TIEMPO LITÚRGICO
viernes, 14 de junio de 2019
LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 9 DE JUNIO DEL 2019, SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD (Comentario de +Francisco Cerro Chaves-Obispo de Coria-Cáceres)
Jn 16, 12-15
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar
con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta
la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que
oye y os comunicará lo que está por venir.
Él me glorificará, porque recibirá de lo
mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que recibirá y tomará de lo mío y os
lo anunciará».
Otras lecturas: Proverbios 8, 22-31;
Salmo 8; Romanos 5.1-5
LECTIO:
Este domingo
es tiempo de acción de gracias
y de recuperar esperanzas, porque Dios se nos muestra cercano y con su rostro
más resplandeciente. El Señor, que
pensó con amor en nosotros y nos ha
puesto en un paraíso, no está lejos; el Dios que nos ha dado todas las
posibilidades de crecimiento, desarrollo y responsabilidad no está ausente, ni se ha desentendido de su obra
maestra.
El Padre Dios ha montado, por pura
misericordia, una Historia de Salvación. La belleza de la Historia de la
Salvación se percibe en el amor derrochado, le hemos costado muy caro a Dios,
que ha permitido la muerte de su Hijo Jesús, que acampó en medio de nosotros,
haciéndose uno de tantos y enseñándonos a amar de verdad.
El texto de la Sagrada Escritura que puede
resumir mejor el misterio de la Santísima Trinidad es bastante sencillo: “Dios es amor” (1Jn 4, 8.16). (+ José Manuel
Lorca Planes - Obispo de
Cartagena)
MEDITATIO:
Celebramos la fiesta de la Santísima
Trinidad, que nos recuerda el misterio del único Dios en tres Personas: el
Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La Trinidad es comunión de Personas
divinas, las cuales son una con la otra, una para la otra y una en la otra:
esta comunión es la vida de Dios, el misterio de amor del Dios vivo. (Papa Francisco)
Jesús
nos habló de Dios como Padre; nos habló del Espíritu; y nos habló de sí mismo
como Hijo de Dios. Y así nos reveló este misterio. Y cuando, resucitado, envió
a los discípulos a evangelizar a todos los pueblos les
dijo que los bautizaran «en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo». Este mandato… lo dirige
también a cada uno de nosotros que, en virtud del Bautismo, formamos parte de
su comunidad. (Papa
Francisco)
La solemnidad litúrgica de
hoy, al tiempo que nos hace contemplar el misterio del cual provenimos y hacia
el cual vamos, nos renueva la misión de vivir la comunión con Dios y vivir la
comunión entre nosotros según el modelo de la comunión divina. No estamos
llamados a vivir los unos sin los otros, por encima o contra los demás, sino
los unos con los otros, por los otros y en los
otros. (Papa Francisco)
ORATIO:
Creo, Señor, pero ven en ayuda
de mi poca fe.
Señor, enséñame a saber
escuchar tus palabras,
enséñame a guardar tus palabras en mi corazón;
enséñame a sentir tu presencia viva…
enséñame a guardar tus palabras en mi corazón;
enséñame a sentir tu presencia viva…
CONTEMPLATIO:
«Muchas cosas me quedan
por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora»
El Nuevo Testamento,
siguiendo el rastro de toda la experiencia de fe desde los libros del Antiguo
Testamento nos muestra el designio salvífico de Dios Padre, realizado mediante
el Hijo en el Espíritu Santo, y la Iglesia, a partir de los acontecimientos de
presencia y acción de Dios en nuestra historia, ha llegado a la formulación de
su fe en un solo Dios en tres Personas, aunque sabe que las diversas imágenes
de la Trinidad que podemos descubrir en la realidad creada y en particular en
el hombre no pueden interpretarse como explicaciones exhaustivas que agoten el
misterio. El misterio trinitario está en
el centro de la fe cristiana.
Muchos, para comprender mejor el misterio
de la Santísima Trinidad acuden a lo que se suele llamar la teología económica,
la acción de cada una de las Personas divinas en la Historia de la Salvación,
la creación, redención y santificación. Hay que ir un poco más al fundamento y
preguntarse, ¿qué es Dios en sí mismo? Lo
que Dios ha hecho, nos invita a pensar en lo que Dios es. Dios es amor, no sólo porque sale de sí para crear, sino porque
es amor en sí mismo. Contemplar la Historia de la Salvación es la mejor vía
para que nuestros sentidos se acerquen a la grandeza de este misterio de amor. (+ José Manuel Lorca Planes - Obispo de Cartagena)
■… El mismo Espíritu Santo no
solamente santifica y dirige al pueblo de Dios por los sacramentos y los
ministerios y lo enriquece con las virtudes, sino que, repartiendo a cada
uno en particular como a él le parece (1 Cor 12,11),
reparte entre los fieles gracias de todo género, incluso especiales, con que
los dispone y prepara para realizar variedad de obras y de oficios provechosos
para la renovación y una más amplia edificación de la Iglesia, según aquellas palabras:
En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común (1
Cor 12,7). Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más
sencillos y comunes, por el hecho de que son muy conformes y útiles a las
necesidades de la Iglesia, hay que recibirlos con agradecimiento y consuelo. (Concilio
Vaticano II, Const. Lumen gentium, nn. 4 y 12)
El domingo 16 de junio,
solemnidad de la Santísima Trinidad, se celebra la Jornada Pro Orantibus. Los obispos españoles proponen como lema “La vida contemplativa. Corazón orante y misionero” , a partir de la constitución
apostólica Vultum Dei quaerere del papa Francisco y la
consecuente instrucción aplicativa Cor orans. Al mismo tiempo, en el
horizonte eclesial cada vez está más cerca el mes extraordinario misionero, que
viviremos en el próximo mes de octubre. Además manifiestan el
agradecimiento y el apoyo a los innumerables hombres y mujeres que esparcidos
por la geografía española mantienen vivo el ideal religioso de la vida
contemplativa.
En España, según datos de diciembre de
2018, hay 783 monasterios de vida contemplativa (35 masculinos y 748 femeninos)
y 9.151 monjes y monjas (470 varones y 8.681 mujeres).
TESTIMONIO
Fr. Carlos Doña Grimaldi (26 años) Novicio de la Abadía Benedictina de
la Santa Cruz del Valle de los Caídos (San Lorenzo de El Escorial, Madrid)
La vocación monástica es una
inmensa gracia de Dios para un joven de nuestros
días, con cierto componente de exigencia y aspereza, que
nos hace abandonar los hábitos de la vida mundana y revestirnos de una nueva
condición, en entrega plena al
seguimiento del Señor Jesús. Me parece que en las circunstancias actuales, los
que ingresamos en una comunidad contemplativa sentimos con intensidad este
cambio de costumbres, de orientación de toda la existencia: de nuestros
intereses, gustos y proyectos, hay que convertirse al servicio del Señor, los
hermanos y la Iglesia. El noviciado es una etapa que enfoco sobre todo como
tiempo para conocer y asumir los aspectos más particulares y profundos del
camino que el Señor me ofrece. El monacato es, como nos enseñan los Padres más
antiguos, el esfuerzo por perpetuar en el seno de la Iglesia la
vida de renuncia que los apóstoles llevaron siguiendo a Jesucristo, así
como los primeros discípulos en Jerusalén después de Pentecostés. Es la vida
evangélica y apostólica por excelencia. Los monjes hemos recibido el tesoro de
la espiritualidad antigua de la Iglesia, y en estos tiempos quizás más que en
otros se nos pide fidelidad y entusiasmo para tratar de conservarlo. Esta
antigua tradición del monacato cristiano, para los que militamos bajo la Regla
de San Benito, se concreta en los tres votos de nuestra profesión: conversatio
morum, estabilidad y obediencia1 .
1 «El que va a ser
admitido prometa delante de todos estabilidad (stabilitas), conversión de costumbres
(conversatio morum suorum) y obediencia (oboedientia)…» (RB 58, 17).
El esencial voto de conversatio morum
asume en sí los de castidad y pobreza que emiten otros religiosos, pero sobre
todo incluye una serie de compromisos fundamentales que dan carácter monástico
a nuestra profesión Se trata de adoptar una serie de valores y prácticas muy
específicas, simples en apariencia, pero de origen antiguo y gran influencia
espiritual. Son las vasijas de barro en que portamos la gracia peculiar que el
Señor nos ha concedido como monjes: separación del mundo, lectio divina,
liturgia, vigilias, ayunos, observancia común, trabajo en clausura. Como
novicio intento especialmente enamorarme de estos compromisos, que son los
instrumentos de virtud de esta escuela del servicio divino que es el monasterio
benedictino. La estabilidad supone un impulso de amor cristiano hacia los
monjes que componen la comunidad en que ingresamos, y el deseo firme de
participar en su fraternidad y destino común. Es una de las exigencias más
duras para los que acabamos de dejar a la familia y apenas empezamos a convivir
con los hermanos. Aquí nos ayuda a ello la gracia de que somos cuatro los
menores de treinta años, lo que nos hace mirar al futuro con esperanza. La
estabilidad también tiene mucho de amor al lugar físico en que nos
establecemos, y sobre todo comporta la aceptación humilde de las peculiaridades
del monasterio. En nuestra Abadía de la Santa Cruz, esto incluye la pertenencia
a la Congregación de Solesmes, el ofrecimiento perpetuo de nuestras oración y
penitencia por la paz y prosperidad de España y todos sus habitantes, y la
celebración solemne de la santa misa en la Basílica del Valle de los Caídos,
fin para el cual asumimos la dirección de un colegio-escolanía. El voto de
obediencia, en el monacato benedictino, recibe gran relieve por la condición
que el Abad asume como verdadero padre espiritual y pastor de los monjes.
Nuestro objetivo es retornar a Dios, de quien nos apartamos en la vida pasada por
la desobediencia, a través del sometimiento de nuestra voluntad propia a la del
abad. De él esperamos confiadamente todo lo que necesitamos: la doctrina
evangélica, la guía espiritual, el sostenimiento material, la misericordia y
comprensión con nuestras debilidades y caídas.
En última instancia, la vida
monástica tiene un fin único que la colma de sentido y del que manan todas sus
observancias: la búsqueda de Dios. En
el claustro nos esforzamos a fin de alcanzar la pureza de corazón, haciendo
todo lo posible para que los ojos de nuestra alma estén preparados para la
contemplación del rostro del Señor. Esta contemplación, iniciada ya en este
mundo, pero que tendrá su florecimiento definitivo en la gloria del cielo, nos
comunica un amor infinito, una misericordia del corazón que abraza al mundo
entero y comparte todas y cada una de las penas y alegrías de la Iglesia. Este
pensamiento de que, en la oración, puedo unirme de forma íntima en el Espíritu
a la misión redentora del Verbo, así como hizo la Santa Madre de Dios, es el
que me sostiene y anima en el camino de conversión monástica que he emprendido.
(Participó con nuestro Turno en numerosas
Vigilias mensuales)
sábado, 8 de junio de 2019
LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 9 DE JUNIO DEL 2019, SOLEMNIDAD DE LA PASCUA DE PENTECOSTÉS (Comentario de +Francisco Cerro Chaves-Obispo de Coria-Cáceres)
«PAZ A VOSOTROS… RECIBID EL ESPÍRITU SANTO»
Jn. 20, 19-23
Al anochecer de aquel día,
el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las
puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en
medio y les dijo: «Paz
a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las
manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como
el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre
ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a
quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los
retengáis, les quedan retenidos».
Otras lecturas: Hechos 2, 1-11; Salmo 103;
1Corintios 12,3b-7.12-13
LECTIO:
Con la fiesta de
Pentecostés que celebramos este domingo, hemos llegado al final de todo el
ciclo pascual. Jesús antes de su ascensión al Padre hizo
dos promesas muy importantes a sus discípulos: por una parte, que permanecería
con, en y entre ellos hasta el final de los siglos; y por otra, que les
enviaría desde el Padre al Espíritu Santo, que sería para ellos el Consolador,
el que llevaría a plenitud lo que Jesús mismo había comenzado, recordándoles lo
que Él les había revelado.
Tras la ascensión de Jesús, los discípulos
volvieron a Jerusalén. Allí esperarían el cumplimiento de la promesa del Espíritu.
“Todos
los discípulos estaban juntos el día de Pentecostés”. La tradición cristiana siempre ha visto esta
escena como el prototipo de la espera del Espíritu… “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Los discípulos de Jesús que formamos su Iglesia, como
miembros de su “cuerpo”, desde nuestras cualidades y dones, en nuestro tiempo y
en nuestro lugar, estamos
llamados a continuar lo que Jesús comenzó. (+Fr. Jesús Sanz
Montes, ofm, arzobispo de Oviedo)
MEDITATIO:
La Iglesia que nace en Pentecostés es una
comunidad que anuncia un mensaje nuevo: Cristo
está vivo, ha resucitado; un
lenguaje nuevo: el lenguaje del amor. (Papa
Francisco)
El Espíritu Santo nos enseña: es el Maestro interior. Nos guía por el justo
camino, a través de las situaciones de la vida. …nos enseña a seguir a Jesús, a
caminar siguiendo sus huellas. El Espíritu Santo es maestro de vida dentro del horizonte más amplio
y armónico de la existencia cristiana. (Papa
Francisco)
El
Espíritu Santo nos
recuerda todo lo que dijo Jesús. Es
la memoria viviente de la Iglesia. Y
mientras nos hace recordar, nos hace comprender las palabras del Señor. Nos
recuerda todo lo que dijo Cristo, nos hace entrar cada vez más plenamente en el
sentido de sus palabras. (Papa
Francisco)
Con la ayuda del Espíritu Santo, podemos
interpretar las inspiraciones interiores y los acontecimientos de la vida a la
luz de las palabras de Jesús. Y así crece en nosotros la sabiduría de la
memoria, la sabiduría del corazón, que es un don del Espíritu. (Papa Francisco)
ORATIO:
Ven, Espíritu Santo, llena los corazones
de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor…
Espíritu
Santo, viento impetuoso de Dios,
sopla
sobre nosotros.
Sopla
sobre la Iglesia
y
empújala hasta los confines lejanos
para
que, llevada por Ti, no lleve nada más que a Ti.
CONTEMPLATIO:
«Como
el Padre me ha enviado, así también os envío yo»
Pentecostés es la gracia de perpetuar día
tras día, lugar tras lugar, lengua tras lengua, la Palabra y la Presencia de
Jesús. Así lo prometió Él: “os he dicho todo estando entre vosotros, pero mi
Padre os enviará al Espíritu Santo para que os enseñe y os recuerde todo lo
que yo os he dicho”. Esta ha sido la promesa cumplida de Jesús.
Y la historia cristiana da cuenta que en
todo tiempo, en cada rincón de la tierra, y en todas las lenguas, Jesús se ha
hecho presente y audible cuando ha habido un cristiano y una comunidad que ha
dejado que el Espíritu Santo enseñe y recuerde lo que el Padre nos dijo y mostró
en Jesús. (+Fr. Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo)
■… Muéstrate solícito en unirte al Espíritu Santo. Él viene apenas se
le invoca, y sólo hemos de invocarlo, porque ya está presente[...] Es vano esperar recibir y aprender de boca de
cualquier hombre lo que sólo es posible recibir y aprender de la lengua de la
verdad. En efecto, como dice la verdad misma, «Dios es Espíritu» (Jn 4,24). Dado que es preciso que sus adoradores lo adoren en Espíritu y en
verdad, los que desean conocerlo y experimentarlo deben buscar sólo en el
Espíritu la inteligencia de la fe y el sentido puro y simple de esa verdad. (Guillermo de Saint-Thierry).
viernes, 7 de junio de 2019
sábado, 1 de junio de 2019
LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 2 DE JUNIO DEL 2019, SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (Comentario de +Francisco Cerro Chaves-Obispo de Coria-Cáceres)
Lc. 24, 46-53
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus
discípulos: «Así está escrito: el Mesías padecerá,
resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la
conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por
Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Mirad, yo voy a enviar sobre
vosotros la promesa de mi Padre; vosotros, por vuestra parte, quedaos en la
ciudad hasta que os revistáis de la fuerza que viene de lo alto».
Y los sacó hasta cerca de Betania y,
levantando sus manos, los bendijo. Y mientras los bendecía,
se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se
volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el
templo bendiciendo a Dios.
Otras lecturas: Hechos 1, 1-11; Salmo 46;
Efesios 1-17-23
LECTIO:
Con el cumplimiento de la vida terrestre
del Señor no termina aquí su misión.
Porque esa novedad de un pueblo, por Él inaugurada, no termina con su ascensión
al Padre. Jesús entrando en el cielo abre la puerta hasta entonces cerrada por
todos los pecados y pesadillas humanas.
Lucas,
que comienza su Evangelio en el Templo, cuando es presentado Jesús niño,
también lo concluye en el Templo con los
discípulos de ese Jesús como
portadores de su Presencia y portavoces de su Palabra. Han de esperar aún la
llegada del Espíritu prometido, hasta que sean revestidos de la fuerza de lo alto.
Aquellos
discípulos quedaron embobados ante el trance de esta despedida, ante el adiós
menos deseado y más temido, el adiós de quien más amaron y amarán los hombres
que han amado de veras. Por eso, los ángeles arrancarán a los discípulos de su
inmovilismo, para decirles lo mismo que les dijo Jesús: no os quedéis mirando
al cielo. Hay mucho que hacer. (+Fr. Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo
de Oviedo)
MEDITATIO:
El Evangelio de Lucas nos muestra la
reacción de los discípulos ante el Señor que «se
separó de ellos y fue llevado al cielo». No hubo en ellos dolor y desconsuelo, sino que se postraron «ante
él, y se volvieron a Jerusalén con gran gozo». Es el regreso de quien no teme
ya a la ciudad que había rechazado al Maestro, que había visto la traición de
Judas y la negación de Pedro, había visto la dispersión de los discípulos y la
violencia de un poder que se sentía amenazado. (Papa Francisco).
A
partir de aquel día para los apóstoles y para todo discípulo de
Cristo fue posible habitar en Jerusalén y en todas las ciudades del mundo,
también en las más atormentadas por la injusticia y la violencia, porque sobre
todas las ciudades está el mismo cielo y cualquier habitante puede alzar la
mirada con esperanza. (Papa Francisco).
«Vosotros sois testigos de estas cosas»… ¡Cristo
está con nosotros; Jesús subió al cielo, está con nosotros; Cristo está vivo!...
Jesús nos ha asegurado que en este anuncio y en este testimonio seremos «revestidos de poder desde lo
alto». Aquí está el secreto de esta misión: la presencia entre nosotros del
Señor resucitado, que
con el don del Espíritu continúa abriendo nuestra mente y nuestro corazón, para
anunciar su amor y su misericordia también en los ambientes más refractarios de
nuestras ciudades. (Papa Francisco).
ORATIO:
Gracias,
Señor, por esta experiencia de tu Ascensión. Gracias porque me invitas a
postrarme y adorarte. Te reconozco como mi Dios y Señor, como mi Salvador.
Gracias por cuanto me has dado y haces por mí.
Haced discípulos míos; dadles todo lo que os he dado;
descargad vuestras espaldas y sentíos hermanos.
CONTEMPLATIO:
«Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y
fue llevado hacia el cielo»
No
era una despedida la de Jesús,
para provocar nostalgias románticas ni tristes sentimentalismos. Era un adiós para un nuevo encuentro con quien prometió estar de otro modo entre
ellos “hasta el fin del mundo”. Por eso “se volvieron a
Jerusalén con gran alegría”, con una actitud tan distinta a días atrás cuando
se encerraron a cal y canto por miedo a los judíos.
Como el Padre envió a Jesús, ahora Él envía
a los suyos. Ahora tendrán que contar a todos, lo que han visto y oído, lo que
palparon sus manos, su convivencia con el Hijo de Dios. Y Jerusalén se llenará
de alegría, de la de estos discípulos, la que Jesús puso en sus corazones y
nada ni nadie podrá arrebatar. (+Fr.
Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo)
■… ¿Te maravillas
de que el Espíritu Santo esté al mismo tiempo con nosotros y allá arriba, visto
que también el cuerpo de Cristo está en el cielo y con nosotros? El cielo ha
tenido su santo cuerpo y la tierra ha recibido el Santo Espíritu; Cristo ha
venido y nos ha traído el Espíritu Santo; Cristo ha ascendido y se ha llevado
consigo nuestro cuerpo. ¡Oh tremenda y estupenda economía! ¡Oh gran Rey, grande
en todo, verdaderamente grande y admirable![...] Tenemos, pues, en el cielo la
prenda de nuestra vida: hemos sido asumidos junto con Cristo. Es cierto que
seremos arrebatados también entre las nubes si somos encontrados dignos de ir a
su encuentro entre las nubes… Por eso, carísimos, oremos todos para poder estar
entre los que irán a su encuentro, aunque sea entre los últimos. (S. Juan Crisóstomo)
(Hechos 1, 8)
JUNIO 2019
“Recibirán la fuerza del
Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos”. (Hechos 1, 8)
El libro de los Hechos de los apóstoles,
escrito por el evangelista Lucas, comienza con la promesa que
Jesús Resucitado les hace a los apóstoles poco antes de dejarlos para volver
definitivamente al Padre: recibirán de Dios mismo la fuerza necesaria para
continuar en la historia humana el anuncio y la construcción de su Reino.
No se trata de enfrentar un poder político
o social contra otro, sino más bien de la acción profunda del Espíritu de Dios
en nuestros corazones, lo que nos convierte en “hombres nuevos”.
Poco después,
sobre sus discípulos reunidos con María descenderá el Espíritu Santo; y ellos, a partir de la ciudad santa de
Jerusalén difundirán el mensaje de Jesús hasta los “confines de la tierra”.
“Recibirán la fuerza del Espíritu Santo
que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos”.
Los apóstoles, y con ellos todos los
discípulos de Jesús, son enviados como “testigos”.
En efecto, cuando el cristiano descubre a
través de Jesús lo que significa ser hijo de Dios, descubre también que es
enviado. Nuestra vocación y nuestra identidad de hijos se realiza en la misión,
en el ir hacia los demás como hermanos. Todos estamos
llamados a ser apóstoles que den testimonio con la vida y luego, de ser
necesario, con las palabras.
Somos testigos cuando hacemos nuestro el
estilo de vida de Jesús. Es decir, cuando cada día en nuestra familia, en el ambiente
de trabajo y de estudio o de diversión, vamos al encuentro de las personas con
espíritu de acogida y dispuestos a compartir, teniendo en el corazón ese gran
proyecto del Padre: la fraternidad universal.
Marilena
y Silvano cuentan: “Cuando nos casamos, queríamos ser una familia abierta a los
demás. Una de las primeras experiencias fue poco antes de Navidad. Como no
queríamos que los saludos fueran algo meramente formal, a la salida de la
iglesia se nos ocurrió ir hasta la casa de nuestros vecinos para llevarles un
pequeño regalo. Todos quedaron sorprendidos y contentos, especialmente una
familia que muchos trataban de evitar. Nos abrieron el corazón y nos contaron
sus dificultades y el dolor de que durante tanto tiempo nadie se acercara a su
casa. Nuestra visita duró dos horas y nos conmovió ver la alegría de esas
personas. De esta manera, poco a poco, tratando de estar abiertos a todos,
pudimos ir estableciendo relaciones con muchas personas. No siempre fue fácil,
porque podía suceder que una visita imprevista modificara nuestros programas,
pero siempre tuvimos presente que no queríamos perder estas ocasiones
fraternas. En una oportunidad nos trajeron de regalo una torta y quisimos
compartirla con una señora que había colaborado reuniendo juguetes para mandar
a unos chicos en Brasil. Estuvo muy contenta y fue una ocasión para conocer a
su familia. Al despedirnos nos dijo que también a ella le hubiera gustado tener
la iniciativa de ir a visitar a otros”.
“Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que
descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos”.
Todos nosotros, en
cuanto cristianos, hemos recibido el don del Espíritu Santo en el bautismo, pero él también habla en la conciencia de
todas las personas que buscan con sinceridad el bien y la verdad. Por eso todos
podemos dar lugar al Espíritu de Dios y dejarnos guiar. ¿Cómo
reconocerlo y escucharlo?
Puede ayudar un pensamiento de Chiara
Lubich: “El Espíritu Santo vive en nosotros como en
su templo y nos ilumina y guía. Es el Espíritu de verdad que nos
hace comprender las palabras de Jesús, las torna vivas y actuales, nos enamora de
la Sabiduría y nos sugiere lo que tenemos que decir y cómo hacerlo. Es el
Espíritu de Amor que nos inflama y nos hace capaces de amar a Dios
con todo el corazón, el alma, las fuerzas, y amar a los que
encontramos en nuestro camino. Es el Espíritu de fortaleza que nos
da el coraje y la fuerza para ser coherentes con el Evangelio y dar testimonio siempre
de la verdad. Con este amor de Dios en el corazón, y
gracias a él, se puede llegar lejos y hacer partícipes a muchísimas personas
del propio descubrimiento. Los ‘confines de la tierra’ no son solo geográficos.
Indican también, por ejemplo, a personas cercanas que aún no han tenido la
alegría de conocer verdaderamente el Evangelio. Hasta allí debe llegar nuestro
testimonio. Por amor a Jesús se nos pide compenetrarnos
con cada uno, en el olvido completo de nosotros mismos, hasta que el otro, dulcemente herido por el
amor de Dios, quiera compenetrarse con nosotros en un recíproco intercambio de
ayudas, de ideales, de proyectos, de afectos. Solo entonces podremos ofrecer la
palabra como un don en la reciprocidad del amor”1.
Leticia Magri
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