TIEMPO LITÚRGICO

TIEMPO LITÚRGICO

martes, 24 de diciembre de 2013

LECTIO DIVINA PARA EL MIÉRCOLES 25 DE DICIEMBRE, NATIVIDAD DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

Se cumple una promesa
Lucas 2,15-20     En aquel tiempo, salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero. Éste fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad.
     También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaba allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada.
     En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. Y un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor.
     El ángel les dijo: - «No temáis, os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre».

     De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: - «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor».

Otras Lecturas: Isaías 9,1-3,5-6; Salmo 95; Tito 2,11-14
      Lecturas para la Misa de la Aurora:  Isaías 62,11-12; Salmo 96; Tito 3,4-7 - y para la Misa de Navidad:  Isaías 52,7-10; Salmo 97; Hebreos 1,1-6.

LECTIO:
     Celebramos hoy el nacimiento de nuestro Salvador y hacemos memoria de otra visita de ángeles, en esta ocasión a los pastores. Qué sorprendente encuentro es éste. Los pastores apostados en lo alto de una colina solitaria debieron sentirse desconcertados hasta las entrañas cuando de repente se les aparece un ángel y empieza a hablarles. Y a él se une una gran muchedumbre de ángeles del cielo.
     Los pastores se encontraban en el nivel más bajo de la escala social judía. Tenían una escasa instrucción y disponían de poco tiempo para los deberes religiosos, ya que su vida nómada les impedía acudir a la sinagoga. Y son precisamente ellos los primeros a quienes se anuncia aquello que habían estado rezando por oír innumerables judíos siglo tras siglo: la llegada del Mesías.
     No sólo ven a un ángel, sino a todo un ejército de ellos. Y, además, ‘la gloria del Señor brilló sobre ellos’. No es de extrañar que dejen los rebaños y acudan a la ciudad en busca del niño. Encuentran al recién nacido en un pesebre, tal como les había dicho el ángel. Rebosantes de gozo y alegría, no pueden dejar de alabar a Dios y de contar a la gente lo que ha sucedido.
     ¿Cuánta gente creyó lo que contaban los pastores? No sabemos. A María y a José todo aquello debió de traerles a la memoria sus propios encuentros con los ángeles meses antes.

MEDITATIO:
¿Por qué crees que Dios escogió proclamar las noticias del nacimiento de Jesús y manifestar su significado a unos pastores de tan baja condición?
¿Qué crees que pudieron sentir María y José ante aquellos toscos pastores que les traían, de parte de un ángel, noticias sobre su hijo recién nacido? ¿Fue una sorpresa o más bien una confirmación de lo que ya sabían?
María y José reflexionaban, se alegraban los pastores, cantaban los ángeles y las gentes se asombraban. ¿De qué manera reaccionarás tú el día de hoy?
¿Cómo comunicarás estos maravillosos acontecimientos a quienes te rodean cuando te pregunten por qué o de qué manera celebras la Navida?

ORATIO:
     Lucas nos dice que los ángeles invitaron a todos a alegrarse por el nacimiento de Jesús. El Salmo 95 nos abre el camino: “Proclamad día tras día su victoria. Contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones”.

CONTEMPLATIO:
     Al celebrar este día el nacimiento de nuestro Salvador, reflexiona sobre estas palabras de Tito 3:4-7: ‘Pero Dios nuestro Salvador mostró su bondad y su amor por la humanidad, y nos salvó, no porque nosotros hubiéramos hecho nada bueno, sino porque tuvo compasión de nosotros. Por medio del lavamiento nos ha hecho nacer de nuevo; por medio del Espíritu Santo nos ha dado nueva vida, y por medio de nuestro Salvador Jesucristo nos ha dado el Espíritu Santo en abundancia, para que, hechos justos por su bondad, recibamos la vida eterna que esperamos’.
Compartir con los demás el don de la Navidad
Benedicto XVI, pp emérito



Queridos hermanos y hermanas:

    Dios se hizo Hijo del hombre para que nosotros nos convirtiéramos en hijos de Dios. Durante el Adviento, del corazón de la Iglesia se ha elevado con frecuencia una imploración: «Ven, Señor, a visitarnos con tu paz; tu presencia nos llenará de alegría». La misión evangelizadora de la Iglesia es la respuesta al grito «¡Ven, Señor Jesús!», que atraviesa toda la historia de la salvación y que sigue brotando de los labios de los creyentes. «¡Ven, Señor, a transformar nuestros corazones, para que en el mundo se difundan la justicia y la paz!»… 
     En efecto, «la Verdad que salva la vida -que se hizo carne en Jesús-, enciende el corazón de quien la recibe con un amor al prójimo que mueve la libertad a comunicar lo que se ha recibido gratuitamente» (ib.). Ser alcanzados por la presencia de Dios, que viene a nosotros en Navidad, es un don inestimable, un don capaz de hacernos «vivir en el abrazo universal de los amigos de Dios» (ib.), en la «red de amistad con Cristo, que une el cielo y la tierra» (ib., 9), que orienta la libertad humana hacia su realización plena y que, si se vive en su verdad, florece «con un amor gratuito y enteramente solícito por el bien de todos los hombres» (ib., 7).
     No hay nada más hermoso, urgente e importante que volver a dar gratuitamente a los hombres lo que hemos recibido gratuitamente de Dios. No hay nada que nos pueda eximir o dispensar de este exigente y fascinante compromiso.
     La alegría de la Navidad, que ya experimentamos anticipadamente, al llenarnos de esperanza, nos impulsa al mismo tiempo a anunciar a todos la presencia de Dios en medio de nosotros.
     La Virgen María, que no comunicó al mundo una idea, sino a Jesús mismo, el Verbo encarnado, es modelo incomparable de evangelización. Invoquémosla con confianza, para que la Iglesia anuncie también en nuestro tiempo a Cristo Salvador. Que cada cristiano y cada comunidad experimenten la alegría de compartir con los demás la buena nueva de que Dios «tanto amó al mundo que le entregó a su Hijo unigénito para que el mundo se salve por medio de él» (Jn 3,16-17). Este es el auténtico sentido de la Navidad, que debemos siempre redescubrir y vivir intensamente.
     Preparaos con fervor para celebrar el misterio del nacimiento del Hijo de Dios. Abrid vuestros corazones al Señor, que ya llega, poniéndonos al servicio de todos, especialmente de los más necesitados. 

domingo, 22 de diciembre de 2013

LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 22 DE DICIEMBRE, 4º DE ADVIENTO

UNA APARICIÓN ANGÉLICA


Mateo 1,18-25     El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados». Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Enmanuel, que significa "Dios-con-nosotros"». Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.

Otras Lecturas: Isaías 7,10-14; Salmo 23; Romanos 1,1-7

LECTIO:
     Nos hallamos en los días que conducen directamente al nacimiento de Jesús. En los versículos precedentes, Mateo ha trazado el árbol genealógico de Jesús, pasando por el rey David hasta llegar al mismísimo Abraham, padre de la nación judía. Dios había prometido a Abraham que por medio de sus descendientes sería bendecida toda la familia humana (Génesis 12,2-3).
    Estamos familiarizados con el encuentro de María con el ángel Gabriel, tal como se nos contaba en Lucas 1,26-38, pero Mateo se limita a decir que ‘se encontró encinta por el poder del Espíritu Santo’.
Por el contrario, Mateo fija la atención en el encuentro de José con el ángel. José está comprometido para casarse con María, pero su futura esposa le dice que está embarazada. Sabe que él no es el padre, así que decide romper el compromiso. En la sociedad judía de aquella época una promesa de matrimonio era vinculante legalmente: sólo se podía romper mediante un acto formal de divorcio.
     Es obvio que José se preocupa por María y por eso quiere disolver el compromiso en secreto para no perjudicarla. Mientras planea todo esto, se le aparece en sueños un ángel que le dice que no tema casarse con María. El ángel le confirma a José lo que Gabriel le había dicho a María: la criatura había sido concebida por el poder del Espíritu Santo, sería un varón y debían ponerle por nombre Jesús
     En aquella época, Jesús era un nombre de niño muy popular. En hebreo significa ‘el Señor salva’. Le recordaba a la gente su gran antepasado Josué (cuyo nombre tenía el mismo significado), el que sacó a los israelitas de su peregrinar por el desierto y los introdujo en la tierra prometida después de la muerte de Moisés. Pero, añade el ángel, este ‘Josué’ salvará al pueblo de una manera muy especial, no sólo del exilio físico en el desierto, sino de ‘sus pecados’.
     Mateo interpreta estos acontecimientos como cumplimiento exacto de la promesa de Isaías 7,14: que enviaría a Emanuel, ‘Dios con nosotros’. Por eso este niño no sólo tiene un nombre corriente, sino también otro nombre muy especial que no se le ha dado a ningún otro.
     José, al igual que María en el evangelio de Lucas, cree y actúa según le indica el ángel, y se casa con María. Después del nacimiento del niño es José quien le pone el nombre de Jesús. Al hacer esto, se identifica como ‘padre legal’ de Jesús y, por ser descendiente del rey David, le confiere linaje real.
     Con toda fidelidad, junto con María, José desempeña su papel en el plan salvífico de Dios. Ayuda a proporcionarle un hogar donde crezca Jesús hasta que cumpla con su misión en la tierra.

MEDITATIO:
Piensa en José. ¿Cómo debió sentirse cuando María le contó lo que le había dicho el ángel, que sería la madre del hijo de Dios? ¿O que estaba encinta por la fuerza del Espíritu Santo?
¿Qué lecciones puedes sacar de la buena disposición de José para actuar rápidamente tan pronto supo lo que Dios quería que hiciera?
Jesús vino para salvar al pueblo de sus pecados. ¿Qué significa esto para ti?
Dios concede gracia y fortaleza para hacer frente a situaciones imposibles. ¿Cuándo y dónde te ha ayudado a ti?

ORATIO:
     Vuelve a leer varias veces los versos del salmo 23. Utilízalos para dar gloria al gran rey.

CONTEMPLATIO:
     Dios prometió que enviaría un Mesías para salvar a su pueblo. Piensa en su fidelidad. Admírate de que Jesús viniera a este mundo como Emanuel, ‘Dios con nosotros’. ¿Qué significa esto para ti?
"De los escritos del Siervo de Dios D. Luis de Trelles y Noguerol”
EL NIÑO JESÚS EN EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR


    Jesús está siempre real y corporalmente en medio de nosotros por medio del Santísimo Sacramento de la Eucaristía. La Iglesia es como un inmenso Belén, donde el Rey de los cielos, oculto y cubierto bajo pobres apariencias, es adorado, reconocido, amado y servido por los ángeles y los corazones fieles. Belén significa en hebreo casa de pan; la Iglesia es esta casa, construida de piedras vivas, que son sobre la tierra los cristianos y en el cielo los santos y los ángeles; y este pan es Nuestro Señor Jesucristo, pan de los ángeles, alimento eterno de los bienaventurados, y nuestro espiritual alimento [...] La Eucaristía, es Jesús en todos los estados por los que quiso pasar para obrar nuestra salvación; está por consiguiente allí también el misterio de su Santa Infancia. Sí, en medio de nosotros tenemos siempre al Niño Jesús. Sí, cuando estamos de rodillas ante el augusto Sacramento, estamos a los pies del Niño Jesús, del mismo Niño Dios, que reposó su cabeza un día en el humilde pesebre de Belén.
     ¡Oh felicidad! ¡Oh admirable portento! Nada tenemos que envidiar ni a los pastores ni a los magos, adoramos, vemos, tocamos, poseemos al mismo Dios, anonadado por nuestro amor en el misterio de la Eucaristía, como delante de aquellos estuvo en el misterio de la Encarnación.
     Por la Eucaristía continúa Nuestro Señor al través de los siglos el misterio de la Encarnación y de la Redención.En ese gran Belén, que es la Iglesia, el sacerdote perpetúa por medio de su santo ministerio la obra de María, dando en cierta manera a luz sobre el altar, por medio de la consagración, al Dios Hombre. En sus manos lo tiene, lo presenta a los fieles y se lo entrega amorosamente. Se lo da en la sagrada Comunión y vienen a ser ellos entonces cuna viviente, donde se digna descansar el Niño Dios, cuna suave y mullida […] La luz que brilla noche y día delante del Santísimo Sacramento, es como una continuación de la estrella que brilló a los ojos de los magos y que se paró sobre el lugar donde estaba el Niño Jesús. Es el símbolo de la fe siempre luminosa y de amor siempre ardiente, que debemos a nuestro amado Jesús presente e nuestros sagrarios. Tristemente, en muchas de nuestras iglesias, desiertas y solitarias.  (L. S. Tomo III (1872) pág. 6 - 7)

sábado, 21 de diciembre de 2013

CONTEMPLAR A SAN JOSÉ EN EL ADVIENTO
Benedicto XVI, pp emérito

Queridos hermanos y hermanas:
     En estos últimos días del Adviento, la liturgia nos invita a contemplar de modo especial a la Virgen María y a san José, que vivieron con intensidad única el tiempo de la espera y de la preparación del nacimiento de Jesús. Hoy deseo dirigir mi mirada a la figura de san José. En la página evangélica de hoy san Lucas presenta a la Virgen María como «desposada con un hombre llamado José, de la casa de David» (Lc 1,27). Sin embargo, es el evangelista san Mateo quien da mayor relieve al padre putativo de Jesús, subrayando que, a través de él, el Niño resultaba legalmente insertado en la descendencia davídica y así daba cumplimiento a las Escrituras, en las que el Mesías había sido profetizado como «hijo de David».
     Desde luego, la función de san José no puede reducirse a este aspecto legal. Es modelo del hombre "justo" (Mt 1,19), que en perfecta sintonía con su esposa acoge al Hijo de Dios hecho hombre y vela por su crecimiento humano. Por eso, en los días que preceden a la Navidad, es muy oportuno entablar una especie de coloquio espiritual con san José, para que él nos ayude a vivir en plenitud este gran misterio de la fe.
     El amado Papa Juan Pablo II, que era muy devoto de san José, nos ha dejado una admirable meditación dedicada a él en la exhortación apostólica Redemptoris Custos, "Custodio del Redentor". Entre los muchos aspectos que pone de relieve, pondera en especial el silencio de san José. Su silencio estaba impregnado de contemplación del misterio de Dios, con una actitud de total disponibilidad a la voluntad divina. En otras palabras, el silencio de san José no manifiesta un vacío interior, sino, al contrario, la plenitud de fe que lleva en su corazón y que guía todos sus pensamientos y todos sus actos. Un silencio gracias al cual san José, al unísono con María, guarda la palabra de Dios, conocida a través de las sagradas Escrituras, confrontándola continuamente con los acontecimientos de la vida de Jesús; un silencio entretejido de oración constante, oración de bendición del Señor, de adoración de su santísima voluntad y de confianza sin reservas en su providencia. No se exagera si se piensa que, precisamente de su "padre" José, Jesús aprendió, en el plano humano, la fuerte interioridad que es presupuesto de la auténtica justicia, la "justicia superior", que él un día enseñará a sus discípulos (cf. Mt 5,20).

     Dejémonos "contagiar" por el silencio de san José. Nos es muy necesario, en un mundo a menudo demasiado ruidoso, que no favorece el recogimiento y la escucha de la voz de Dios. En este tiempo de preparación para la Navidad cultivemos el recogimiento interior, para acoger y tener siempre a Jesús en nuestra vida.

sábado, 14 de diciembre de 2013

LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 15 DE DICIEMBRE, 3º DE ADVIENTO

Fe en Jesús

Mateo 11:2-11     En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». Jesús les respondió:
«Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!».

     Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: «Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti». Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él».
Otras Lecturas: Isaías 35:1-6a; Salmo 145; Santiago 5:7-10

LECTIO:
     El evangelio de este domingo vuelve a centrarse en Juan Bautista, pero esta vez no lo hace en su papel de quien prepara el camino del Mesías, sino más bien de quien da testimonio del ministerio mesiánico de Jesús.
     Juan Bautista está en la cárcel pero le han contado la actividad de Jesús. Está desconcertado. Las acciones de Jesús no parecen corresponder con el hacha, el fuego y el juicio que, según el mismo Juan le había dicho al pueblo, habría de traer el Mesías (véase la lectura de la semana pasada: Mateo 3:7-12). ¿Había cometido un error? ¿Era otro ‘quien había de venir’? Por eso envía a unos discípulos suyos para que le pregunten personalmente a Jesús. Jesús no les da una respuesta directa, sino que les dice a los discípulos de Juan que le transmitan las pruebas: los enfermos son curados, los muertos resucitan a la vida y a los pobres se les predica la Buena Noticia. Quiere que Juan entienda que él es efectivamente el Mesías y que trae el Reino de los cielos tal como lo habían anunciado los profetas del Antiguo Testamento, como Isaías (Isaías 35:5-6, 61:1). No se nos dice cuál fue la respuesta de Juan, pero Jesús avala su integridad y confirma que Juan es ciertamente el ‘mensajero’ enviado para preparar el camino al Mesías tal como había profetizado Malaquías (3:1).
     La misión profética de Juan era denunciar el pecado y llamar al arrepentimiento. El mensaje era el mismo para todos –reyes, dirigentes religiosos, la gente del pueblo- y no tenía miedo de hablar en voz alta. Eso fue lo que hizo que lo metieran en la cárcel por condenar el matrimonio del rey Herodes con la mujer de su hermano, y lo que en definitiva le costó la vida (Mateo 14:3-12).

MEDITATIO:
Jesús quiere que descubramos por nosotros mismo quién es él. ¿Quién crees que es Jesús?
¿Por qué crees que son felices las personas que no pierden la confianza en Jesús (versículo 6)?
¿De qué manera reaccionó Juan cuando se dio cuenta de que no entendía lo que estaba haciendo Jesús? ¿Qué podemos aprender de esto y de la respuesta que le dio Jesús?
Juan no era una caña sacudida por el viento. ¿De qué manera pueden afectarte el frío viento de la crítica y la burla? ¿Eres capaz de dar la cara por tu fe?

ORATIO:
     Dios sigue interviniendo en la historia y en las vidas particulares para ofrecer la curación, el auxilio y la paz. Lee el Salmo 145 para traer a la memoria la bondad y la fidelidad de Dios. Usa el salmo para dale gracias y alabanza.
     Ponte a disposición de Dios en la oración. Puede que te impulse a orar por personas concretas que necesitan su ayuda y su intervención en sus vidas en estos mismos momentos.

CONTEMPLATIO:
     Una y otra vez, en la escritura leemos relatos de cómo interviene Dios en las vidas de las personas para proporcionarles perdón, curación y guía. Dedica algún rato a reflexionar sobre las maneras en que ha intervenido Dios en tu vida.

domingo, 8 de diciembre de 2013

AKÁTHISTOS

El himno Akáthistos es el poema más célebre, que la Iglesia Ortodoxa canta, en honor de la Madre de Dios; una verdadera obra maestra de la literatura y la Teología - Bizantina - Ortodoxa. Fue compuesto en el Siglo Séptimo y se lo atribuye a San Germán de Constantinopla. 

    “Abro mi boca y se llena del espíritu; digo palabras de alabanza a la Reina Madre. Y me presento, jubilosamente entre los hombres, honrándola; cantando con alegría sus maravillas.”  
¡Oh Santísima Madre de Dios, Sálvanos!

 ¡Oh Purísima Virgen!, cuando el Gran Arcángel vio que eres el Libro Vivo de Cristo, sellado por el Espíritu, exclamó ante Ti: “¡Salve, Oh Tabernáculo de alegría!, por quien se borró la maldición de nuestra primera madre.”
¡Oh Santísima Madre de Dios, Sálvanos!

 ¡Salve, Oh Virgen Esposa de Dios, la recuperación de Adán y de los que yacen cautivos en el Hades! ¡Salve, Purísima Virgen; Palacio de quien es el Único Rey! ¡Salve, Flameante Trono del Todopoderoso!
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo

 ¡Salve, Oh Rosal, de donde floreció la Única Rosa Inmarcesible! ¡Salve, Tú, que pariste la Manzana Perfumada! ¡Salve, Oh Virgen que no contrajiste nupcias! ¡Fragancia del Rey de todos y Preservador del mundo!
Ahora y siempre, y por los siglos de los siglos, Amén.


 ¡Salve, Oh Tesoro de la pureza, por intermedio de quien nos levantamos de nuestras caídas! ¡Salve, Oh Soberana, Azucena de dulce esencia que esparce perfume entre los fieles! ¡Salve, Oh Fragante Incienso y más Preciosa Mirra! 
Nadie fue adornado de santidad como tú, María
De los Sermones de San Sofronio de Jerusalén
     Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. ¿Y qué puede ser más sublime que este gozo, oh Virgen María? ¿O qué cosa puede ser más excelente que esta gracia, que, viniendo de Dios, sólo tú has obtenido? ¿Acaso se puede imaginar una gracia más agradable o más espléndida? Todas las demás no se pueden comparar a las maravillas que se realizan en ti; todas las demás son inferiores a tu gracia; todas, incluso las más excelsas, son secundarias y gozan de una claridad muy inferior.
     El Señor está contigo. ¿Y quién es el que puede competir contigo? Dios proviene de ti; ¿quién no te cederá el paso, quién habrá que no te conceda con gozo la primacía y la precedencia? Por todo ello, contemplando tus excelsas prerrogativas, que destacan sobre las de todas las criaturas, te aclamo con el máximo entusiasmo: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. Pues tú eres la fuente del gozo no sólo para los hombres, sino también para los ángeles del cielo.
     Verdaderamente, bendita tú entre las mujeres, pues has cambiado la maldición de Eva en bendición; pues has hecho que Adán, que yacía postrado por una maldición, fuera bendecido por medio de ti.
     Verdaderamente, bendita tú entre las mujeres, pues por medio de ti la bendición del Padre ha brillado para los hombres y los ha liberado de la antigua maldición.
     Verdaderamente, bendita tú entre las mujeres, pues por medio de ti encuentran la salvación tus progenitores, pues tú has engendrado al Salvador que les concederá la salvación eterna.
     Verdaderamente, bendita tú entre las mujeres, pues sin concurso de varón has dado a luz aquel fruto que es bendición para todo el mundo, al que ha redimido de la maldición que no producía sino espinas.
     Verdaderamente, bendita tú entre las mujeres, pues a pesar de ser una mujer, criatura de Dios como todas las demás, has llegado a ser, de verdad, Madre de Dios. Pues lo que nacerá de ti es, con toda verdad, el Dios hecho hombre, y, por lo tanto, con toda justicia y con toda razón, te llamas Madre de Dios, pues de verdad das a luz a Dios.
     Pero no temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios, la más espléndida de todas las gracias; has encontrado ante Dios una gracia absolutamente insuperable; has encontrado ante Dios una gracia que durará siempre. Aunque otros -y muchos- antes de ti fueron eminentes en santidad, pero a ninguno como a ti le fue otorgada la plenitud de la gracia. Ninguno como tú pudo gozar de tanta dicha; nadie fue adornado de santidad como tú; nadie fue elevado a tan alto honor de magnificencia como tú; nadie como tú fue prevenido desde el primer instante por la gracia purificadora; nadie como tú fue iluminado con la luz celestial; nadie como tú fue elevado más allá de toda ponderación.
     Y justamente, pues nadie estuvo tan próximo a Dios como tú; nadie como tú fue enriquecido con los dones de Dios; nadie recibió tanta gracia divina. Tú superas todas las grandezas humanas; tú excedes todos los dones que la magnificencia de Dios haya jamás concedido a persona humana alguna. Superas a todos en riqueza, pues posees a Dios presente en ti. Nadie ha podido acoger a Dios en sí del modo que tú lo hiciste; nadie como tú pudo gozar de la presencia divina; nadie fue tan digno como tú de ser iluminado por Dios.
     Por eso, no sólo has recibido en ti misma al Dios Creador y Señor de todas las cosas, sino que inefablemente lo posees encarnado en ti, lo llevas en tu seno, y luego lo das a luz como Redentor de todos los hombres fulminados por la condena del Padre, dándoles una salvación que no tendrá fin.
     Tú tienes en tu seno al mismo Dios, hecho hombre en tus entrañas, quien, como un esposo, saldrá de ti para conceder a todos los hombres el gozo y la luz divina.
     Dios ha puesto en ti, oh Virgen, su tienda como en un cielo puro y resplandeciente. Saldrá de ti como el esposo de su alcoba e, imitando el recorrido del sol, recorrerá en su vida el camino de la futura salvación para todos los vivientes, y, extendiéndose de un extremo a otro del cielo, llenará con calor divino y vivificante todas las cosas.


sábado, 7 de diciembre de 2013

LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 8 DE DICIEMBRE, 2º DE ADVIENTO

VENID A JESÚS

Mateo 3,1-12     Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando:-«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos». Este es el que anunció el profeta Isaías, diciendo: «Una voz grita en el desierto: "Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos"».
     Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados; y él los bautizaba en el Jordán. Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo: «¡Camada de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones, pensando: "Abrahán es nuestro padre" pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras. Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego.
      Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga».

 Otras Lecturas: Isaías 11,1-10; Salmo 71; Romanos 15,4-9

LECTIO:
     El segundo verso del evangelio de este domingo nos presenta todo el proyecto del Adviento: “Convertíos a Dios, porque el reino des los cielos (la expresión habitual de Mateo para referirse al reino de Dios) está cerca” El mensaje de Juan repite la advertencia de Jesús en el texto del evangelio del domingo pasado: aseguraos de que estáis preparados para el regreso del Rey.
     Mateo emplea cuatro poderosas imágenes -camino, agua, hacha y fuego- para recordarnos que, a la vez que el reino de Dios ofrece salvación y liberación, también trae juicio y división. Es aquí donde Mateo presenta a Juan ante sus lectores, poniendo inmediatamente de relieve su significado. En primer lugar, le identifica como la persona enviada para preparar el camino al Mesías tanto tempo esperado (Isaías 40,3). A continuación, nos describe el atuendo de Juan, comparándolo con uno de los mayores profetas de Israel: Elías (2 Reyes 1,8). El significado de bautizar a la gente en el río Jordán tampoco se le escapaba a los lectores: mil años antes, Josué había conducido milagrosamente a sus antepasados, atravesando el Jordán para heredar la tierra prometida.
     El mensaje de Juan tocó la fibra sensible de la gente, que acudía a él en oleadas y se convertía. Las severas críticas de Juan respecto a fariseos y saduceos dejan bien claro que no le interesaban las muestras externas de arrepentimiento. Lo que Dios busca es un arrepentimiento auténtico que lleve a transformar las vidas: sólo esto es digno del Rey. No bastaba con escudarse en su ascendencia espiritual como hijos de Abraham. Y Juan dejó patente, desde el comienzo mismo, dónde terminaba su ministerio y dónde comenzaba el del Mesías.

MEDITATIO:
■   ¿Cómo explicarías la diferencia entre los ministerios de Juan y de Jesús?
■   ¿Qué aspectos de tu vida abarca y cubre la gracia de Dios?
■   ¿Cuál es el ‘buen fruto’ que deberíamos esperar de nuestras vidas como cristianos?

ORATIO:
     Juan hacía un llamamiento a arrepentirse y volverse hacia Dios. En estos momentos, ¿qué te dice a ti Dios?

CONTEMPLATIO:
     Juan estaba preparando el camino a Jesús y dirigía a la gente hacia él. También nosotros estamos llamados a hacer lo mismo: Jesús nos ha convertido en pescadores de hombres. ¿Qué pasos prácticos puedes dar durante el Adviento para prepararte a ti mismo y a los otros para seguir el mandato del Mesías?