Preguntas acertadas, respuestas equivocadas
Marcos 6.1-6 En aquel tiempo, fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos.
Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada:
-«¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas, ¿no viven con nosotros aquí?».
Y esto les resultaba escandaloso.
Jesús les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa». No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.
Otras lecturas: Ezequiel 2.2-5; Salmo 123; 2 Corintios 12.7-10
LECTIO:
Marcos nos narra este desengaño sufrido por Jesús. La gente a la que conocía bien, sus paisanos, se negaron a creer en él porque le conocían desde que era jovencito.
Reconocían que hablaba con sabiduría y realizaba milagros. De hecho, se quedaron admirados cuando le oyeron hablar. Pero no podían entender cómo alguien de una familia corriente del lugar, que había crecido entre ellos, era capaz de decir y hacer aquellas cosas.
Se hacen preguntas muy serias: ‘¿Dónde ha aprendido éste tantas cosas?’, ‘¿De dónde ha sacado esa sabiduría y los milagros que hace?’ Sus acciones, al rechazar a Jesús, ponen de manifiesto que no encontraban las respuestas acertadas. Tenían las mentes embotadas.
En esa atmósfera de tanta incredulidad y con unas mentes y unos corazones tan cerrados, Jesús no pudo realizar ningún milagro, aun cuando sanó a unos pocos enfermos. Ellos tal vez tenían al menos un granito de fe.
Jesús realizaba milagros como signo del poder y de la presencia de Dios. Dependía por completo de lo que Dios le decía que hiciera. No era magia, sino la fuerza de Dios.
Lo que les pedía a los presentes era cierto grado de ‘fe’. Podríamos llamarlo ‘estar abiertos a Dios’: estar dispuestos a recibir su presencia en sus vidas.
MEDITATIO:
■ Considera cómo debió de sentirse Jesús en su pueblo natal, al verse rechazado por su gente, por sus amigos y familiares, a los que conocía desde la infancia. ¿Has experimentado tú el rechazo de otras personas cercanas a ti a causa de tu fe?
■ ¿Puedes recordar alguna ocasión en la que rechazaste a Jesús o no estabas dispuesto a hacer lo que te pedía? ¿Cambiaste de actitud? Si así fue, ¿por qué? En la actualidad, ¿cómo te sientes con respecto a aquello?
■ ¿Cuáles crees que son las respuestas acertadas a las preguntas que se hacía la gente? ¿Qué revelan de Jesús? ¿De qué manera fortalece nuestra fe el que las cosas puedan cambiar después de que Jesús intervenga?
■ ¿Cómo podemos asegurarnos de que mantenemos abiertos nuestros corazones y nuestras mentes?
ORATIO:
El Salmo 123 describe a un criado con los ojos fijos en su amo, dispuesto a obedecer sus órdenes. Es una espera atenta. Esta semana haz un esfuerzo deliberado de dejar a un lado tus preocupaciones y necesidades. Sencillamente, pasa tu tiempo con el Señor.
Fija tus ojos en él y ofrécele tu tiempo y tu atención sin límite alguno. Escucha cuanto quiera decirte.
CONTEMPLATIO:
En Ezequiel 2.2-5 Dios advierte a su profeta que el pueblo al que le envía es desobediente y no respeta a Dios. Esto también era verdad respecto a las gentes del pueblo natal de Jesús y, tristemente, también lo es respecto a la mayor parte de las personas de hoy día.
En 2 Corintios 12.7-10, Pablo habla de otras pruebas a las que puede tener que enfrentarse una persona enviada por Dios con una misión. Al que es misionero como Jesús nunca le faltan dificultades.
