TIEMPO LITÚRGICO

TIEMPO LITÚRGICO

domingo, 3 de septiembre de 2017

LECTIO DIVINA PARA EL DOMINGO 3 DE SEPTIEMBRE DE 2017, 22º DEL TIEMPO ORDINARIO (Comentario de +Francisco Cerro Chaves-Obispo de Coria-Cáceres)



«QUIEN QUIERA VENIR CONMIGO QUE TOME SU CRUZ Y ME SIGA»

Mt. 16. 21-27
     En aquel tiempo, comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.
     Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte». Jesús se volvió y dijo a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios».
     Entonces dijo a los discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará».
     ¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta.


Otras Lecturas: Jeremías 20,7-9; Salmo 62; Romanos 12,1-2


LECTIO:
Pedro no puede comprender que el Mesías tenga que recorrer los caminos del sufrimiento y el dolor. Por eso reacciona con fuerza, cuando Jesús empezó a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados y que tenía que ser ejecutado.
Pedro tuvo el atrevimiento de apartar a Jesús del grupo de los discípulos. «¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios».  Jesús ha sido enviado por el Padre al mundo, para hacer presente el amor de Dios… Ha venido a mostrarnos el camino que nos conduce a Dios, a nuestra propia felicidad. El nos enseñó que ese camino se llama amor, se llama verdad, se llama justicia. Y cuando amamos, a veces sufrimos, cuando tratamos de defender la verdad y la justicia, en muchas ocasiones, toca pasarlo mal. Si Jesús se hubiera retirado al acercarse la cruz no hubiera cumplido su misión, nos hubiera mostrado el camino de la cobardía, de la mentira, del egoísmo.
Pedro no quiere que Jesús sufra. Actúa con toda la buena fe. Jesús es su amigo y además es el Mesías. Hace como suelen hacer los padres y madres con los hijos: procuran evitarles cualquier mal rato… Es bueno evitar el sufrimiento a las personas que queremos, pero el dolor es necesario para crecer, para madurar, para comprender a los que sufren…
Jesús dice a Pedro y a sus discípulos: El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si no asumimos la cruz tampoco cumpliremos nuestra misión y no podremos ser verdaderamente felices.
Este mensaje del evangelio choca frontalmente con la cultura dominante de nuestra sociedad, por eso es más necesario que nunca recordar las palabras del apóstol: no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto.
           
MEDITATIO:
     Jesús comenzó «a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho..., ser ejecutado y resucitar al tercer día». Es un momento crítico en el que emerge el contraste entre el modo de pensar de Jesús y el de los discípulos Nosotros cristianos vivimos en el mundo, plenamente incorporados en la realidad social y cultural de nuestro tiempo, y esto comporta el riesgo de convertirnos en «mundanos», el riesgo de que «la sal pierda el sabor», como diría Jesús, es decir, que el cristiano se «agüe», pierda la carga de novedad que le viene del Señor y del Espíritu Santo. (Papa Francisco)
     Jesús no nos engaña. Con la verdad de sus palabras, que parecen duras pero llenan el corazón de paz, nos revela el secreto de la vida auténtica. Él, aceptando la condición y el destino del hombre venció el pecado y la muerte y, resucitando, transformó la cruz de árbol de muerte en árbol de vida. Es el Dios con nosotros, que vino para compartir toda nuestra existencia. No nos deja solos en la cruz. Jesús es el amor fiel, que no abandona y que sabe transformar las noches en albas de esperanza. Si se acepta la cruz, genera salvación y procura serenidad, como lo demuestran tantos testimonios hermosos de jóvenes creyentes. “Sin Dios, la cruz nos aplasta; con Dios, nos redime y nos salva.” S. Juan Pablo II
     Evangelio, Eucaristía, oración. Gracias a estos dones del Señor podemos configurarnos  a Cristo, y seguirlo por su camino, la senda del «perder la propia vida» para encontrarla de nuevo. «Perderla» en el sentido de donarla, entregarla por amor y en el amor —y esto comporta sacrificio, incluso la cruz— para recibirla nuevamente purificada, libre del egoísmo y de la hipoteca de la muerte, llena de eternidad. (Papa Francisco)

ORATIO:
     Yo me decía: «No pensaré más en él, no hablaré más en su nombre». Pero era dentro de mí como un fuego devorador encerrado en mis huesos; me esforzaba en contenerlo, pero no podía. (Jeremías 20,7-9)

                                 Tú me sedujiste, Señor,
                                   y yo me dejé seducir;
                      me has violentado y me has podido.

 CONTEMPLATIO:
     Jesús sufría con la miseria, la injusticia, desgracias y enfermedades que hacen sufrir tanto y al mismo tiempo confiaba totalmente en Dios Padre que quiere que arrancar de la vida lo que es malo y hace sufrir a sus hijos. Jesús estaba dispuesto a todo por hacer realidad el deseo de Dios y por ver cuanto antes un mundo diferente: el mundo que quería el Padre. Y quería ver entre sus seguidores la misma actitud. Si seguían sus pasos, debían compartir su pasión por Dios y su disponibilidad total al servicio de su reino. Quería encender en ellos el fuego que llevaba dentro.


El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.


     La gran tentación de los cristianos es imitar a Pedro: confesar solemnemente a Jesús como "Hijo del Dios vivo" y luego pretender seguirle sin cargar con la cruz. Vivir el Evangelio sin renuncia ni coste alguno. Colaborar en el proyecto del reino de Dios y su justicia sin sentir el rechazo o la persecución. Queremos seguir a Jesús sin que nos pase lo que a él le pasó.

“Si uno quiere salvar su vida, la perderá, pero el que la pierde por mí, la encontrará”.


     Jesús está planteando a sus discípulos cuál es el verdadero valor de la vida. Invita a todos a seguir el camino que parece más duro y menos atractivo, pero que conduce al ser humano a la salvación definitiva.
   

     Hijo, no puedes poseer libertad perfecta si no te niegas del todo a ti mismo. En prisiones están todos los ricos y amadores de si mismos, los codiciosos, ociosos y vagabundos, y los que buscan siempre las cosas de gusto y no las de Jesucristo, sino que antes componen e inventan muchas veces lo que no ha de durar. Porque todo lo que no procede de Dios perecerá.
 Imprime en tu alma esta breve y perfectísima máxima: Déjalo todo, y lo hallarás todo; deja tu apetito, y hallarás sosiego. Aún tienes mucho que dejar; que si no lo renuncias enteramente, no alcanzarás lo que me pides (Tomás de Kempis).

sábado, 2 de septiembre de 2017


4 RAZONES POR LAS QUE LA GENTE DEJA DE IR A LA IGLESIA


     Mucha gente da por supuesto que muchos católicos dejan la práctica religiosa porque la moral cristiana (especialmente la moral sexual) les parece muy exigente. Pero analizar estudios de este tipo en Estados Unidos, aunque se desarrollen en ámbitos protestantes, puede servir para dar algunas orientaciones antropológicas que indican que hay otras causas más profundas.
     Tom y Joani Schultz, autores hace unos años de un libro sobre lo malos que son los sermones en las iglesias (“
Why Nobody Learns Much of Anything in Church Anymore”, es decir, "Por qué casi nadie aprende ya nada en la iglesia"), acaban de publicar otro titulado "Por qué ya nadie quiere ir a la iglesia" ("Why Nobody Wants to Go to Church Anymore). Se basan en varios estudios y en ambientes protestantes… Pero al final destacan 4 causas "de fondo" para dejar la iglesia, que pueden aplicarse bastante también a la realidad católica. Las causas profundas son estas:

 Muchos sienten que en las iglesias otras personas les juzgan; o piensan que les van a juzgar, y no quieren sentir que les juzgan. No se trata tanto de que realmente haya muchos "metomentodos" juzgando a los demás en las parroquias, como de que los alejados lo sientan así, o lo teman.
     La solución eclesial eficaz, dicen los autores, ha de ser la insistencia en que la Iglesia acoge y acepta a todos tal como llegan, en su estado actual, independientemente de que la Iglesia y Dios no estén de acuerdo con todo lo que hacen. Dicho de otra forma: hay que repetir lo de "acogemos a cada pecador ya, tal como viene; más adelante, juntos iremos tratando su pecado". Se requiere, dicen, una "hospitalidad radical".

 La gente reclama el derecho a hablar y ser escuchada; sienten que en la iglesia sólo habla el cura o pastor y que nadie les escucha. En el Occidente actual, todo el mundo está acostumbrado a opinar de todo: los vendedores de cualquier tienda escuchan con sonrisas todo lo que quiera decir su cliente; en el colegio hay debates y desde niño cualquier alumno interviene para decir al profesor lo primero que se le ocurre; los periódicos en Internet están llenos de comentarios de gente que en realidad no han estudiado ni conocen los temas que comentan...
     El resultado es que estas personas llegan a la iglesia, sea a una misa católica o a un culto protestante, y allí no tienen nada que decir. No hay ningún momento para que hablen, se expresen. De hecho, en algunas publicaciones protestantes se señala que los católicos lo tienen algo mejor: al menos en misa los católicos recitan respuestas, rezan en voz alta, etc... En muchos cultos protestantes (sobre todo los no carismáticos) deben limitarse a escuchar al pastor y cantar himnos, por lo que en cuanto se cambian las canciones o se usan cantos difíciles, no hay nada que hacer. (Los varones suelen quejarse de que las canciones son cada vez más agudas, sólo para mujeres, por ejemplo).
     El caso es que los sociólogos detectan que la gente quiere hablar de sus sentimientos religiosos, formular sus preguntas y dudas, sentirse escuchados, que no se desdeñen sus dudas con un "no me moleste usted" o "búsquelo en el catecismo" o "no necesita usted saberlo"...
     Por supuesto, eso no puede hacerse en una misa. Así que la Iglesia debe ofrecer otros espacios, el espacio en que la gente habla y se siente escuchada. ¿Puede cada párroco escuchar a sus 2.000 o 3.000 o 30.000 parroquianos con esa escucha atenta, dejándoles hablar? Es evidente que no. Por lo tanto, la respuesta ha de pasar por crear grupos pequeños de laicos, donde todos pueden hablar y todos se sienten escuchados. El éxito de métodos como Cursos Alpha, Células de Evangelización Parroquial, grupos carismáticos, el Camino Neocatecumenal, los grupos scouts (adolescentes y adultos), etc... tiene que ver con esto: el grupo donde se puede hablar y sentirse escuchado.

Mucha gente se aleja de la iglesia, o no se acerca a ella, porque piensa que "los cristianos son unos hipócritas". Por supuesto, los hipócritas son "los otros". "Yo" nunca soy hipócrita. Lo cierto es que los cristianos nunca serán suficientemente virtuosos para los exigentísimos estándares de los "alejados".
     No importa cuánto bien hagan los cristianos de su parroquia o entorno; el alejado caza-hipócritas siempre encontrará algún cristiano que no es suficientemente bueno para él y "además va de cristiano". Y si no encuentra alguien así en su entorno, lo encuentra en los medios de comunicación: un cura estafador, un religioso que cometió un crimen... O en el pasado. "No voy a misa porque hace 5 siglos la Inquisición, Galileo, etc, etc..."
     La mejor estrategia para la Iglesia es la de siempre del cristianismo: repetir que "esta no es una casa para perfectos, sino un hospital para enfermos". Eso implica admitir esas "enfermedades": si hay pecado, se dice, se admite y se combate de forma realista. Y la Iglesia ha de fomentar además la humildad, y la visibilización de esta humildad.
     El Papa Francisco da "imagen de humildad" a muchas personas alejadas, y eso les atrae. Por supuesto, la "imagen de humildad" es buena, pero la "verdadera humildad" también lo es... aunque no esté claro que ésta siempre se vea.
Muchas personas se alejan de las iglesias porque creen que Dios está "distante", "o muerto", o "es irrelevante"; muchos dicen "no noto a Dios". Mucha gente que no va a la Iglesia sí que cree en Dios, pero no se trata con Él, no significa nada. En entornos católicos, son incontables los casos de personas que dicen que "iba a misa pero no me decía nada", o "las monjas en mi colegio eran encantadoras, pero a Dios nunca lo he visto, ni tratado".
     La respuesta aquí es el kerigma, el anuncio fuerte de que "Cristo ha resucitado, te salva de la muerte y del pecado y cambia tu vida", o bien que "Dios te ama y te perdona, de forma personal, a ti". Cursillos de Cristiandad, Cursos Alpha, el Camino Neocatecumenal, el seminario de las Siete Semanas de la Renovación Carismática, los Talleres de Vida y Oración y otras iniciativas de kerigma consiguen suscitar a menudo ese "encuentro personal con un Cristo vivo" que tantas personas han experimentado.
     Cuando alguien dice "creo en Dios, pero no es relevante en mi vida" no quiere que le respondan "claro que es relevante: exige una moral elevada que deberías practicar"; eso no le atrae ni le cambia. Por el contrario, necesita que le digan: "claro que es relevante, haz la prueba, abre tu corazón y pide a Dios que venga a tu vida, déjate transformar por Él, porque Él te ama y quiere estar contigo y cambiarlo todo".
     Hay algunas personas que quizá se asustan al pensar en un Dios cercano: "si le abro la puerta a Dios, entrará demasiado y se quedará como un okupa en mi casa". Pero son pocas comparadas con las que piensan: "Dios no tiene nada que ver con mi vida y mi casa y no creo que Él piense mucho en mí; yo tampoco pienso mucho en Él". Por eso, un encuentro personal es la clave. En ese sentido, la Nueva Evangelización insiste, como definía Juan Pablo II, con "nuevos métodos, nuevo lenguaje, nuevo ardor".

                             ( artículo de emeroteca publicado en ReL  2013)