes.
     Que la Santísima Virgen, en cuyo seno se encarnó hace 2000 años "la preciosa sangre y el precioso cuerpo" del Señor que adoramos en la Eucaristía, interceda por todos los miembros de ANFE y ANE de la Archidiócesis, y haga de sus vidas una existencia eucarística, centrada en la adoración, la gratitud y la alabanza al Señor presente en este sacramento admirable.
Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.
+ Juan José Asenjo Pelegrina-Arzobispo de Sevilla

Viernes, 25 de Septiembre de 2015 -Carta semanal del Arzobispo de Sevilla,