FEBRERO : EN EL CORAZÓN DE LA TRINIDAD.
Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar
LA ADORACIÓN NOCTURNA MOMENTO PARA CULTIVAR
LA INTIMIDAD CON DIOS
Nuestro mundo está hecho para gloria de la Trinidad.
Sabemos que todas las oraciones de la
Iglesia acaban y empiezan en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo. Pero a veces no
caemos en la cuenta de que cuando estamos adorando al
Señor el en Sacramento de la Eucaristía nos introducimos por así
decirlo en el Corazón de la Trinidad.
Es cierto que sólo el Verbo Eterno, el Hijo
de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad es el que se hizo hombre y por tanto
es su corazón humano el que late escondido bajo las especies del Pan. Sin
embargo, también es cierto que, en la Trinidad, donde está
una de las Personas están también las otras dos, porque son una sola
naturaleza. Por ello podemos decir que en
la Eucaristía se hace presente la Trinidad como en ningún otro lugar de la
tierra. Además, si el Hijo fue enviado por el Padre, también el
Padre y el Hijo enviaron el Espíritu Santo. Y el lugar donde más presente se
hace esta tercera persona, es precisamente el Corazón de Jesús. Hasta el punto
de que muchas veces se le llama fuente de agua viva. Porque el en su Corazón
está como en ningún otro el Espíritu Santo que se nos derrama.
Por ello cuando nos
postramos ante la Eucaristía, tenemos delante no sólo a Jesús, sino también al
Padre que lo envió y al Espíritu Santo que Padre e Hijo nos envían a nuestros
corazones. En el centro de la Trinidad está el Hijo, y el Hijo
tiene un corazón humano como el nuestro, podemos sintonizar de una manera
especial con él y a través de Él entrar en el mayor misterio de nuestra fe, por
la vía del afecto y del amor más que por la de la inteligencia y la cabeza.
Trelles se
admiraba de este misterio, de cómo podemos a través de la adoración, unir
nuestro corazón al de Cristo y así introducirnos en el corazón mismo de la
Trinidad. Y se imaginaba como una especie de cazador de corazones,
para meter a todos por ese camino a que descubrieran el fin para el que han
sido hechos, la gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. -“Me
holgaría de tener para el propio fin millones de millones de corazones que
ofreceros, todos infinitos e insondables en el afecto; y abrigo el
deseo de ganar con cada uno de ellos, si los poseyese, todas las gracia e
indulgencias posibles de ganar en toda la tierra, en todos los momentos del
día, para contribuir así en aquel sentido a vuestra gloria y cumplir vuestra
voluntad santísima. Recibid, Señor Sacramentado, esos mis deseos,
ofertas y promesas, unidos en el Corazón de Jesús en la Eucaristía como si
fuesen infinitos. Y admitid, Señor el vivo deseo de
repetíroslos todos los momentos del día, todos los días de mi vida, mientras
pueda repetir esta oración y por toda la eternidad en que vivís y reináis, Dios
eterno, Padre de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra; con
vuestro Hijo Unigénito y eterno también, el Verbo divino que nos redimió con su
sangre; y el Espíritu Santo vivificante que procede del Padre y del Hijo y que
con ellos es glorificado por los siglos de los siglos Amén. (Trelles, LS 3, 1872)
Adorar la Eucaristía es
adorar la Trinidad, es como un adelanto
de lo que haremos infinitamente en el Cielo, ya sin velos ni disfraces.
Por ello pedimos en nuestras noches de adoración que además del nuestro podamos
unir otros muchos corazones al de Jesús, para que estemos todos juntos en el
Cielo, gozando de la gloria de la Trinidad.
Preguntas para el diálogo y la meditación.
■ ¿Qué corazones pones ante la Eucaristía
cuando adoras?
■ ¿Qué otras relaciones ves entre la
Eucaristía y la Trinidad?
■ ¿Cómo habla Cristo del Padre y del Espíritu Santo en los Evangelios?
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